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ANÁLISIS
La
búsqueda del “hombre bueno”
La
convención demócrata fue el primer termómetro para
que la
gobernante ala republicana de los Estados Unidos sepa si el trabajo
hecho por el heredero del clan Bush siga en picada o suba como pastilla
efervescente. Todavía no está claro si el peligro del
terrorismo rescatará
la imagen de W. Bush tras el polvorín en Oriente Medio.
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| La
delegada de Lousiana, Elfie Burkhalter, espera que la Convención
del Partido Demócrata sea un anticipo oara el cambio |
John Kerry ganó sus medallas en la guerra de
Vietnam “a la antigua, arriesgando la vida por su país”
-en palabras de su mujer-, está casado con la viuda de un senador
republicano, tiene el respaldo de uno de los hijos del ex presidente
Ronald Reagan, la unción del jefe del clan Kennedy, Ted Kennedy,
el viejo león del Senado, el abrazo del carismático ex
presidente Bill Clinton y promueve a un abogado negro a ganar un escaño
en el Senado.
¿Qué más se puede pedir para ganar las próximas
elecciones presidenciales en los Estados Unidos? Votos. Simple y llanamente
votos. Una palabra hasta ahora ausente en las encuestas de preferencia
que reflejan un defecto en la figura del contendiente demócrata.
No convence.
George W. Bush, sin embargo, no luce tranquilo. De hecho, su dolor de
cabeza tan solo está por comenzar porque la batalla por la presidencia
tiene el tiempo suficiente para que su adversario político tome
vuelo.
Lo cierto es que tras la Convención Demócrata celebrada
en el Fleet Center, en la ciudad de Boston, muchas cosas quedan claras
para el electorado estadounidense. Por ejemplo, los hispanos no son
tan importantes, a excepción de la comunidad cubano-americana;
la liberación de Cuba será una promesa de campaña;
y que, a nivel mediático, las grandes cadenas de televisión
prefirieron retransmitir la jornada política y conceder solamente
tres horas en vivo -en horario de máxima audiencia- a los televidentes
durante la Convención.
El pasado y el futuro
Nadie puede asegurar la victoria después de la experiencia de
Al Gore hace cinco años cuando una maniobra en La Florida llevó
el conteo de los votos de las urnas al Tribunal Supremo. Nada está
seguro y mucho menos cuando todos los demócratas saben que el
escogido, John Kerry, no tiene un camino libre de espinas. Su papel
ambivalente frente a la invasión en Irak ha sido aprovechado
en la contra-campaña de W. Bush.
“Sí a la guerra... ahora ya no... ahora sí”
es la estrategia política del equipo publicitario del presidente
y, efectivamente, logran su cometido. Kerry se mira mal.
Sin embargo, la Convención Demócrata tuvo una magia que
nadie pudo desestimar cuando la fusión del pasado con el futuro
brilló entre los 5.000 delegados.
Primero fue el discurso pegajoso de Bill Clinton, el ex presidente y
tío simpático a más no poder, que es capaz de torcer
cualquier moción de censura en contra a su favor. Recuerdo cuando
New York protestó por el precio del piso que iba a rentar en
Manhattan y escogió Harlem. Los críticos callaron.
Luego, los afroamericanos de Harlem protestaron porque la renta alrededor
del Teatro Apollo iba a subir por el nuevo inquilino y Clinton lo resolvió
subiendo al podio junto a su saxofón y todo el vecindario se
rindió ante él como si fuera un maestro del jazz. Justamente
esa magia que rodea a Clinton era indispensable.
Después vino la unción de Ted Kennedy, que no enardeció
a la multitud, pero dejó claro que el Partido Demócrata
ha cerrado filas.
El turno de Teresa, desposada con John Kerry desde 1995, fue la siguiente
sorpresa. Un saludo en las otras lenguas que domina -español,
francés, portugués e italiano- recordó a la opinión
pública que ella, hija de un médico portugués en
Mozambique, es la prueba de la apertura que caracteriza a los EE.UU.
cuando no están en guerra.
Sin embargo, el plato fuerte fue el joven abogado Barack Obama, una
lumbrera graduada en Harvard, hijo de un inmigrante keniano y una estadounidense
de Kansas, que busca en ser el único negro en la Cámara
alta, el Senado. La personificación del sueño americano
que, tras bastidores, algunos perfilan como un joven presidenciable.
“No hay una América negra y otra blanca y otra latina y
otra asiática, hay Estados Unidos de América”, dijo.
¿Pero la simpatía y el discurso será suficientes
para derrotar al clan Bush en las próximas elecciones?
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