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REPORTAJE
Caer
con las botas Puestas
Muchos
héroes anónimos ofrecieron sus vidas en medio del fuego
cruzado durante el pasado conflicto, mientras realizaban su trabajo. Vértice
habló con rescatistas voluntarios que estuvieron donde nadie más
estuvo, este reportaje recoge las historias de sus vidas
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Los
cuerpos de socorro siempre estuvieron en medio de los
enfrentamientos. Lograron rescatar y salvar a muchos salvadoreños.
Foto cortesia comandos de salvamento
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Sucedió en Apopa, en los años 80.
El FMLN sitió la ciudad y después la tomó. Cerraron
con barricadas y dos francotiradores.
Mientras eso sucedía, dos ambulancias de Cruz Azul se detenían
frente al puesto de la Guardia Nacional.
Al mismo tiempo, en el km 11 de la carretera que conduce a Santa Ana,
una patrulla que salía desde Caballería para apoyar a
los guardias de Apopa obtuvo resistencia y se retrasó.
En la ciudad tomada, los socorristas Nicolás, Berta y Núñez
lograron entrar y se refugiaron en hoyos y canaletas.
Nicolás Campos estaba a dos metros de un guardia nacional que
disparaba incesante su G-3 y se protegía detrás de un
poste.
Al verlo, el guardia le pidió agua. Nicolás sacó
su caramañola y, justo cuando levantó su bandera y movió
su cadera para pasar el agua, una ráfaga le atravesó la
pierna. Cayó mientras se retorcía de dolor. El guardia
también cayó.
¿A quién rescatar primero?, se preguntaron los colegas
de Nicolás.
¿Al guardia? ¿A su querido compañero?
Mientras se decidían, el ataque se intensificaba. Aun así,
determinaron salvar a los dos.
Condujeron la ambulancia y entraron a la zona de combate. Las balas
levantaban polvo cerca del auto y algunas acertaron en los rines, las
otras descascaraban paredes.
La decisión les permitió rescatar a su compañero
y al guardia.
Pero la de Apopa era nada más una de las escenas que se vivían
en las balaceras entre el ejército y la guerrilla.
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Sepelio
de socorristas de Cruz Verde, la marcha atravesó la capital.
Foto cortesia de Cruz Verde
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Gracias a ese coraje es que pudieron salvar miles de
vidas aunque su labor también les pasara dolorosas facturas.
Rescatar a personas que quedaban en fuego cruzado era una actividad
a la que se unía el deseo de supervivencia.
Al mismo tiempo que salvaban vidas guardaban la suya; muchos se incorporaron
para evitar ser reclutados por cualquiera de los bandos.
Esos jóvenes buscando la seguridad aprendieron a prestar
servicio, dice el director de Cruz Verde, Miguel Ángel
Torres.
Sin embargo, ese servicio los llevó a sufrir toda clase de abusos
y persecuciones; insultos, golpes, intimidación, destrucción
de unidades y en algunos casos hasta la muerte.
Fuimos golpeados e intimidados varias veces; y es que muchas cosas
se tomaron a mal. Quizás porque nuestro papel fue protagónico
y neutral, asegura Melvin González, de Cruz Azul. Mientras
la guerrilla los secuestraba para atender a sus heridos en los hospitales
clandestinos, el ejército los acusaba de colaboradores de los
alzados en armas.
Ese es el riesgo de estar en el campo de batalla, agrega
Luis Quezada jefe de Difusión y Búsqueda de Cruz Roja
Salvadoreña.
Estos ángeles de la guarda también morían. Irónicamente,
no existe un registro formal de las bajas.
Se sabe del socorrista Nicolás Campos, que fue atendido a tiempo
y se salvó. Pero no pasó lo mismo con el guardia: lo suyo
no era una herida; era un simple shock nervioso. Se desconoce cuál
fue su destino.
La amarga realidad
Pero la guerra pasó y los cuerpos de socorro, que fueron creados
como instituciones civiles para atender emergencias y que eran apoyados
por la empresa privada, organismos internacionales y la misma población,
han caído en una suerte de desamparo.
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Neftalí
Barillas, Melvin González y Santiago Calderón, de
Cruz Azul. Foto EDH/Oscar Payés
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Se capacitan en todo tipo de rescate y primeros auxilios,
consiguen equiparse y agrupan muchos miembros; sin embargo, no cuentan
con subsidios, a excepción de Cruz Roja, que recibe el apoyo
del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR). Aunque, esas
ayudas después de la llegada de la paz se han reducido.
El resto de instituciones sufre el mismo impacto. Esperamos tener
un día un subsidio, comenta Santiago Calderón, de
Cruz Azul.
Mientras que López Bonilla, de Cruz Verde, dice: También
entregamos nuestra cuota de sacrificios, pero con la firma de la paz
se olvidaron de nosotros.
Sobre lo mismo, Eduardo Rivera, de Comandos de Salvamento, medita: "La
guerra fue una época de angustia; ojalá que ahora reflexionemos
todos y que no se vuelva a dar.
Bonilla coincide: Volver a vivir esa vida no es para pensarlo,
no tiene que repetirse. En una guerra civil tu libertad le pertenece
a otro".
Quizá por eso muchos la buscaron en otros rumbos, como el socorrista
Nicolás Campos, quien emigró a Estados Unidos.
Por hoy funcionan cuatro cuerpos: Cruz Verde (3,500 miembros), Cruz
Azul (415), Cruz Roja (2,500) y Comandos de Salvamento (3,500). No tienen
subsidios y atienden muchos llamados. La única ayuda llega de
los automovilistas, los pasajeros de buses o los salvadoreños
en el exterior.
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Recuento de héroes y mártires
La mayoría
de socorristas muertos y desaparecidos no pudo contabilizarse
por las características mismas del conflicto. La información
recopilada es poca.
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Durante
la ofensiva del 89
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Este cuerpo no tiene registros aunque también sufrió
bajas por el fuego de fusilería o por las bombas, principalmente
durante la ofensiva guerrillera de 1989. Era difícil
ver que en algunas ocasiones salíamos 15 y regresábamos
sólo 12,
recuerda Santiago Calderón.
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Víctimas
inocentes
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Héctor Raúl Cotto fue una de las primeras bajas
de Cruz Verde. Su unidad, ubicada en la antigua base de Santa
Anita, había sido amenazada. El día que murió
estaba en su casa postrado en calentura. Ahí llegó
un escuadrón
a ametrallarlo.
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Héroes
caÍdos en acción
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Alberto Guzmán, experimentado socorrista de Comandos de
Salvamento cayó mientras realizaba una evacuación
en zonas de alto riesgo. Otros siete compañeros cayeron
portando su uniforme amarillo a lo largo del conflicto. Es uno
de los pocos datos que existen.
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Bajas
sin registros
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La Cruz Roja tampoco pudo contabilizar sus bajas. Se sabe de dos
socorristas que murieron en San Vicente, y aunque tuvieron muchos
lesionados por esquirlas de granadas y ametrallamiento de unidades,
no se cuenta con datos específicos.
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Estuve en un pueblo fantasma
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Eduardo
Rivera y Orlando Cruz de comando de salvamento participaron
en las labores que este cuerpo desarrolló durante los 12
años del conflicto. Foto EDH/Lizette
Moreno
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Eduardo Rivera, de Comandos de Salvamento Esa
mañana llegamos al centro de Chalate, recibimos el llamado alrededor
de las cinco. A las 6:30 estábamos en Las Vueltas. Recuerdo una
callecita de tierra con partes empedradas y la soledad del lugar. Era
invierno. Yo nunca había visto salvo en la televisión
los pueblos fantasmas.
Ese día conocí uno. Experimenté algo raro al ver
las hornillas todavía calientes, restos de comida, una olla de
frijoles cociéndose, mesas que quedaron servidas así como
el interior de las casas completamente destruidos.
Tenía 18 años y no podía concebir que esas cosas
pasaran, que se cometieran tantas masacres sólo porque creían
que los campesinos colaboraban con uno y otro bando.
Ahí murieron 60 personas. Una hora después de estar ahí
apareció mucha gente que nos rodeó, habían permanecido
ocultos entre los matorrales y en lo alto de los árboles, creyeron
que éramos parte de los combatientes y tenían miedo de
salir.
Más tarde nos llevaron a conocer una parte del Sumpul, ahí
habían ido a tirar algunos cuerpos. Fui a otros pueblos cercanos
como Verapaz y Guadalupe y era triste encontrar a toda la población
muerta.
Cuando uno se pone a pensar en lo que sufrió la gente del campo,
es difícil decir que se es apolítico, relata Eduardo
Rivera, uno de los más conocidos rostros de Comandos de Salvamento
en San Salvador. Su compañero Orlando Cruz narra la siguiente
historia.
LA MUERTE EN USULUTÁN
Esa noche anunciaron que la guerrilla se había tomado Berlín,
Usulután. Cuatro de nuestras ambulancias llenas de socorristas
estaban listas para entrar pero fueron detenidas y obligadas a apagar
sus motores. Un militar de alto rango había dado órdenes
de ejecutarlos.
Los voluntarios se quedaron inmóviles. Fue gracias a un guardia
chelón que se compadeció y decidió no dar la orden.
Denle gracias a Dios porque hubieran muerto bastantes, así
que se van a quedar ahí, nos dijo. Y nos quedamos en una
presita para continuar por la madrugada.
Con las primeras luces de la mañana avanzamos hasta llegar a
una calle de tierra, ahí encontramos muchos muertos: civiles,
guerrilleros y militares. Pero al avanzar siempre en la calle
de tierra alcanzamos a ver a una familia que venía hacia
nosotros.
Tanto el señor, la señora y varios niños llevaban
cada quien un puchito de ropa. Entonces apareció la carreta
(un avión bombardero), que les lanzó una bomba. Todos
volaron en pedazos, en muchos pedazos. Eso de verdad me impactó.
Algunos socorristas entraron en shock y comenzamos a llorar todos. Ese
es uno de los casos que nunca se me olvidan.
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La guerra no permitía atender
Mi experiencia fue un tanto distinta porque
me encontraba destacado en la seccional de Santa Ana y allá
en la zona occidental la guerra no fue tan intensa.
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Luis
Quezada, de cruz roja, al momento de coordinar operaciones
en la zona occidental. La foto es uno de los recuerdos que
conserva en casa.
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Recuerdo un caso en donde no pudimos dar la atención
médica adecuada precisamente por las condiciones de la
guerra.
Resulta que llegó un señor campesino a pedir apoyo
porque tenía un lesionado en el cantón El Resbaladero
(una zona montañosa con cafetales y terrenos quebrados).
Fuimos dos socorristas y el señor nos condujo hasta el
centro de un cafetal. Antes de llegar, en el límite entre
lo urbano y lo rural, encontramos un retén del ejército.
Al llegar a la zona, 10 kms después del retén, encontramos
una columna guerrillera que tenía un herido con una lesión
muy fuerte a nivel del pulmón, presentaba una exposición
de tejido significativa.
En ese momento supimos que se trataba de alguien con rango, un
comandante ya que tenía una célula de seguridad
que lo rodeaba.
Le aplicamos los primeros auxilios y sugerimos que lo trasladaran
al hospital pero se negaron, dijeron que tenían un médico
con el que se reunirían más tarde. Fue una de esas
ocasiones donde no pudimos dar la atención adecuada,
contó Luis Quezada.
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En esa época la gente colaboraba
Yo estuve cuando fue el bombazo en Fenastras.
Yo saqué a Febe. Mire, eso fue tremendo, me impactó
muchísimo porque el tipo de destrucción fue bárbaro.
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Miguel
Torres y Alejandro López
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Primero porque fue difícil entrar y luego
por la manera en que los cuerpos estaban destrozados y esparcidos.
Las cabelleras habían sido arrancadas como si fueran pelucas,
a saber qué material utilizaron ya que habían cuerpos
mutilados de muchas formas.
Febe estaba en una oficina de la segunda planta, irreconocible.
Nosotros la llevamos al Hospital Rosales pero cerca del antiguo
edificio del Banco Central de Reserva, la ambulancia se quedó
sin gasolina.
Detuvimos un carro particular que pasaba, cargado de piñatas,
y le pedimos que nos llevara; sin avisarle al dueño bajamos
algunas y acomodamos a Febe.
Logramos llevarla con vida al hospital pero falleció a
las dos horas, narró Miguel Torres.
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