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LA
COLUMNA

Saltarse
la cola
Un estudio sobre la percepción
de la corrupción en el país -y que fue divulgado esta
semana por la Universidad Centroamericana- nos ofreció unas lecciones
sobre la escasa formación intelectual de la población
salvadoreña.
A los ciudadanos entrevistados, cuando se les pidió definir la
palabra corrupción, la mayoría lo asoció
a la delincuencia o a las pandillas juveniles. No quiero decir que estos
dos flagelos carezcan de importancia; sin embargo, la revelación
científica nos da un palmo de narices acerca del nivel intelectual
de nuestro querido pueblo salvadoreño, que todavía es
capaz de confundir golondrinas con perdices.
Corrupción: En las organizaciones, especialmente en las
públicas, práctica consistente en la utilización
de las funciones y medios de aquellas en provecho, económico
o de otra índole, de sus gestores (Diccionario de la Real
Academia de la Lengua Española, 2004). Y podemos seguir buscando
sinónimos como alteración, vicio
o abuso y, sin embargo, a la mayoría de las personas
entrevistadas (con un nivel escolar que ronda el séptimo grado)
igual les parecerá algo tan ajeno e incomprensible a la vida
cotidiana.
¿Por qué? Lo interesante de la investigación, que
fue financiada por la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo
Internacional (USAID), es que demuestra cuan afincada y cuan idiosincrásica
es la convivencia entre un flagelo (como es la corrupción en
América Latina) y el salvadoreño promedio. No hay como
aquel guanaco que sea trucho a la hora de saltarse
los procedimientos. Oooh, cuanto objeto de admiración puede llegar
a evocar el compañero que encontró la manera de ahorrarse
las esquelas gracias a los conectes que tiene o el ingeniero
que licita proyectos habitacionales con éxito porque
tiene cara de vivo.
Una particularidad más sobre los resultados: la población
está al tanto de los hechos de corrupción gracias al papel
de los medios de comunicación y, por lo tanto, este es mi juicio
personal, se infiere que el criterio de las mayorías está
mediatizado. Con los altos y bajos que este dato implique,
la investigación reconoce que sin el papel inquisidor de la prensa
en ciertos temas de la vida pública, muchos casos habrían
pasado de largo y poco juicio existiría sobre la administración
de los fondos públicos, sean estos en manos del Estado (donde
más resuenan los escándalos) o en el privado.
Y si nos colocamos frente a la ética, como una de las normas
morales esenciales de la naturaleza humana, ¿seremos capaces
de aprender a seguir la línea de espera sin saltarse la
cola?
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