Del 8 al 15 de agosto de 2004


LA ARISTA AFILADA

Blancanieves y los siete discapacitados

Carlos Alberto Montaner
vertice@elsalvador.com

Dice un periodista español que, por la mala influencia norteamericana, la “corrección política” en el lenguaje periodístico ha llegado al extremo de que pronto tendremos que escribir “Blancanieves y los siete discapacitados”. Puede ser. Y también puede ser una buena idea. ¿Por qué no, si los enanos se sienten ofendidos? Las palabras cambian de intensidad semántica. “Nigger” fue una palabra aceptada hasta que se convirtió en un insulto. “Black” acabó siendo sustituida por “afroamerican”. No es ningún disparate observar cuidadosamente el proceso de integración racial norteamericano. No conozco otra sociedad —salvo la sudafricana— en la que los cambios hayan sido más rápidos, radicales y exitosos, aunque no estén exentos de fallos y problemas.

¿Cómo ha llevado a cabo Estados Unidos su revolución integradora más allá de proscribir legalmente la segregación racial? Lo ha hecho mediante diversos experimentos sociales, no siempre con resultados felices. Se probó la mezcla obligatoria en los colegios público mediante el discutido “busing”, es decir, trasladar en autobuses a los chicos y chicas de unos barrios a otros hasta conseguir mezclarlos. Se puso en práctica una política de “discriminación positiva” que favorecía a los negros. Y, sin que nadie dictara normas específicas, fue surgiendo y se generalizó la actitud llamada de “corrección política”, que impedía que se hicieran comentarios o chistes denigratorios contra los negros, los homosexuales, las mujeres o cualquier otro grupo que sufría algún grado de subordinación social
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peligro

Esto último podría parecer una muestra de hipocresía, pero no lo es: la discriminación y el atropello siempre comienzan por el lenguaje. Si una sociedad permite que se insulte o ridiculice a cualquier minoría, el próximo paso puede ser el maltrato o el exterminio. La violencia verbal es siempre el prólogo de la agresión. Las cámaras de gases contra los judíos no surgieron súbitamente: las precedieron los insultos, las grotescas caricaturas o los relatos que crearon el estereotipo de un judío avaro, explotador y mentiroso. Cuando Hitler decía que los judíos eran unos “gusanos” estaba sentenciándolos a muerte. Una vez establecida esa equivalencia, matarlos resultó fácil. Matar un gusano no crea sentimientos de culpa.

¿Cómo sorprendernos de que nuestras sociedades, a juzgar por los programas de televisión en muchos países de América Latina, sean insensibles ante los sufrimientos de las minorías, si es lícito burlarse de los retardados mentales, los cojos, los homosexuales y lesbianas, los indios, las mujeres, los negros o de los cholos, o de cualquiera que no forme parte de la corriente dominante? Podrá parecer una muestra de ridícula hipocresía proscribir y eliminar del lenguaje público esas referencias, pero es muy importante hacerlo si de verdad creemos en el respeto al otro.

La discriminación positiva, el “affirmative action”, sin duda tiene aspectos conflictivos. Parte de la base de que la sociedad y el Estado deben hacer distinciones y privilegiar a unos ciudadanos que hasta entonces han sido preferidos, noción que contradice el principio que establece que todas las personas son iguales ante la ley. Pero no se trata de derechos sino de oportunidades: resulta evidente que una abrumadora cantidad de ciudadanos negros, producto de una esclavitud que les fue impuesta por la fuerza, se criaron en el seno de familias desestructuradas, acostumbradas a vivir en la marginalidad y la pobreza, en las que los valores que se transmitían de generación en generación no propendían al desarrollo sino a la perpetuación de la miseria.

¿igualdad?

¿Cómo hablar de “libre competencia” entre un niño criado en un gueto negro y un niño criado en un barrio blanco de clase media, cuando la influencia familiar y social que uno y otro recibían era diametralmente opuesta? Ahí surgió la propuesta de la discriminación positiva, casi siempre expresada en las oportunidades educativas. ¿Con qué resultados? Aparentemente, no tan buenos como se esperaba. ¿Por qué? Probablemente, porque la educación es sólo un aspecto de un problema mucho más amplio y abarcador que requiere un esfuerzo sistémico que incluye un cambio de valores en el entorno familiar y una modificación, incluso, del medio físico en el que vive el niño negro, esto es, el hogar y el vecindario. En todo caso, la discriminación positiva les abrió las puertas de buenas escuelas y universidades a muchos niños y jóvenes negros que hoy forman parte de las clases medias y altas norteamericanas, personas que difícilmente habrían alcanzado ese grado de éxito social de no haber recibido una ayuda especial.

Puede que todos estos experimentos sociales sólo tengan una importancia relativa para los latinoamericanos, pero es conveniente acercarse a ellos. En la región andina, especialmente en Bolivia, el “indigenismo” levanta vuelo, y entre la vasta minoría aymara —dos millones de seres humanos— flamean las banderas de la guerra racial. ¿Cómo se evita esa tragedia? Tendiendo puentes. Hace casi medio siglo, Estados Unidos se estremeció en medio de la lucha por conquistar los Derechos Civiles y un mayor grado de justicia. Tal vez algo se pueda aprender de esa experiencia.

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