Del 5 al 12 de diciembre de 2004


Relato
“Yo torturé... y casi maté”

Mario soñaba con ser militar. Pero el sueño se le tornó pesadilla en la adolescencia:era un colegial cuando fue capturado y torturado, en 1989. Con título de bachiller en mano ingresó a la PNC. Ahí invirtió los papeles. Le llegó la hora del “desquite”.
La historias de sus torturas se las relató él mismo a la periodista de Vértice Lilian Martínez


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Desde que me gradué de la Academia anduve de una delegación a otra. Primero en San Salvador, después en el interior del país. Así como cambié de delegación también cambié de división como cambiar de calcetines.

El trabajo me gustaba y todavía más cuando llegó la oportunidad de sentir lo que un día sintió el que me torturó.

Cuando lo metieron a mi delegación le vendé los ojos con un trapo sucio. Entonces me dijo: “Hey, esto está prohibido... Te voy a llevar a los derechos humanos”. Le respondí metiéndole un poco de calcetines en la boca para que se callara.

Como ya era noche lo llevé al patio del puesto policial, lo desvestí y lo dejé en calzoncillos esposado a un palo.

La delegación estaba en un lugar frío y él lo aguantó. A las horas, cuando me pidió que lo dejara ir al baño, le grité: “¡Te hacés ahí hasta que me digás quiénes son los de tu banda!”. Se hizo. Él era el líder y el primero que terminó delatando a todos sus cómplices.

Le amarré las manos, lo colgué y le pegué con todas mis fuerzas en la boca del estómago. Empecé a sentir que me estaba liberando del pasado.

Después lo metí a la bartolina, lo amarré a los barrotes con los brazos extendidos y lo pinté de mujer. Lo dejé solo. En mis adentros pensaba: "¡Gracias a Dios! porque me está dando la oportunidad de hacer lo que a mí me hicieron!”. Era el desquite.

Regresé con él y le percuté en la cabeza un T65 y un G3. El chavo empezó a llorar de miedo. Le hice todo exactamente como lo recordaba.

En lugar de palillos de dientes, como se acostumbra, le metí un fósforo debajo de cada uña de sus manos y los encendí. Cuando la llama llegaba cerca de la uña él quería gritar de dolor pero no podía... tenía los calcetines en la boca.

Como todavía no quería hablar, lo forcé a tener la cabeza dentro de una pila con agua y se la sacaba hasta que dejaba de moverse. Así lo tuve hasta que “cantó”.
Mis compañeros se quedaron asustados conmigo. Desde esa vez, siempre que llegaba un reo que no colaboraba me llamaban y me lo llevaban.

Escuela propia


Con los días mejoré tanto que inventé llevarlos a unos desfiladeros y amarrarles las manos al estribo de la cama del pick up con una franela para que no quedara marca. Con la ayuda de otros policías poníamos la cama del pick up a la orilla del barranco y retrocedíamos. Entonces el reo quedaba suspendido en el aire con la sensación de que ya se iba a caer. Viera cómo se ponían... Después de eso empezaban a cantar.

Varias veces, mientras los interrogaba, se me salió preguntar: “¿A qué organización pertenecés? ¿A qué célula terrorista?”. Esto que le cuento no lo sabe ni mi familia. Pero a mí se me dio la oportunidad de hacerlo en la PNC cuando empezó, porque había gente que todavía llevaba eso y me aplaudían.

Teníamos un chucho y le dejábamos corta la cadena para que le ladrara toda la noche al que estábamos ablandando. El animal estaba tan entrenado que cada vez que el reo se quería caer del sueño nos ladraba. La idea era que estuviera toda la noche de pie, no dejarlo dormir.

Después pasábamos un gran rato preguntándole “¿cómo te llamás?”, hasta el punto que el reo terminara detestando oír hasta su propio nombre.

Otra cosa que se hacía en esa delegación era que a los muchachos mareritos los agarrábamos, los desnudábamos y los llevábamos al monte más refundido.

Vendaditos, en la madrugada, les decíamos: "Vaya, papá, salú". Aparecían al tiempo. Si usted me pregunta si le aplicaría este sistema a la gente de las maras ahora, le digo que sí, funcionaría mucho. Me puede decir usted: "¡qué resentido!". ¡No, seño! ¡Es que esa gente se lo merece!

Aquí en el país ha habido torturas. Yo soy la prueba de que eso se dio. Yo torturé. No llegué a matar, pero casi. Llegué a obligarlos a que me dijeran lo que yo quería. Interrogué alrededor de 30 personas. Cada cierto tiempo fui innovando en muchas cosas. Por ejemplo, jugué con la corriente eléctrica.

La esponja, puesta en cualquier parte del cuerpo, por espacios bien cortos, le da un tipo de choque eléctrico bien feo. Yo la aplicaba en el pecho y en los genitales. Es sencillo, se pelan las dos puntas de un alambre, una se conecta al toma corriente y la otra a una esponja mojada colocada en los genitales, por ejemplo. Se quita y pone el alambre y se provocan unos choques nada placenteros.

Nunca sodomicé a nadie. Otra cosa que apliqué mucho fue el tehuacanazo.
Le digo que iba mejorando porque a las primeras de cambio la gente decía lo que yo quería. No tenía que hacer tanto. Yo les decía: "Aquí es la misma mierda, pero con otra letra", o sea la PN ahora se llamaba PNC.
Ellos decían que los dejara en paz. Yo insistía: “Vos sos”.

Después de todo sentía tristeza por mí mismo, lloraba y me quise matar varias veces. Pero también lo veía como un desahogo. Esa fue una de las razones por las que decidí salirme de la policía. Porque sentía que podía llegar a algo peor dentro de la institución. Nunca sospecharon de mí.

Además, los mismos jefes lo tapaban a uno. Tengo el expediente sin ninguna falta.
Todo eso pasó el tiempo que estuve en esa delegación hasta mediados de los 90. Ahora siento que sí cometí errores y que eso aceleró más mi enfermedad: padezco de síndrome de stress postraumático.

Yo torturaba de forma inconsciente, como una forma de defensa. Para decirme a mí mismo que lo que pasé no había existido.

En ese aspecto, mi familia y mi esposa me han ayudado a salir adelante, pero sobre todo la única solución que tuve en mi vida fue Jesucristo.

En él me siento verdaderamente libre. Me encuentro gente que se me acerca y me dice: “Usted estuvo en la policía, usted me ayudó”. Me gusta que me recuerden así.

Pero no me gustaría que me recordaran del otro modo. Nunca he encontrado a nadie... todos estaban vendados y encapuchados cuando los hice sufrir. Aquí hubo gente que dejó escuela de tortura y yo soy la prueba.

“La tortura no es política de la institución”
El director de la Policía Nacional Civil negó categóricamente que dentro de la institución se haya practicado la tortura.
“La tortura no se permite dentro de la policía, somos una institución disciplinada y cualquiera que cometa una falta... es sancionado”
Ricardo Menesses
Director
PNC
“Si alguien realizó torturas en años anteriores, tipo escuadrones de la muerte, sería una responsabilidad individual de ellos y jamás institucional”
Romeo Melara
Inspector General PNC
Durante todo el tiempo que ha pertenecido a la PNC (es miembro fundador), ¿alguna vez tuvo noticia de que dentro de ésta haya habido tortura?

No ha habido noticia de eso. Hace un par de meses salió que en Apopa había un cuarto de la risa. Nosotros le dijimos a los medios “vamos a verificar”.

Era un lugar donde no había bartolinas y se comprobó que era falso.

Eso (la tortura) no se permite en la policía, somos una institución totalmente disciplinada y cualquiera que cometa una falta, por pequeña, que sea, es sancionado. Nos mantenemos en una depuración permanente.
Además de esa denuncia ¿han recibido otras antes?

Yo no tengo conocimiento. Ha habido rumores. Nosotros siempre verificamos y nunca se ha llegado a nada concreto.

Por eso siempre estamos prestos a supervisar todo el accionar de la policía y, hasta este momento, nos ha ido bastante bien.

No le vamos a permitir a ningún policía que cambie su servicio por otra situación.

¿Cree que exista la posibilidad de que se diera algún caso de tortura sin que las autoridades superiores de la institución se enteraran?

Sería bien difícil porque los mismos policías hubieran denunciado a los compañeros, si es que pasó. Nosotros no somos tolerantes con ese tipo de actitudes.

 

 


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