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LA
ARISTA AFILADA
USA:
una sociedad de propietarios
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Es una lástima que los infortunios de la ocupación
de Irak secuestren el debate electoral norteamericano. En la convención
republicana, por ejemplo, Bush mencionó que entre sus objetivos
para el próximo cuatrienio, si ganaba las elecciones, estaría
impulsar lo que llamó una sociedad propietaria. ¿A
qué se refería? Básicamente, a convertir el actual
sistema de jubilación de Estados Unidos -el siempre en crisis
Social Security-, basado en el reparto, a un sistema
dirigido a la capitalización, como sugiere el muy sabio Alan
Greenspan.
En el modelo de reparto, el afiliado a la Seguridad Social contribuye
a un fondo general de pensiones dedicado a auxiliar a las personas que
llegan a la edad del retiro. El trabajador no invierte en su propio
sostenimiento, sino en el de las personas que han alcanzado los 65 años
y comienzan a cobrar una pensión cuyo promedio nacional es inferior
a los mil dólares mensuales. En el de capitalización,
en cambio, el trabajador invierte en una cuenta personal de ahorro y,
tras culminar su vida laboral, recibe una cantidad proporcional a su
inversión. No es el dinero del Estado ni de otro trabajador,
sino su propio dinero. Por eso Bush habla de sociedad propietaria.
¿A cuánto puede ascender esa suma? Los investigadores
norteamericanos Richard B. McKenzie y Dwight R. Lee, en un artículo
titulado Getting Rich in America, publicado en la revista
Transaction, establecieron que un joven profesional que a los 22 años
comenzara a trabajar devengando un salario de $30,000 al año,
a los 70, si no se distingue demasiado, ganaría unos $77,600.
Y si esa persona, a lo largo de su vida laboral hubiese depositado el
10% de su salario en una cuenta de inversiones que, como promedio, le
hubiera rendido un 10% anual de beneficio -algo menor que el promedio
de la Bolsa en los últimos setenta años-, teniendo en
cuenta el efecto del interés compuesto, recibiría prácticamente
cuatro millones de dólares.
Cambio de modelo social
Más allá de este sencillo ejercicio de risueño
optimismo aritmético, la conclusión es muy simple: el
sistema de reparto perjudica a los trabajadores. Es un modelo de jubilación
contrario al progreso de la sociedad y al bienestar de las personas.
Por otra parte, el sistema de capitalización estimula el sentido
de la responsabilidad: toda persona saludable capaz de trabajar debe
tomar precauciones para no ser una carga pública o familiar cuando
la vejez le impida continuar devengando un salario. El Estado y la familia,
por supuesto, deben hacer un gran esfuerzo por dotar a los niños
y jóvenes de la formación y los valores que se requieren
para que se conviertan en trabajadores aptos para ganarse la vida decorosamente,
pero, como regla general -de la que hay que exceptuar a los diversos
tipos de minusválidos que existen en cualquier grupo humano-
la idea que subyace tras este modelo es que con la mayoría de
edad termina el compromiso de la sociedad y comienza el del individuo
con los demás y consigo mismo. El otro elemento clave de la sociedad
de propietarios que Bush propone para su segundo mandato es la
creación de una cuenta de salud.
Grosso modo, en lugar de pagar las facturas del ciudadano enfermo, se
le asigna una suma que, de no ser totalmente gastada, el saldo queda
a su disposición: es su dinero. Y la lógica de esta medida
la explicó muy bien Milton Friedman en el pasado: en el actual
sistema de Medicare y Medicaid el paciente no tiene incentivos para
ahorrar. No gasta su dinero sino el de otros.
Sociedad de costos
No hay un solo Estado del primer mundo que no esté enfrentado
a la crisis financiera del sistema de salud pública. En todos,
los costos se multiplican exponencialmente en la medida en que mejoran
la cantidad y la calidad de los fármacos y de los equipos médicos
-y sus astronómicos precios-, y se extiende la edad promedio
de las personas.
Los últimos cien días de la vida de un anciano norteamericano
cuestan aproximadamente $200,000 dólares, como me explicara el
Dr. Fernando Valverde, especialista en el tema. ¿Cómo
aliviar ese enorme problema? La cuenta de salud parece ser
una medida inteligente que disminuirá voluntariamente la demanda
de servicios.
Limitar drásticamente el monto de las reclamaciones legales contra
médicos y hospitales también reduciría las primas
de los seguros, y, por lo tanto, el costo general de la salud. Por último,
poco a poco parece abrirse paso la convicción de que dejar morir
en paz a un paciente en su etapa final es mucho más sensato y
humano que mantenerlo artificialmente vivo a la espera de no se sabe
qué improbable milagro, como si la muerte fuera un hecho evitable.
No se trata de recurrir a la eutanasia, sino de limitarse a suprimir
el dolor y la conciencia de los moribundos hasta que la naturaleza agote
los mecanismos de supervivencia del organismo.
Es una lástima, en fin, que el debate electoral norteamericano
se haya desviado por otros rumbos. Hay otros temas que valía
la pena discutir a fondo. El ruido que viene de Irak lo impide.
©FIRMAS PRESS
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