Del 8 al 15 de agosto de 2004


ANÁLISIS

La búsqueda del “hombre bueno”

La convención demócrata fue el primer termómetro para que la
gobernante ala republicana de los Estados Unidos sepa si el trabajo
hecho por el heredero del clan Bush siga en picada o suba como pastilla
efervescente. Todavía no está claro si el peligro del terrorismo rescatará
la imagen de W. Bush tras el polvorín en Oriente Medio.

Eric L. Lemus
vertice@elsalvador.com

La delegada de Lousiana, Elfie Burkhalter, espera que la Convención del Partido Demócrata sea un anticipo oara el cambio

John Kerry ganó sus medallas en la guerra de Vietnam “a la antigua, arriesgando la vida por su país” -en palabras de su mujer-, está casado con la viuda de un senador republicano, tiene el respaldo de uno de los hijos del ex presidente Ronald Reagan, la unción del jefe del clan Kennedy, Ted Kennedy, el viejo león del Senado, el abrazo del carismático ex presidente Bill Clinton y promueve a un abogado negro a ganar un escaño en el Senado.

¿Qué más se puede pedir para ganar las próximas elecciones presidenciales en los Estados Unidos? Votos. Simple y llanamente votos. Una palabra hasta ahora ausente en las encuestas de preferencia que reflejan un defecto en la figura del contendiente demócrata. No convence.

George W. Bush, sin embargo, no luce tranquilo. De hecho, su dolor de cabeza tan solo está por comenzar porque la batalla por la presidencia tiene el tiempo suficiente para que su adversario político tome vuelo.

Lo cierto es que tras la Convención Demócrata celebrada en el Fleet Center, en la ciudad de Boston, muchas cosas quedan claras para el electorado estadounidense. Por ejemplo, los hispanos no son tan importantes, a excepción de la comunidad cubano-americana; la liberación de Cuba será una promesa de campaña; y que, a nivel mediático, las grandes cadenas de televisión prefirieron retransmitir la jornada política y conceder solamente tres horas en vivo -en horario de máxima audiencia- a los televidentes durante la Convención.

El pasado y el futuro

Nadie puede asegurar la victoria después de la experiencia de Al Gore hace cinco años cuando una maniobra en La Florida llevó el conteo de los votos de las urnas al Tribunal Supremo. Nada está seguro y mucho menos cuando todos los demócratas saben que el escogido, John Kerry, no tiene un camino libre de espinas. Su papel ambivalente frente a la invasión en Irak ha sido aprovechado en la contra-campaña de W. Bush.

“Sí a la guerra... ahora ya no... ahora sí” es la estrategia política del equipo publicitario del presidente y, efectivamente, logran su cometido. Kerry se mira mal.

Sin embargo, la Convención Demócrata tuvo una magia que nadie pudo desestimar cuando la fusión del pasado con el futuro brilló entre los 5.000 delegados.

Primero fue el discurso pegajoso de Bill Clinton, el ex presidente y tío simpático a más no poder, que es capaz de torcer cualquier moción de censura en contra a su favor. Recuerdo cuando New York protestó por el precio del piso que iba a rentar en Manhattan y escogió Harlem. Los críticos callaron.

Luego, los afroamericanos de Harlem protestaron porque la renta alrededor del Teatro Apollo iba a subir por el nuevo inquilino y Clinton lo resolvió subiendo al podio junto a su saxofón y todo el vecindario se rindió ante él como si fuera un maestro del jazz. Justamente esa magia que rodea a Clinton era indispensable.

Después vino la unción de Ted Kennedy, que no enardeció a la multitud, pero dejó claro que el Partido Demócrata ha cerrado filas.

El turno de Teresa, desposada con John Kerry desde 1995, fue la siguiente sorpresa. Un saludo en las otras lenguas que domina -español, francés, portugués e italiano- recordó a la opinión pública que ella, hija de un médico portugués en Mozambique, es la prueba de la apertura que caracteriza a los EE.UU. cuando no están en guerra.

Sin embargo, el plato fuerte fue el joven abogado Barack Obama, una lumbrera graduada en Harvard, hijo de un inmigrante keniano y una estadounidense de Kansas, que busca en ser el único negro en la Cámara alta, el Senado. La personificación del sueño americano que, tras bastidores, algunos perfilan como un joven presidenciable.

“No hay una América negra y otra blanca y otra latina y otra asiática, hay Estados Unidos de América”, dijo.

¿Pero la simpatía y el discurso será suficientes para derrotar al clan Bush en las próximas elecciones?


Copyright 2002 El Diario de Hoy - Derechos Reservados. vertice@elsalvador.com
Prohibida su reproducción total o parcial sin autorización escrita de su titular.