Del 5 al 12 de septiembre de 2004


ENTREVISTA

“El periodista está en manos de sus fuentes”

No tiene tapujos cuando lanza críticas sobre los renglones torcidos del periodismo, profesión
que aún extraña ahora que se dedica —entre otras actividades— a promover especialización
para comunicadores. No es para menos, los verdaderos periodistas que abandonan el oficio
siempre llevan consigo la nostalgia de la vida en las redacciones y el recuerdo de las horas de
cierre. Pero más allá de las satisfacciones está la lealtad a la ética y el buen ejercicio.

Ciro Granados
vertice@elsalvador.com

“La doble o triple comprobación de las fuentes es fundamental. Aunque esto no es absoluto porque si un presidente dice que algo es blanco no hace falta que lo compruebes con su ministro de defensa”.


Carlos Arroyo ha vivido de cerca los cambios que ha experimentado el periodismo en España. Ahora, desde otra trinchera, la educativa, analiza los avatares de la profesión y opina sobre los retos que afronta el comunicador moderno. Trabajó durante 10 años en las salas de redacción del diario El País en la jefatura de varias secciones, y hoy es Director General de Santillana Formación, empresa que concentra su actividad en la formación de profesionales a través del Internet.

El profesional estuvo en El Salvador la semana pasada. Y en esta conversación lanza suficientes advertencias para que los periodistas no descuidemos las reglas básicas del oficio. Su clave: humildad, verificación de fuentes y mayor profundidad.

Pregunta: En un mundo que va rápido ¿cuáles son los retos que enfrenta el periodismo?
Respuesta:
El periodismo convencional enfrenta una competencia digital, radiofónica y televisiva creciente, que convierte en información vieja lo que antiguamente era de rabiosa actualidad. Los periódicos de papel tienen que convertirse en medios más analíticos, más participativos, con más profundidad.

En la contraparte, los medios digitales quizá tengan menos peligro de supervivencia, pero sí hay un peligro de degradación de la calidad tremendo. La mayor parte de éstos no son interesantes para los empresarios de los medios de comunicación en términos económicos y por lo tanto hay cierta pauperación de las plantillas profesionales: no te puedes gastar mucho dinero en hacer un gran medio con una plantilla de profesionales muy experimentados. Eso se traduce en que al final hay muchos pasantes, gente que no cobra nada o estudiantes recién salidos. Si a esto se suma el riesgo que la información que se maneja en internet cuyo origen es internet, en mucha medida es información que podríamos llamar basura, no contrastada, inventada, maliciosa o con fuentes de muy poco valor, entonces al final se puede producir el fenómeno tremendo de que se cuelgue en el internet una mentira y sea reproducida por uno y otro medio y acabe convirtiéndose en una seudo verdad.

El valor agregado que deben dar los medios escritos se deriva de la interpretación. Como sabemos, la frontera entre la interpretación y la opinión es difusa. ¿Cómo hacer buena interpretación sin caer en la opinión?
Es muy fácil decirlo y es un poco más difícil hacerlo. La diferencia es que la opinión definitiva el interpretador la deja en manos del lector. Tú le das las distintas claves de los asuntos, le pones el contexto a todo lo que dices y dejas que sea el lector el que, reuniendo todas las piezas de ese rompecabezas, decida. Es importante no ocultar los factores que en parte contradicen la tesis de tus artículos. Si pones todo lo que abone la teoría “A”, de la cual eres partidario, y omites lo que abone a la teoría “B”, aunque sea muy interesante, entonces estás dando una información sesgada.

Para esto el periodista debe tener buen criterio. ¿Está la interpretación supeditada a los periodistas de gran experiencia, o se puede confiar en que los noveles hagan interpretaciones?
A los periodistas noveles hay que recortarles un poquito las alas, pero no en términos de censura; hay que decirles que no vayan a escribir editoriales. Para eso hace falta mucha experiencia, mucho sentido común, haber transitado por muchas personas y épocas políticas y sociales. Para que una interpretación no se convierta en una opinión arbitraria falta un dominio de la profesión que no está al alcance, salvo excepciones, de personas noveles.
Aunque también hay personas muy experimentadas que son extremadamente arbitrarias. Los jóvenes que llegan a un medio con la idea que “en dos años escribo lo que me dé la gana” nunca serán buenos periodistas.

¿Cómo lidiar con periodistas noveles que se creen estrellas del periodismo? ¿Cómo lidiar con la natural soberbia del periodista?
Está bien dicha la frase porque la natural soberbia no es sólo de los noveles. Uno de los errores más básicos y frecuentes de los periodistas es creerse que porque están junto al ministro son el ministro; o porque están junto al presidente son semi presidentes. Porque se entreviste a Harrison Ford o a una estrella de cine... no se es esa estrella. Se trata de servir, porque el periodista es el puente que sirve de contacto entre los personajes famosos o los hechos importantes y el lector. No es el protagonista.
Decía Juan Luis Sibrián, primer director del diario El País (España), que el poder de la prensa cuando mejor se ejerce es cuando no se ejerce. Es un poder auto contenido en el que existe la vocación de explicar las cosas que le pasan a la gente pero sin intentar imponer leyes o criterios.
El papel de la prensa es más bien reactivo: se puede opinar sobre las leyes, los proyectos de los partidos, pero no se puede pretender exhibir el boletín oficial del Estado.

¿Dónde queda el papel de educador del medio?
El papel demasiado obvio del medio de educador es un poco peligroso. Creer que la gente es tonta y que el medio es listísimo, y que a la pobre gente se le va a conceder el privilegio de oír tu gran explicación de la verdad de la vida, creo que no es la manera de hacerlo.

Los públicos son más exigentes, más conocedores, por el mismo bombardeo de información... ¿Le ha sucedido lo mismo al periodista?
El periodista está sometido a muchísima más competencia, incluso del propio lector. Un incremento de la humildad intelectual del periodista es muy conveniente. Aunque es muy conveniente el orgullo profesional en el sentido que es muy importante dar las noticias antes que los demás.

Hay un debate: el medio como fiscalizador y su regulación. ¿Qué o quién debe establecer las fronteras para el ejercicio periodístico?
La regulación oficial de las condiciones de trabajo o profesionales de los periodistas, desde el punto de vista del contenido duro de la profesión, tiene que ser auto regulado.
Los gobiernos que se meten a intentar hacer un código de regulación de la profesión periodística cometen un grave error. Al final, el poder del periodismo es un poder delegado del pueblo. Las instancias oficiales siempre quieren un periodismo servil y al final lo que conseguirán, si van más allá, es un sistema de censura que es terriblemente pernicioso para la libertad de expresión.

¿Cómo balancear la auto regulación para no convertirse en juez y parte?
Por consenso general. Un poco juez y parte siempre se es. Pero tengamos en cuenta que las decisiones de los medios de comunicación, cuando son muchos, se trata de algo relativamente compartido. Cuando varios medios comparten cierta pauta, hay que pensar que esa pauta tiene cierta dosis de objetividad y que no son un pasaporte para la impunidad profesional.
Además, estoy convencido de que a los propietarios de los medios tampoco les gusta la impunidad de sus profesionales para decir lo que quieran. La gente, tarde o temprano, se da cuenta si un medio de comunicación es objetivo, falso, tendencioso o sesgado. Tiendo más a pensar en establecer un marco general en vez de uno demasiado particular.

“Es importante que los medios sean financieramente independientes, que sean rentables”.

Aparte de la impunidad ¿en cuáles otros errores puede caer un comunicador?
Para mí, uno de los tesoros del periodista son sus fuentes y se debe tener apreciaciones sobre su verosimilitud y su objetividad. Aquí me refiero indirectamente a la especialización, porque un periodista no especializado escucha las cosas por primera vez de fuentes que no sabe si son buenas, malas o regulares, si son fiables, si son científicas o no lo son.
Y el secreto de las fuentes también es importante: cuando el poder no te quiere dar noticias negativas para él, te las tiene que dar gente conocedora de los hechos y además de forma anónima. Pero el anonimato gratuito es extremadamente peligroso para el periodista porque cualquiera puede ir donde él y decirle: “Tal persona ha robado 500 millones de dólares”. Y si el periodista se lo cree y lo publica ¿quién lo ha sometido a validación? Sin embargo, la experiencia y la especialización permite hacer un juicio sobre el rigor de las fuentes. Si no se protege a las fuentes y no se somete a escrutinio de veracidad a las fuentes, el periodista está perdido. El periodista está en manos de sus fuentes, y cuando las fuentes son malas el periodista es malo.

¿Y quién defiende a los públicos contra los abusos del comunicador? ¿Bastan las cartas al Director o el buzón de lectores?
No. En primer lugar están los tribunales, y, por dignidad profesional, el propio medio. La figura del Defensor del Lector muchas veces se maneja como coartada: saca quejas relativamente suaves para no poner en cuestión el valor de un propio periódico.
El primer interesado en demostrar que se ha equivocado; pero que va a intentar no equivocarse más es el propio medio. El periodista no se hace grande porque nunca se equivoque, sino porque reconoce que se ha equivocado. Para mí no hay medio de calidad que no haga fe pública de sus errores, por lo menos del mismo tamaño que fue el error.

¿Puede existir, bajo esta visión, el terrorismo periodístico?
Sin duda. Lo he conocido. He visto llegar al periódico El País anónimos en los que se contaban supuestos fraudes o corrupciones de políticos, y el periodista se ponía a investigar y no llegaba a ninguna conclusión y entonces retenía la información hasta hacer esas averiguaciones, y al cuarto o quinto día encontraba en otro medio el anónimo tal cual, sin haber sido sometido a ningún tipo de averiguación. Eso, desde mi punto de vista, es terrorismo periodístico.

¿Cuáles son las principales amenazas que se ciernen sobre la profesión?

En términos generales, la falta de objetividad, el temor a reconocer los propios errores. Y hay un problema grave: la dependencia de las agencias de comunicación, de las facilitadoras, que creo que es un trabajo extraordinariamente digno, pero que muchas veces percibo que hay medios que determinados reportajes se deben no al interés sino a una especie de tráfico de influencias de las agencias. Y luego no perdamos de vista la terrible presión de las instituciones oficiales que llegan al extremo, cuando las publicaciones no les son saludables, de cerrar el grifo de la información.

¿Cómo balancear el trabajo de las empresas de relaciones públicas versus la importancia de un hecho determinado?

El trabajo de estas empresas me parece importante y necesario; pero al final quien debe decidir es el periodista. No se puede estar sometido al influjo desmesurado de una agencia de relaciones públicas. Se trata que las decisiones sobre la publicación, tamaños y enfoques sean periodísticas. Las buenas agencias de comunicación tienen a profesionales con gran conocimiento del mundo periodístico. Las agencias que se saltan al interlocutor periodístico y van directamente a los directores... me parece un gran error, y se ganan la enemistad de los periodistas. Las agencias de calidad conocen los criterios profesionales.

Esta entrevista es producto de la gestión de una empresa de relaciones públicas...
Me quedo tranquilo pensando que el producto que colocamos en el mercado es de alta calidad. En el mundo del periodismo, de lo que hablamos es de un Master en Periodismo Digital, concebido para que un comunicador haga el tránsito a un medio digital. Uno de los fundamentos de nuestros productos es la calidad académica de partida, con mucho rigor, elaborados por profesionales muy competentes. Si esto se comunica en un medio, el interés profesional está justificado, y por lo tanto no estamos vendiendo una burra ciega.

¿Está contribuyendo el periodismo al desarrollo de los pueblos o nos quedamos atrás?
Creo que sí. Si no existiera el periodismo habría que inventarlo. Sin duda, hay periodismo bueno y malo...

Dígame un ejemplo de periodismo malo
¡Huy! Eso es meterse en camisa de 11 varas. La inmensa mayoría de las televisiones privadas hace un periodismo malo. No digo que todas, pero las televisiones demasiado comerciales contaminan un poco la parte informativa.
Luego hay muchos periódicos. Es difícil hacer un gran periodismo en periódicos demasiado locales porque faltan medios. Creo igual que son medios dignos y no hay que eliminarlos del mapa. Y todo lo que suponga acercar los hechos a la gente, incluso con sesgos, me parece positivo.


Copyright 2002 El Diario de Hoy - Derechos Reservados. vertice@elsalvador.com
Prohibida su reproducción total o parcial sin autorización escrita de su titular.