Del 7 al 14 de noviembre de 2004



LA COLUMNA

Facundo Guardado
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Ofensiva era secreto a gritos

La fecha, hora, lugares y objetivos específicos del día “D” los conocían decenas de miles, nacionales y extranjeros, combatientes y civiles. No menos de diez mil personas sabían con detalles el plan “Febe Elizabeth Vive, al tope y punto”. Pero alguien estaba desinformado: el alto mando del ejército y sus asesores norteamericanos.

En marzo del 89, aún antes de las elecciones presidenciales, ya estábamos cambiando los viejos fusiles M-16 por los modernos AK-47 de asalto. Centenares de miles de cartuchos para alimentarlos circulaban entre los combatientes. La munición estaba almacenada en la periferia de San Salvador, Usulután y San Miguel.

Para junio, la materia prima que se utilizaría en la fabricación de explosivos estaba completa. Un intenso plan de reclutamiento y entrenamiento de combatientes estaba en marcha en los frentes y en el Gran Salvador, San Miguel, Santa Ana y Usulután.

Una frenética discusión circulaba a diario en todos los frentes sobre el diseño de la ofensiva. Se hacían y deshacían planes. ¿Atacamos la cabeza del mando enemigo y nos tomamos las colonias más exclusivas y nos fortificamos en ellas, o nos hacemos fuertes en los barrios populares y desde allí propiciamos levantamientos insurreccionales? En esencia prevaleció la segunda tesis porque, además de la apuesta insurreccional, necesitábamos mantenernos dentro del Gran Salvador un mínimo de 72 horas.

“Si tomamos por asalto los barrios burgueses podemos perturbar al mando enemigo, pero ¿Quién nos proveerá de agua, comida e información? ¿Quién nos apoyará en la evacuación y atención de heridos? Sin duda, la respuesta de estas últimas inquietudes sólo la encontrábamos en los barrios populares. Pero el asalto al Hotel Sheraton sí se mantuvo como objetivo a batir el 11 de septiembre. Al final, a media ofensiva, también se llegó a los barrios más exclusivos.

“El resultado de esta ofensiva tiene que ser derrotar militarmente al ejercito o, como mínimo, que se nos tome en serio a la hora de una probable negociación del fin del conflicto”. Esta era nuestra convicción.

Todo el mundo lo sabía, menos los mandos de la guerra contrainsurgente. Lo sabía la prensa: muchos corresponsales habían ingresado sus equipos para estar a la espera. Lo sabían barrios enteros, que ya se habían apertrechado de agua, medicinas básicas y alimentos. Lo sabían todos los partidos políticos, menos ARENA. Lo sabían todas las iglesias, menos algunos obispos de la Iglesia Católica.

Lo sabían los comités de solidaridad de Alemania, Suecia, Noruega, Francia, España, México, etc. Lo sabían nuestros donantes financieros en USA. Todo mundo compartía y disfrutaba aquella complicidad, era un secreto a gritos.


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