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PULSO
A LA DEMOCRACIA
El camino a la democracia
Los
tiempos electorales reviven con intensidad el término democracia.
Vértice quiso
ir más allá de los contendientes a la presidencia para
conocer de los políticos, analistas
y el ciudadano promedio cuánto digieren el concepto.
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Cual si fuera el ágora donde los antiguos griegos
entraban en profundas reflexiones sobre la vida, la naturaleza... un
grupo de salvadoreños demostró que también es capaz
de filosofar.
No tomaron poses de pensadores, no usaron túnicas con amplios
pliegues ni entraron en debate con otros en plena asamblea pública.
Pero una pregunta fue suficiente para que la inspiración se apoderara
de muchos o asustara a otros, al punto de negar cualquier participación
.
Y no era para menos, para algunos echar mano de la verborrea política
no era tan fácil. Otros fueron más avezados y hasta explicaron,
de manera convincente, según ellos, porqué el concepto
de democracia no se ha hecho efectivo plenamente en nuestro país.
¿Qué entiende usted por democracia? Fue la pregunta que
rompió el hielo. Paz, unión, participación, diálogo,
concertación, libertad en todas sus formas, son las palabras
que surgieron del pensamiento tanto del ciudadano común como
de algunos políticos y analistas. Es más, la sola palabra
parece inspirar a muchos cuando de definirla se trata.
Cada quien esgrimió sus propias definiciones. Unos cerca, otros
lejos de las definiciones académicas. Cada uno la entiende de
acuerdo con su realidad, necesidades, temores e inquietudes.
Si se busca la palabra en cualquier diccionario se encuentran definiciones
como la forma de gobierno ejercida por el pueblo o doctrina
que tiende al nivelamiento en todos los aspectos de la sociedad;
a veces se cree que es el resultado del sufragio universal
y otras como el crecimiento de la evolución social hacia
la igualdad que barre todos los privilegios, principalmente en el ámbito
de las instituciones políticas.
¿Pero, cómo la ve el salvadoreño?
Óptica salvadoreña
Tanto gobernantes como gobernados tienen sus acepciones. Unas veces
coincidentes, en tanto, otras son divergentes.
Norman Quijano, de ARENA, la define como un sistema que garantiza libertades
colectivas e individuales que se fundamenta en libertades generales
como el hecho de poder elegir libremente a los gobernantes. Es
un sistema socio-político, un modelo socio-económico de
como la sociedad se organiza, agrega.
Jorge Villacorta, diputado del Centro Democrático Unido (CDU),
sostiene que es un sistema en el que la mayoría del pueblo
determina las decisiones, respetando la opinión y equidad a todos
y que se concrete en un estado democrático de derecho.
Sin embargo, otros analistas escrutan estos conceptos y señalan
el hecho que, entre ciertos grupos políticos, hay un esfuerzo
deliberado por confundir conceptos como Estado de derecho, de modo que
tiendan hacia una especie de viñeta de izquierdas cuando
estamos hablando de un sistema de nación.
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Pero el salvadoreño común no entiende
de consideraciones académicas; sus propias concepciones corresponden
a su realidad. Para policías, motoristas, empleados, empresarios,
universitarios, vendedores, y todo ese mosaico de profesiones y oficios
que converge día a día, el concepto puede sonar distinto.
He escuchado que vivimos en democracia; pero no sé que
es eso exactamente, afirma María Efigenia, una empleada
doméstica.
Es natural escuchar esta respuesta cuando traemos a colación
el resultado del informe del Latinobarómetro -emitido hace dos
años- donde El Salvador comparte los peores lugares, junto a
Colombia y Paraguay, en cuanto a apoyo y satisfacción con la
democracia
Haydée Aguilar, licenciada en laboratorio clínico,
tiene una noción más clara. Por ejemplo, compara la democracia
con la equidad y con el hecho de no cometer abusos.
Es curioso. Muchos salvadoreños consultados dijeron haber escuchado
alguna vez sobre el concepto; aunque no han logrado entenderlo.
Tengo un concepto vago... creo que es cuando tenemos libertad
de expresión, opina Nelson Hernández, un
estudiante de 23 años.
Más allá de las definiciones, cuando se
les preguntó sobre si en El Salvador vivimos o no en democracia,
la mayoría de respuestas coincide en pensar que no la vivimos
plenamente porque la participación en torno a los intereses nacionales
es limitada. Vivimos poca democracia, opinó un empresario
de clase media.
Primeros pasos
No se puede negar que los vientos democráticos han soplado con
más estabilidad que en la década perdida, pero el trecho
es largo.
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El gobierno que
se necesita
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La falta de
una cultura democrática en la población salvadoreña
fue parte de una de las conclusiones de un estudio realizado recientemente.
Un informe de latinobarómetro concluyó que, en 2001,
Colombia (puesto 22), Paraguay (23) y El Salvador (23) obtuvieron
los peores porcentajes y han experimentado el menor apoyo y satisfacción
con la democracia en los últimos cuatro años.
Según el estudio, en 1996 se midió que el 56% de
la población encuestada prefería la democracia a
cualquier otra forma de gobierno, un porcentaje que para 1996
se había elevado al 79%.
Sin embargo, a partir de ese año, El Salvador inicia un
rápido deterioro de soporte a la democracia cayendo el
porcentaje de respuestas favorables al 25%, hasta ocupar el último
lugar en América Latina, en 2001.
En 2002, el porcentaje de preferencia por la democracia se recupera
alcanzando un valor de 40%, pero continúa siendo uno de
los más bajos de América Latina.
Esa misma institución analizó la cultura democrática
entre los salvadoreños, la cual se encuentra en déficit.
A partir de esa información, el Informe de Desarrollo Humano
2003 advierte la posibilidad de que el país caiga en un
riesgo de retornar a un autoritarismo, y que la ciudadanía
siga bajando su nivel de confianza en las autoridades.
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Los políticos coinciden en un punto, y es que
vivimos un momento de transición democrática, especialmente
luego de la firma de los Acuerdos de Paz.
Norman Quijano considera que ese proceso de construcción se refleja
en un resultado: la pluralidad ideológica y la amplia participación
ciudadana, así como la consolidación del poder civil
sobre el militar.
También se ha consolidado, además, la libertad de
expresión y de movilización, existen elecciones regulares,
el respeto a la persona. Hay una Constitución que garantiza todo
eso, apunta.
Salvador Sánchez, del FMLN, reconoce los avances; pero dice que
aún vivimos rasgos autoritarios, que no hay espacios de concertación.
Villacorta coincide en ese punto y pone el ejemplo del Plan Mano Dura;
sin embargo, reconoce que están dadas las bases para un sistema
más justo en este momento.
El Informe de Desarrollo Humano del PNUD, en su apartado Estado
de la gobernabilidad democrática en El Salvador, sugiere
la necesidad de apoyar el desarrollo humano con la aplicación
de ciertos principios doctrinarios como elecciones regulares y libres,
la separación y el balance de poderes que haga cumplir la ley
para todos, libertad de información y culto, la rendición
de cuentas de los gobernantes, la ley o el derecho como voluntad del
Estado a partir de un poder legislativo representativo.
Pero hay un punto importante que destaca el citado informe, y es que
la sociedad civil debe ser activa, capaz de ejercer funciones de contraloría
social sobre el gobierno y los grupos de interés. Haydée,
la laboratorista, hace uso de su derecho al demandar que en el país
haya más justicia.
En esto la secunda Nelson, cuando traduce la democracia en bienestar
social y aquí no lo hay para todos.
Otro aspecto que ignoró la mayoría de los ciudadanos fue
su derecho al voto, como uno de los símbolos de toda
sociedad democrática.
El politólogo Álvaro Artiga no le da mucho crédito
a las elecciones como único garante de la democracia; pero, eso
sí, aclara que la participación de la población
es necesaria para garantiza su consolidación.
Pero el índice de abstencionismo y ausentismo en las últimas
elecciones sigue siendo alto. No es un buen signo para salvaguardar
el sistema.
En este punto, la última encuesta Cid Gallup revela que sólo
un 62% de los entrevistados sugirió la posibilidad de acudir
a las urnas el próximo 21 de marzo. Las razones que los motivaría
es el deber ciudadano. Un 16% dijo que no votaría
porque no cree en los políticos.
Artiga apunta otros elementos a favor de ese proceso
como es la participación de los partidos políticos sin
exclusión ideológica.
Por su lado, el diputado pecenista Dagoberto Marroquín cree que
ejemplos de que -al menos- hemos empezado a dar los primeros pasos democráticos
son muchos.
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Marroquín piensa que la elección popular
de las autoridades, la influencia de las opiniones de las organizaciones
no gubernamentales y el hecho de hablar de descentralización
de los gobiernos locales, son la mejor prueba de que hemos avanzado
en el fortalecimiento de una sociedad civil.
Yo diría que estamos en transición de democracia
representativa a una participativa, dice Marroquín.
Algunos ciudadanos difieren con el diputado. No tenemos dominio
en las decisiones políticas; ese dominio es de pocos, opina
Esteban Morales, un empleado público.
Las opiniones son variadas, contradictorias a veces y coincidentes en
otras, al punto de que mientras para Víctor Mejía, un
policía de 25 años, existe en el país un
70% de libertad de expresión, Miguel, un motorista de la
ruta 42, cree que el salvadoreño no ignora; pero agacha
la cabeza.
Eso sí, el optimismo es mayor que el pesimismo cuando se analiza
el camino recorrido. El empresario Rafael Padilla observa que hemos
caminado bastante y que debemos seguir luchando por alcanzar
la verdadera democracia.
Tiempo de construir
El informe del Latinobarómetro hace hincapié en que la
mayoría de personas entrevistadas no logra asociar la democracia
con una forma concreta.
Haydée Aguilar, a sus 36 años, ha analizado
que para vivir en democracia es necesario repartir justicia. No
le digo que vivimos tan marginados pero hace falta más justicia,
opina.
Con ella están de acuerdo los diputados Sánchez Cerén
y Quijano cuando aceptan la necesidad de mejorar el sistema judicial
y garantizar más el respeto a los derechos de los salvadoreños.
Sánchez dice que se debe acabar con la impunidad. Quijano recomienda
la despartidización de instituciones claves como la Procuraduría
de Derechos Humanos y el Tribunal Supremo Electoral, y trabajar por
la despolarización de la sociedad.
Avanzar en la garantización de ese proceso democrático
tiene mucho que ver con la falta de concertación que existe entre
los partidos políticos, recalca.
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La falta de concertación entre las fuerzas legislativas
ha sido una constante en el último año. El resultado no
ha sido el más beneficioso.
En este punto se suma William Pleytez, del Programa de las Naciones
Unidas para el Desarrollo (PNUD), al insistir en que ponerse de acuerdo
es altamente rentable para resolver los grandes problemas
nacionales.
Después del entusiasmo que caracterizó al país
con la firma de los Acuerdos de Paz, ha ido ganando terreno la polarización,
el pesimismo y la desconfianza, afirma Pleytez.
La ciudadanía no siente que los partidos
políticos o la Asamblea (Legislativa) los esté representando
verdaderamente, añade.
De hecho, la encuesta CID Gallup revela que un 64% de los consultados
tenía confianza en que el próximo presidente puede cambiar
el país.
El no recuperar la confianza hacia los políticos supone un riesgo:
caer en un populismo y eso nos orille a elegir figuras que nos lleven
a niveles de inestabilidad como ha sucedido en Venezuela y Perú.
En ese punto coinciden Pleytez y Artiga.
Quizá allí esté el reto; en forjar una cultura
democrática entre la población a fin de que eso la lleve
a tomar las decisiones correctas y convenientes. El ejercicio de Vértice
concluyó en que esa formación es necesaria.
Ya lo dijo Pericles, quien es considerado, junto a Solón, uno
de los padres de la democracia ateniense: El que sabe y no se
explica claramente, es igual que si no pensara.
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Todo comenzó
con los griegos
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Solón
fue uno de los siete sabios de Atenas que son considerados
fundadores de la democracia, en la antigua Grecia, hace
2,500 años a.C.
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Los antiguos
griegos han tenido una influencia determinante en el pensamiento
político occidental. Pero quizás la más importante
de estas influencias fue la llamada democracia ateniense.
Es realmente increíble que hace 2,500 años se llegara
a ese nivel de participación en la vida política,
y más si pensamos que tardaría más de 2,300
años en aparecer un sistema político que igualara
ese grado de intervención del pueblo llano.
El estado político que se dio en Atenas durante el Siglo
V a.C. se le designó en su momento democracia.
Sin embargo, su significado habría que entenderlo como
contraposición al gobierno de la monarquía-tiranía
y la oligarquía más que su propio significado:
gobierno del pueblo. Además recibió diferentes nombres
según la época. Destacaron como constitucionalistas
los grandes sabios y políticos Solón, Clístenes,
Pericles y Cleón, que fueron reformando esta forma de gobierno
hasta límites de participación nunca conocidos.
Para los atenienses, el concepto de Democracia estaba más
cercano al término Igualdad que al que actualmente entendemos
como gobierno de la mayoría. De hecho, no solían
referirse a su forma de gobierno como Democracia, sino que habitualmente
hablaban de Isocracia, es decir, igualdad política.
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