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LA
COLUMNA

El
imperio del desorden
Bastan algunos ejemplos para afirmar que
en este pequeño país se vive en medio del caos.
Basta observar como a diario mujeres, hombres, niños y niñas
libran una batalla casi campal para subir al autobús, cuyo conductor
no ha aprendido a parquearlo en el punto autorizado, lo hace muchas
veces en el centro de la calle o lo deja atravesado en la misma, al
punto de impedir el paso a otra docena de conductores, que desesperados
como si jamás les despejarán el camino, ofrecen un ensordecedor
concierto con sus cláxon.
Basta observar en el interior de un autobús cualquiera cómo
los vendedores ambulantes atropellan a todo el mundo con tal de subir.
Basta observar cómo la madre ha calmado el llanto o el hambre
de su pequeño hijo o hija ofreciéndole un dulce, un guineo.
Hasta allí es lo justo.
Lo injusto comienza cuando el envoltorio de la golosina o la cáscara
de la fruta es lanzada a la calle a través de la ventanilla sin
el menor remordimiento o conciencia de que eso significa ensuciar, contaminar,
de que eso es insano.
No dejaba de tener razón el famoso Cantinflas cuando decía
que la ciudad más limpia no es la que más se barre, sino
la que menos se ensucia. Pero en nuestro país, no ocurre ni lo
uno ni lo otro.
Basta un vistazo para medir el sucio aspecto de nuestras ciudades, de
nuestros pueblos, valles, mares, ríos y lagos. De nuestros sitios
turísticos, de nuestros parques y plazas.
Tan acostumbrados estamos a ese panorama insalubre como a otros hábitos
que nos caracterizan, que resultaría extraño no mirar
un día ese reguero de desechos por todos lados, no dejar de apretujarnos
cada vez que ingresamos al autobús, al estadio, a cualquier sitio.
Que los conductores respeten a los transeúntes, que las calles
capitalinas y de otras urbes importantes dejen de ser un verdadero tiangue
y el comprador visite esos edificios llamados mercados.
Resultaría raro que los comederos estén bajo techo y hagan
una manipulación de los alimentos conforme a las estrictas medidas
higiénicas y la supervisión de alcaldías y unidades
de salud. Que cada vez que se eleven protestas lo hagan de manera ordenada
y pacífica, sin violencia, sin arrebatos, sin ofensas ni enfrentamientos
con la policía.
Pero, El Salvador sigue debatiéndose entre el desorden. Los que
protestan son cada vez más violentos porque no han podido dialogar
con el otro para resolver sus problemas; los que tienen hábitos
inadecuados, como los arriba mencionados, tampoco han aprendido que
un poco de educación y consideración hacia los demás
basta para tener un país mejor que el que tenemos.
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