.11 de enero de 2004


REPORTAJE

Un lugar en la memoria

Recordar la guerra es recordar la muerte, el dolor, la destrucción. Aparte de
razones o sin razones que la provocaron, existen millares de personas, “los civiles”
que fallecieron o desaparecieron. A pocos días de conmemorarse trece años del fin
de conflicto, recordamos algunos de los tantos casos que enlutaron al país.

Wilfredo Hernández, Mirella Cáceres
y Alicia Miranda

vertice@elsalvador.com
El monumento a la memoria y la verdad es el primer memorial dedicado a las víctimas civiles del conflicto.
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La noche fría y ventosa de un 8 de enero de 1986 no trajo buenos augurios a los habitantes de Juayúa, al norte de Sonsonate. De una relativamente pacífica ciudad en medio de un conflicto civil, pasó a convertirse en un agitado escenario nocturno.

Una fuerte explosión habría despertado a medio mundo. Hacia las 11:45 de la noche.
Nadie se explicaba qué pasaba exactamente; pero todos suponían que el halo de la guerra, que azotaba más la zona oriental del país, les había visitado.

“Primero se oyó el claxon de un camión, en los cuatro puntos cardinales del pueblo. Luego la tierra tembló y el cielo se iluminó”, recuerda hoy Marver Cáceres, quien era un veinteañero en aquel entonces.

“¡Comandante Chencho! ¡comandante Chencho!”, vociferaba alguien en las calles en medio de los gritos. El desconcierto de Marver se habría esfumado si su casa no se hubiera visto de pronto inundada por un espeso humo.

“No podíamos respirar y traté de auxiliar a mi mamá, a mi abuelo y a mi hermanito de cuatro años con trapos húmedos. De pronto, un vecino me decía que subiera al techo para apagar el fuego porque nuestras casas se quemaban”, recuerda Marver.

Todo fue inútil. En pocos minutos, el fuego había consumido ocho hermosas casas antiguas, construidas con madera y lámina decorada.

Según se conoció después, la idea de aquel ataque guerrillero era saquear la caja fuerte del Banco Capitalizador que estaba en esa cuadra (frente al parque); pero no se pudo.

Mientras tanto, Marver y su familia eran los únicos que no habían evacuado la vivienda.

“Mi mamá se negaba a salir y yo le planteé que si prefería morir quemada o asesinada por un disparo cuando saliera.
Al final salimos e inmediatamente vi a un hombre alto, vestido de olivo y portando un fusil que me dijo: ‘Oíme chavalo, tu casa se está quemando, salí; no te preocupés, no te va a pasar nada”, recuerda Marver.

Después se enteraría de que aquel guerrillero era el líder, el “comandante Chencho”.

Cinco familias habían perdido todo su patrimonio y jamás fueron compensadas.
Desde entonces, la familia de Marver se transformó. Su hermanito nunca volvió a dormir en la oscuridad; a su mamá le diagnosticaron cáncer en el hígado, que la llevó a la tumba.

“Desde 1981, la vida de nosotros ha sido un calvario. Perdí a mi esposo, a mi hija y mi casa”,

María Isabel Servellón
viuda de Turcios.

“Odio los 24 y los 31 de diciembre, porque la reventazón de pólvora me recuerda aquella noche cuando perdimos todo lo que teníamos; pero sobre todo la muerte de mi madre”, señala Marver.

Él nos contó su relato justo un día antes de la conmemoración de ese triste hecho. Lo encontramos en la alcaldía, donde trabaja en la promoción cultural, preparando los festejos patronales de la localidad, curiosamente involucrado en la misma tarea de hace 17 años.

“Ese día me había ido ya tarde a la casa porque había estado colaborando en la feria de artesanías”, recuerda este hombre de tez morena, baja estatura y muy locuaz.

Es como repetir aquel momento, aquellos tiempos de fiestas patronales, algo que se había ausentado de otros pueblos convulsos por el conflicto.

Como en estos días, los juayuenses se preparaban para celebrar a su patrono, el Cristo Negro. Las candidatas a reina de los festejos esperaban ganar el cetro. De pronto, todo había quedado en suspenso. El panorama se había ensombrecido.

El adiós a Juanita

Cinco años antes y a cientos de kilómetros de distancia de la fresca localidad, el cálido cantón Chilama (Puerto de La Libertad) también se oscureció.

Era una zona conflictiva. Los cerros y colinas que bordean esos lugares eran el hogar de los rebeldes, que casi a diario bajaban para aperarse de comida entre los habitantes de cantones como Chilama y El Pajal.

María Isabel Servellón, una mujer bajita de piel blanca y con once hijos, habitaba en una casa situada en la cercanías del río Chilama. Hasta antes del mediodía del 11 de enero de 1981, había visto varios cadáveres flotando en el afluente.

Juana G. Turcios Servellón, víctima del conflicto.

Tantas veces había visto desfilar comandos guerrilleros frente a su casa cuando bajaban de los montes y se detenían en su pequeña tienda.

“Mama, por favor échenos tortillas”, le pidieron algunas veces. Doña “Chabe”, como es conocida, dice que siempre se negó porque le daba miedo. Era lógico. Eran tiempos de guerra, tiempos de confusiones.

Un día, las peticiones de aquellos guerrilleros encontraron eco en Juanita, la novena hija de doña Chabe. El esposo le aconsejó que no lo hiciera, su mamá también se lo pidió; pero Juanita se empecinó en preparar las tortillas para los combatientes.

Ese 11 de enero llegó a la casa de su madre a moler el maíz en la piedra. Fue el día fatal. Doña Chabe había dejado a su esposo, al que llamaban el “Tatita”, a Juanita y a cuatro nietos en casa.

Miembros de la Marina Nacional (ahora Fuerza Naval), según cuentan, subieron en operativo hacia esa zona. Ese día se enfrentaron con la guerrilla.

Tiroteos por doquier y el temor a morir cundió por todo aquello. Luego vendría la calma. Las balas cesaron y la búsqueda de rebeldes rindió frutos inesperados. “En El Pajal les dijeron a los militares que para qué andaban buscando tanto si mi casa era mantenedero de guerrilleros”, relata doña Isabel.

Con lágrimas en los ojos, la anciana recrea la muerte de su joven hija de 18 años y la de su esposo de 73, según le contaron los dos nietos y dos hijos de entre 6 y 8 años que vieron aquel horror.

“Rodearon la casa y sin mediar palabra agarraron a mi hija del pelo, la torturaron y la llevaron a un palo de níspero. Allí le dispararon. Luego le gritaron al Tatita que saliera de la casa porque él se había escondido adentro de la casa. Como no salió, dispararon por todos lados y lo balearon en una pierna. Al ver que tampoco salía le prendieron fuego a la casa”, dice.

LOS NÚMEROS DEL MEMORIAL

La comisión para la construcción del monumento desarrolló una intensa búsqueda para recoger la mayor cantidad de nombres de víctimas civiles del conflicto. El resultado está en el memorial. 25,525
La comisión del memorial estima que ese es el número de víctimas civiles producto del conflicto armado.
1.5 mill.
El costo dela construcción del memorial de las víctimas. Los fondos vinieron de campañas nacionales y del exterior.
9 mil
El número de personas que aún permanecen en calidad de desaparecidas, de acuerdo con la comisión del memorial.

Los niños tuvieron suerte. Los militares les habían amenazado que si no se retiraban del lugar, allí no sobrevivirían para contarlo.

Paradójicamente, los cuatro menores se incorporaron al ejército más tarde. Uno de ellos, Pedro Antonio, murió algunos años después en un ataque guerrillero al cuartel de El Paraíso, en Chalatenango.
Según algunos vecinos, cuando acudieron en auxilio del Tatita y de Juanita, la encontraron a ella muerta junto al níspero y a él hecho un montón de cenizas.

“Desde 1981 nuestra vida ha sido un calvario. Perdí a mi esposo, a mi hija, la casa”, dice la anciana, sentada en el corredor de su casa en las cercanías del Puerto de La Libertad, donde se cobijó desde aquel día con su dolor.

Llanto de hija

Gloria Guzmán es de carácter fuerte, aunque no puede ocultar una mueca de dolor, ni que sus ojos se llenen de lágrimas cuando recuerda aquella mañana del lunes 17 de mayo de 1982. Ese día, hace 21 años, esta simpática mujer de pelo negro, mirada penetrante, hablar pausado y una enorme amabilidad perdió su tesoro más preciado: sus padres.

Él, don Juan Antonio Guzmán, de 48 años, ya había recibido amenazas de muerte, según Gloria, porque “era sindicalista”. Ella, María Otilia Orellana, simplemente estaba en el lugar y a la hora equivocada.
Los recuerdos salen uno a uno, como si sucedió ayer. “Yo soy testiga de cuando se llevaron a mis papás”, dice convencida.

“Yo estaba estudiando cuando me avisaron que había gente armada en mi casa. Logré salir del colegio, me comuniqué con unos familiares y junto con un primo fui a ver. Cuando nos acercamos a la casa nos dimos cuenta que dentro y fuera de ella había gente de la Policía Nacional uniformada y de la Fuerza Armada junto con hombres de civil. Mi papá estaba en la casa. El carro de él estaba afuera. Yo lo vi”, relata.

Aprieta las manos y entrelaza los dedos. Recuerda que no sólo era su papá el que estaba en la casa. Su madre y otro primo estaban con él.

VEINTE AÑOS DESPUÉS
Más de veinte años después, Gloria Guzmán aún recuerda aquel lunes 17 de mayo de 1982 cuando desaparecieron sus padres. Nunca los encontró.
Juan Antonio Guzmán, 48 años, víctima del conflicto.

Juan Antonio Guzmán,
48 años.
víctima del conflicto.
María Otilia Orellana,
48 años.
víctima del conflicto.

Poco a poco, los ocupantes comienzan a abandonar la casa. Pero no se van con las manos vacías.

“Uno a uno se empezaron a mover los carros. Primero iba una patrulla de la policía, en medio el carro de mi papá; pero lo conducía otra persona, un hombre, y después iban otros dos carros. A mi papá no lo vi porque supongo lo llevaban en una especie de furgoneta que andaban ellos”, dice.

Después de eso comenzó una búsqueda sin fin que se prolonga hasta hoy. “Iniciamos en la Policía porque ya habíamos visto que ellos se los llevaron”, explica. Pero fue en vano. “Me los negaron”, recuerda.

“Todavía en esos momentos creía que podían aparecer. Obviamente en esos días se daban casos de casos, personas que aparecían asesinadas, decapitadas y todo eso. La familia entera nos pusimos a la búsqueda de cadáveres cuando nos avisaban, íbamos a las morgues y a diferentes instancias y nunca los encontramos”. Sus ojos están humedecidos y su hablar se torna mucho más pausado que el habitual. Pero no deja escapar ni una lágrima. Siento el dolor en su voz. El tiempo parece detenerse, toma aire, se repone y continúa.

“Los primeros dos años fueron de búsqueda, de denuncia nacional e internacional, en los periódicos; después nos dimos cuenta que en realidad, después de dos años, era difícil que aparecieran. Sin embargo, yo tenía esperanzas de que los acusaran de algo, porque lo importante era garantizar que estuvieran vivos. Pero eso nunca sucedió”, reflexiona.

Los nombres de Juan Antonio y María Otilia forman parte de la lista de las 9 mil personas que permanecen desaparecidas después del conflicto armado. “Mis padres están en condición de desaparecidos, pero yo obviamente supongo que los asesinaron”, manifiesta.

El río Chilama es ahora testigo silencioso de la muerte y el dolor que corrió durante el pasado conflicto armado.

Ahora, un muro de granito negro inmortaliza sus nombres y los de otros 25 mil niñas y niñas, mujeres y hombres, adultos y jóvenes, víctimas inocentes de un conflicto entre hermanos que hizo manar sangre en muchos corazones salvadoreños.

“Ese memorial dignifica a las víctimas porque no quedan en el olvido. El hecho de ver el nombre concreto de una persona y de imaginar que existió, que tiene una historia detrás, eso es importante”, resume.

Gloria no guarda rencor ni quiere venganza; sólo pide justicia. “Nadie me ha pedido perdón, en ese sentido aún no puedo perdonar a nadie. Yo me niego a una resignación. Yo creo en la justicia, no soy partidaria de la venganza; pero sí de justicia, eso me enseñaron mis padres”, dice.

Ahora, un monumento conmemorativo se alza en un parque capitalino. Para unos es una esperanza de que sus seres queridos no serán olvidados. Para otros, será un recuerdo a las nuevas generaciones... para “que no se repita esa locura (la guerra)”, como dice Mauricio Vargas, general retirado y quien fue miembro de la comisión negociadora que llegó al acuerdo de paz.

Blanca Coto, miembra del FMLN, coincide con Vargas en que las nuevas generaciones conozcan que hubo personas que murieron en esos años de guerra, “de la que se desprende la incipiente democracia, en la que todos debemos trabajar para fortalecerla”.

La trágica guerra por la que atravesó El Salvador dejó a miles de víctimas civiles durante los 12 años que duró la misma.

Un libro de cemento y mármol

Con la llegada de la paz, la Misión de Naciones Unidas en El Salvador (ONUSAL) recomendó que el Estado iniciara la construcción de un monumento nacional en San Salvador a las víctimas civiles del conflicto armado. La construcción sería una forma de reconocer la honorabilidad de los civiles que perdieron la vida durante ese proceso. Las partes en el conflicto reconocen que el monumento es una especie de libro abierto para las nuevas generaciones. Los nombres grabados en cemento y mármol ayudarán a la elaboración de una memoria histórica para las generaciones venideras y los dolientes que sobreviven.
Otra de las recomendaciones que sugirió ONUSAL al Estado salvadoreño fue el establecimiento de un feriado de las víctimas del conflicto como una forma de reparación moral a los familiares de los afectados.












 


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