11 de enero de 2004


PULSO A LA DEMOCRACIA

El camino a la democracia

Los tiempos electorales reviven con intensidad el término “democracia”. Vértice quiso
ir más allá de los contendientes a la presidencia para conocer de los políticos, analistas
y el ciudadano promedio cuánto digieren el concepto.

A. Miranda, W. Hernández, M. Cáceres
y E.L. Lemus

vertice@elsalvador.com

Cual si fuera el ágora donde los antiguos griegos entraban en profundas reflexiones sobre la vida, la naturaleza... un grupo de salvadoreños demostró que también es capaz de filosofar.

No tomaron poses de pensadores, no usaron túnicas con amplios pliegues ni entraron en debate con otros en plena asamblea pública. Pero una pregunta fue suficiente para que la inspiración se apoderara de muchos o asustara a otros, al punto de negar cualquier participación .

Y no era para menos, para algunos echar mano de la verborrea política no era tan fácil. Otros fueron más avezados y hasta explicaron, de manera convincente, según ellos, porqué el concepto de democracia no se ha hecho efectivo plenamente en nuestro país.

¿Qué entiende usted por democracia? Fue la pregunta que rompió el hielo. Paz, unión, participación, diálogo, concertación, libertad en todas sus formas, son las palabras que surgieron del pensamiento tanto del ciudadano común como de algunos políticos y analistas. Es más, la sola palabra parece inspirar a muchos cuando de definirla se trata.

Cada quien esgrimió sus propias definiciones. Unos cerca, otros lejos de las definiciones académicas. Cada uno la entiende de acuerdo con su realidad, necesidades, temores e inquietudes.

Si se busca la palabra en cualquier diccionario se encuentran definiciones como “la forma de gobierno ejercida por el pueblo” o “doctrina que tiende al nivelamiento en todos los aspectos de la sociedad”; a veces se cree que es el resultado del “sufragio universal” y otras como el “crecimiento de la evolución social hacia la igualdad que barre todos los privilegios, principalmente en el ámbito de las instituciones políticas”.
¿Pero, cómo la ve el salvadoreño?

Óptica salvadoreña

Tanto gobernantes como gobernados tienen sus acepciones. Unas veces coincidentes, en tanto, otras son divergentes.

Norman Quijano, de ARENA, la define como un sistema que garantiza libertades colectivas e individuales que se fundamenta en libertades generales como el hecho de poder elegir libremente a los gobernantes. “Es un sistema socio-político, un modelo socio-económico de como la sociedad se organiza”, agrega.

Jorge Villacorta, diputado del Centro Democrático Unido (CDU), sostiene que es “un sistema en el que la mayoría del pueblo determina las decisiones, respetando la opinión y equidad a todos y que se concrete en un estado democrático de derecho”.

Sin embargo, otros analistas escrutan estos conceptos y señalan el hecho que, entre ciertos grupos políticos, “hay un esfuerzo deliberado por confundir conceptos como Estado de derecho, de modo que tiendan hacia una especie de viñeta de izquierdas” cuando “estamos hablando de un sistema de nación”.

Pero el salvadoreño común no entiende de consideraciones académicas; sus propias concepciones corresponden a su realidad. Para policías, motoristas, empleados, empresarios, universitarios, vendedores, y todo ese mosaico de profesiones y oficios que converge día a día, el concepto puede sonar distinto.

“He escuchado que vivimos en democracia; pero no sé que es eso exactamente”, afirma María Efigenia, una empleada doméstica.

Es natural escuchar esta respuesta cuando traemos a colación el resultado del informe del Latinobarómetro -emitido hace dos años- donde El Salvador comparte los peores lugares, junto a Colombia y Paraguay, en cuanto a apoyo y satisfacción con la democracia

Haydée Aguilar, licenciada en laboratorio clínico, tiene una noción más clara. Por ejemplo, compara la democracia con la equidad y con el hecho de no cometer abusos.

Es curioso. Muchos salvadoreños consultados dijeron haber escuchado alguna vez sobre el concepto; aunque no han logrado entenderlo.

“Tengo un concepto vago... creo que es cuando tenemos libertad de expresión”, opina Nelson Hernández, un
estudiante de 23 años.

Más allá de las definiciones, cuando se les preguntó sobre si en El Salvador vivimos o no en democracia, la mayoría de respuestas coincide en pensar que no la vivimos plenamente porque la participación en torno a los intereses nacionales es limitada. “Vivimos poca democracia”, opinó un empresario de clase media.

Primeros pasos

No se puede negar que los vientos democráticos han soplado con más estabilidad que en la década perdida, pero el trecho es largo.

El gobierno que
se necesita

La falta de una cultura democrática en la población salvadoreña fue parte de una de las conclusiones de un estudio realizado recientemente.


Un informe de latinobarómetro concluyó que, en 2001, Colombia (puesto 22), Paraguay (23) y El Salvador (23) obtuvieron los peores porcentajes y han experimentado el menor apoyo y satisfacción con la democracia en los últimos cuatro años.
Según el estudio, en 1996 se midió que el 56% de la población encuestada prefería la democracia a cualquier otra forma de gobierno, un porcentaje que para 1996 se había elevado al 79%.
Sin embargo, a partir de ese año, El Salvador inicia un rápido deterioro de soporte a la democracia cayendo el porcentaje de respuestas favorables al 25%, hasta ocupar el último lugar en América Latina, en 2001.
En 2002, el porcentaje de preferencia por la democracia se recupera alcanzando un valor de 40%, pero continúa siendo uno de los más bajos de América Latina.
Esa misma institución analizó la cultura democrática entre los salvadoreños, la cual se encuentra en déficit. A partir de esa información, el Informe de Desarrollo Humano 2003 advierte la posibilidad de que el país caiga en un riesgo de retornar a un autoritarismo, y que la ciudadanía siga bajando su nivel de confianza en las autoridades.

Los políticos coinciden en un punto, y es que vivimos un momento de transición democrática, especialmente luego de la firma de los Acuerdos de Paz.

Norman Quijano considera que ese proceso de construcción se refleja en un resultado: “la pluralidad ideológica y la amplia participación ciudadana”, así como la consolidación del poder civil sobre el militar.

“También se ha consolidado, además, la libertad de expresión y de movilización, existen elecciones regulares, el respeto a la persona. Hay una Constitución que garantiza todo eso”, apunta.

Salvador Sánchez, del FMLN, reconoce los avances; pero dice que aún vivimos rasgos autoritarios, que no hay espacios de concertación.

Villacorta coincide en ese punto y pone el ejemplo del Plan Mano Dura; sin embargo, reconoce que están dadas las bases para un sistema más justo en este momento.

El Informe de Desarrollo Humano del PNUD, en su apartado “Estado de la gobernabilidad democrática en El Salvador”, sugiere la necesidad de apoyar el desarrollo humano con la aplicación de ciertos principios doctrinarios como elecciones regulares y libres, la separación y el balance de poderes que haga cumplir la ley para todos, libertad de información y culto, la rendición de cuentas de los gobernantes, la ley o el derecho como voluntad del Estado a partir de un poder legislativo representativo.

Pero hay un punto importante que destaca el citado informe, y es que la sociedad civil debe ser activa, capaz de ejercer funciones de contraloría social sobre el gobierno y los grupos de interés. Haydée, la laboratorista, hace uso de su derecho al demandar que en el país haya más justicia.

En esto la secunda Nelson, cuando traduce la democracia en “ bienestar social y aquí no lo hay para todos”.

Otro aspecto que ignoró la mayoría de los ciudadanos fue su derecho al voto, como uno de los símbolos de toda
sociedad democrática.

El politólogo Álvaro Artiga no le da mucho crédito a las elecciones como único garante de la democracia; pero, eso sí, aclara que la participación de la población es necesaria para garantiza su consolidación.

Pero el índice de abstencionismo y ausentismo en las últimas elecciones sigue siendo alto. No es un buen signo para salvaguardar el sistema.

En este punto, la última encuesta Cid Gallup revela que sólo un 62% de los entrevistados sugirió la posibilidad de acudir a las urnas el próximo 21 de marzo. Las razones que los motivaría es el “deber ciudadano”. Un 16% dijo que no votaría porque no cree en los políticos.

Artiga apunta otros elementos a favor de ese proceso como es la participación de los partidos políticos sin exclusión ideológica.

Por su lado, el diputado pecenista Dagoberto Marroquín cree que ejemplos de que -al menos- hemos empezado a dar los primeros pasos democráticos son muchos.

Marroquín piensa que la elección popular de las autoridades, la influencia de las opiniones de las organizaciones no gubernamentales y el hecho de hablar de descentralización de los gobiernos locales, son la mejor prueba de que hemos avanzado en el fortalecimiento de una sociedad civil.

“Yo diría que estamos en transición de democracia representativa a una participativa”, dice Marroquín.

Algunos ciudadanos difieren con el diputado. “No tenemos dominio en las decisiones políticas; ese dominio es de pocos”, opina Esteban Morales, un empleado público.

Las opiniones son variadas, contradictorias a veces y coincidentes en otras, al punto de que mientras para Víctor Mejía, un policía de 25 años, existe en el país “un 70% de libertad de expresión”, Miguel, un motorista de la ruta 42, cree que el salvadoreño no ignora; pero “agacha la cabeza”.

Eso sí, el optimismo es mayor que el pesimismo cuando se analiza el camino recorrido. El empresario Rafael Padilla observa que “hemos caminado bastante” y que “debemos seguir luchando por alcanzar la verdadera democracia”.

Tiempo de construir

El informe del Latinobarómetro hace hincapié en que la mayoría de personas entrevistadas no logra asociar la democracia con una forma concreta.

Haydée Aguilar, a sus 36 años, ha analizado que para vivir en democracia es necesario repartir justicia. “No le digo que vivimos tan marginados pero hace falta más justicia”, opina.

Con ella están de acuerdo los diputados Sánchez Cerén y Quijano cuando aceptan la necesidad de mejorar el sistema judicial y garantizar más el respeto a los derechos de los salvadoreños.

Sánchez dice que se debe acabar con la impunidad. Quijano recomienda la despartidización de instituciones claves como la Procuraduría de Derechos Humanos y el Tribunal Supremo Electoral, y trabajar por la despolarización de la sociedad.

“Avanzar en la garantización de ese proceso democrático tiene mucho que ver con la falta de concertación que existe entre los partidos políticos”, recalca.

La falta de concertación entre las fuerzas legislativas ha sido una constante en el último año. El resultado no ha sido el más beneficioso.

En este punto se suma William Pleytez, del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), al insistir en que ponerse de acuerdo es “altamente rentable” para resolver los grandes problemas nacionales.

“Después del entusiasmo que caracterizó al país con la firma de los Acuerdos de Paz, ha ido ganando terreno la polarización, el pesimismo y la desconfianza”, afirma Pleytez.

“La ciudadanía no siente que los partidos políticos o la Asamblea (Legislativa) los esté representando verdaderamente”, añade.

De hecho, la encuesta CID Gallup revela que un 64% de los consultados tenía confianza en que el próximo presidente puede cambiar el país.

El no recuperar la confianza hacia los políticos supone un riesgo: caer en un populismo y eso nos orille a elegir figuras que nos lleven a niveles de inestabilidad como ha sucedido en Venezuela y Perú. En ese punto coinciden Pleytez y Artiga.

Quizá allí esté el reto; en forjar una cultura democrática entre la población a fin de que eso la lleve a tomar las decisiones correctas y convenientes. El ejercicio de Vértice concluyó en que esa formación es necesaria.

Ya lo dijo Pericles, quien es considerado, junto a Solón, uno de los padres de la democracia ateniense: “El que sabe y no se explica claramente, es igual que si no pensara”.

Todo comenzó con los griegos

Solón fue uno de los siete sabios de Atenas que son considerados fundadores de la democracia, en la antigua Grecia, hace 2,500 años a.C.

Los antiguos griegos han tenido una influencia determinante en el pensamiento político occidental. Pero quizás la más importante de estas influencias fue la llamada “democracia ateniense”.

Es realmente increíble que hace 2,500 años se llegara a ese nivel de participación en la vida política, y más si pensamos que tardaría más de 2,300 años en aparecer un sistema político que igualara ese grado de intervención del pueblo llano.

El estado político que se dio en Atenas durante el Siglo V a.C. se le designó en su momento democracia.

Sin embargo, su significado habría que entenderlo como contraposición al gobierno de la “monarquía-tiranía” y la “oligarquía” más que su propio significado: gobierno del pueblo. Además recibió diferentes nombres según la época. Destacaron como “constitucionalistas” los grandes sabios y políticos Solón, Clístenes, Pericles y Cleón, que fueron reformando esta forma de gobierno hasta límites de participación nunca conocidos.

Para los atenienses, el concepto de Democracia estaba más cercano al término Igualdad que al que actualmente entendemos como gobierno de la mayoría. De hecho, no solían referirse a su forma de gobierno como Democracia, sino que habitualmente hablaban de Isocracia, es decir, igualdad política.

 


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