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REPORTAJE
Un
lugar en la memoria
Recordar
la guerra es recordar la muerte, el dolor, la destrucción. Aparte
de
razones o sin razones que la provocaron, existen millares de personas,
los civiles
que fallecieron o desaparecieron. A pocos días de conmemorarse
trece años del fin
de conflicto, recordamos algunos de los tantos casos que enlutaron al
país.
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El
monumento a la memoria y la verdad es el primer memorial dedicado
a las víctimas civiles del conflicto.
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La noche fría y ventosa de un 8 de enero de 1986
no trajo buenos augurios a los habitantes de Juayúa, al norte
de Sonsonate. De una relativamente pacífica ciudad en medio de
un conflicto civil, pasó a convertirse en un agitado escenario
nocturno.
Una fuerte explosión habría despertado a medio mundo.
Hacia las 11:45 de la noche.
Nadie se explicaba qué pasaba exactamente; pero todos suponían
que el halo de la guerra, que azotaba más la zona oriental del
país, les había visitado.
Primero se oyó el claxon de un camión, en los cuatro
puntos cardinales del pueblo. Luego la tierra tembló y el cielo
se iluminó, recuerda hoy Marver Cáceres, quien era
un veinteañero en aquel entonces.
¡Comandante Chencho! ¡comandante Chencho!, vociferaba
alguien en las calles en medio de los gritos. El desconcierto de Marver
se habría esfumado si su casa no se hubiera visto de pronto inundada
por un espeso humo.
No podíamos respirar y traté de auxiliar a mi mamá,
a mi abuelo y a mi hermanito de cuatro años con trapos húmedos.
De pronto, un vecino me decía que subiera al techo para apagar
el fuego porque nuestras casas se quemaban, recuerda Marver.
Todo fue inútil. En pocos minutos, el fuego había consumido
ocho hermosas casas antiguas, construidas con madera y lámina
decorada.
Según se conoció después, la idea de aquel ataque
guerrillero era saquear la caja fuerte del Banco Capitalizador que estaba
en esa cuadra (frente al parque); pero no se pudo.
Mientras tanto, Marver y su familia eran los únicos que no habían
evacuado la vivienda.
Mi mamá se negaba a salir y yo le planteé que si
prefería morir quemada o asesinada por un disparo cuando saliera.
Al final salimos e inmediatamente vi a un hombre alto, vestido de olivo
y portando un fusil que me dijo: Oíme chavalo, tu casa
se está quemando, salí; no te preocupés, no te
va a pasar nada, recuerda Marver.
Después se enteraría de que aquel guerrillero era el líder,
el comandante Chencho.
Cinco familias habían perdido todo su patrimonio y jamás
fueron compensadas.
Desde entonces, la familia de Marver se transformó. Su hermanito
nunca volvió a dormir en la oscuridad; a su mamá le diagnosticaron
cáncer en el hígado, que la llevó a la tumba.
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Desde
1981, la vida de nosotros ha sido un calvario. Perdí a
mi esposo, a mi hija y mi casa,
María Isabel Servellón
viuda de Turcios.
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Odio los 24 y los 31 de diciembre, porque la reventazón
de pólvora me recuerda aquella noche cuando perdimos todo lo
que teníamos; pero sobre todo la muerte de mi madre, señala
Marver.
Él nos contó su relato justo un día antes de la
conmemoración de ese triste hecho. Lo encontramos en la alcaldía,
donde trabaja en la promoción cultural, preparando los festejos
patronales de la localidad, curiosamente involucrado en la misma tarea
de hace 17 años.
Ese día me había ido ya tarde a
la casa porque había estado colaborando en la feria de artesanías,
recuerda este hombre de tez morena, baja estatura y muy locuaz.
Es como repetir aquel momento, aquellos tiempos de fiestas patronales,
algo que se había ausentado de otros pueblos convulsos por el
conflicto.
Como en estos días, los juayuenses se preparaban para celebrar
a su patrono, el Cristo Negro. Las candidatas a reina de los festejos
esperaban ganar el cetro. De pronto, todo había quedado en suspenso.
El panorama se había ensombrecido.
El adiós a Juanita
Cinco años antes y a cientos de kilómetros de distancia
de la fresca localidad, el cálido cantón Chilama (Puerto
de La Libertad) también se oscureció.
Era una zona conflictiva. Los cerros y colinas que bordean esos lugares
eran el hogar de los rebeldes, que casi a diario bajaban para aperarse
de comida entre los habitantes de cantones como Chilama y El Pajal.
María Isabel Servellón, una mujer bajita de piel blanca
y con once hijos, habitaba en una casa situada en la cercanías
del río Chilama. Hasta antes del mediodía del 11 de enero
de 1981, había visto varios cadáveres flotando en el afluente.
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Juana
G. Turcios Servellón, víctima del conflicto.
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Tantas veces había visto desfilar comandos guerrilleros
frente a su casa cuando bajaban de los montes y se detenían en
su pequeña tienda.
Mama, por favor échenos tortillas, le pidieron algunas
veces. Doña Chabe, como es conocida, dice que siempre
se negó porque le daba miedo. Era lógico. Eran tiempos
de guerra, tiempos de confusiones.
Un día, las peticiones de aquellos guerrilleros
encontraron eco en Juanita, la novena hija de doña Chabe. El
esposo le aconsejó que no lo hiciera, su mamá también
se lo pidió; pero Juanita se empecinó en preparar las
tortillas para los combatientes.
Ese 11 de enero llegó a la casa de su madre a moler el maíz
en la piedra. Fue el día fatal. Doña Chabe había
dejado a su esposo, al que llamaban el Tatita, a Juanita
y a cuatro nietos en casa.
Miembros de la Marina Nacional (ahora Fuerza Naval), según cuentan,
subieron en operativo hacia esa zona. Ese día se enfrentaron
con la guerrilla.
Tiroteos por doquier y el temor a morir cundió por todo aquello.
Luego vendría la calma. Las balas cesaron y la búsqueda
de rebeldes rindió frutos inesperados. En El Pajal les
dijeron a los militares que para qué andaban buscando tanto si
mi casa era mantenedero de guerrilleros, relata doña Isabel.
Con lágrimas en los ojos, la anciana recrea la
muerte de su joven hija de 18 años y la de su esposo de 73, según
le contaron los dos nietos y dos hijos de entre 6 y 8 años que
vieron aquel horror.
Rodearon la casa y sin mediar palabra agarraron a mi hija del
pelo, la torturaron y la llevaron a un palo de níspero. Allí
le dispararon. Luego le gritaron al Tatita que saliera de la casa porque
él se había escondido adentro de la casa. Como no salió,
dispararon por todos lados y lo balearon en una pierna. Al ver que tampoco
salía le prendieron fuego a la casa, dice.
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LOS
NÚMEROS DEL MEMORIAL
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| La
comisión para la construcción del monumento desarrolló
una intensa búsqueda para recoger la mayor cantidad de nombres
de víctimas civiles del conflicto. El resultado está
en el memorial. |
25,525
La comisión del memorial estima que ese es el número
de víctimas civiles producto del conflicto armado. |
1.5
mill.
El costo dela construcción del memorial de las víctimas.
Los fondos vinieron de campañas nacionales y del exterior.
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9
mil
El número de personas que aún permanecen en calidad
de desaparecidas, de acuerdo con la comisión del memorial. |
Los niños tuvieron suerte. Los militares les
habían amenazado que si no se retiraban del lugar, allí
no sobrevivirían para contarlo.
Paradójicamente, los cuatro menores se incorporaron al ejército
más tarde. Uno de ellos, Pedro Antonio, murió algunos
años después en un ataque guerrillero al cuartel de El
Paraíso, en Chalatenango.
Según algunos vecinos, cuando acudieron en auxilio del Tatita
y de Juanita, la encontraron a ella muerta junto al níspero y
a él hecho un montón de cenizas.
Desde 1981 nuestra vida ha sido un calvario. Perdí a mi
esposo, a mi hija, la casa, dice la anciana, sentada en el corredor
de su casa en las cercanías del Puerto de La Libertad, donde
se cobijó desde aquel día con su dolor.
Llanto de hija
Gloria Guzmán es de carácter fuerte, aunque no puede ocultar
una mueca de dolor, ni que sus ojos se llenen de lágrimas cuando
recuerda aquella mañana del lunes 17 de mayo de 1982. Ese día,
hace 21 años, esta simpática mujer de pelo negro, mirada
penetrante, hablar pausado y una enorme amabilidad perdió su
tesoro más preciado: sus padres.
Él, don Juan Antonio Guzmán, de 48 años, ya había
recibido amenazas de muerte, según Gloria, porque era sindicalista.
Ella, María Otilia Orellana, simplemente estaba en el lugar y
a la hora equivocada.
Los recuerdos salen uno a uno, como si sucedió ayer. Yo
soy testiga de cuando se llevaron a mis papás, dice convencida.
Yo estaba estudiando cuando me avisaron que había
gente armada en mi casa. Logré salir del colegio, me comuniqué
con unos familiares y junto con un primo fui a ver. Cuando nos acercamos
a la casa nos dimos cuenta que dentro y fuera de ella había gente
de la Policía Nacional uniformada y de la Fuerza Armada junto
con hombres de civil. Mi papá estaba en la casa. El carro de
él estaba afuera. Yo lo vi, relata.
Aprieta las manos y entrelaza los dedos. Recuerda que no sólo
era su papá el que estaba en la casa. Su madre y otro primo estaban
con él.
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VEINTE
AÑOS DESPUÉS
Más
de veinte años después, Gloria Guzmán aún
recuerda aquel lunes 17 de mayo de 1982 cuando desaparecieron
sus padres. Nunca los encontró.
Juan Antonio Guzmán, 48 años, víctima del
conflicto.
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Juan
Antonio Guzmán,
48 años.
víctima del conflicto. |
María
Otilia Orellana,
48 años.
víctima del conflicto. |
Poco a poco, los ocupantes comienzan a abandonar la
casa. Pero no se van con las manos vacías.
Uno a uno se empezaron a mover los carros. Primero iba una patrulla
de la policía, en medio el carro de mi papá; pero lo conducía
otra persona, un hombre, y después iban otros dos carros. A mi
papá no lo vi porque supongo lo llevaban en una especie de furgoneta
que andaban ellos, dice.
Después de eso comenzó una búsqueda sin fin que
se prolonga hasta hoy. Iniciamos en la Policía porque ya
habíamos visto que ellos se los llevaron, explica. Pero
fue en vano. Me los negaron, recuerda.
Todavía en esos momentos creía que podían
aparecer. Obviamente en esos días se daban casos de casos, personas
que aparecían asesinadas, decapitadas y todo eso. La familia
entera nos pusimos a la búsqueda de cadáveres cuando nos
avisaban, íbamos a las morgues y a diferentes instancias y nunca
los encontramos. Sus ojos están humedecidos y su hablar
se torna mucho más pausado que el habitual. Pero no deja escapar
ni una lágrima. Siento el dolor en su voz. El tiempo parece detenerse,
toma aire, se repone y continúa.
Los primeros dos años fueron de búsqueda, de denuncia
nacional e internacional, en los periódicos; después nos
dimos cuenta que en realidad, después de dos años, era
difícil que aparecieran. Sin embargo, yo tenía esperanzas
de que los acusaran de algo, porque lo importante era garantizar que
estuvieran vivos. Pero eso nunca sucedió, reflexiona.
Los nombres de Juan Antonio y María Otilia forman parte de la
lista de las 9 mil personas que permanecen desaparecidas después
del conflicto armado. Mis padres están en condición
de desaparecidos, pero yo obviamente supongo que los asesinaron,
manifiesta.
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| El
río Chilama es ahora testigo silencioso de la muerte y el
dolor que corrió durante el pasado conflicto armado. |
Ahora, un muro de granito negro inmortaliza sus nombres
y los de otros 25 mil niñas y niñas, mujeres y hombres,
adultos y jóvenes, víctimas inocentes de un conflicto
entre hermanos que hizo manar sangre en muchos corazones salvadoreños.
Ese memorial dignifica a las víctimas porque
no quedan en el olvido. El hecho de ver el nombre concreto de una persona
y de imaginar que existió, que tiene una historia detrás,
eso es importante, resume.
Gloria no guarda rencor ni quiere venganza; sólo pide justicia.
Nadie me ha pedido perdón, en ese sentido aún no
puedo perdonar a nadie. Yo me niego a una resignación. Yo creo
en la justicia, no soy partidaria de la venganza; pero sí de
justicia, eso me enseñaron mis padres, dice.
Ahora, un monumento conmemorativo se alza en un parque capitalino. Para
unos es una esperanza de que sus seres queridos no serán olvidados.
Para otros, será un recuerdo a las nuevas generaciones... para
que no se repita esa locura (la guerra), como dice Mauricio
Vargas, general retirado y quien fue miembro de la comisión negociadora
que llegó al acuerdo de paz.
Blanca Coto, miembra del FMLN, coincide con Vargas en que las nuevas
generaciones conozcan que hubo personas que murieron en esos años
de guerra, de la que se desprende la incipiente democracia, en
la que todos debemos trabajar para fortalecerla.
| La
trágica guerra por la que atravesó El Salvador dejó
a miles de víctimas civiles durante los 12 años que
duró la misma. |
Un
libro de cemento y mármol
Con la llegada
de la paz, la Misión de Naciones Unidas en El Salvador
(ONUSAL) recomendó que el Estado iniciara la construcción
de un monumento nacional en San Salvador a las víctimas
civiles del conflicto armado. La construcción sería
una forma de reconocer la honorabilidad de los civiles que perdieron
la vida durante ese proceso. Las partes en el conflicto reconocen
que el monumento es una especie de libro abierto para las nuevas
generaciones. Los nombres grabados en cemento y mármol
ayudarán a la elaboración de una memoria histórica
para las generaciones venideras y los dolientes que sobreviven.
Otra de las recomendaciones que sugirió ONUSAL al Estado
salvadoreño fue el establecimiento de un feriado de las
víctimas del conflicto como una forma de reparación
moral a los familiares de los afectados.
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