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OPINIÓN
Castro,
45 años después
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Primero el obligado parte médico. Hace 45 años
Castro llegó al poder vestido de guerrillero y se dio de alta
como dictador vitalicio. De aquellos tiempos remotos _Eisenhower, De
Gaulle, Kruschev_ ya no le queda ningún colega vivo. Incluso
él mismo, hasta donde sabemos, es casi un compendio de miserias
geriátricas, minuciosamente catalogadas por los castropatólogos,
siempre a la espera del desenlace biológico: parkinson,
divertículos,
obstrucción parcial de las coronarias, sinovitis crónica
_ese bloqueo en la rodilla izquierda que duele más que el otro
bloqueo_, y la pérdida alarmante de masa ósea. Injurias
que, junto a varias isquemias cerebrales, lo han ido convirtiendo en
un viejo semiloquito y flaco, de habla lenta y estropajosa, enredada
en una jerga estalinista que desespera a sus interlocutores y provoca
la burla de los cubanos, quienes lo llaman el Coma-Andante.
Y ahora el parte político. ¿Ha sucedido algo trascendente
en el último año que merezca la pena reseñarse?
Por supuesto. En marzo y abril de 2003 los tribunales revolucionarios
fusilaron a tres muchachos negros por robarse un bote y cayeron como
una tromba sobre casi un centenar de opositores pacíficos, condenándolos
en juicios relámpago a penas de hasta 28 años de cárcel.
El más notable era Raúl Rivero, el primer poeta de Cuba,
pero las biografías de los 75 demócratas internados en
las prisiones eran todas parecidas: periodistas, escritores, bibliotecarios,
economistas, activistas de derechos humanos, personas que habían
recogido firmas para pedir un referéndum y dirigentes de partidos
políticos prohibidos en la Isla, pero presentes en el resto del
planeta: socialistas, liberales y democristianos.
Rupturas tremendas
Ese fue el momento en el que José Saramago, Premio Nobel de Literatura,
y otros cien intelectuales de la izquierda dieron un paso al frente
y repitieron a coro la frase del escritor portugués: hasta
aquí hemos llegado. Ruptura tremendamente importante, en
la medida en que dejaba a Castro sin otro apoyo internacional que el
de la fauna estalinista más desacreditada. En España,
por ejemplo, el gobierno cubano sólo recibió el respaldo
franco del entorno de la banda terrorista ETA. En el resto de Occidente
sucedió lo mismo. El Comandante se quedó solo, rodeado
de desacreditados matones políticos, algo que para su propia
nomenclatura resultó un mazazo desmoralizante. Los dirigentes
castristas hasta ese momento se sentían los respetados protagonistas
de una hazaña histórica. Ya saben que se les percibe como
una indefendible colección de verdugos y represores.
Tras los crímenes de la primavera, alentada por las denuncias
de la izquierda, Europa recrudeció sus críticas contra
la dictadura. Ratificó la posición común
de no concederle ningún trato preferente al gobierno cubano mientras
no dé pasos hacia el cambio y la democracia, y les abrió
las puertas de las embajadas en La Habana a los disidentes. Por fin
había ocurrido un cambio trascendental: ya se entendía
con toda claridad que el problema cubano no era un conflicto
entre Estados Unidos y Cuba, sino entre los demócratas del mundo
entero y la última dictadura de factura soviética que
quedaba en Occidente.
Esa atmósfera de rechazo internacional al castrismo tuvo graves
consecuencias psicológicas en la conducta de la cúpula
dirigente castrista. A fines de año se destapó la olla
y olía a podrido: en Cubanacán, una empresa
turística del gobierno que controla el 42% del negocio, se habían
perdido millones de dólares. Pero lo mismo sucedía
en Gaviota _otra empresa turística a cargo de los
militares_, y en prácticamente todo lo que allá llaman
el área dólar. ¿Por qué? Porque
los gerentes y ejecutivos de todos esos consorcios, convencidos de que
viven la etapa final de la dictadura, roban, aceptan comisiones y sacan
el dinero discretamente al extranjero para cuando lleguen días
menos felices. Eso se llama espíritu de fin de régimen.
Pero tal vez lo más trascendente que ha ocurrido en el 2003 con
relación a Cuba no es un hecho concreto sino una formulación
teórica. A mediados de año comenzó a circular en
Washington entre demócratas y republicanos un persuasivo memorando
de apenas dos páginas en el que se proponía una política
conjunta para la Cuba futura: Estados Unidos no podía aceptar
que el post castrismo, una vez desaparecido el Comandante, se convirtiera
en una dictadura amistosa con Washington, controlada por una mafia militar-comunista.
Las buenas relaciones con Cuba sólo podían reestablecerse
cuando hubiera en la Isla una democracia real sustentada por un modelo
económico razonable.
La noticia cayó en la clase dirigente cubana como una patada
en la canilla de un moribundo. Los militares, con Raúl a la cabeza,
tras la muerte de Fidel pensaban venderle a Washington el
panorama de una isla tranquila, sin emigrantes ilegales ni tráfico
de drogas, a cambio de que se reanudaran los vínculos económicos
y diplomáticos y se aceptara el carácter permanente de
la dictadura.
Los norteamericanos no compran esta nauseabunda mercancía.
Saben que esa es la fórmula de una catástrofe futura.
Los europeos tampoco lo harán. Esto hunde el proyecto totalitario
post castrista. El régimen comenzará a morir en el velorio
del Caudillo que lo parió.
*www.firmaspress.com
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