Del 11 al 17 de julio de 2004



LA COLUMNA

Mirella Cáceres
vertice@elsalvador.com

El imperio del desorden

Bastan algunos ejemplos para afirmar que en este pequeño país se vive en medio del caos.

Basta observar como a diario mujeres, hombres, niños y niñas libran una batalla casi campal para subir al autobús, cuyo conductor no ha aprendido a parquearlo en el punto autorizado, lo hace muchas veces en el centro de la calle o lo deja atravesado en la misma, al punto de impedir el paso a otra docena de conductores, que desesperados como si jamás les despejarán el camino, ofrecen un ensordecedor concierto con sus cláxon.

Basta observar en el interior de un autobús cualquiera cómo los vendedores ambulantes atropellan a todo el mundo con tal de subir. Basta observar cómo la madre ha calmado el llanto o el hambre de su pequeño hijo o hija ofreciéndole un dulce, un guineo. Hasta allí es lo justo.

Lo injusto comienza cuando el envoltorio de la golosina o la cáscara de la fruta es lanzada a la calle a través de la ventanilla sin el menor remordimiento o conciencia de que eso significa ensuciar, contaminar, de que eso es insano.

No dejaba de tener razón el famoso Cantinflas cuando decía que la ciudad más limpia no es la que más se barre, sino la que menos se ensucia. Pero en nuestro país, no ocurre ni lo uno ni lo otro.

Basta un vistazo para medir el sucio aspecto de nuestras ciudades, de nuestros pueblos, valles, mares, ríos y lagos. De nuestros sitios turísticos, de nuestros parques y plazas.

Tan acostumbrados estamos a ese panorama insalubre como a otros hábitos que nos caracterizan, que resultaría extraño no mirar un día ese reguero de desechos por todos lados, no dejar de apretujarnos cada vez que ingresamos al autobús, al estadio, a cualquier sitio.

Que los conductores respeten a los transeúntes, que las calles capitalinas y de otras urbes importantes dejen de ser un verdadero tiangue y el comprador visite esos edificios llamados mercados.

Resultaría raro que los comederos estén bajo techo y hagan una manipulación de los alimentos conforme a las estrictas medidas higiénicas y la supervisión de alcaldías y unidades de salud. Que cada vez que se eleven protestas lo hagan de manera ordenada y pacífica, sin violencia, sin arrebatos, sin ofensas ni enfrentamientos con la policía.

Pero, El Salvador sigue debatiéndose entre el desorden. Los que protestan son cada vez más violentos porque no han podido dialogar con el otro para resolver sus problemas; los que tienen hábitos inadecuados, como los arriba mencionados, tampoco han aprendido que un poco de educación y consideración hacia los demás basta para tener un país mejor que el que tenemos.


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