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LA
COLUMNA
¿Deseo
un solo deseo?
¿Por qué los hombres vivimos menos
que las mujeres? ¿Será porque nuestros cerebros están
peor formados y preferimos evocar los tambores de la guerra antes que
ir por la vida prodigando amor y bondad a nuestros semejantes?
Porque no ha sido un año fácil y el que viene tampoco,
quiero atreverme a pedir un solo deseo: Que los hombres, sí,
esta raza maldita, aprenda a ser algo que valga la pena y -al menos
aquí- construya un esbozo de país que merezca la pena
vivir en paz en 2004.
¿Razones? Hay de sobra.
Los hombres no somos el futuro de El Salvador. No, señor; lo
siento, son las mujeres. Ellas son la única salvación
de este país que se va al carajo cuando decenas de hermanos cruzan
las fronteras o lavan los inodoros de Milano, Houston y Nueva York.
¿Por qué?
Voy a intentar explicar mis razones a pausas: El cerebro de los hombres
se encoge antes que el de las mujeres, por ejemplo. ¿Lo sabía?
O sabe que tenemos más posibilidades de sufrir afecciones cardíacas,
úlceras, insuficiencia hepática, que estamos más
expuestos a contraer enfermedades de transmisión sexual, se nos
cae el cabello y -a cierta edad- necesitamos viagra (un pitufo
en jerga empresarial) para mejorar la autoestima. Es decir, no somos
nada.
Pero, como estoy consciente que ese solo deseo es imposible en cuanto
es abstracto e incomprensible para las lumbreras que usan sacos, zapatos
de charol y corbata; prefiero ser más terreno y pedir cosas básicas:
que los hombres aprendamos a utilizar la palanca del retrete o el mingitorio
después de hacer nuestras necesidades (¿nunca entenderemos
acaso que no son de uso exclusivo); sepamos lavarnos orejas, ombligos
y limpiarnos las uñas antes de salir del cuarto de baño
y dejar de decir -con la boca aún hedionda- buenos días;
no volver a emborracharse en fin de año so riesgo de agarrar
a patadas a nuestra familia imaginando que somos Ronaldo frente al marco
del Barça; no ir de juerga después de confesarnos ante
el Padre -y rezar siete padres nuestros- jurando que no volverá
a suceder; intercambiar las armas, que están en manos de civiles,
por toneladas de oportunidades para las decenas de niños que
están callejizados o en proceso de hacerlo; en fin... son simples
y llanos deseos. ¿Muy personales? Bueno, sí, tienen razón.
Debo enfocarme en temas más nacionales como... que los gobernantes
y aspirantes a tales tengan la lucidez necesaria para lograr que el
desarrollo económico, que ha logrado el país desde el
fin de la guerra, empiece a desbordar en riqueza de opciones a donde
no llegan las calles pavimentadas, y, eso sí, que sea quien alcance
la presidencia, sea un sujeto humilde con menos ínfulas de grandeza,
capaz de hablar con franqueza, sin hipocresías,
sin miedo a decir que todavía no hay suficiente desarrollo educativo
como para que los jóvenes sigan yendo del bachillerato a la maquila
o de la universidad a una ventanilla de autobanco; pero que sea capaz
de revertir esa tendencia y El Salvador sea algo más que un pedazo
de centro comercial con baratas de verano. Pero, eso sí, que
nuestros líderes buenos para nada, con esa barriguita cervecera
y pensamiento senil, se hagan a un lado de una vez por todas, porque
ahí vienen las auténticas salvadoreñas que son
el futuro de este país. Ellas son la fuerza del padrón
electoral.
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