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LA
COLUMNA
Ofensiva
era secreto a gritos
La fecha, hora, lugares y objetivos específicos
del día D los conocían decenas de miles, nacionales
y extranjeros, combatientes y civiles. No menos de diez mil personas
sabían con detalles el plan Febe Elizabeth Vive, al tope
y punto. Pero alguien estaba desinformado: el alto mando del ejército
y sus asesores norteamericanos.
En marzo del 89, aún antes de las elecciones presidenciales,
ya estábamos cambiando los viejos fusiles M-16 por los modernos
AK-47 de asalto. Centenares de miles de cartuchos para alimentarlos
circulaban entre los combatientes. La munición estaba almacenada
en la periferia de San Salvador, Usulután y San Miguel.
Para junio, la materia prima que se utilizaría en la fabricación
de explosivos estaba completa. Un intenso plan de reclutamiento y entrenamiento
de combatientes estaba en marcha en los frentes y en el Gran Salvador,
San Miguel, Santa Ana y Usulután.
Una frenética discusión circulaba a diario en todos los
frentes sobre el diseño de la ofensiva. Se hacían y deshacían
planes. ¿Atacamos la cabeza del mando enemigo y nos tomamos las
colonias más exclusivas y nos fortificamos en ellas, o nos hacemos
fuertes en los barrios populares y desde allí propiciamos levantamientos
insurreccionales? En esencia prevaleció la segunda tesis porque,
además de la apuesta insurreccional, necesitábamos mantenernos
dentro del Gran Salvador un mínimo de 72 horas.
Si tomamos por asalto los barrios burgueses podemos perturbar
al mando enemigo, pero ¿Quién nos proveerá de agua,
comida e información? ¿Quién nos apoyará
en la evacuación y atención de heridos? Sin duda, la respuesta
de estas últimas inquietudes sólo la encontrábamos
en los barrios populares. Pero el asalto al Hotel Sheraton sí
se mantuvo como objetivo a batir el 11 de septiembre. Al final, a media
ofensiva, también se llegó a los barrios más exclusivos.
El resultado de esta ofensiva tiene que ser derrotar militarmente
al ejercito o, como mínimo, que se nos tome en serio a la hora
de una probable negociación del fin del conflicto. Esta
era nuestra convicción.
Todo el mundo lo sabía, menos los mandos de la guerra contrainsurgente.
Lo sabía la prensa: muchos corresponsales habían ingresado
sus equipos para estar a la espera. Lo sabían barrios enteros,
que ya se habían apertrechado de agua, medicinas básicas
y alimentos. Lo sabían todos los partidos políticos, menos
ARENA. Lo sabían todas las iglesias, menos algunos obispos de
la Iglesia Católica.
Lo sabían los comités de solidaridad de Alemania, Suecia,
Noruega, Francia, España, México, etc. Lo sabían
nuestros donantes financieros en USA. Todo mundo compartía y
disfrutaba aquella complicidad, era un secreto a gritos.
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