11 de abril de 2004


LA COLUMNA

Wilfredo Hernández
vertice@elsalvador.com


Necesidad de pedir perdón

El hombre ha invertido miles de años tratando de encontrar la difusa senda de la hombría. En ese trajinar, ha matado a sus semejantes en guerras, a animales indefensos y hasta a sus mujeres en un afán por dejar plasmada su viril superioridad. A lo largo de la historia, los mejores filósofos y escritores han gastado miles de galones de tinta definiendo sobre qué es ser todo un hombre.

Protágoras, por ejemplo, situó al hombre como medida de todas las cosas, de las que son y de las que no son. También Cicerón decía que “los hombres somos como el vino; la edad agría a los malos y mejora a los buenos”. O Cervantes, que advertía que “al hombre se le conoce por sus obras, pero muchos viajan de incógnito”.

Con semejante indefinición, resulta lógico que, para muchos, el hombre es el que se acuesta con muchas mujeres, el que no llora, el que se “faja” con cualquiera, el que nunca se “ahueva”, el que nunca pide perdón… Y eso último es difícil.

“Lo siento parece ser la palabra más difícil”, canta Elton John. Cierto. Porque si no fuera difícil de pronunciar, la pediríamos a cada momento. Perdón por los golpes a nuestras mujeres, a nuestros semejantes, a los muertos en las atroces guerras -y más cuando no son nuestras-.

Perdón cuando decidimos traicionar a los que votaron por nosotros y después, impunemente, nos cambiamos de camisa, más por motivos personales que ciudadanos. Tenemos tantas cosas por las que pedir perdón, y tantas personas esperándolo.

Por eso respeto a los que se atreven y tienen el valor de hacerlo, de aceptar que se equivocaron. Al contrario de otros que ocultan sus equivocaciones en discursos altisonantes, prepotencias, altanerías, explicaciones demagógicas o, como dice el dicho popular, “desde que aparecieron los pretextos se terminaron los…”.

Porque ser hombre no es que tiene muchas, “sino el que tiene una y la mantiene contenta”, reza el estribillo de otra canción, ser hombre es saber discernir sin necesidad de liarse a golpes, de saber escuchar con respeto, de aceptar que uno se equivoca, y de saber pedir perdón.

Somos una sociedad tremendamente machista, y los ejemplos de nuestros padres son importantísimos; pero con progenitores como los que tenemos, mejor nos quedamos huérfanos.

Porque como respetar a un progenitor que nos habla de dignidad, de respeto, de honestidad y a la mejor oportunidad traiciona sus creencias y se cambia de camisa, o al otro que no se atreve a pedir perdón porque por sus decisiones han muerto hombres, y no es capaz de enmendar sus errores, o de aquel que arregla todo a los golpes. Así, mejor me quedo huérfano.


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