Del 3 al 10 de octubre de 2004


LA ARISTA AFILADA

USA: una sociedad de propietarios

Carlos Alberto Montaner
vertice@elsalvador.com

Es una lástima que los infortunios de la ocupación de Irak secuestren el debate electoral norteamericano. En la convención republicana, por ejemplo, Bush mencionó que entre sus objetivos para el próximo cuatrienio, si ganaba las elecciones, estaría impulsar lo que llamó una “sociedad propietaria”. ¿A qué se refería? Básicamente, a convertir el actual sistema de jubilación de Estados Unidos -el siempre en crisis “Social Security-, basado en el “reparto”, a un sistema dirigido a la capitalización, como sugiere el muy sabio Alan Greenspan.

En el modelo de reparto, el afiliado a la Seguridad Social contribuye a un fondo general de pensiones dedicado a auxiliar a las personas que llegan a la edad del retiro. El trabajador no invierte en su propio sostenimiento, sino en el de las personas que han alcanzado los 65 años y comienzan a cobrar una pensión cuyo promedio nacional es inferior a los mil dólares mensuales. En el de capitalización, en cambio, el trabajador invierte en una cuenta personal de ahorro y, tras culminar su vida laboral, recibe una cantidad proporcional a su inversión. No es el dinero del Estado ni de otro trabajador, sino su propio dinero. Por eso Bush habla de “sociedad propietaria”.

¿A cuánto puede ascender esa suma? Los investigadores norteamericanos Richard B. McKenzie y Dwight R. Lee, en un artículo titulado “Getting Rich in America”, publicado en la revista Transaction, establecieron que un joven profesional que a los 22 años comenzara a trabajar devengando un salario de $30,000 al año, a los 70, si no se distingue demasiado, ganaría unos $77,600. Y si esa persona, a lo largo de su vida laboral hubiese depositado el 10% de su salario en una cuenta de inversiones que, como promedio, le hubiera rendido un 10% anual de beneficio -algo menor que el promedio de la Bolsa en los últimos setenta años-, teniendo en cuenta el efecto del interés compuesto, recibiría prácticamente cuatro millones de dólares.

Cambio de modelo social

Más allá de este sencillo ejercicio de risueño optimismo aritmético, la conclusión es muy simple: el sistema de reparto perjudica a los trabajadores. Es un modelo de jubilación contrario al progreso de la sociedad y al bienestar de las personas.

Por otra parte, el sistema de capitalización estimula el sentido de la responsabilidad: toda persona saludable capaz de trabajar debe tomar precauciones para no ser una carga pública o familiar cuando la vejez le impida continuar devengando un salario. El Estado y la familia, por supuesto, deben hacer un gran esfuerzo por dotar a los niños y jóvenes de la formación y los valores que se requieren para que se conviertan en trabajadores aptos para ganarse la vida decorosamente, pero, como regla general -de la que hay que exceptuar a los diversos tipos de minusválidos que existen en cualquier grupo humano- la idea que subyace tras este modelo es que con la mayoría de edad termina el compromiso de la sociedad y comienza el del individuo con los demás y consigo mismo. El otro elemento clave de la “sociedad de propietarios” que Bush propone para su segundo mandato es la creación de una “cuenta de salud”.

Grosso modo, en lugar de pagar las facturas del ciudadano enfermo, se le asigna una suma que, de no ser totalmente gastada, el saldo queda a su disposición: es su dinero. Y la lógica de esta medida la explicó muy bien Milton Friedman en el pasado: en el actual sistema de Medicare y Medicaid el paciente no tiene incentivos para ahorrar. No gasta su dinero sino el de otros.

Sociedad de costos


No hay un solo Estado del primer mundo que no esté enfrentado a la crisis financiera del sistema de salud pública. En todos, los costos se multiplican exponencialmente en la medida en que mejoran la cantidad y la calidad de los fármacos y de los equipos médicos -y sus astronómicos precios-, y se extiende la edad promedio de las personas.

Los últimos cien días de la vida de un anciano norteamericano cuestan aproximadamente $200,000 dólares, como me explicara el Dr. Fernando Valverde, especialista en el tema. ¿Cómo aliviar ese enorme problema? La “cuenta de salud” parece ser una medida inteligente que disminuirá voluntariamente la demanda de servicios.

Limitar drásticamente el monto de las reclamaciones legales contra médicos y hospitales también reduciría las primas de los seguros, y, por lo tanto, el costo general de la salud. Por último, poco a poco parece abrirse paso la convicción de que dejar morir en paz a un paciente en su etapa final es mucho más sensato y humano que mantenerlo artificialmente vivo a la espera de no se sabe qué improbable milagro, como si la muerte fuera un hecho evitable.

No se trata de recurrir a la eutanasia, sino de limitarse a suprimir el dolor y la conciencia de los moribundos hasta que la naturaleza agote los mecanismos de supervivencia del organismo.

Es una lástima, en fin, que el debate electoral norteamericano se haya desviado por otros rumbos. Hay otros temas que valía la pena discutir a fondo. El ruido que viene de Irak lo impide.
©FIRMAS PRESS


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