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LA
ARISTA AFILADA
Blancanieves
y los siete discapacitados
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Dice un periodista español que, por la mala influencia
norteamericana, la “corrección política” en
el lenguaje periodístico ha llegado al extremo de que pronto
tendremos que escribir “Blancanieves y los siete discapacitados”.
Puede ser. Y también puede ser una buena idea. ¿Por qué
no, si los enanos se sienten ofendidos? Las palabras cambian de intensidad
semántica. “Nigger” fue una palabra aceptada hasta
que se convirtió en un insulto. “Black” acabó
siendo sustituida por “afroamerican”. No es ningún
disparate observar cuidadosamente el proceso de integración racial
norteamericano. No conozco otra sociedad —salvo la sudafricana—
en la que los cambios hayan sido más rápidos, radicales
y exitosos, aunque no estén exentos de fallos y problemas.
¿Cómo ha llevado a cabo Estados Unidos su revolución
integradora más allá de proscribir legalmente la segregación
racial? Lo ha hecho mediante diversos experimentos sociales, no siempre
con resultados felices. Se probó la mezcla obligatoria en los
colegios público mediante el discutido “busing”,
es decir, trasladar en autobuses a los chicos y chicas de unos barrios
a otros hasta conseguir mezclarlos. Se puso en práctica una política
de “discriminación positiva” que favorecía
a los negros. Y, sin que nadie dictara normas específicas, fue
surgiendo y se generalizó la actitud llamada de “corrección
política”, que impedía que se hicieran comentarios
o chistes denigratorios contra los negros, los homosexuales, las mujeres
o cualquier otro grupo que sufría algún grado de subordinación
social
.
peligro
Esto último podría parecer una muestra de hipocresía,
pero no lo es: la discriminación y el atropello siempre comienzan
por el lenguaje. Si una sociedad permite que se insulte o ridiculice
a cualquier minoría, el próximo paso puede ser el maltrato
o el exterminio. La violencia verbal es siempre el prólogo de
la agresión. Las cámaras de gases contra los judíos
no surgieron súbitamente: las precedieron los insultos, las grotescas
caricaturas o los relatos que crearon el estereotipo de un judío
avaro, explotador y mentiroso. Cuando Hitler decía que los judíos
eran unos “gusanos” estaba sentenciándolos a muerte.
Una vez establecida esa equivalencia, matarlos resultó fácil.
Matar un gusano no crea sentimientos de culpa.
¿Cómo sorprendernos de que nuestras sociedades, a juzgar
por los programas de televisión en muchos países de América
Latina, sean insensibles ante los sufrimientos de las minorías,
si es lícito burlarse de los retardados mentales, los cojos,
los homosexuales y lesbianas, los indios, las mujeres, los negros o
de los cholos, o de cualquiera que no forme parte de la corriente dominante?
Podrá parecer una muestra de ridícula hipocresía
proscribir y eliminar del lenguaje público esas referencias,
pero es muy importante hacerlo si de verdad creemos en el respeto al
otro.
La discriminación positiva, el “affirmative action”,
sin duda tiene aspectos conflictivos. Parte de la base de que la sociedad
y el Estado deben hacer distinciones y privilegiar a unos ciudadanos
que hasta entonces han sido preferidos, noción que contradice
el principio que establece que todas las personas son iguales ante la
ley. Pero no se trata de derechos sino de oportunidades: resulta evidente
que una abrumadora cantidad de ciudadanos negros, producto de una esclavitud
que les fue impuesta por la fuerza, se criaron en el seno de familias
desestructuradas, acostumbradas a vivir en la marginalidad y la pobreza,
en las que los valores que se transmitían de generación
en generación no propendían al desarrollo sino a la perpetuación
de la miseria.
¿igualdad?
¿Cómo hablar de “libre competencia” entre
un niño criado en un gueto negro y un niño criado en un
barrio blanco de clase media, cuando la influencia familiar y social
que uno y otro recibían era diametralmente opuesta? Ahí
surgió la propuesta de la discriminación positiva, casi
siempre expresada en las oportunidades educativas. ¿Con qué
resultados? Aparentemente, no tan buenos como se esperaba. ¿Por
qué? Probablemente, porque la educación es sólo
un aspecto de un problema mucho más amplio y abarcador que requiere
un esfuerzo sistémico que incluye un cambio de valores en el
entorno familiar y una modificación, incluso, del medio físico
en el que vive el niño negro, esto es, el hogar y el vecindario.
En todo caso, la discriminación positiva les abrió las
puertas de buenas escuelas y universidades a muchos niños y jóvenes
negros que hoy forman parte de las clases medias y altas norteamericanas,
personas que difícilmente habrían alcanzado ese grado
de éxito social de no haber recibido una ayuda especial.
Puede que todos estos experimentos sociales sólo tengan una importancia
relativa para los latinoamericanos, pero es conveniente acercarse a
ellos. En la región andina, especialmente en Bolivia, el “indigenismo”
levanta vuelo, y entre la vasta minoría aymara —dos millones
de seres humanos— flamean las banderas de la guerra racial. ¿Cómo
se evita esa tragedia? Tendiendo puentes. Hace casi medio siglo, Estados
Unidos se estremeció en medio de la lucha por conquistar los
Derechos Civiles y un mayor grado de justicia. Tal vez algo se pueda
aprender de esa experiencia.
©FIRMAS PRESS 2004
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