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CRONICA
Los
tropiezos capitalinos
Desde
hace cuatro años, la Alcaldía de San Salvador mantiene
vigente
su Ordenanza Contravencional. La violación de algunos artículos
representa una sanción económica y, al parecer, su aplicación
toma
siempre al infractor por sorpresa. Si éste pretende salir bien
librado,
tendrá que pasar por un largo proceso burocrático.

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Los
agentes metropolitanos también vigilan que en
los espacios públicos no se atente contra la moral. |
Frente a la casa mayor de Dios se ubica el parque Gerardo
Barrios, punto de encuentro de muchos parroquianos.
Algunos sexagenarios aún discuten los resultados electorales
de marzo pasado, mientras otros, a viva voz, recomiendan a invisibles
funcionarios cómo detener el costo de los pasajes de autobús
y la fórmula para regular el precio de la gasolina.
La laguna de opiniones y lamentaciones son interrumpidas por las manos
agitadas de un hombre que llama al arrepentimiento espiritual.
A unos pasos, un silencioso joven está sentado en una banca,
apesadumbrado. “Vengo desde San Miguel en busca de trabajo. Bueno,
en realidad soy hondureño”, dice en voz baja, como tratando
de ocultar la pesadilla económica que atraviesa en su país.
En una esquina del parque, tres agentes metropolitanos, con sus botas
negras, impecables, custodian a un alcoholizado y de seguro arrepentido
ladrón de tragantes. Cuentan con la prueba para aplicarle la
ley. Ante sus ojos hay otra evidencia, los servicios sexuales que ofrece
una mujer.
Viste de colores vivos y casi susurra a su potencial cliente el valor
a pagar por un rato de placer. Sin quizá saberlo, viola el artículo
36 de la Ordenanza Contravencional que prohíbe el comercio de
servicios sexuales en la vía pública.
El escenario de violaciones a la referida ordenanza municipal no cesa
en pleno corazón capitalino. A una cuadra de la plaza, un conductor
de la ruta 41-A, con su pecho velludo y gafas de cachada, hace relucir
sus impulsos varoniles mientras hace un alto frente al semáforo.
Hace sonar su bullicioso silbato cuando ve pasar a una elegante joven.
Los delegados ni se percatan. Parecen más interesados en comprar
un par de discos compactos clonados.
Si la ley no se aplica cuando es violada en las narices de sus aplicadores,
qué mejor que probar suerte. Al igual que el conductor avezado
de la 41-A, lanzo un desacostrumbrado concierto de besos al aire al
paso de unos elegantes y muy apretados “blue jeans” y muy
cerca de los indiferentes agentes del CAM.
Tras la esquela
O la falta de experiencia en el cortejo no dio resultados, o a los agentes
se les olvidó sancionar la acción de lanzar piropos ruidosos
a una elegante señora que no se dio por aludida, o a lo mejor
desconoce una ley que le favorece en esos casos.

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| Orinar
en la vía pública, una de las infracciones más
comunes de la Ordenanza. |
En busca de la efectividad de esa ley, habría
que trasladarse a otra zona pública.
Ya en el parque Bolívar, al filo del mediodía y ante uno
de esos habituales actos culturales sabatinos que allí se desarrollan,
no hay como beberse sorbo a sorbo una refrescante cerveza.
Estaba a la mitad del disfrute y, de forma repentina, sale de entre
los frondosos árboles un agente cuya gorra azul no ocultaba sus
años recorridos de la vida.
Da por finalizado el gusto amargo de la bebida.
- Bote eso o lo sanciono.
- ¿Por qué?
- ¿No sabe que es prohibido consumir bebidas alcohólicas
en esta zona?
- No lo sabía.
- Pues bote eso.
El sol reflejado en su rostro y su aire autoritario anunciaban que hablaba
en serio.
Un par de pasos más y la lata queda lista para el reciclaje.
Pero tampoco hubo sanción por botar el desperdicio en el suelo.
Camino cuatro cuadras al oriente, paso por algunos edificios testigos
del terremoto del 86. Me detengo muy cerca de tres agentes apostados
en una esquina y aunque intenté descargar con furia el trago
amargo que recién había pasado, los disciplinados agentes
permanecieron en su sitio.
Al parecer estaba con suerte. Otro día. Otro escenario. La puerta
del mismísimo edificio municipal. Una mujer que corría
apresurada hacia su trabajo atrajo no sólo la mirada, sino que
inspiró un desentonado pero insinuante canto de Arjona: “Señora
de las cuatro décadas…”.
Pero esta vez el piropo no provenía de un transeúnte,
sino de uno de los agentes que cuida la entrada y salida del señor
alcalde capitalino.
Atrás quedaron los cantos o piropos de los cuidadores de la comuna
hacia las muchachas, o del desdén con el que vieron a una apresurada
madre con una pequeña niña quien no aguantó más
y se acurrucó para orinar en una de las esquinas opuestas a la
guardería municipal.
Era comprensible, puede que lo tomaran como una simple emergencia infantil.
Mientras tanto, cinco agentes se desplazaban por algunas calles, seguramente
en busca de hacer prevalecer el orden.
La sanción
Sobre la 4a. Avenida Sur, el grupo de agentes apenas da un vistazo a
la cartelera del Cine Metro. Pasa de largo, no hay tiempo de supervisar
el interior del edificio, donde las proyecciones fílmicas están
reservadas para gustos exigentes. Cosas de adultos.

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Los
“piropeadores”, aunque los multen, se resisten a desaparecer. |
La tarde calurosa empapaba mi camisa. Pero pagar $1.75
por una función de ese tipo en los otrora excelentes escenarios
cinematográficos era confortable al bolsillo. Una oportunidad
para no desaprovecharla.
La oscuridad habitual de los cines dificultaba encontrar un basurero.
Al fin doy con uno que luce el emblema de la marca del cigarrillo; me
hizo recordar que guardaba en la bolsa delantera la pequeña cajetilla
repleta del tentador vicio.
No había terminado de acostumbrarme a la habitual oscuridad y
de encender el cigarrillo, cuando asoman un par de agentes metropolitanos.
Cual si hubiera cometido un grave delito, se me aproxima rápidamente
uno de ellos. “Deme sus papeles”, sentencia, y luego me
invita a salir unos minutos a la zona en donde no hay ficción,
más bien la realidad.
- ¿Sabía usted que está prohibido fumar en los
cines?
- ¿Si a esto usted le puede llamar cine?
- Bueno, se le pondrá una multa por haber violado un artículo
de la Ordenanza Contravencional.
- De cuánto es la multa. ¿Tengo que pagarla en este momento
o qué?
- Tiene que ir al CAM y allí le dirán. Cuenta con 8 días
para pagarla.
- ¿Ustedes andan en todos los cines, incluyendo los caros?
- Nosotros andamos en todas partes.
- ¿Puedo apelar?
- Sí
- ¿Dónde queda el CAM?
- En la multa está la dirección.
El diálogo termina. Había que buscar la salida y presentar
el reclamo.
Largo proceso
Estaba de suerte, la diminuta oficina de Asesoría Jurídica
del CAM estaba vacía. Una antigua máquina de escribir
imprimía las cuotas de las sanciones recibidas.
La secretaria me ofrece una propuesta aparentemente razonable. El violar
el artículo 20 obliga el pago de trescientos a mil colones. Pero
si se cancela en el momento, el recibo determinará $17.
No obstante, si se apela se remite a las oficina Contravencional ubicada
en la colonia Flor Blanca. La audiencia se realizará en 15 días.
Si se pierde, se pagará el mínimo de la multa.
El ruido provocado por la llegada de varios canastos con frutas interrumpe
la decisión. Un suduroso agente descamisado hace lo imposible
por conducir en el parqueo uno de los canastos decomisados a quienes
también habían atropellado la ley en la vía pública.
No me queda más que esperar al derecho de audiencia programado
según la esquela número 40 mil 447 del artículo
infringido. Dado para el efecto el día lunes 5 de julio.
“La
finalidad es la educación”
Para la alcaldía, la Ordenanza es efectiva e insiste en que
debería tener carácter nacional.
Los agentes municipales aplican multas a cualquier personas que
infrinja la ordenanza. No pagar la multa implica rebeldía
y puede terminar en los tribunales.
El consumo de bebidas alcohólicas en lugares no autorizados
ha sido una de las violaciones más comunes.
Para el delegado contravencional Joaquín Domínguez
Parada, la medida tiene espíritu educativo y preventivo.
Admite que ha faltado la continuidad en la publicidad. “Este
problema es de educación, y nos involucra a todos, gobierno,
universidades e instituciones”, señala.
En relación a las solicitudes de audiencias para apelar las
multas, en la mayoría las personas no llegan o terminan aceptando
el pago de la mitad del mínimo.
“Yo uso la sana crítica para escuchar las apelaciones,
pero hay personas que han venido hasta con abogados y argumentan
situaciones absurdas”.
Sobre las medidas aplicadas, Parada señala que son adecuadas.
“Si las comparamos con la propuesta legislativa que contempla
la cárcel, usted por haber fumado hubiera pasado tres días
en prisión”. |
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