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INTERNACIONAL
Prisioneros
en tierra y mar
La
experiencia de una reportera ecuatoriana de viajar como
indocumentada en un barco pesquero permite echar un vistazo
a las duras condiciones a las que son sometidos miles de
ecuatorianos por parte de los traficantes humanos.

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La
difícil economía ecuatoriana obliga a emigrar
ilegalmente a millares cada año. |
Pedernales, Ecuador. “No hable con nadie”,
le dijo Marco Zhingri a la reportera ecuatoriana que había reservado
un pasaje y había llegado a Pedernales para esperar la salida.
“Si la gente le pregunta qué está haciendo aquí,
dígales que usted es una turista que está visitando la
playa”.
Los recepcionistas exigían la cuota de $8 por adelantado por
una habitación en el Hotel América, ubicado en el centro
del poblado.
Extraños tocaban las puertas para preguntar, “¿Ustedes,
de quiénes son pasajeros?” y para cobrar $2 por el autobús
que transportaría a los inmigrantes hasta la aislada playa desde
la cual emprenderían la salida.
Un niño, de unos 10 años, vestido como si se dirigiera
al catecismo dominical, al parecer trabaja como una ligera escolta de
seguridad, ayudando a vigilar a los inmigrantes para asegurarse de que
no hablaran con extraños y no interfirieran con su plan.
El niño siguió a la reportera ecuatoriana cada vez que
ella salía de su hotel. La reportera estadounidense, misma que
estaba en la comunidad para vigilar a su colega, era seguida por al
menos cinco hombres abordo de una camioneta roja con vidrios entintados.
A las 10:00 p.m., el repiqueteo de gente tocando sus puertas saturaba
los corredores en el Hotel América y los huéspedes eran
llamados para salir de sus habitaciones y a hacer una sola fila para
abordar un autobús que los esperaba frente al hotel. Cuando todos
los asientos estuvieron ocupados, Marco Zhingri subió al autobús.
El vehículo salió a toda velocidad, y sin encender sus
fanales rumbo al norte. Unos 20 minutos después, Zhingri le ordenó
al chofer que se detuviera y le dijo a los inmigrantes que corrieran
directamente hasta la playa, cruzando primero por entre los árboles.
“Confíen en mí”, dijo. “Estarán
en Guatemala en una semana”.
El William esperaba a varias millas de la costa. Desde la distancia,
era una imagen que daba tranquilidad: grande y ancho. Pero una vez que
los inmigrantes fueron transportados hasta la embarcación en
pequeñas lanchas y empezaron a ser acomodados, se percataron
de que no era tan grande.
A medida que la cala se empezó a llenar, algunos pasajeros gritaban
que ya no había más espacio. Una pareja trató de
obstruir la escotilla. Un integrante de la tripulación sofocó
la pequeña insurrección y se abrió paso a patadas
entre los pasajeros.
“Tenemos a muchas personas más que tienen que encontrar
lugar aquí abajo”, se quejó. Más tarde, el
suelo en la parte frontal de la cala cedió, lanzando a docenas
de pasajeros hacía abajo, tropezando hasta caer en el casco de
la nave. Al ver el interior de la embarcación daba la impresión
de ser un ataúd flotante: cubiertas del suelo podridas, polines
rajados y agua goteando por doquier.
La linterna se apagó. Los rezos de inmigrantes
empezaron a llenar la oquedad, y prosiguieron hasta el amanecer. Después,
otros comenzaron a arrastrarse lentamente hasta la cubierta para estirarse.
Parecían impactados ante la cantidad de personas que había
ahí: más hombres que mujeres, la mayoría entre
los 20 y 30 años de edad.

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Al
igual que tantos inmigrantes ilegales, muchos ecuatorianos son
detenidos y deportados,
pero siguen intentándolo. |
Nadie estaba más perturbado por sus números
que el capitán, Héctor Segura, el mismo que en Manta afirmaba
que él nunca había sido ni sería un coyote.
La reportera ecuatoriana que iba abordo no era la misma reportera que
él había conocido en el parque. Se las ingenió
para viajar, al menos en los primeros días, sin revelar su conexión
con el New York Times.
A todos los que iban abordo les quedó en claro que Segura era
un experimentado traficante. Tomó un rápido conteo visual,
había cuando menos 50 más de los que él había
planeado.
Había suficiente combustible, destacó, y suficiente comida
y agua, aunque muy poco espacio para tanta gente. “Este no va
a ser un viaje confortable”, comentó.
viaje sombrío
Sus palabras demostraron estar por debajo de la realidad. Cada hora
que pasaba era más insoportable que la anterior. Las raciones
de comida estimulaban más el apetito: un puñado de galletas
saladas y un pequeño cubo de queso para el desayuno; un caldo
aguado de verduras con un pequeño plato de sardinas y arroz para
la comida y la cena.
El duro oleaje y la asfixiante humedad rápidamente cobraron su
precio sobre los pasajeros que nunca antes habían visto el océano
y menos surcarlo. Palidecieron. Sus labios se partieron, presentaban
ampollas. Se quejaban de mareos, náusea y diarrea.
Para el tercer día, a muchos se les empezaron a agotar las botellas
de agua, los paquetes de nueces y fruta seca que los habían sostenido
entre cada alimento. La enfermedad se propagó. Era evidente que
el agua en el barco no era segura —había partículas
flotando en cada vaso— pero era lo único que había
para beber.
Un joven pasajero de nombre Vinicio aseguró que
él había pasado por viajes peores. Aparentaba tener 15
años de edad, pero explicó que era un inmigrante veterano.
Había intentado llegar a EE. UU. dos veces por tierra y una por
mar. Para él, su hogar estaba en Nueva York, donde viven sus
padres y sus dos hermanos mayores.
La mayor parte de la tripulación expresó simpatía
por la muchedumbre que padecía el vaivén del barco. Era
un grupo variopinto de hombres viejos y desdentados como uno que rondaba
los 70 años que veía películas pornográficas
en un pequeño televisor mientras estaba al timón. Lo llamaban
don Juanito.
Desde la primera noche, los tripulantes les prestaron atención
particular a las mujeres más bonitas. Cada uno de ellos invitó
a las mujeres a dormir en su cálida y seca litera. Tras cuatro
noches debajo de cubierta, varias mujeres desesperadas aceptaron. Una
vez que conciliaban el sueño, los tripulantes trepaban a la cama
y las presionaban para que tuvieran sexo.
Por años, muchos de la tripulación han estado viviendo
como traficantes abordo del William, que ha efectuado unos ocho viajes
de inmigrantes sólo el año pasado.
Segura era nuevo en el grupo. No había trabajado anteriormente
con esta tripulación y mantenía su distancia. Escuchaba
sus relatos, pero ofrecía muy poco de su propio pasado. Además,
evitaba a los pasajeros, a menos que hubiera problemas.
Se hacía llamar Johnny, y en una noche salpicada de estrellas
hacia la mitad de la travesía, permitió que una pasajera,
la reportera ecuatoriana, entrara a la cabina para preguntarle acerca
de los aspectos básicos de la navegación. Contradijo lo
dicho a la reportera estadounidense semanas antes y se mostró
impenitente cuando explicó que se había convertido en
traficante de inmigrantes porque era la manera más rápida
y fácil de ganar buen dinero.
Tan sólo con este viaje, afirmó, ganaría $8,000.
“No aspiro a ser millonario y tener un automóvil nuevo
cada año, deseo una buena vida. Quiero darle oportunidades a
mis hijos”, destacó.
Al poco tiempo, detectó una titilante luz roja a la distancia.
Saltó desde la cabina y le ordenó a todos los pasajeros
que bajaran a cubierta.

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Los
coyotes diseñan planes de seguridad por si
son interceptan en el mar. |
de pasajeros a rehenes
Todo cambió. La tensión saturó los últimos
días de la travesía. El capitán cedió abruptamente
a la presión y reprendió a la tripulación cuando
la sorprendió haciéndole favores a los pasajeros frágiles
y enfermos.
Al igual que el capitán, a ellos los agobiaba la imagen de la
luz roja. Si eran capturados, los inmigrantes serían la clave
para su libertad.
El plan era simple: si las autoridades abordaban la embarcación,
los inmigrantes alegarían que la tripulación los había
abandonado en el mar.
Ellos se mezclarían entre ellos y guardarían silencio.
Tripulación e inmigrantes serían enviados de vuelta a
Ecuador.
Dos días más tarde, el capitán dejó saber
que ya estaban cerca de su destino, y la tensión aminoró.
César Escandón, uno de los guías, había
sido contratado por el clan Zhingri para acompañar a un grupo
de inmigrantes abordo del William hasta Minneapolis y Nueva York.
Usó el mapa de Segura para mostrarle a los inmigrantes el largo
trayecto por delante y los asesoró con respecto a cómo
hablar español como mexicanos.
Los inmigrantes ayudaron a la tripulación a pintar un nuevo letrero
en el costado del William, que se leía Blanca Viviana, para que
la embarcación no fuera reconocida por las autoridades a su paso.
Al amanecer del octavo día, los inmigrantes llegaron a tierra
firme, a una remota playa en Puerto Ocos, cerca de la frontera entre
Guatemala y México. Sus lenguas estaban escaldadas y sus piernas
débiles. Sin embargo, antes de que pudieran recuperar el aliento,
un desaliñado grupo de hombres armados ordenó a los agotados
viajeros. “¡Levántense! ¡Vámonos!”.
Otro hombre, Wílber Guerra, supervisaba la estampida desde un
reluciente automóvil deportivo color rojo. Colgó su teléfono
celular y ordenó a los inmigrantes a que mantuvieran la calma
y se agacharan. “Si alguien los ve, todos ustedes serán
deportados”, les advirtió.
Los hombres armados subieron a los inmigrantes a un viejo camión
rojo. En menos de 15 minutos, la entrega se había completado.
Otros 205 inmigrantes habían avanzado más a lo largo del
conducto ilegal hacia Estados Unidos.
Para muchos de ellos, Guatemala sería apenas una pausa. Se hospedarían
en casas de seguridad por unos cuantos días, y después
serían transferidos hacia otras células del tráfico
ilegal que introducen furtivamente a inmigrantes a través de
la frontera con México, en buena medida sin vigilancia.
Oficiales de policía, de quienes Guerra aseguró que ya
habían sido sobornados, dieron el paso al camión repleto
de inmigrantes en uno de los retenes, localizado en el extremo de Puerto
Ocos. Más tarde, la mitad de los inmigrantes fue transportada
hasta una vivienda detrás del cementerio municipal de Tecún
Umán.
La vivienda era sumamente caliente y húmeda. A los inmigrantes
les dieron sábanas y les dijeron que durmieran en el suelo de
concreto.
Guerra administraba la casa junto a su esposa, Yomara. Tras ocho días
abordo del William, el lugar parecía el paraíso. Los inmigrantes
quedaron asombrados por las promesas de medicina para los enfermos,
agua limpia para bañarse, comida que no venía de una lata
y espacio suficiente para estirar las piernas.
Posteriormente, la reportera ecuatoriana pidió marcharse. Se
ciñó a la historia de que ella era inmigrante, para luego
explicar que había pagado su transportación sólo
hasta Guatemala; agradeció a Guerra por recogerla y pidió
que la dejaran seguir por cuenta propia.
Guerra y su esposa se negaron. En ese momento la reportera se percató
de que, en efecto, se había convertido en un rehén, al
igual que todos los demás inmigrantes, hasta que él verificara
que todas sus cuotas se hubieran cubierto.
Había un pesado candado y una cadena en el portón de entrada.
Además de cámaras de seguridad a la entrada y en cada
una de las habitaciones.
Después de comunicarse por vía telefónica a Ecuador,
Guerra le dijo a la reportera que adeudaba otros $500. Ella alegó
que había efectuado el pago total, Guerra se mantuvo firme.
Con el tiempo fue liberada, después de una andanada de telefonemas
entre Tecún Umán y Cuenca, donde uno de los editores de
El Tiempo, el diario donde trabaja Guerra, entregara el dinero adicional
a Ordóñez, el vendedor de automóviles. Él
le entregó el dinero a la señora Zhingri, quien participó
en algunas de las negociaciones. Una vez que ella confirmó el
pago, Guerra puso en libertad a la reportera.
La situación era muy similar para los otros que habían
viajado abordo del William. En su mayoría, habían pagado
sólo la mitad de la tarifa de $2,000 por la travesía en
barco. De la misma forma, recibirían autorización para
seguir sólo después de que sus parientes enviaran el saldo
a coyotes en Ecuador. En el ínterin, ellos le pertenecían
a Guerra.
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