.4 de enero de 2004


ESPECIAL

De la Torre de Babel a la Biblioteca...
Un edificio escogido por Demiurgo

La biblioteca nacional conserva uno de los tesoros más codiciados del mundo literario.
Dentro de esa edificación, que es emblemática en el casco histórico de la ciudad,
residen más de mil volúmenes que son celosamente guardados por unos
guardianes que luchan contra el paso del tiempo, los desastres naturales y
la falta del suficiente presupuesto.

David Hernández *
vertice@elsalvador.com

Un impresionante tesoro de sabiduría se esconde tras la fachada triste del actual edificio de la Biblioteca Nacional de El Salvador “Francisco Gavidia”, que antaño albergara las oficinas centrales del Banco Hipotecario, ubicada en la 4ª. Calle Oriente y Avenida Monseñor Óscar Arnulfo Romero No. 124, frente al Parque Gerardo Barrios y la Catedral Metropolitana.

La Biblioteca cuenta en la actualidad con cerca de 45,000 títulos, distribuidos en seis colecciones ubicadas en el complejo arquitectónico del edificio, un laberinto más propio de alguna saga mitológica de la antigua Atenas que del ex - Banco donde se guardaban bajo siete llaves los tesoros de las familias más acaudaladas de esta nación y las cajas fuertes de las empresas y compañías más ricas del país.

En esos mismos sótanos, pasajes cuasi secretos, entrepisos y salas de gerentes hoy convertidas en oficinas burocráticas, están distribuidas en la actualidad las diferentes dependencias de la Biblioteca Nacional. Tanto la Hemeroteca como la Sala de Restauración y Mantenimiento de libros funcionan en el sótano, en los sucesivos pisos funcionan la Sala Salvadoreña “Claudia Lars”, la Colección de Libros Antiguos de El Salvador 1825-1925, la Hemeroteca Salvadoreña, la Colección Nacional y la Colección de Tesis. En el primer piso funcionan la Colección Internacional, la Sala de Computadoras y las oficinas de registro de libros, ISBN.

También existe una incipiente pinacoteca, cuyos principales cuadros son dos retratos de Don Alberto Masferrer y Don Francisco Gavidia, hechos por el maestro Valero Lecha y un gigantesco retrato de todos los mandatarios y Jefes de Estado de El Salvador, desde Manuel José Arce hasta Alfredo Cristiani. En ese mismo segundo piso es posible contemplar una galería de fotos de los escritores salvadoreños más destacados como José María Peralta Lagos, Salarrué, Alvaro Menen Desleal o Walter Béneke.

El actual edificio desteñido de la Bibliotecas Nacional, cuyas afueras están siempre inundadas de vendedoras ambulantes, vendedores de lotería y lustradores, tiene una fachada que desconcierta por su descuido y mal estado, más acorde con la serie de vetustos edificios descascaronados del centro de San Salvador que de una auténtica fuente del saber.

Sin embargo, este edificio que ha sobrevivido terremotos y remodelaciones, por el que han pasado y pasan diariamente banqueros, usureros, especuladores, escritores, periodistas, vendedores de lotería, poetas en mal estado, estudiantes e investigadores científicos internacionales de EE.UU. y Europa, parece estar marcado inexorablemente por el destino: albergar tesoros monetarios en el pretérito imperfecto de nuestra historia o albergar tesoros de sabiduría bibliográfica en el presente indicativo de la cultura salvadoreña.

Un inicio por todo lo alto

La Biblioteca Nacional fue fundada el 5 de julio de 1870 por Decreto del Ministerio de Relaciones Exteriores e Instrucción Pública, firmado de puño y letra por el Dr. Francisco Dueñas, Presidente de la República y por Don Gregorio Arbizú, Ministro del ramo.

La pauta que dio la base para dicha fundación fueron “los 6,000 volúmenes comprados últimamente por el supremo gobierno”, según dicho decreto, al General mexicano Federico Larrainzar, libros que pertenecieron al Cardenal Lambruschini, un clérigo italiano que fue secretario del Papa Gregorio XVI.

Este tesoro, de cuyos 6,000 volúmenes originales sólo se conservan unos cuantos cientos, se encuentra en casi total abandono en una sala especial del edificio que carece de todos los implementos modernos de una sala de conservación (sistema de ventilación, regulación de la temperatura, luz y control de la humedad), pero lo más escandaloso es la carencia de un verdadero sistema de alarmas y de seguridad que protejan tan valiosos libros de cualquier intento de robo o de cualquier catástrofe natural o provocada como incendios, huracanes, terremotos e inundaciones. Según nos manifestó su actual Director, el novelista Manlio Argueta, dicha Colección no tiene ni tan siquiera firmado un seguro contra robos e incendios.

Colección Lambruschini

El corpus de esta colección estaba integrado por 6,000 libros en latín, italiano, francés y español, publicados entre 1500 y 1800. Fundamentalmente constituido por libros de cultura clásica grecolatina, sus principales disciplinas también abarcaban la jurisprudencia, la teología, las bellas artes, la historia, las ciencias naturales y la filosofía.

La Colección Lambruschini se encuentra en una sala especial, es de felicitar y realzar la labor de restauración que allí realizan actualmente, con muy escasos recursos pero con muchísima dedicación y cariño, el pequeño equipo que está bajo la supervisión de la Sub-Directora Técnica de la Biblioteca Nacional, la bibliotecóloga Ana Martha Ramírez, verdadera cancerbera de esta valiosísima colección.

Entrar a dicha sala, donde los libros en sus estantes parecen desbordarse en el tiempo y el espacio, es como ingresar a un capítulo de la novela “El nombre de la rosa”, pues a la vuelta de las páginas casi deshechas de los antiguos libros en latín, italiano o francés, parece estar acechando el dulce veneno de la sabiduría y la curiosidad intelectual por la que mueren los clérigos protagonistas de la famosa novela de Umberto Eco.

Y es precisamente uno de los autores nombrados por Eco el que tiene una de las presencias más importantes en la Colección Lambruschini de la Bibliotecas Nacional, nada menos que Aristóteles, de cuyas obras en latín se conservan cerca de 5 volúmenes del año MDLXXIIII (1574) entre cuyos títulos están: “Metaphysicorum”, “Stagiritae” o el bellísimo “De Rhetorica et Poetica”, todos en latín antiguo firmados por ARISTOTELIS.

Estos títulos sapientísimos no son raros en una Colección que contenía ediciones príncipes de los dos siguientes incunables: “CASSIANUS JO HEREMITA. Vigintiquatour collationes santorum patrium conscripte. Venetiis. 1491”. (Veinticuatro relatos de la vida y escritos de los santos padres) y “PLATEA. Opus restitutionum usurarum et excomunicationum. Venetiis, 1477”. (Tratado de las restituciones, de las usuras y las excomuniones).

Otro de los tesoros que contiene esta colección es una edición facsímil antigua de los dos tomos originales de la novela más leída de todos los tiempos: “El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha”, en cuyas páginas arrugadas que parecen piel resecada, se puede leer en el lenguaje de Castilla del siglo XVI la monumental obra de Don Miguel de
Cervantes y Saavedra.

Clamar en el desierto

El actual deplorable estado de la Colección Lambruschini era ya patente en el discurso de Ramón López Jiménez pronunciado el 5 de julio de 1970 con motivo del centenario de fundación de la Biblioteca Nacional. Sus palabras siguen teniendo actualidad y muestran no sólo el menosprecio que siempre han merecido los libros por parte del poder en El Salvador, sino también la incultura e ignorancia de los funcionarios y burócratas encargados de velar por el patrimonio cultural salvadoreño.

Parece que Don Ramón López Jiménez no hizo más que clamar en el desierto: “El via crucis que ha sufrido la Colección Lambruschini es algo que duele hasta la entraña. No voy a narrar ese calvario del libro, de los libros más valiosos que podría lucir con orgullo la Biblioteca Nacional de El Salvador. Pero si quiero pregonar uno muy alto, que entre el 2º. y 3er. Piso de esta casa yacen como muertos – no sé – acaso más de 2,000 volúmenes de la primitiva Colección Lambruschini. Están amontonados en una pequeña habitación sin luz ni aire, colocados en el suelo, dañados por la humedad de las baldosas de cemento. La puerta de acceso a ese minúsculo cuartito no tiene llave. Las bisagras de la única puerta no tienen tornillos están amarradas con alambres.

¿Cuántos han desaparecido? ¡Quién sabe! Pero la verdad es que están tirados en el suelo, amontonados como materiales de construcción aunque, a decir verdad, cuando se llevan los ladrillos y las tejas se tiene mucho más cuidado al colocarlos ordenadamente. Estos libros, que en la actualidad costaría adquirir cientos de miles de colones, se están arruinando, y por eso yo, en nombre de la cultura, lanzo este grito de socorro. ¿Cómo es posible que en cien años transcurridos no haya habido ningún Jefe de Estado, ni un Ministro de Instrucción Pública, Cultura o Educación, que dirigiera sus ojos y su mente en defensa de este tesoro excepcional que lentamente ha venido destruyéndose y disminuyendo?”.

Ojalá que estas palabras, proferidas hace 34 años, puedan encontrar oídos sensibles entre los funcionarios de la cultura nacional para emprender una verdadera labor de rescate del patrimonio bibliográfico de la Biblioteca Nacional.
Un detalle curioso: el cuadro de todos los Presidentes y Jefes de Estado de El Salvador, que se encuentra en la misma Biblioteca, está asegurado por varias decenas de miles de dólares. Ello está muy bien, pero es un cuadro que carece de valor pictórico o artístico, imposible de comparar con el valor estético de tan sólo uno de los libros de la Colección
Lambruschini, que no están asegurados.

Como bien se escribe en la carpeta de presentación del Departamento de Conservación y Restauración de la Biblioteca Nacional: “Más que una obligación es una necesidad tomar medidas urgentes e inmediatas de preservación y conservación que conduzcan a salvaguardar toda esta riqueza que constituye para nuestro país el Patrimonio Bibliográfico Documental.”

* Novelista y periodista salvadoreño-alemán, PhD por las Universidades de Hannover y Berlín, estuvo trabajando en la Biblioteca Nacional durante noviembre-diciembre 2003, como académico alemán dentro del “Programa de Intercambio de Científicos” firmado por el Ministerio de Educación de El Salvador y el DAAD (Deutscher Akademischer Austauschdienst, Servicio Alemán de Intercambio Académico) del Ministerio de Relaciones Exteriores de Alemania

 


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