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ESPECIAL
De
la Torre de Babel a la Biblioteca...
Un edificio escogido por Demiurgo
La
biblioteca nacional conserva uno de los tesoros más codiciados
del mundo literario.
Dentro de esa edificación, que es emblemática en el casco
histórico de la ciudad,
residen más de mil volúmenes que son celosamente guardados
por unos
guardianes que luchan contra el paso del tiempo, los desastres naturales
y
la falta del suficiente presupuesto.
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Un impresionante tesoro de sabiduría se esconde
tras la fachada triste del actual edificio de la Biblioteca Nacional
de El Salvador Francisco Gavidia, que antaño albergara
las oficinas centrales del Banco Hipotecario, ubicada en la 4ª. Calle
Oriente y Avenida Monseñor Óscar Arnulfo Romero No. 124,
frente al Parque Gerardo Barrios y la Catedral Metropolitana.
La Biblioteca cuenta en la actualidad con cerca de 45,000 títulos,
distribuidos en seis colecciones ubicadas en el complejo arquitectónico
del edificio, un laberinto más propio de alguna saga mitológica
de la antigua Atenas que del ex - Banco donde se guardaban bajo siete
llaves los tesoros de las familias más acaudaladas de esta nación
y las cajas fuertes de las empresas y compañías más
ricas del país.
En esos mismos sótanos, pasajes cuasi secretos, entrepisos y
salas de gerentes hoy convertidas en oficinas burocráticas, están
distribuidas en la actualidad las diferentes dependencias de la Biblioteca
Nacional. Tanto la Hemeroteca como la Sala de Restauración y
Mantenimiento de libros funcionan en el sótano, en los sucesivos
pisos funcionan la Sala Salvadoreña Claudia Lars,
la Colección de Libros Antiguos de El Salvador 1825-1925, la
Hemeroteca Salvadoreña, la Colección Nacional y la Colección
de Tesis. En el primer piso funcionan la Colección Internacional,
la Sala de Computadoras y las oficinas de registro de libros, ISBN.
También existe una incipiente pinacoteca, cuyos principales cuadros
son dos retratos de Don Alberto Masferrer y Don Francisco Gavidia, hechos
por el maestro Valero Lecha y un gigantesco retrato de todos los mandatarios
y Jefes de Estado de El Salvador, desde Manuel José Arce hasta
Alfredo Cristiani. En ese mismo segundo piso es posible contemplar una
galería de fotos de los escritores salvadoreños más
destacados como José María Peralta Lagos, Salarrué,
Alvaro Menen Desleal o Walter Béneke.
El actual edificio desteñido de la Bibliotecas Nacional, cuyas
afueras están siempre inundadas de vendedoras ambulantes, vendedores
de lotería y lustradores, tiene una fachada que desconcierta
por su descuido y mal estado, más acorde con la serie de vetustos
edificios descascaronados del centro de San Salvador que de una auténtica
fuente del saber.
Sin embargo, este edificio que ha sobrevivido terremotos y remodelaciones,
por el que han pasado y pasan diariamente banqueros, usureros, especuladores,
escritores, periodistas, vendedores de lotería, poetas en mal
estado, estudiantes e investigadores científicos internacionales
de EE.UU. y Europa, parece estar marcado inexorablemente por el destino:
albergar tesoros monetarios en el pretérito imperfecto de nuestra
historia o albergar tesoros de sabiduría bibliográfica
en el presente indicativo de la cultura salvadoreña.
Un inicio por todo lo alto
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La Biblioteca Nacional fue fundada el 5 de julio de
1870 por Decreto del Ministerio de Relaciones Exteriores e Instrucción
Pública, firmado de puño y letra por el Dr. Francisco
Dueñas, Presidente de la República y por Don Gregorio
Arbizú, Ministro del ramo.
La pauta que dio la base para dicha fundación fueron los
6,000 volúmenes comprados últimamente por el supremo gobierno,
según dicho decreto, al General mexicano Federico Larrainzar,
libros que pertenecieron al Cardenal Lambruschini, un clérigo
italiano que fue secretario del Papa Gregorio XVI.
Este tesoro, de cuyos 6,000 volúmenes originales sólo
se conservan unos cuantos cientos, se encuentra en casi total abandono
en una sala especial del edificio que carece de todos los implementos
modernos de una sala de conservación (sistema de ventilación,
regulación de la temperatura, luz y control de la humedad), pero
lo más escandaloso es la carencia de un verdadero sistema de
alarmas y de seguridad que protejan tan valiosos libros de cualquier
intento de robo o de cualquier catástrofe natural o provocada
como incendios, huracanes, terremotos e inundaciones. Según nos
manifestó su actual Director, el novelista Manlio Argueta, dicha
Colección no tiene ni tan siquiera firmado un seguro contra robos
e incendios.
Colección Lambruschini
El corpus de esta colección estaba integrado por 6,000 libros
en latín, italiano, francés y español, publicados
entre 1500 y 1800. Fundamentalmente constituido por libros de cultura
clásica grecolatina, sus principales disciplinas también
abarcaban la jurisprudencia, la teología, las bellas artes, la
historia, las ciencias naturales y la filosofía.
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La Colección Lambruschini se encuentra en una
sala especial, es de felicitar y realzar la labor de restauración
que allí realizan actualmente, con muy escasos recursos pero
con muchísima dedicación y cariño, el pequeño
equipo que está bajo la supervisión de la Sub-Directora
Técnica de la Biblioteca Nacional, la bibliotecóloga Ana
Martha Ramírez, verdadera cancerbera de esta valiosísima
colección.
Entrar a dicha sala, donde los libros en sus estantes
parecen desbordarse en el tiempo y el espacio, es como ingresar a un
capítulo de la novela El nombre de la rosa, pues
a la vuelta de las páginas casi deshechas de los antiguos libros
en latín, italiano o francés, parece estar acechando el
dulce veneno de la sabiduría y la curiosidad intelectual por
la que mueren los clérigos protagonistas de la famosa novela
de Umberto Eco.
Y es precisamente uno de los autores nombrados por Eco el que tiene
una de las presencias más importantes en la Colección
Lambruschini de la Bibliotecas Nacional, nada menos que Aristóteles,
de cuyas obras en latín se conservan cerca de 5 volúmenes
del año MDLXXIIII (1574) entre cuyos títulos están:
Metaphysicorum, Stagiritae o el bellísimo
De Rhetorica et Poetica, todos en latín antiguo firmados
por ARISTOTELIS.
Estos títulos sapientísimos no son raros en una Colección
que contenía ediciones príncipes de los dos siguientes
incunables: CASSIANUS JO HEREMITA. Vigintiquatour collationes
santorum patrium conscripte. Venetiis. 1491. (Veinticuatro relatos
de la vida y escritos de los santos padres) y PLATEA. Opus restitutionum
usurarum et excomunicationum. Venetiis, 1477. (Tratado de las
restituciones, de las usuras y las excomuniones).
Otro de los tesoros que contiene esta colección es una edición
facsímil antigua de los dos tomos originales de la novela más
leída de todos los tiempos: El Ingenioso Hidalgo Don Quijote
de la Mancha, en cuyas páginas arrugadas que parecen piel
resecada, se puede leer en el lenguaje de Castilla del siglo XVI la
monumental obra de Don Miguel de
Cervantes y Saavedra.
Clamar en el desierto
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El actual deplorable estado de la Colección Lambruschini
era ya patente en el discurso de Ramón López Jiménez
pronunciado el 5 de julio de 1970 con motivo del centenario de fundación
de la Biblioteca Nacional. Sus palabras siguen teniendo actualidad y
muestran no sólo el menosprecio que siempre han merecido los
libros por parte del poder en El Salvador, sino también la incultura
e ignorancia de los funcionarios y burócratas encargados de velar
por el patrimonio cultural salvadoreño.
Parece que Don Ramón López Jiménez no hizo más
que clamar en el desierto: El via crucis que ha sufrido la Colección
Lambruschini es algo que duele hasta la entraña. No voy a narrar
ese calvario del libro, de los libros más valiosos que podría
lucir con orgullo la Biblioteca Nacional de El Salvador. Pero si quiero
pregonar uno muy alto, que entre el 2º. y 3er. Piso de esta casa yacen
como muertos no sé acaso más de 2,000 volúmenes
de la primitiva Colección Lambruschini. Están amontonados
en una pequeña habitación sin luz ni aire, colocados en
el suelo, dañados por la humedad de las baldosas de cemento.
La puerta de acceso a ese minúsculo cuartito no tiene llave.
Las bisagras de la única puerta no tienen tornillos están
amarradas con alambres.
¿Cuántos han desaparecido? ¡Quién sabe! Pero
la verdad es que están tirados en el suelo, amontonados como
materiales de construcción aunque, a decir verdad, cuando se
llevan los ladrillos y las tejas se tiene mucho más cuidado al
colocarlos ordenadamente. Estos libros, que en la actualidad costaría
adquirir cientos de miles de colones, se están arruinando, y
por eso yo, en nombre de la cultura, lanzo este grito de socorro. ¿Cómo
es posible que en cien años transcurridos no haya habido ningún
Jefe de Estado, ni un Ministro de Instrucción Pública,
Cultura o Educación, que dirigiera sus ojos y su mente en defensa
de este tesoro excepcional que lentamente ha venido destruyéndose
y disminuyendo?.
Ojalá que estas palabras, proferidas hace 34 años, puedan
encontrar oídos sensibles entre los funcionarios de la cultura
nacional para emprender una verdadera labor de rescate del patrimonio
bibliográfico de la Biblioteca Nacional.
Un detalle curioso: el cuadro de todos los Presidentes y Jefes de Estado
de El Salvador, que se encuentra en la misma Biblioteca, está
asegurado por varias decenas de miles de dólares. Ello está
muy bien, pero es un cuadro que carece de valor pictórico o artístico,
imposible de comparar con el valor estético de tan sólo
uno de los libros de la Colección
Lambruschini, que no están asegurados.
Como bien se escribe en la carpeta de presentación del Departamento
de Conservación y Restauración de la Biblioteca Nacional:
Más que una obligación es una necesidad tomar medidas
urgentes e inmediatas de preservación y conservación que
conduzcan a salvaguardar toda esta riqueza que constituye para nuestro
país el Patrimonio Bibliográfico Documental.
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* Novelista
y periodista salvadoreño-alemán, PhD por las Universidades
de Hannover y Berlín, estuvo trabajando en la Biblioteca
Nacional durante noviembre-diciembre 2003, como académico
alemán dentro del Programa de Intercambio de Científicos
firmado por el Ministerio de Educación de El Salvador y
el DAAD (Deutscher Akademischer Austauschdienst, Servicio Alemán
de Intercambio Académico) del Ministerio de Relaciones
Exteriores de Alemania
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