9 de mayo de 2004


FOTO HISTORIA

Manos en la tierra

Santos Valentina es una madre especial : por una deformación genética nació sin dos piernas y con problemas en sus brazos. Un día come, Otro no. Se gana la vida lavando ropa ajena. A pesar de todo eso, ella es una madre ejemplar.

Fotos y texto /Lissette Lemus
vertice@elsalvador.com

Camino con mi cámara al hombro, por las calles del centro de la capital.

Es un soleado viernes cargado de bullicio y contaminación en medio de un ir y venir de la gente.

De pronto, miro entre la muchedumbre a una mujer que, con su pequeño cuerpo, hace esfuerzos casi elípticos.

No tiene piernas. Toda su fuerza y movimientos se originan en sus recargadas manos.

Dos niños caminan, alegremente, detrás de la mujer. Fácilmente se percibe que ella no tiene piernas.

La desusada imagen es atrayente para cualquier fotógrafo. Hago mi trabajo. Tomo mi cámara y camino en su búsqueda. Trato de enfocarla con mi lente pero huye de mi mirada. Se esconde detrás de un poste. Quizá tiene razón. No quiere ser figura en una escena a la que nadie la invitó ni le pidió su consentimiento.

Para ellos, todo. Santos debe ingeniárselas, todos los días, para dar de comer a sus hijos.

A pesar de eso, me acerco a ella. Trato de ganarme su confianza. No quiero que me mire como una intrusa. Me dice su nombre se llaman Santos. Vive en una pequeña champa de la Comunidad 15 de Septiembre, de Soyapango.

“Sólo pregunte por Santillo y la gente le va a decir donde vivo”, responde.

Días más tarde, la busco ahí, donde me dijo: en su champa de Soyapango. Y entonces comienzo una rápida plática. Ella me cuenta parte de su vida.

Santos nació en Cacaopera, Morazán, hace 35 años. Ahí vivió sus primeros 15 años, en una humilde vivienda. Nació sin piernas, quizá por una deformidad genética. También muestra problemas físicos en sus manos.

Lavar ajeno. Así se gana la vida esa madre que hoy presentamos.
En una pequeña champa. Santos lleva una vida de carestías, pero sus hijos saben que, al final del camino, vencerán las dificultades.
Vecina. tiene varias amigas en el vecindario.
Soledad. “Muchas veces lloro porque no tenemos nada para comer”.
Pláticas. No hay quien no admire a Santos. En las pláticas cotidianas siempre resaltan sus valores como madre excepcional.
Vecindario. Santos se ha incorporado, plenamente, a la vida de su vecindario.

Cuando entró a su niñez, comenzó a comprender que era diferente a todas las mujeres: no tenía piernas. Por eso es que llama a su antigua casa el “escondite de la vergüenza”.

Pienso que la vida fue dura para ella. Desde muy pequeña debía moverse con la ayuda de sus manos. Miraba a los niños jugar y correr y ella jamás pudo hacerlo.

Lo peor es que, durante su niñez, y buena parte de la adolescencia, decidió no salir de su casa porque “no me gustaba que me vieran así”.

Las cosas desmejoraban para ella cuando los restantes niños se burlaban de su condición.
Pasó el tiempo. Santos llegó a la adolescencia. Entonces decidió probarse a sí misma.

“Comencé a notar que cuando salía no se me dificultaba hablar con las personas y que, realmente, era posible que tenía amigos”, dice.

La dureza de esas palabras son el mejor signo del tiempo de todo cuanto debió pasar Santos para intentar, al menos, conseguir un amigo y entablar una conversación con alguien.

La soledad y el aislamiento la puso a prueba. Tal vez creía que ni siquiera podía mantener un diálogo básico.

Hablar, tener amigos, fue la primera prueba para Santos.

Especial

“La gente me comenzó a aceptar como soy y no se fijaron más en mi defecto”, recuerda en su champa donde un día come, junto a sus dos hijos, y otro no. El dinero no alcanza para conseguir lo mínimo.

Un buen día, el amor tocó la puerta de Santos. A los quince años, en plena adolescencia, se enamoró.

“No me pregunte cómo se llama porque no le puedo decir. Pero, como estaba enamorada, me dejé embarazar”, dice con una sonrisa pícara.

Fruto de ese amor, nace su primer hijo, José Mauricio. Aunque, por su corta edad, y por las dificultades, “se lo di a mi hermana porque yo no lo pude mantener”.

Cuando dice eso, su rostro cambia. Parece envolverse, nuevamente, en ella misma.

Mucho tiempo después, a los 28 años, se enamora de nuevo. Nace su segunda hija, Edis Mayté, hoy de 6 años. Ella va a la escuela con la ayuda que le da una vecina.

Pero, Santos aprendió algo de sus amores: ninguno de ellos quiso ayudarla, nunca, con el mantenimiento de sus hijos.

Por eso es que, en un momento, decide tomar las pocas cosas que pudo juntar y largarse hacia San Salvador. Le pidió refugio a una hermana que vive en la comunidad La Línea de Santa Lucía.

Ahí vive 6 años. A su hermana le ayuda en los asuntos del hogar.

“Después de eso me fui a vivir con mi otra hermana en San Jacinto. A ella le ayudaba a lavar trastos y ropa. Luego tuve que rebuscarme sola y buscar una champa para mi hija y yo”.

Eso le obligó a vivir en un microbús abandonado en la comunidad 15 de septiembre, donde da a luz a su tercer hijo, Kevin Edenilson.

Hablo con Santos. Escucho su historia personal. “Anoche me puse a llorar porque me siento culpable de haber traído al mundo a estos bichos a aguantar hambre”.

Pero, a pesar de todo es madre y de esas buenas. De las mejores.

.Esta es la historia de una madre que debe hacer mil sacrificios para atender a sus hijos. Primero venció sus impedimentos físicos. Después la soledad. Ahora quiere sacar a sus vástagos adelante.

Santos Valentina -su nombre completo- se dedica a lavar ropa ajena. Gana entre $2 y $5 por una mañana de trabajo.

Con eso compra comida para sus hijos. Pero, para ella hay días más difíciles que otros.

“Aquí donde me ve, y aunque no me lo ha preguntado, no he cenado ni he desayunado porque no tengo nada qué comer.

Los bichos tampoco han comido. A veces nos acostamos sin almorzar y sin cenar”.

La pared de la champa de Santos pertenece a una fábrica que actualmente remodelan. Pronto la sacarán de ahí y no sabe qué hacer.

Tampoco tiene agua ni luz eléctrica. Toma el agua que le regalan las amigas. También la pide para lavar ajeno.

Y, aunque no sabe leer ni escribir porque nunca fue a la escuela, ella es una madre ejemplar.

 


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