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LA
ARISTA AFILADA
Chávez
y su victoria virtual
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DMe equivoqué. El domingo 15 de agosto publiqué
un artículo en el ABC de Madrid en el que pronosticaba la holgada
victoria de la oposición frente al chavismo.
Era el mismo día del referéndum. Me basaba en cuatro encuestas
solventes -especialmente en la de la Universidad Central de Venezuela-
y en un dato que me pareció definitivo: de acuerdo con las mediciones,
el 55 por ciento de las mujeres se oponía a Chávez y el
39 lo respaldaba. Ese 16 por ciento de diferencia era insuperable. Se
trataba de un voto transversal que recorría todo el espectro
social del país. La oposición debía ganar sin dificultades
y Chávez no podría recurrir al fraude, dada la avalancha
de votos en contra.
Esa misma tarde llamé a Caracas para comprobar cómo se
desarrollaba la consulta. Me confirmaron las previsiones: de acuerdo
a las encuestas a boca de urna -se les pregunta a las personas que acaban
de votar cómo lo han hecho-, cuando ya habían participado
6 millones de electores, el 59 por ciento afirmaba haber votado contra
Chávez y el 41 lo había apoyado. Pregunté quiénes
habían realizado los exit-polls y me aclararon que tres empresas
diferentes. Entre ellas estaba Penn, Schoen & Berland -los encuestadores
de Clinton-, una firma de New York famosa por su precisión. Su
margen de error era del 1% y a lo largo de toda su historia profesional
jamás se había equivocado.
Por si acaso, indagué sobre el tamaño de la muestra y
la respuesta fue contundente: habían elegido 267 centros de votos
a lo largo y ancho de todo el país y habían tomado las
precauciones de rigor al elegir a los electores de manera equitativa.
No existían dudas: la oposición había triunfado
por casi un veinte por ciento de margen. Ese tipo de encuesta puede
fallar cuando los electores mienten, pero esto sólo ocurre cuando
tienen miedo a las represalias, y, evidentemente, afirmar que se votaba
a favor de Chávez no generaba ninguna sanción. Si había
voto oculto y mentiroso tenía que ser en contra de Chávez,
nunca a favor.
A las cinco de la tarde ya todas las personas informadas en Venezuela
y fuera de ella sabían que Chávez había sido estrepitosamente
derrotado. Entonces el presidente del Concejo Nacional Electoral, el
señor Tomás Carrasquerro, un chavista contumaz que, como
el Cid, gana batallas después de haber muerto, anunció
dos sorprendentes decisiones: el referéndum se prolongaba unas
horas y él se iba a dormir una siesta.
En realidad no se trataba de un súbito ataque de cansancio, sino
de una cautelosa precaución. Estaba consciente de que esa madrugada,
muy tarde, cuando la mayoría de los venezolanos estuvieran durmiendo,
tendría que salir a anunciar el triunfo del ganador y no era
conveniente hacerlo con el país, los observadores internacionales
y los medios de comunicación en estado de alerta. Su tarea consistía
en proclamar la victoria de Chávez y ni siquiera tendría
que inventar los resultados porque éstos emanarían de
las computadoras oficiales. Técnicamente él no mentiría.
Era un cómplice dotado de una buena coartada si algún
día le exigían cuentas en los tribunales de justicia.
el dilema
Y así fue: las computadoras declararon ganador a Chávez
con el 60 por ciento de los votos -aproximadamente-, mientras la oposición
sólo obtenía el 40. Se habían invertido casi milimétricamente
los resultados previstos. Es decir, los exit-polls, que no son infalibles,
pero suelen operar con un margen de error mínimo, por primera
vez en la historia de las mediciones electorales se habían equivocado
por un 40, algo prácticamente imposible de creer.
Evidentemente, estamos ante un fraude electrónico que la oposición
comienza a documentar paciente y difícilmente: los programas
de miles de computadoras habían sido hábilmente alterados
para limitar los votos contra Chávez. Se trataba de una victoria
virtual, no real, pero suficiente para legitimar el triunfo del gobierno
ante los organismos internacionales, y muy especialmente ante el Centro
Carter y la OEA, dos organizaciones que saben que, si se rinden a la
persuasiva evidencia que presenta la oposición, precipitan el
país a un conflicto que puede derivar en violencia e inevitablemente
tendrá una clara repercusión internacional.
En rigor, es posible entender el dilema de Jimmy Carter y de César
Gaviria: formalmente ganó Chávez, aunque ellos intuyan,
todavía sin pruebas concluyentes, que lo hizo de manera fraudulenta.
Si avalan el fraude es posible que, por un tiempo, eviten un desenlace
violento, pero a costa de traicionar la voluntad de la mayoría
de los venezolanos. Si denuncian la estafa basados en los indicios de
que disponen, no hay duda de que se desencadenaría una gran crisis.
¿Qué hacer? A mi juicio, lo más sensato es no pronunciarse
y crear un tribunal internacional de expertos que analice y verifique
los resultados electorales, porque, al fin y al cabo, ni los representantes
del Centro Carter desplazados a Venezuela, ni los de la OEA, tienen
la capacidad técnica para analizar las manipulaciones dolosas
hechas a los programas de computación.
Comencé este artículo admitiendo que me había equivocado
en las predicciones electorales venezolanas. ¿En qué consistió
mi error? En creer que ante la magnitud de la derrota Chávez
tendría que someterse a la voluntad popular. Chávez no
contaba con el pueblo para ganar. Le bastaba un puñado de programadores
taimados. Debí haberme dado cuenta de antemano. Lo siento.
©FIRMAS PRESS 2004
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