Del 5 al 12 de septiembre de 2004



LA COLUMNA

Erick Lombardo Lemus
vertice@elsalvador.com

“Saltarse la cola”

Un estudio sobre la percepción de la corrupción en el país -y que fue divulgado esta semana por la Universidad Centroamericana- nos ofreció unas lecciones sobre la escasa formación intelectual de la población salvadoreña.

A los ciudadanos entrevistados, cuando se les pidió definir la palabra “corrupción”, la mayoría lo asoció a la delincuencia o a las pandillas juveniles. No quiero decir que estos dos flagelos carezcan de importancia; sin embargo, la revelación científica nos da un palmo de narices acerca del nivel intelectual de nuestro querido pueblo salvadoreño, que todavía es capaz de confundir golondrinas con perdices.

Corrupción: “En las organizaciones, especialmente en las públicas, práctica consistente en la utilización de las funciones y medios de aquellas en provecho, económico o de otra índole, de sus gestores” (Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, 2004). Y podemos seguir buscando sinónimos como “alteración”, “vicio” o “abuso” y, sin embargo, a la mayoría de las personas entrevistadas (con un nivel escolar que ronda el séptimo grado) igual les parecerá algo tan ajeno e incomprensible a la vida cotidiana.

¿Por qué? Lo interesante de la investigación, que fue financiada por la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID), es que demuestra cuan afincada y cuan “idiosincrásica” es la convivencia entre un flagelo (como es la corrupción en América Latina) y el salvadoreño promedio. No hay como aquel “guanaco” que sea “trucho” a la hora de “saltarse” los procedimientos. Oooh, cuanto objeto de admiración puede llegar a evocar el compañero que encontró la manera de ahorrarse las esquelas gracias a “los conectes” que tiene o el ingeniero que “licita” proyectos habitacionales con éxito porque “tiene cara de vivo”.

Una particularidad más sobre los resultados: la población está al tanto de los hechos de corrupción gracias al papel de los medios de comunicación y, por lo tanto, este es mi juicio personal, se infiere que el criterio de las mayorías está “mediatizado”. Con los altos y bajos que este dato implique, la investigación reconoce que sin el papel inquisidor de la prensa en ciertos temas de la vida pública, muchos casos habrían pasado de largo y poco juicio existiría sobre la administración de los fondos públicos, sean estos en manos del Estado (donde más resuenan los escándalos) o en el privado.

Y si nos colocamos frente a la ética, como una de las normas morales esenciales de la naturaleza humana, ¿seremos capaces de aprender a seguir la línea de espera sin “saltarse la cola”?


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