7 de marzo de 2004


REPORTAJE

Esclavas de la moda

Las jóvenes que aprovechan las rebajas de cambio de temporada ignoran que detrás
de cada blusa que compran por 5 dólares está el trabajo mal remunerado de millones
de mujeres, que desde Asia hasta El Salvador, enfrentan jornadas laborales de hasta
12 horas, con tal de renovar los escaparates en plazos cada vez más cortos.

Lilian Martínez
vertice@elsalvador.com

“REBAJAS”... Desde hace dos años, las salvadoreñas corren a renovar su guardarropa cuando una popular tienda anuncia su venta de “fin de temporada”. La marca responsable de que en nuestro país cientos de mujeres vivan pendientes de la liquidación de las líneas “primavera-verano” y “otoño-invierno”, tiene su sede administrativa en España y es propiedad de Inditex, grupo textil con 1,558 tiendas en 44 países, cuyos productos son elaborados en 1,900 talleres y maquilas repartidos en 49 países.

En la base de dicho sistema de producción se encuentran millones de mujeres obligadas, por la falta de opciones laborales y por la necesidad económica de sus familias, a trabajar jornadas de 12, 13 y hasta 16 horas con tal de entregar a tiempo pedidos con plazos de 30, 15 y hasta 5 días. “Hazlo rápido, bien... y barato” es la estrategia comercial a la que recurren las marcas de ropa occidentales para hacerse con una cuota más grande del mercado “globalizado”. La idea es sencilla: se trata de renovar los escaparates con frecuencia ofreciendo diseños que satisfagan el gusto cambiante de los consumidores a precios competitivos (léase, cada vez menores). Lo que implica que los proveedores reduzcan aún más los costos de producción si quieren percibir ganancia.

En España, una marca reconocida renueva sus escaparates cada 20 días, por lo que los plazos de entrega que ésta da a sus proveedores son “de los más cortos del mercado”, según el documento “Moda que aprieta”, difundido en Europa el mes pasado por Intermón Oxfam, filial española de Oxfam Internacional, ONG que trabaja en pro de una vida más digna en el Tercer Mundo.

“La globalización podría ser un gran motor de desarrollo que proporcionase empleos decentes y formales para ayudar a salir de la pobreza a millones de mujeres, mejorando su salud, asegurando el futuro de sus familias y dándole la parte que les corresponde de los beneficios del comercio global. Pero esto no está ocurriendo”, asegura el documento de Intermón Oxfam. Dicha ONG ha solicitado al sector textil español “que se comprometa a desarrollar una política plena de Responsabilidad Social Corporativa que asegure los derechos de sus trabajadores y trabajadoras”.

La puntada que faltó
El CAFTA pudo ser la oportunidad de mejorar las condiciones laborales.

Human Rights Watch, organización estadounidense de derechos humanos, publicó en diciembre de 2003 un informe sobre el estado de los derechos laborales en nuestro país. El documento titulado “Indiferencia intencionada: Inacción del gobierno de El Salvador en la protección de los derechos de los trabajadores” critica duramente el incumplimiento de las leyes laborales vigentes, a las que acusa de no estar “a la altura de los estándares internacionales internacionales”.
La organización señala que “las mejoras en la legislación laboral significarán poco en la práctica si el Ministerio de Trabajo carece de la voluntad política necesaria para aplicarlas”. Entonces, Human Rights Watch vio en el CAFTA una oportunidad “para optimizar el respeto a los derechos humanos de los trabajadores en El Salvador”. Lo que según el organismo sería posible si el CAFTA estableciera multas o sanciones aplicables cuando se irrespeten esos derechos.
“Los países importadores, como en el caso de Estados Unidos, tienen la responsabilidad de demandar ese tipo de provisiones sólidas en materia de derechos laborales con la finalidad de proteger los derechos laborales de los trabajadores... de cuyo sudor y trabajo sus ciudadanos y corporaciones obtienen beneficios”, finaliza el informe
.

Fardo tropical

Aunque la ropa con etiquetas de Inditex se vende solamente en un centro comercial capitalino, la práctica de solicitar a los proveedores pedidos fabricados de forma rápida, buena y barata es común entre las marcas estadounidenses para las que trabajan la mayoría de maquilas establecidas en El Salvador.

“Cuando a uno lo contratan le dicen ‘tiene hora de entrada pero no de salida’... A veces nos quedábamos trabajando el jueves hasta altas horas de la noche porque el sábado era el embarque. Si no terminábamos, nos quedábamos el viernes y amanecíamos el sábado, hasta que cerraban la última caja”, recuerda Abigail H., ex operaria, de 44 años de edad y desempleada desde hace 12 meses.

Ella renunció a su último trabajo como operaria luego de 20 años pegando pretinas y cuellos en las maquilas. “Tengo alergia en los bronquios... Cuando uno trabaja con lona y se suena la nariz le salen los pocos de mota azul”, dice. Además del impacto que dicho modo de subsistencia ha tenido sobre sus vías respiratorias, esta madre soltera le debe a las maquilas algo más doloroso.

Su hijo menor era preadolescente, mientras ella trabajaba en Prone S.A. Ahí la jornada iniciaba a las 7 de la mañana y terminaba a las 9 ó 10 de la noche. “Cuando yo me iba, él quedaba dormido, porque supuestamente, estudiaba en la tarde. Y dormido lo encontraba al regresar. Pasé cinco años así”, narra Abigail, cuyo horario de trabajo tuvo consecuencias. “Ahora, él no es marero, pero sí ‘drogo’ y no lo puedo sacar de la droga... Todo eso se lo debo a la maquila, porque no tenía control de mi hijo cuando más lo necesitaba”, lamenta. En la época que rememora, ella era parte de una fuerza laboral que en noviembre de 2001 sumó un total de 92,000 mujeres y hombres, que, de acuerdo al Ministerio de Economía, laboraban en las 86 empresas instaladas en las 11 zonas francas del país.

Ahora, Abigail forma parte de un resto de mujeres que tras invertir su juventud trabajando en las maquilas son prácticamente “descartadas”. “A uno lo sobreexplotan joven. Cuando uno pasa los 30 ya no lo quieren”, asegura Emperatriz Guardado, madre soltera de 38 años que ha educado y alimentado a dos hijos con el salario mínimo de las maquilas: $5.04 al día en un país donde la canasta básica alimenticia urbana tenía un valor de $1.06 por persona en 2002, según cálculos de la Dirección General de Estadísticas y Censos del Ministerio de Economía. “Nosotras trabajamos una quincena, pero cuando recibimos ese salario ya lo debemos, pagamos y quedamos a cero. ¡Y a seguir prestando! Esa es la vida de las maquilas”, concluye Emperatriz.

El hecho de cubrir un horario que sobrepasa las ocho horas diarias no sería molesto para estas mujeres si los patronos les cancelaran las horas extras sin ningún contratiempo. Sin embargo, Abigail, Emperatriz y Carmen, otra ex operaria de maquila y madre soltera, han tenido dificultades para que sus ex patronos les cancelen las horas extras que trabajaron cuando ellos lo solicitaron.

“En Industrias Maquiladoras Montalvo S.A. de C.V., me deben 19 horas desde hace tres años... Nunca me las pagaron”, reclama Abigail. “A mí me deben 16”, agrega Carmen. Ambos casos son solamente una muestra de lo que parece ser una práctica generalizada entre los patronos de las maquilas.

Durante 2002, el Departamento de Asesoría Jurídica de la Asociación Movimiento de Mujeres Mélida Anaya Montes atendió un total de 501 casos, de los que 414 fueron catalogados como “laborales”. De esos, 85 correspondían a deudas de horas extras.

Según Marlene López, asesora jurídica de Las Mélidas, “las denuncias se duplicaron el año pasado”. Ésto, en su opinión, es bueno en el sentido de que más mujeres están conscientes de sus derechos y se arman de valor para denunciar los abusos que sufren. Lo alarmante de estos números es que reflejan la inconsciencia de muchos patronos sobre lo importante que es respetar los derechos de sus empleadas. “Hay empresas que no reportan a las AFPs, no reportan las cotizaciones al Seguro Social y ¿quién les dice algo? Nadie”, pregunta y responde Emperatriz. Su reclamo es uno más entre los 148 casos de “deuda de prestaciones laborales” registrados a solamente a lo largo de 2002.

Piezas averiadas

El informe sobre derechos humanos presentado por el Departamento de Estado hace una semana reconoce que las maquilas son la fuente principal de nuevos empleos en El Salvador. Pero, en el apartado “El derecho de organización y contratos colectivos”, el informe registra las denuncias presentadas por la Confederación Internacional de Organizaciones Sindicales Libres (ICFTU por sus siglas en inglés) que en 2001 informó que, en algunas zonas francas, los empleados recibieron salarios bajos, enfrentaron riesgos de salud y seguridad, y trabajaron de 12 a 14 horas diarias.

A pesar de ello, el Departamento de Estado reconoce los esfuerzos del Ministerio de Trabajo para acercar los servicios
de inspección a las trabajadoras de las maquilas, lo que ha permitido que algunas denuncien abuso verbal, acoso sexual y abusos físicos que infligen los supervisores.

Sin embargo, el mismo informe califica como “escasos” los recursos del Ministerio de Trabajo para verificar si las leyes laborales se cumplen en las maquilas.

El documento oficial estadounidense agrega que “las denuncias de corrupción entre los inspectores de trabajo continuaron emergiendo”.

Emperatriz describe la labor de los inspectores del Ministerio de la siguiente forma “ahí todo el mundo tiene que hacerse el de las orejas gachas para dejar pasarle todo a los patrones”. Luego rememora “al licenciado Gómez (ex inspector) lo despidieron por haber sacado (a luz) la realidad de las maquilas”.

Carmen, por su parte, comparte una anécdota: “Yo conozco una cipota que entró a trabajar cuando tenía 14 años. Como a ellos les avisaban cuándo iban a llegar los del Ministerio, sacaban a las bichas por otra puerta y las escondían”.

Lo cierto es que hay una gran semejanza entre lo que han vivido estas salvadoreñas y lo que viven millones de mujeres del tercer mundo, según el informe de Oxfam en el que se insta a los consumidores “a presionar a las compañías para que cambien sus prácticas de compra”, pues la ropa “buena, bonita y barata” disminuye la calidad de vida de mujeres cuyos derechos son tan importantes como los de quienes pueden renovar su guardarropa, aunque sea gracias a las codiciadas rebajas.

 


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