4 de julio de 2004


INTERNACIONAL

Prisioneros en tierra y mar

La experiencia de una reportera ecuatoriana de viajar como
indocumentada en un barco pesquero permite echar un vistazo
a las duras condiciones a las que son sometidos miles de
ecuatorianos por parte de los traficantes humanos.

The New York Times
Ginger Thompson/
Sandra Ochoa

vertice@elsalvador.com

La difícil economía ecuatoriana obliga a emigrar
ilegalmente a millares cada año.

Pedernales, Ecuador. “No hable con nadie”, le dijo Marco Zhingri a la reportera ecuatoriana que había reservado un pasaje y había llegado a Pedernales para esperar la salida.

“Si la gente le pregunta qué está haciendo aquí, dígales que usted es una turista que está visitando la playa”.

Los recepcionistas exigían la cuota de $8 por adelantado por una habitación en el Hotel América, ubicado en el centro del poblado.

Extraños tocaban las puertas para preguntar, “¿Ustedes, de quiénes son pasajeros?” y para cobrar $2 por el autobús que transportaría a los inmigrantes hasta la aislada playa desde la cual emprenderían la salida.

Un niño, de unos 10 años, vestido como si se dirigiera al catecismo dominical, al parecer trabaja como una ligera escolta de seguridad, ayudando a vigilar a los inmigrantes para asegurarse de que no hablaran con extraños y no interfirieran con su plan.

El niño siguió a la reportera ecuatoriana cada vez que ella salía de su hotel. La reportera estadounidense, misma que estaba en la comunidad para vigilar a su colega, era seguida por al menos cinco hombres abordo de una camioneta roja con vidrios entintados.

A las 10:00 p.m., el repiqueteo de gente tocando sus puertas saturaba los corredores en el Hotel América y los huéspedes eran llamados para salir de sus habitaciones y a hacer una sola fila para abordar un autobús que los esperaba frente al hotel. Cuando todos los asientos estuvieron ocupados, Marco Zhingri subió al autobús.

El vehículo salió a toda velocidad, y sin encender sus fanales rumbo al norte. Unos 20 minutos después, Zhingri le ordenó al chofer que se detuviera y le dijo a los inmigrantes que corrieran directamente hasta la playa, cruzando primero por entre los árboles. “Confíen en mí”, dijo. “Estarán en Guatemala en una semana”.

El William esperaba a varias millas de la costa. Desde la distancia, era una imagen que daba tranquilidad: grande y ancho. Pero una vez que los inmigrantes fueron transportados hasta la embarcación en pequeñas lanchas y empezaron a ser acomodados, se percataron de que no era tan grande.

A medida que la cala se empezó a llenar, algunos pasajeros gritaban que ya no había más espacio. Una pareja trató de obstruir la escotilla. Un integrante de la tripulación sofocó la pequeña insurrección y se abrió paso a patadas entre los pasajeros.

“Tenemos a muchas personas más que tienen que encontrar lugar aquí abajo”, se quejó. Más tarde, el suelo en la parte frontal de la cala cedió, lanzando a docenas de pasajeros hacía abajo, tropezando hasta caer en el casco de la nave. Al ver el interior de la embarcación daba la impresión de ser un ataúd flotante: cubiertas del suelo podridas, polines rajados y agua goteando por doquier.

La linterna se apagó. Los rezos de inmigrantes empezaron a llenar la oquedad, y prosiguieron hasta el amanecer. Después, otros comenzaron a arrastrarse lentamente hasta la cubierta para estirarse. Parecían impactados ante la cantidad de personas que había ahí: más hombres que mujeres, la mayoría entre los 20 y 30 años de edad.

Al igual que tantos inmigrantes ilegales, muchos ecuatorianos son detenidos y deportados,
pero siguen intentándolo.

Nadie estaba más perturbado por sus números que el capitán, Héctor Segura, el mismo que en Manta afirmaba que él nunca había sido ni sería un coyote.

La reportera ecuatoriana que iba abordo no era la misma reportera que él había conocido en el parque. Se las ingenió para viajar, al menos en los primeros días, sin revelar su conexión con el New York Times.

A todos los que iban abordo les quedó en claro que Segura era un experimentado traficante. Tomó un rápido conteo visual, había cuando menos 50 más de los que él había planeado.

Había suficiente combustible, destacó, y suficiente comida y agua, aunque muy poco espacio para tanta gente. “Este no va a ser un viaje confortable”, comentó.

viaje sombrío

Sus palabras demostraron estar por debajo de la realidad. Cada hora que pasaba era más insoportable que la anterior. Las raciones de comida estimulaban más el apetito: un puñado de galletas saladas y un pequeño cubo de queso para el desayuno; un caldo aguado de verduras con un pequeño plato de sardinas y arroz para la comida y la cena.

El duro oleaje y la asfixiante humedad rápidamente cobraron su precio sobre los pasajeros que nunca antes habían visto el océano y menos surcarlo. Palidecieron. Sus labios se partieron, presentaban ampollas. Se quejaban de mareos, náusea y diarrea.

Para el tercer día, a muchos se les empezaron a agotar las botellas de agua, los paquetes de nueces y fruta seca que los habían sostenido entre cada alimento. La enfermedad se propagó. Era evidente que el agua en el barco no era segura —había partículas flotando en cada vaso— pero era lo único que había para beber.

Un joven pasajero de nombre Vinicio aseguró que él había pasado por viajes peores. Aparentaba tener 15 años de edad, pero explicó que era un inmigrante veterano. Había intentado llegar a EE. UU. dos veces por tierra y una por mar. Para él, su hogar estaba en Nueva York, donde viven sus padres y sus dos hermanos mayores.

La mayor parte de la tripulación expresó simpatía por la muchedumbre que padecía el vaivén del barco. Era un grupo variopinto de hombres viejos y desdentados como uno que rondaba los 70 años que veía películas pornográficas en un pequeño televisor mientras estaba al timón. Lo llamaban don Juanito.

Desde la primera noche, los tripulantes les prestaron atención particular a las mujeres más bonitas. Cada uno de ellos invitó a las mujeres a dormir en su cálida y seca litera. Tras cuatro noches debajo de cubierta, varias mujeres desesperadas aceptaron. Una vez que conciliaban el sueño, los tripulantes trepaban a la cama y las presionaban para que tuvieran sexo.

Por años, muchos de la tripulación han estado viviendo como traficantes abordo del William, que ha efectuado unos ocho viajes de inmigrantes sólo el año pasado.

Segura era nuevo en el grupo. No había trabajado anteriormente con esta tripulación y mantenía su distancia. Escuchaba sus relatos, pero ofrecía muy poco de su propio pasado. Además, evitaba a los pasajeros, a menos que hubiera problemas.

Se hacía llamar Johnny, y en una noche salpicada de estrellas hacia la mitad de la travesía, permitió que una pasajera, la reportera ecuatoriana, entrara a la cabina para preguntarle acerca de los aspectos básicos de la navegación. Contradijo lo dicho a la reportera estadounidense semanas antes y se mostró impenitente cuando explicó que se había convertido en traficante de inmigrantes porque era la manera más rápida y fácil de ganar buen dinero.

Tan sólo con este viaje, afirmó, ganaría $8,000. “No aspiro a ser millonario y tener un automóvil nuevo cada año, deseo una buena vida. Quiero darle oportunidades a mis hijos”, destacó.

Al poco tiempo, detectó una titilante luz roja a la distancia. Saltó desde la cabina y le ordenó a todos los pasajeros que bajaran a cubierta.

Los coyotes diseñan planes de seguridad por si
son interceptan en el mar.

de pasajeros a rehenes

Todo cambió. La tensión saturó los últimos días de la travesía. El capitán cedió abruptamente a la presión y reprendió a la tripulación cuando la sorprendió haciéndole favores a los pasajeros frágiles y enfermos.

Al igual que el capitán, a ellos los agobiaba la imagen de la luz roja. Si eran capturados, los inmigrantes serían la clave para su libertad.

El plan era simple: si las autoridades abordaban la embarcación, los inmigrantes alegarían que la tripulación los había abandonado en el mar.

Ellos se mezclarían entre ellos y guardarían silencio. Tripulación e inmigrantes serían enviados de vuelta a Ecuador.

Dos días más tarde, el capitán dejó saber que ya estaban cerca de su destino, y la tensión aminoró. César Escandón, uno de los guías, había sido contratado por el clan Zhingri para acompañar a un grupo de inmigrantes abordo del William hasta Minneapolis y Nueva York.

Usó el mapa de Segura para mostrarle a los inmigrantes el largo trayecto por delante y los asesoró con respecto a cómo hablar español como mexicanos.

Los inmigrantes ayudaron a la tripulación a pintar un nuevo letrero en el costado del William, que se leía Blanca Viviana, para que la embarcación no fuera reconocida por las autoridades a su paso.

Al amanecer del octavo día, los inmigrantes llegaron a tierra firme, a una remota playa en Puerto Ocos, cerca de la frontera entre Guatemala y México. Sus lenguas estaban escaldadas y sus piernas débiles. Sin embargo, antes de que pudieran recuperar el aliento, un desaliñado grupo de hombres armados ordenó a los agotados viajeros. “¡Levántense! ¡Vámonos!”.

Otro hombre, Wílber Guerra, supervisaba la estampida desde un reluciente automóvil deportivo color rojo. Colgó su teléfono celular y ordenó a los inmigrantes a que mantuvieran la calma y se agacharan. “Si alguien los ve, todos ustedes serán deportados”, les advirtió.

Los hombres armados subieron a los inmigrantes a un viejo camión rojo. En menos de 15 minutos, la entrega se había completado. Otros 205 inmigrantes habían avanzado más a lo largo del conducto ilegal hacia Estados Unidos.

Para muchos de ellos, Guatemala sería apenas una pausa. Se hospedarían en casas de seguridad por unos cuantos días, y después serían transferidos hacia otras células del tráfico ilegal que introducen furtivamente a inmigrantes a través de la frontera con México, en buena medida sin vigilancia.

Oficiales de policía, de quienes Guerra aseguró que ya habían sido sobornados, dieron el paso al camión repleto de inmigrantes en uno de los retenes, localizado en el extremo de Puerto Ocos. Más tarde, la mitad de los inmigrantes fue transportada hasta una vivienda detrás del cementerio municipal de Tecún Umán.

La vivienda era sumamente caliente y húmeda. A los inmigrantes les dieron sábanas y les dijeron que durmieran en el suelo de concreto.

Guerra administraba la casa junto a su esposa, Yomara. Tras ocho días abordo del William, el lugar parecía el paraíso. Los inmigrantes quedaron asombrados por las promesas de medicina para los enfermos, agua limpia para bañarse, comida que no venía de una lata y espacio suficiente para estirar las piernas.

Posteriormente, la reportera ecuatoriana pidió marcharse. Se ciñó a la historia de que ella era inmigrante, para luego explicar que había pagado su transportación sólo hasta Guatemala; agradeció a Guerra por recogerla y pidió que la dejaran seguir por cuenta propia.

Guerra y su esposa se negaron. En ese momento la reportera se percató de que, en efecto, se había convertido en un rehén, al igual que todos los demás inmigrantes, hasta que él verificara que todas sus cuotas se hubieran cubierto.

Había un pesado candado y una cadena en el portón de entrada. Además de cámaras de seguridad a la entrada y en cada una de las habitaciones.

Después de comunicarse por vía telefónica a Ecuador, Guerra le dijo a la reportera que adeudaba otros $500. Ella alegó que había efectuado el pago total, Guerra se mantuvo firme.

Con el tiempo fue liberada, después de una andanada de telefonemas entre Tecún Umán y Cuenca, donde uno de los editores de El Tiempo, el diario donde trabaja Guerra, entregara el dinero adicional a Ordóñez, el vendedor de automóviles. Él le entregó el dinero a la señora Zhingri, quien participó en algunas de las negociaciones. Una vez que ella confirmó el pago, Guerra puso en libertad a la reportera.

La situación era muy similar para los otros que habían viajado abordo del William. En su mayoría, habían pagado sólo la mitad de la tarifa de $2,000 por la travesía en barco. De la misma forma, recibirían autorización para seguir sólo después de que sus parientes enviaran el saldo a coyotes en Ecuador. En el ínterin, ellos le pertenecían a Guerra.


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