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Especial
Pandillas
sin fronteras
El legado del vecino del norte
Feroces
y resistentes, las maras centroamericanas confunden la ley. En la última
década, las pandillas han matado a miles de personas, sembrando
nuevos temores en una región que sigue luchando por superar guerras
civiles.
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| Una
enfermera remueve los tatuajes de Christian Antúnez en una
clínica en San Pedro Sula. "Si no me quito los tatuajes,
nunca viviré en paz", dice el ex pandillero. |
San Pedro Sula, Honduras. Christian Antúnez contiene
un alarido conforme la enfermera le clava una aguja encima de su ceja
izquierda. ¡Ay, mamá!, grita. Eso duele
de verdad.
No te muevas, le dice la enfermera, administrándole
anestesia una y otra vez.
El suplica que le den un respiro. Cuando menos a otros cuatro hombres
ahí, todos cubiertos con tatuajes, les están aplicando
agujas en torno a él, sobre sus brazos, piernas, espalda y pecho.
Los lamentos se alzan desde las sillas. Uno de ellos tiene un tatuaje
en el cráneo. Otro lo tiene sobre su labio superior. Incluso
otro más lo lleva sobre el cuello. Antúnez, de 22 años
de edad, los tiene por doquier.
Todos estos hombres llegaron a esta improvisada clínica en un
barrio asolado por la violencia callejera en busca de una curación
desesperada y desfigurante: hacer que sus tatuajes de pandilleros sean
removidos.
La sociedad piensa que somos monstruos, dijo Antúnez.
La policía nos quiere muertos. Es por eso que hacemos esto.
Si no nos quitamos los tatuajes, nunca seremos capaces de vivir en paz.
Todo parece indicar que el dolor, dijo, es un pequeño precio
por una nueva vida. Sueño con estar limpio, incluso si
eso significa quedar marcado.
Ellos son pandilleros, conocidos aquí como maras,
en honor a una especie de hormigas que forma marabuntas. De hecho, a
lo largo del último decenio, las pandillas se han extendido como
una plaga por toda Centroamérica, México y Estados Unidos,
desatando una catastrófica oleada de criminalidad que ha convertido
barrios pobrísimos en zonas de combate, aunado a una represión
igualmente virulenta que ha dejado a miles de pandilleros muertos, ocultándose,
en la cárcel o dirigiéndose hacia Estados Unidos.
Las autoridades estiman que existen entre 70,000 y 100,000 pandilleros
a lo largo de América Central y México. En la última
década, las pandillas han matado a miles de personas, sembrando
nuevos temores en una región que sigue luchando por superar guerras
civiles que acabaron apenas hace un decenio. Las pandillas han reemplazado
a las guerrillas como el máximo enemigo público.
Los presidentes de Honduras y El Salvador, respectivamente, han calificado
a las pandillas como una amenaza tan grande para la seguridad nacional
como el terrorismo en Estados Unidos. Las pandillas han revivido viejas
estrategias de contrainsurgencia y han adoptado leyes de cero tolerancia
conocidas como Mano Dura, las cuales pasa por alto las normas básicas
del proceso debido y les permiten enviar a jóvenes varones a
la cárcel por nada más que un tatuaje que los identifique
con una pandilla.
En lugar de ofrecer confianza, las campañas oficiales inflaman
el temor popular. Y durante el año pasado, investigadores de
los derechos humanos empezaron a informar de alarmantes incrementos
en los números de jóvenes varones muertos por la policía
y personas que toman la ley en sus manos, conocidos como vigilantes.
Nadie niega que la violencia de pandillas requiera de una dura respuesta.
Nadie, ni siquiera las enfermeras que remueven sus tatuajes, siente
compasión por hombres con historias brutales, como Antúnez.
Con todo, muchos promotores de los derechos humanos y líderes
de la comunidad temen que las agresivas medidas que están tomando
algunos gobiernos en contra de las pandillas no hayan resuelto tanto
el problema como lo han diseminado.
Violencia en expansión
Miles de pandilleros están huyendo al norte, desplazándose
con y aprovechándose de las oleadas de inmigrantes indocumentados
que viajan hacia Estados Unidos, país que está tomando
medidas determinantes por cuenta propia y deportando a miles de pandilleros
con base en violaciones a las leyes de inmigración. El efecto
consiste en sacudir a las pandillas a lo largo de la región.
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Conforme integrantes de pandillas avanzan, la cultura
de las pandillas lo hace con ellos. Departamentos de policía
a lo largo de Estados Unidos califican a las pandillas como uno de los
principales problemas de la delincuencia. En el mes de enero, aproximadamente
72 departamentos en escala nacional se reunieron para discutir el tema
en Los Angeles. Se llevará a cabo otra reunión cumbre
sobre pandillerismo por parte de autoridades encargadas de hacer valer
la ley en Washington.
En Guatemala, las autoridades dicen que la violencia con armas de fuego
matará a 1,000 personas más este año, en comparación
con la cifra registrada hace dos años. Las pandillas, destacan,
cometerán el 80 por ciento de esos asesinatos.
El estado mexicano de Chiapas, mismo que comparte una frontera sin ley
con Guatemala, se ha convertido en otro territorio de caza para los
maras. Las pandillas atacan en parques y estaciones de autobuses. A
lo largo del año pasado, se informó que las pandillas
mataron a más de 70 inmigrantes que viajaban como polizones a
bordo de trenes de carga con rumbo al norte.
En una inusual muestra de solidaridad durante el año pasado,
los gobiernos de Honduras, El Salvador, Guatemala, Panamá y México
firmaron un acuerdo para empezar a explorar formas de colaborar en el
combate contra las pandillas. Sin embargo, se detuvieron antes de adoptar
medidas tan severas como las que hay en Honduras y El Salvador.
Pero, en países paralizados por la corrupción e impunidad
oficiales, las represiones severas han debilitado el estado de derecho
en la misma medida en que han logrado avances en contra del aumento
de la criminalidad.
Territorios sin ley
Las prisiones están ocupadas muy por encima de su capacidad con
jóvenes varones que esperan por varios meses antes de que les
presenten cargos en su contra. Saturados bloques de celdas se han convertido
en trampas letales, con cientos de pandilleros muertos en sospechosas
redadas e incendios.
Algunos miembros de pandillas, recogidos por la policía, nunca
logran llegar a la cárcel. Sus vapuleados cuerpos desmembrados
se acumulan en calles y campos. Organizaciones por los derechos humanos,
incluyendo a Amnistía Internacional y a la Comisión Nacional
de los Derechos Humanos de Honduras, han reportado incidentes de pandilleros
que fueron secuestrados, torturados y muertos por los mismos tipos de
fuerzas secretas de seguridad que fueron responsables de las desapariciones
de cientos de presuntos izquierdistas durante los años de la
guerra civil.
El Comisionado Ramón Custodio ha descrito las muertes como una
lenta limpieza social, involucrando a menudo a jóvenes
que no tienen antecedentes criminales.
Informes por parte de Amnistía Internacional y el Departamento
de Estado de Estados Unidos han hecho eco de advertencias similares.
A mí me parece que este país está perdiendo,
en buena medida, los avances democráticos que tanto nos han costado,
dijo Bertha Oliva, la directora del Comité por los Parientes
de los Desaparecidos, el cual se formó en la cúspide de
la Guerra Fría. En el decenio de los 80, este país
dijo que estaba bien acabar con sus enemigos políticos porque
eran antisociales. Hoy día, nosotros decimos lo mismo con respecto
a los pandilleros.
Problema en aumento
Las dos pandillas más grandes, la Mara Salvatrucha y la Mara
18, empezaron en las calles de Los Angeles. La pandilla de los salvatrucha
fue organizada por los hijos de refugiados de las guerras civiles que
Estados Unidos patrocinó en América Central en el decenio
de los 80. Algunos jóvenes las promovieron como redes de apoyo,
incluso como centros sociales.
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| Oficiales
de la policía de Los Angeles interrogan a Gerson Ramos, un
miembro de una pandilla latina, en un suburbio de Hollywood. |
La Mara 18 fue organizada por inmigrantes mexicanos
en el decenio de los 70, reclutando después a refugiados centroamericanos
para desafiar a los salvatruchas.Las peleas a puño limpio en
contra de grupos rivales se convirtieron en luchas armadas.
Después, en lo que fue una severa represión por parte
de oficiales de inmigración de Estados Unidos, miles de pandilleros
fueron deportados a sus países de origen. Durante el auge del
programa a mediados de los 90, aproximadamente 40,000 inmigrantes indocumentados
y criminales fueron deportados cada año.
Repentinamente, uno de los rincones más pobres del mundo, el
cual lucha por cubrir las necesidades básicas de su gente, se
vio agobiado con la carga de la plaga de criminalidad de una superpotencia.
Barrios enteros fueron saqueados por violentas guerras en pos del territorio,
libradas por volátiles jóvenes armados con machetes y
pistolas de fabricación casera, hechas con tubos, conocidas como
chimbas y trabucos. Las tasas de homicidio,
particularmente entre varones menores de 30 años, se dispararon.
Los ciudadanos que se rigen por la ley vivían como prisioneros
en sus propios hogares. Ejércitos y dependencias encargadas de
la ley, que habían sido adelgazadas para lo que supuestamente
iba a ser una nueva era de paz, se vieron obligadas a engrosar sus filas
de nuevo.
Repunte delictivo
Ahora, con las extraordinarias medidas aplicadas por gobiernos de Centroamérica
que los están alejando, la violencia ya recorrió todo
el círculo. La sola fuerza de la inmigración ilegal ha
convertido a los Mara Salvatrucha y la Calle 18 en dos de las pandillas
de mayor crecimiento en Estados Unidos.
Ellos están ocasionando un aumento en la delincuencia en ciudades
como Los Angeles, Chicago y los suburbios en las inmediaciones de Washington,
afirman agentes de policía. Se han expandido desde sus bases
en grandes ciudades para hacer incursiones violentas en lugares como
Durham, Carolina del Norte, Omaha, Nebraska, así como el condado
Nassau, en Nueva York.Un estudio por parte de la Universidad Northeastern
encontró que si bien la criminalidad en general había
descendido en más de 20 por ciento de 1999 a 2004, los homicidios
relacionados con pandilleros habían aumentado en más del
50 por ciento.
Una parte de la violencia más perturbadora se ha desarrollado
en los suburbios en torno a Washington, donde integrantes de los Mara
Salvatrucha fueron culpados de cercenar con un machete las manos de
un rival de 16 años de edad, así como de haber apuñalado
a una adolescente de 17 años que estaba encinta, la cual era
una informante.
El área metropolitana de Los Angeles, con una población
casi igual a la de Honduras, sigue siendo la capital mundial de las
pandillas callejeras, con lo que se estima en 700 clicas
(pandillas, aunque también se refiere a las señales particulares
de cada una de ellas) diferentes y más de 110,000 pandilleros.
Oficiales de la policía municipal y estatal aseguran que la mitad
de todos los homicidios allá están relacionados con las
pandillas.
Michael R. Hillmann, uno de los subjefes del Departamento de Policía
de Los Angeles, dijo en una entrevista que nuestras pandillas
son como tribus que combaten, y que los esfuerzos del departamento
de policía para sofocarlas han tenido tanto éxito que
comandantes de la Marina estadounidense asignados a operaciones para
controlar sitios problemáticos como Faluya, en Irak, han visitado
Los Angeles para aprender de ellos.
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