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LA
COLUMNA
El
problema es de acción
EDe vez en cuando no se puede pensar en
el futuro. Y no sé porqué. Talvez sea falta de ganas,
por cansancio, por ira, por desencanto, por miedo o por cualquier otra
cosa que escapa a mi capacidad de discernimiento.
Por falta de ganas porque ya nos acomodamos a esperar a que otros hagan
lo que nosotros mismos tenemos que hacer. Nos hemos convertido en una
especie de sociedad apática y falta de reacción e inmune
a todo vejamen que hagan con nosotros.
Como tragarnos una serie de anuncios de venta de productos por televisión
-durante toda una mañana- en un servicio por el que pagamos precisamente
para no pasar por eso, y no somos capaces de decir algo, o de acudir
a alguien. ¿A quién? Se supone que tenemos derechos de
consumidor, pero no nos preocupa porque ¿para qué?.
Por cansancio, porque tal vez sí ya lo hicimos, pero sigue lo
mismo o la cosa no cambia. Pero quién nos garantiza que eso que
nos molesta ya es del conocimiento del ente que vela por el consumidor,
o que éste espera una ratificación del demandante para
actuar. O porque simple y llanamente nos da hueva caminar
hasta allá y poner la denuncia. Que lo haga otro.
El problema que ese otro piensa exactamente lo mismo.
Por ira y desencanto, porque estamos conscientes que no se hará
nada, por más que nos hemos despellejado yendo a cada institución
que dice velar por nosotros.
Por miedo, porque tememos a las represalias. A que nos estereotipen.
A perder nuestros trabajos. A quedar fichados.
Cuántas veces nos hemos quedado callados por las altas tasas
municipales por servicios que no nos prestan en nuestros municipios.
Como el servicio de alumbrado público en lugares que nunca han
visto ni conocen una lámpara.
O el de vialidad, por calles que nos hacen pensar que vivimos en la
luna. Llegará el día en que nos quieran cobrar por respirar,
el monto vendrá en un recibo de servicio público, y nosotros
santas pascuas. La mano al bolsillo y a pagar.
El cobro por el servicio de agua potable es más delicado. Pero
eso es producto de todo un tratado, que pase desde los tiempos en que
el servicio era un perla
perdón, una joya, hasta nuestros
días, que vemos como esos incrementos desaparecieron
en cuentas privadas y sus titulares ahora gozan de beneficios carcelarios.
¿Y nosotros? ¿De qué beneficios vamos a gozar?
Por eso, pienso que es hora de actuar -dentro del marco legal, por supuesto-
de quitarnos el miedo, la hueva, el desencanto. Yo ya lo
hice, porque creo en mi país.
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