Del 5 al 12 de diciembre de 2004



LA COLUMNA

Alicia Miranda Duke
vertice@elsalvador.com

Una respuesta a Jeremy

“¿Y tú, le tienes miedo a las maras?”, me interrogó, hace cuatro meses, un periodista francés que buscaba responder el origen y el fenómeno de las maras en El Salvador.

Al principio me pareció una pregunta maliciosa y fuera de lugar. ¿Qué sentido tiene saber eso?, pensé; y muy irónica le respondí con otra pregunta. “¿Y tú qué crees?” El colega simplemente guardó silencio y retomó la entrevista poco después.

En ese momento pensé que él buscaba una respuesta que indicara que el problema era un caos total. Desde ese entonces no he dejado de pensar en la pregunta y la explicación que no di, y que hoy sostengo.

¡Por supuesto, Jeremy! Me da mucho miedo cuando veo que vienen en la misma acera en la que voy, y es por el temor a ser atacada. O cuando se suben al bus y exigen dinero en forma amenazante. Siento escalofríos cuando leo
en las notas periodísticas la forma en la que

actúan y la saña con la que se vengan de los que consideran sus enemigos.
Y la suma de todo me despierta sentimientos de fatalidad cuando pienso que la víctima puede ser algún familiar, o yo misma.

El miedo termina por doblegarme, Jeremy. Y, créeme, no soy la única. Pero creo que si queremos cambiar esa psicosis generalizada, antes que todo es necesario hacer un pequeño ejercicio en retrospectiva para darle su justa dimensión al fenómeno.

Las maras no surgieron por generación espontánea. Más allá del miedo que pueda tener, que subrayo como comprensible, si lo vemos hacia atrás creo que las maras son producto de una sociedad que arrastra una marginalidad social que a veces parece infinita e irremediable.

Y estoy convencida de que muchos pandilleros fueron escupidos por esa pobreza. Basta con ver sus currículum y encontraremos patrones que se repiten.

La mayoría procede de familias pobres y desintegradas en las que los niños crecen en las calles, esquivando la miseria y la muerte. Y si bien la pobreza no justifica una muerte sin sentido de un inocente, una realidad menos difícil ayer para esos niños (jóvenes hoy) tal vez habría evitado tanta violencia.

Como algunos ex pandilleros están cosechando con sus propias muertes la violencia que alguna vez generaron con otras, la sociedad salvadoreña está cosechando lo que sembró con su indiferencia.
Sí, tengo miedo de ser víctima de las maras, pero quiero creer que eso no será eterno.


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