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PIEDRA
DE TOQUE
En
el Darién
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La señora Nora Elena es mucho más pequeñita
que ese nombre sonoro que la adorna, y además tan delgada que
no sé de dónde saca fuerzas para tener en sus brazos filiformes
al último de sus hijos mientras conversamos, en la minúscula
aldea de Yape, perdida en las selvas panameñas del Darién.
Cae un sol de plomo y yo sudo por todos los poros, pero ella, que ha
sobrevivido a tantas pruebas, no siente calor ni se inmuta con el revoloteo
y los chillidos de sus siete hijos que corren y saltan a nuestro rededor
y estremecen la frágil vivienda de cañas y techo de palma,
montada sobre pilotes, donde se apiña la familia. Doña
Nora ha perdido casi todos los dientes y muchas cosas más pero
no la energía ni esas ganas de vivir que, de tanto en tanto,
iluminan su cara con una gran sonrisa.
Ella no es de aquí sino de Unguía, en el Chocó,
la región colombiana que colinda con Panamá.
Doña Nora y su marido José Ignacio tenían allí
una pequeña finca y como eran serviciales y les gustaba ayudar
a la gente de las veredas, a él las autoridades lo hicieron promotor,
y, luego de adiestrarlo, le confiaron el centro de salud.
En 1996, empezaron a desaparecer personas en el pueblo y alrededores
y a morir otras, a veces luego de atroces torturas. Hasta les
abrían los vientres a las embarazadas y les sacaban los fetos,
se santigua. ¿Eran guerrilleros de las FARC o paramilitares los
asesinos? Hombres armados, no sé más (Todos
los refugiados colombianos con los que hablo en el Darién se
niegan a identificar a los victimarios de los que han huido).
Entonces, Nora, Ignacio y sus cinco hijos abandonaron todo lo que tenían
en Unguía y se lanzaron a caminar por la tupida selva y luego
de mil y una aventuras entraron clandestinamente a Panamá, donde
se instalaron en esta aldea de Yape, en la que los habían precedido
ya muchos colombianos procedentes de distintas aldeas y veredas del
Chocó, ahuyentados también por las carnicerías.
Pero el Darién, la provincia más grande de Panamá
es también la más despoblada e inhóspita, y la
más difícil de proteger por sus bosques enmarañados
y esos ríos que en los meses de lluvias se desbordan y anegan
y enfangan la tierra desapareciendo las trochas y dejando totalmente
aisladas a las escasas aldeas. Los puestos de vigilancia panameña
son insuficientes y, por eso, según rumores que las autoridades
niegan pero la mayoría de pobladores confirman, las guerrillas
y los paramilitares colombianos entran y prosiguen en el Darién
sin mayores tropiezos sus enfrentamientos y crímenes.
A los pocos meses de estar Nora, Ignacio y su familia instalados en
Yape, en junio de 1997, un destacamento de hombres armados procedentes
de Colombia ocupó el pueblo. Pese a los llantos de doña
Nora y sus hijos, se llevaron a Ignacio. Su cadáver, decapitado
y con las manos cercenadas, fue encontrado días después
en el bosque.
En la pizarra de la escuela los asesinos dejaron una inscripción
explicando que así morían los sapos (delatores).
Doña Nora no se dejó abatir por la tragedia y, compensando
su mínima fortaleza física con la prodigiosa energía
que la anima, trabajó la tierra e hizo comercio para
sacar adelante a sus cinco hijos.
Y, al cabo del tiempo, maridó con un nuevo señor, un panameño
de la zona, con el que ha tenido estos dos últimos niños
que se disputan ahora su regazo. Cuando le pregunto si cree que alguna
vez volverá a vivir en su tierra natal de Unguía se levanta
en sus ojitos una niebla triste y escéptica.
Lo ocurrido con Ignacio no ha sido un episodio fortuito. El año
pasado, un grupo en armas, al parecer de paramilitares colombianos,
cruzó la frontera y ocupó las aldeas de Paya y Pucuru,
donde asesinaron a cuatro dirigentes indígenas de la etnia kuna.
Los acusaban de haber comerciado con guerrilleros de las FARC que entran
al Darién para curar a sus heridos y renovar fuerzas.
Cuando, en el poblado de Boca de Cupe, le pregunté al capitán
jefe de la pequeña guarnición de policía si en
la actualidad los pelotones de las FARC y de los paramilitares seguían
invadiendo el Darién, su respuesta fue evasiva. Me dijo que hacía
unos días había recibido una denuncia de que unos hombres
con acémilas cargadas de pertrechos recorrían el monte,
pero que sus patrullas, luego de peinar la zona, no habían encontrado
huella de los intrusos.
¿Cuántos refugiados colombianos hay, dispersos, en las
selvas del Darién? Me dicen que unos 800, pero la cifra exacta
es sin duda muy difícil de establecer en este vasto territorio
de 16 mil kmts cuadrados que parece todavía, en buena parte,
fuera de la historia moderna: sin automóviles, sin caminos, sin
electricidad, y por el que el único medio de transporte sigue
siendo, como cuando llegaron las primeras olas de españoles hace
cinco siglos, la piragua aborigen.
Los refugiados, casi todos de origen campesino y provenientes del Chocó,
comenzaron a llegar desde el año 1996, cuando la violencia política
encendió toda la región de la frontera, y no todos están,
como doña Nora, afincados en aldeas, sino diseminados en grupos
mínimos en las cabeceras de los ríos, donde sobreviven
gracias a minúsculos sembríos de panllevar.
Su condición no es nada fácil porque como no se trata
de refugiados individualizados, sobre los que pende una
amenaza específica, sino de una colectividad que es víctima
de un riesgo general, gregario, el Estado panameño no les reconoce
el estatuto de refugiados políticos a parte entera, que les daría
derecho a trabajar y desplazarse libremente por todo el país.
Son refugiados de segunda clase, provisionales, sin derecho a moverse
del sitio en el que están. Incluso para un desplazamiento de
unos pocos kilómetros para trabajar en una chacra próxima,
por ejemplo, o para enviar a los hijos a un centro poblado que tenga
escuela- deben pedir un permiso especial a la policía, lo que
les dificulta mucho su ya difícil existencia. Incluso, ha habido
en el pasado algún incidente cuyo recuerdo hace correr un escalofrío
en la memoria de estos refugiados: 109 de ellos, entre los que había
64 niños, que se hallaban en el pueblo de Punusa, fueron devueltos
a Colombia el 21 de abril de 2003, pese a las protestas de los religiosos
y laicos que trabajan con la Vicaría del Darién, una de
las instituciones que más apoyo presta a los refugiados colombianos,
con el financiamiento del ACNUR (Alto Comisionado de la ONU para los
Refugiados). En los últimos días el gobierno panameño
habría tomado la decisión de legalizar la situación
incierta de estos refugiados.
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En todas las aldeas que visité era notable la
integración de los colombianos con la población local
y según todos los testimonios que escuché nunca ha habido
hostilidad hacia aquéllos de parte de ésta. Por el contrario,
los matrimonios entre unos y otros son frecuentes y, mientras uno no
los oiga hablar el cantito del Chocó es inconfundible-
unos y otros son indiferenciables.
En el Darién sólo los indios kunas y emberás-
constituyen una entidad étnica separada: sus cabañas cónicas,
sus tatuajes y las bellas telas pintadas con que se cubren ponen unas
notas de color en un paisaje donde el ocre de los ríos contrasta
con todos los matices del verde de los árboles. Pero, contrariamente
a lo que dicen algunas guías, los kunas y emberás no son
los más antiguos pobladores de la región, pues migraron
de Colombia hacia el Darién sólo en el siglo XIX. En verdad,
los vecinos más antiguos son los negros, descendientes de los
esclavos cimarrones llegados en tiempos de la conquista y que escaparon
de sus dueños a estos bosques en pos de la libertad.
Impresiona la precaria vida que llevan los pobladores del Darién
una vida de mera subsistencia en la gran mayoría de los
casos- con la deslumbrante naturaleza que los rodea. He viajado por
muchos parajes todavía no invadidos por la llamada civilización
y puedo asegurar que pocas veces he visto una vegetación tan
exuberante y espléndida, de árboles tan variados y majestuosos,
y una colectividad de pájaros tan rica, vistosa y musical como
la que puebla el cielo y la tierra del Darién.
Parece mentira que, a tan corta distancia de los rascacielos y los hormigueantes
almacenes, restaurantes, complejos cinematográficos y tiendas
de lujo de la ciudad de Panamá, se pueda todavía retroceder
a un mundo prehistórico, de una naturaleza sin domesticar, donde
el tiempo parece detenido y donde los únicos ruidos que vibran
en esta atmósfera esencial son el rumor del viento entre las
hojas, el discurrir de las aguas de los ríos entre las piedras
de las orillas o el chillerío de las bandadas de loros que de
pronto alborotan el cielo.
Llegué a la localidad de Yaviza remontando los ríos Tuira
y Chucanaque y me encontré con que era la fiesta del pueblo.
Había una procesión católica que recorría
las calles y una ceremonia evangélica con orquesta, sermones
y testimonios de hermanos a viva voz en una placita del
centro del pueblo. Y allí conocí a una pareja magnífica,
de esas que lo reconcilian a uno con la vida: el asturiano Xuaco Arnáiz
y su mujer Ana Lorena, costarricense. Llevan ya media vida sepultados
en el Darién, poniendo todo su talento, su energía y su
generosidad ilimitada en lo que llaman la economía solidaria:
hacer más llevadera la vida de los nativos, vecinos y refugiados,
a quienes ayudan a organizar cooperativas o montar pequeñas empresas,
y a comerciar sus productos, batallando sin cesar porque los derechos
humanos sean respetados también aquí.
En su vivienda de madera a orillas del río, donde viven con sobriedad
espartana, Xuaco y Ana Lorena reciben a los forasteros como príncipes,
los instalan en sus sillas, hamacas o en el suelo y, a la vez que les
ofrecen la especialidad de la familia, la tortilla española,
los subyugan con unas historias, anécdotas y leyendas del Darién
que no tienen nada que envidiar a las de Las Mil y una Noches.
Como ocurre con la Amazonía en América del Sur, en Panamá
la tierra del Darién ha generado una mitología en la que
se asocia la selva no sólo con la aventura y los paisajes exóticos,
también con el crimen. Sin embargo, las autoridades de las aldeas
son categóricas: en esta provincia, salvo casos excepciones como
los que he referido, la delincuencia es infinitamente más reducida
que en el resto del país y en algunas aldeas nula. Me lo confirmó
otra enamorada del Darién: la burgalesa Olga Robles, funcionaria
de la ONU, que asesora a las poblaciones locales en proyectos de desarrollo,
y quien dice sentirse aquí más segura que en Balboa o
en Madrid.
Debe ser cierto aquello de que la función hace al órgano.
Lo dura y brava que es la vida ha hecho de las mujeres del Darién
unos seres de acero, vacunados contra la adversidad. Doña Nora,
la de Yape, no es la única. Otra parecida a ella es Doña
Luzmeri, refugiada colombiana avecindada en Boca de Cupe. Ella y un
grupo de compañeros han formado, con ayuda de la ACNUR, un proyecto
para producir miel y panela (de caña de azúcar). Me lo
mostraron y a mí, más que los cañaverales y el
pequeño trapiche que pusieron en marcha para que viera lo bien
que molía, me impresionó la irresistible energía
de esa señora que mandaba, actuaba, animaba y dirigía
las operaciones: una verdadera Doña Bárbara, pero de buen
humor y simpatía desbordante, a cuya voluntad parecían
plegarse, felices, no sólo los hombres, hasta las cañas
y las muelas trituradoras.
Una leyenda dice que los conquistadores españoles pudieron vencer
los Andes, los desiertos y la Amazonía, pero no el Darién,
que una y otra vez los derrotó. Pues bien, esas gentes desamparadas
entre las que se hallan Doña Nora y Dona Luzmeri lo han conseguido:
ni la maleza, ni los bichos, ni los diluvios ni el aislamiento han impedido
que su sabrosa humanidad eche raíces en el Darién.
© Mario Vargas Llosa 2.002.
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