4 de enero de 2004


LA COLUMNA

Erick L. Lemus
vertice@elsalvador.com

¿Deseo un solo deseo?

¿Por qué los hombres vivimos menos que las mujeres? ¿Será porque nuestros cerebros están peor formados y preferimos evocar los tambores de la guerra antes que ir por la vida prodigando amor y bondad a nuestros semejantes?

Porque no ha sido un año fácil y el que viene tampoco, quiero atreverme a pedir un solo deseo: Que los hombres, sí, esta raza maldita, aprenda a ser algo que valga la pena y -al menos aquí- construya un esbozo de país que merezca la pena vivir en paz en 2004.
¿Razones? Hay de sobra.

Los hombres no somos el futuro de El Salvador. No, señor; lo siento, son las mujeres. Ellas son la única salvación de este país que se va al carajo cuando decenas de hermanos cruzan las fronteras o lavan los inodoros de Milano, Houston y Nueva York. ¿Por qué?

Voy a intentar explicar mis razones a pausas: El cerebro de los hombres se encoge antes que el de las mujeres, por ejemplo. ¿Lo sabía? O sabe que tenemos más posibilidades de sufrir afecciones cardíacas, úlceras, insuficiencia hepática, que estamos más expuestos a contraer enfermedades de transmisión sexual, se nos cae el cabello y -a cierta edad- necesitamos viagra (“un pitufo” en jerga empresarial) para mejorar la autoestima. Es decir, no somos nada.

Pero, como estoy consciente que ese solo deseo es imposible en cuanto es abstracto e incomprensible para las lumbreras que usan sacos, zapatos de charol y corbata; prefiero ser más terreno y pedir cosas básicas: que los hombres aprendamos a utilizar la palanca del retrete o el mingitorio después de hacer nuestras necesidades (¿nunca entenderemos acaso que no son de uso exclusivo); sepamos lavarnos orejas, ombligos y limpiarnos las uñas antes de salir del cuarto de baño y dejar de decir -con la boca aún hedionda- “buenos días”; no volver a emborracharse en fin de año so riesgo de agarrar a patadas a nuestra familia imaginando que somos Ronaldo frente al marco del Barça; no ir de juerga después de confesarnos ante el Padre -y rezar siete padres nuestros- jurando que no volverá a suceder; intercambiar las armas, que están en manos de civiles, por toneladas de oportunidades para las decenas de niños que están callejizados o en proceso de hacerlo; en fin... son simples y llanos deseos. ¿Muy personales? Bueno, sí, tienen razón. Debo enfocarme en temas más nacionales como... que los gobernantes y aspirantes a tales tengan la lucidez necesaria para lograr que el desarrollo económico, que ha logrado el país desde el fin de la guerra, empiece a desbordar en riqueza de opciones a donde no llegan las calles pavimentadas, y, eso sí, que sea quien alcance la presidencia, sea un sujeto humilde con menos ínfulas de grandeza, capaz de hablar con franqueza, sin hipocresías,
sin miedo a decir que todavía no hay suficiente desarrollo educativo como para que los jóvenes sigan yendo del bachillerato a la maquila o de la universidad a una ventanilla de autobanco; pero que sea capaz de revertir esa tendencia y El Salvador sea algo más que un pedazo de centro comercial con baratas de verano. Pero, eso sí, que nuestros líderes buenos para nada, con esa barriguita cervecera y pensamiento senil, se hagan a un lado de una vez por todas, porque ahí vienen las auténticas salvadoreñas que son el futuro de este país. Ellas son la fuerza del padrón electoral.


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