9 de mayo de 2004


LA COLUMNA

Mirella Cáceres
vertice@elsalvador.com

Ética, ¿utopía o realidad?

Será una percepción muy personal. Pero hay ciertos momentos coyunturales de la reciente historia salvadoreña, en los que se generan debates públicos y preocupación en torno a situaciones específicas que afectan a toda una nación. Es normal. Después de las elecciones, ha sonado repetidamente la palabra ética, sí, esa misma que hoy más que nunca, más que incluirla en discursos, públicos o íntimos, hay que ejercerla.
Los comunicadores la aprendemos en las aulas universitarias como parte inherente a nuestra profesión. Los médicos también la aprendieron porque debían tratar con vidas humanas, al igual que se les enseñó a ingenieros, arquitectos, biólogos, sociólogos... y la lista es larga.
Pero, la ética no sólo concierne a los que navegaron o navegan en el mundo académico, la conoce —aunque con otro nombre quizá— el sorbetero, el vendedor ambulante, el zapatero, el comerciante, el empresario. Nadie la desconoce. Entonces, no puedo entender cómo es que no la aplicamos. No puedo entender cómo un vendedor ambulante sube a un autobús y tranquilamente cobra un dólar por cuatro aguacates podridos.
No puedo comprender cómo un empleado que trabaja menos que sus compañeros en una oficina gana un mayor salario porque adula al jefe. Nada más fariseico y denigrante. Tampoco entiendo al fabricante de alimentos, bebidas, golosinas, etcétera, que con alevosa fantasía publicitaria induce —especialmente a la niñez— a que le compre sus productos nada nutritivos y cargados de químicos que dañan la salud.
No comprendo cómo el motorista o cobrador de un autobús, o el tendero, no tienen descaro para robarle centavos a sus clientes. O aquel que somete a un menor de edad a la prostitución y se lucra. El que manipula, el que falsea la verdad, el que pide justicia y es el primer injusto, el que roba. El que juzga la paja en el ojo ajeno y él tiene una enorme viga.
Ética no debe ser una palabra de moda, debe ser una parte infaltable de nuestra vida cotidiana, no “una condición ocasional”, como bien lo apuntó Gabriel García Márquez, debe acompañarnos siempre. Claro, él se refería al periodismo, pero creo que es válido aplicarlo en todas las áreas de la vida social.
Mencionar la palabra ética es fácil, aplicarla es difícil, pero es constructivo cuando se hace. Quiero ser idealista en este caso. Sueño con que el funcionario público trabaje con honestidad. Que desde el comerciante callejero hasta el empresario antepongan el bien social a sus intereses. Que el maestro, el estudiante, el policía, toda la sociedad civil la forjen porque quieren un país mejor.


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