2 de mayo de 2004


REPORTAJE

Más allá del crimen...

Un escenario, un arma, un motivo y un crimen. Detrás del asesinato de Vanessa Raquel
Constanza y la condena a Zuleima del Carmen Carrillo existen una serie de detonantes
que en suma pueden activar un desenlace fatal.

Texto: Alicia Miranda D./ fotos: Lisette Moreno
vertice@elsalvador.com

Una lágrima tatuada junto a su ojo izquierdo delata su vida ligada a las maras. “Esto es una pesadilla”, dice y tira los restos del cigarro a sus pies. “Aquí la vida es muy difícil. No quiero pensar que puedo pasar tantos años encerrada por algo que no hice”, asegura y guarda silencio. Baja su rostro, mira que su mini falda se hizo un nudo entre sus piernas, la toma con las dos manos y se estira para taparse.

“Estoy yendo a la escuela porque quiero terminar el bachillerato. Talvez así la vida me va mejor”, dice Zuleima del Carmen, mientras se tapa con su mano derecha un tatuaje que tiene en su tobillo izquierdo.

“¡Sí, me porto bien!”, espeta y se declara inocente. “Mi problema es que desde hace años me tire a la perdición; pero eso no quiere decir que soy culpable de lo que me acusan”.

No está cómoda. Se incorpora, se acomoda la falda y se deja caer sobre la silla de plástico.

Sentada a un lado del escritorio de la oficina de trabajo social, en el penal de San Miguel, “la Lonly” habla a cuenta gotas sobre la mañana del 3 de octubre de 2003, el asesinato de Vanesa Raquel Constanza, de 13 años, el mismo delito que terminó de justificar la aprobación de la ley antimaras meses atrás.

“Yo andaba vacilando con unas amigos cuando nos contaron lo que había pasado. Hasta dio pena, pues. Era una menor de edad. De allí no sé qué pasó”, relata con seguridad. “No entiendo porque me capturaron. No tengo nada que ver con esto. Nunca me ha gustado meterme con menores de edad; yo pienso en mis hijos”.

Su versión dista mucho de las diferentes hipótesis que manejó la Policía Nacional Civil (PNC) desde las primeras investigaciones y de las pruebas testimoniales que terminaron por condenarla a 15 años de cárcel el lunes pasado.

La historia oficial

A media mañana del 3 de octubre del 2003, un agente de la PNC destacado en la delegación de Soyapango, también encargada de la seguridad pública de los municipios de Ilopango y San Martín, mecanografió el primer reporte policial.
Los datos señalaban que dos pandilleros de la “mara salvatrucha” (MS), una mujer y un hombre, interceptaron a la menor cuando se dirigía a la escuela en compañía de una amiga. “Sin mediar palabras le dispararon”, reza el documento.

Vanessa recibió cuatro balazos en el tórax. “Déjenme, yo no tengo la culpa”, alcanzó a decir en un intento por defenderse de sus agresores. Segundos después, su cuerpo quedó tendido en la entrada del pasaje 5-A del proyecto Santa Teresa, en San Martín.

Pero sus últimas palabras hicieron eco en los medios de comunicación horas después. Impactados por la historia de una menor víctima de las pandillas, la opinión pública pidió justicia inmediata. Incluso, el mismo presidente de la República, Francisco Flores, condenó la muerte de la menor.

Al día siguiente, el crimen era tema de discusión desde las paradas de autobuses hasta los corredores de la Asamblea

Legislativa. Por la noche, en un mensaje a la nación, Flores fue enfático: “Es un hecho detestable, nos ha llenado de indignación”.

Y tras esas palabras, aseguró que la determinación de una ley especial era un paso correcto para combatir a las maras.

Con esos antecedentes, y en un tiempo récord, la policía capturó a Zuleima del Carmen Carrillo Rosales, de 21 años, alias “la Chata” o “la Lonly”, por el asesinato de Vanessa Raquel Constanza.

la investigación

La policía sostiene que a través de testigos pudieron identificar a la victimaria, a la que detuvieron mientras trabajaba en una pupusería del centro de San Salvador, propiedad de un pandillero de su misma clica. Habían pasado 12 días.

Tras su captura, la PNC manejó una teoría: la menor sabía algo sobre el asesinato de su hermano, un ex pandillero de la mara 18 a quien miembros de la MS asesinaron tres años atrás en San Bartolomé Perulapía, Cuscatlán.

Por las pasajes estrechos del proyecto Santa Teresa, los vecinos hablan con recelo y un temor muy marcado sobre el homicidio.

Casi susurrando, resguardados tras las defensas de sus ventanas, algunos habitantes sugieren que Vanessa Raquel estaba a punto de ingresar a la mara 18 o que mantenía algún tipo de relación con un miembro de la misma pandilla.

Zuleima se apoya en la segunda teoría. “¡Me dolió esa muerte! Era una mejor de edad. Yo no la conocía; aunque no sé por qué dice la mamá que jugábamos juntas. Sinceramente, a pesar de todo ...”, duda un poco pero continúa: “dicen que era pandillera de la 18”.

¿Culpables? nadie más allá de la policía se atreve a decir un nombre y un apellido.

¿Motivos? Sólo uno, el pecado más grave dentro de las maras: relacionarse con el enemigo, la mara contraria, la 18.
Ese es el caso dentro del proyecto Santa Teresa, un territorio de 69.34 manzanas de extensión exclusivo de la clica
“Proyecto Loco Salvatrucho”, conocida por la PNC como PLS.

Un lugar en donde no está permitido pertenecer o estar relacionado con otra mara que no sea la MS.

“Yo conocí a Vanessa y sé que no era marera. Aunque Vanessa no haya sido de la 18, para mala suerte de la niña, el hermano y su cuñada sí lo eran”, reitera un vecino que habla sobre el caso sin abrir la puerta de su casa... Esa presunción es suficiente para que sobre ella pesara una sentencia de muerte.

Un hecho, tres versiónes

1- Vanessa R. Constanza sabía algo sobre el asesinato de su hermano, alias Leyla, de la mara 18, a quien pandilleros de la MS asesinaron en San Bartolomé Perulapía.
Algunos vecinos de Santa Teresa sostienen que la menor mantenía una buena relación con los amigos de su hermano, todos miembros de la mara 18 de San Martín, y que a lo mejor conocía a los timadores de Leyla. Sin embargo, la Policía Nacional Civil dice desconocer estos detalles.

2 -Las frecuentes visitas de la menor al centro de San Martín, territorio de la mara 18, levantó la sospecha de los MS -en el PLS- de que era de la pandilla enemiga.
La novia del Leyla, también de la 18, mantenía una buena relación con la menor por lo que viajaba seguido a ver a su cuñada. En las visitas a San Martín, Vanessa comenzó a relacionarse con los pandilleros de la 18. Hay quienes sostienen que había comenzado a salir con uno de ellos.

3- Zuleima del Carmen Carrillo le debía un favor a la mara de su clica - PLS- y para devengarlo tendría que “quitarle la vida la cualquier enemigo o enemiga ”. Aunque para los policías no existen pruebas que determinen la supuesta vinculación que Vanessa tenía con a la mara 18, los pandilleros del PLS si estaban seguros que sí era así. La mañana del 3 de octubre Zuleima del Carmen andaba drogada buscando a cualquier víctima que se parara enfrente.

 


Los detonantes de una cruda realidad...

A seis meses del asesinato, la vida dentro del Proyecto Santa Teresa, ubicado en
el kilómetro 18 sobre la carretera panamericana, es la misma.

Cuatro mil 500 casas construidas en hileras, divididas en tres sectores, albergan a 16 mil 500 personas que parecen conocerse entre ellas y a las que no le agradan la visita de extraños.

Una cantina frente a una cruz de cemento de dos metros de altura dan la bienvenida a los visitantes. Un primer vistazo al proyecto saca a luz muchos de los problemas que viven sus residentes.

A las 10 de la mañana, justo en la entrada de la comunidad, un grupo de hombres mantiene una amena plática mientras sostienen en sus manos algunos vasos con bebidas alcohólicas. Frente a ellos, dos agentes de la PNC, de los seis encargados que cada día prestan seguridad en la zona, platican con un menor de edad.

A pocos metros de la entrada, una hilera de pasajes irregulares de un metro y medio de ancho conforman el sector A. Ahí, otro grupo de hombres se entretienen jugando cartas. Al paso, guardan silencio y no se guardan reparos para seguir con la vista a cualquier persona ajena al lugar. No se pierden ningún detalle.

Minutos después sabrán quién eres, qué y a quién buscabas. Es su forma de controlar la situación y marcar su territorio, una zona peligrosa que desde un principio no estaba destinada a serlo.

Producto del déficit habitacional tras el terremoto del 10 de octubre de 1986, la construcción del proyecto inició dos años después con fondos multilaterales de la Agencia de Cooperación Italiana y la Fundación Salvadoreña para la Vivienda Mínima (FUNDASAL). En el año 1992, Santa Teresa era toda una realidad para dos mil 334 familias.

Santa Teresa parecía tener una larga vida, al menos en papel. El objetivo del proyecto era crear, a través de la cooperación mutua, un espacio habitacional que generara sus propios fondos para el mantenimiento de algunos servicios básicos como alcantarillado de aguas negras, perforación de pozos de agua potable y el mantenimiento de las mismas.

Pan de cada día

De hecho se estableció, en caso fuera necesario, la ampliación de la estructura habitacional de la comunidad. Los primeros años funcionó bien. La comunidad, con el asesoramiento de FUNDASAL, marchó bien los primeros años. Incluso, el número de casas creció de 2,335 a 4,500.

La vida y el ocaso del proyecto Santa Teresa
Santa Teresa se construyó con ayuda multilateral de la Agencia de Cooperación Italiana, FUNDASAL y el gobierno de El Salvador, a través de Relaciones Exteriores.
En 1998, FUNDASAL deja la administración del proyecto en manos de la Oficina de la Naciones Unidas de Servicios de Proyectos (UNOPS). Algunos vecinos aseguran que Santa Teresa comenzó a perderse después de que llegó la UNOPS, por lo que solicitan el reingreso de FUNDASAL.

Ocho meses sin AGUA
Tres veces al día, las pipas llegan al proyecto y venden a 6 colones el barril.

Jóvenes a la deriva
Santa Teresa no cuenta con espacios para la recreación de los niños y los jóvenes.

Escuela en abandono
Sin los recursos para dar una educación integral a los alumnos de Santa Teresa.

Edin Martínez, director ejecutivo de FUNDASAL, asegura que mientras ellos estuvieron administrando el proyecto siempre se implementó la ayuda mutua entre los vecinos y la institución. “Los fondos que recogíamos los volvíamos a invertir en cualquier necesidad que tuviera la zona”.

Pero las buenas intensiones no prosperaron. Doce años después, el proyecto no marchan bien y el hacinamiento, la falta de agua potable y los altos índices de enfermedades infectocontagiosas y de transmisión sexual, por mencionar algunos problemas, se suman a otros de tipo social.

Morris Serrano, presidente del comité de emergencia municipal de San Martín, afirma que el proyecto está en la mira de las autoridades. “Las necesidades sobran. Por ejemplo, no hay agua desde hace ocho meses”, dice y continúa describiendo los problemas que afectan a Santa Teresa.

La misma realidad no es extraña para los agentes de la PNC, quienes, sin tener estadísticas específicas de la zona, hablan de un promedio de un hurto, entre cinco y ocho casos de violencia intrafamiliar y dos robos mensuales durante el año 2003.

¿Asesinatos? Los números de la PNC y de la Alcaldía Municipal no los reflejan; aunque los reportes de los medios de comunicación destacaron tres homicidios en el último trimestre del año pasado.

Sin embargo, en los mapas de riesgo de los policías, el proyecto está sombreado con rojo, que indica un alto grado de peligrosidad.

Santa Teresa tiene su espacio en ese mapa.

La PNC tienen marcado al proyecto como el lugar más peligroso, seguido por el cantón Santa Gertrudis, La Palma, La Génesis, Santa Fe y cantón Las Flores. Todos en San Martín.

Una zona en riesgo

Las autoridades explican que es un sector riesgoso por estar bajo el dominio de 251 pandilleros de la clica PLS. Así es como está catalogado el proyecto Santa Teresa.

En un escenario de esta naturaleza, es que la policía dice que “el 99 por ciento de los asesinatos en la zona se dan entre los mismos pandilleros. Se pelean por territorio o de poder”, reconoce Serrano.

Un caso así ocurrió dos meses después de la muerte de Vanessa, cuando José Lorenzo Aflato, alías “el Chele lencho” y líder de la MS en la zona, fue acribillado por la espalda. Según su hermana, un mismo integrante de la pandilla lo habría asesinado para ascender en la estructura de la clica.

Marco Tulio Lima, jefe de la delegación policial de Soyapango, reconoce que la zona es peligrosa pero explica que con la entrada en vigor del plan Mano Dura las cosas han mejorado.

Aparte de las rondas permanentes de la policía en el lugar, se han realizado limpiezas de grafittis en toda la comunidad. “Esto generera más confianza en el lugar”, explica Lima.

Uno de los policías que permanece en la zona explica que los mareros se han tranquilizando. “Los reunimos a todos para decirles que se calmaran, que dejaran vivir a sus vecinos”.

A pesar de ello, la realidad es otra para los vecinos: el 15 de abril, en un hecho confuso, asesinaron de un tiro en la cabeza a Christian Muñóz, un joven que era empleado de un laboratorio. ¿El motivo detrás del homicidio? El terrible error de visitar a sus familiares en San Martín, un reconocido territorio de la 18.

SIn vuelta atrás

El temor de ser la próxima víctima de los mareros es real.

Las pocas personas que se atreven a opinar sobre la inseguridad lo hacen casi en secreto. “Aquí se pueden armar balaceras a cualquier hora; estamos viviendo en Sodoma y Gomorra”, asegura una vecina, quien desde una ventana medio abierta remata que vivir en la Santa Teresa es “tener la vida prestada”.

Por eso fue que a las 6:30 de la mañana del 3 de octubre de 2003 la gente optó por olvidar si habían visto a Zuleima drogada caminando por el pasaje central del sector A, con una pistola en su mano derecha y alardeando con que iba a matar a una persona. Una hora después, al ruido de los aparatos de sonido y los gritos de regaños en alguna casa vecina se sumó la detonación de cuatro disparos.

Y pocos segundos después un cuerpo tendido en la entrada del pasaje 5–A, un silencio incómodo que interrumpió los gritos de doña Silvia de Castro y el rumor de la gente que -asustadiza-comenzó a acercarse al cuerpo que yacía sobre la acera. Un nuevo homicidio había ocurrido.


En el sector A

Aunque en distintos tiempos, Vanessa Raquel y Zuleima del Carmen corrieron
y jugaron en el mismo espacio, el sector A; en donde años después, una cayera
muerta y la otra fuera señalada por los vecinos como la asesina.

Vanessa Raquel Constanza, de 13 años, “una joven inquieta y curiosa”, según como la describe su maestra. Le gustaba participar en las actividades que organizaba la escuela y no faltaba a los bailes a los que llegaba bien arreglada con sus jeans.

“Era una adolescente, y como todas las demás era un poco coqueta”. Cómo estudiante la maestra la describe como una niña ”juguetona”.

Por ser la única hija que vivía con su mamá y su padrastro nunca le faltó nada. “Siempre cargaba con un estuche lleno de lápices y lapiceros bien bonitos y a veces los regalaba”, recuerda.

Después de la muerte de su hermano, hay quienes aseguran que Silvia de Castro, su madre, comenzó a sobreproteger a su hija.

Un compañero de clases cuenta que Vanessa siempre llevaba pisto. “Nosotros a veces no teníamos para comprar algo de comer y ella mandaba a comprar churros y los repartía. Ella decía que ese pisto se lo daba su mamá”.

Bautismo
El día en que Zuleima se convirtió en hija de Dios.

Su familia
Marta Carrillo, abuela paterna, se convirtió en su “mamita” después de haber sido abandonada por su progenitora, Yolanda Rosales.

Niña inquieta
La abuela la describe como una niña muy sociable.

Capturas anteriores
La PNC asegura que la Lonly estuvo detenida al menos tres veces antes de ser capturada por el homicido de Vanessa Raquel.

Primer hurto 1999
La primera vez que Zuleima del Carmen tuvo contacto con la policía aun era menor de edad (tenía 16 años). Sin embargo, ya llevaba tres de haber ingresado a las pandillas.

Robo agravado 2000
La PNC sostiene que en esa ocasión, “la Lonly” golpeó a un anciano por habese negado al robo. Al preguntarle a Zuleima sobre el episodio, simplemente niega haberle pegado.

Hurto y lesiones 2002
Esta vez, fue a parar al penal de Berlín, donde pasó seis meses hasta el 29 de agosto de 2003. Un mes después, el 15 de octubre , la capturaron en una pupusería del centro de la capital.

¿Cómo estudiante? Promedio. No dejaba el año escolar pero tampoco sobresalía. A veces iba mal en alguna materia; pero inmediatamente se comprometía a sacarla bien al siguente mes.

La muerte de su hermano, ex pandillero de la 18, en el año 2000, la había marcado mucho. Según sus maestras, al principio cayó en una depresión de la que finalmente se recuperó. Pero en la semana anterior a su muerte, la joven volvió a mostrarse retraída.

“Me dijo que estaba triste porque no había ido a visitar a su sobrino, al que extrañaba un montón y que lo iba a ir a ver ese mismo día”, describe su maestra. No era nada por lo que había que preocuparse.

A veces llegaba un poco tarde a clases y cuando la regañaban respondía, un tanto irreverente, con un “Si, si ya no voy a venir tarde. Lo que pasa es que .....” y explicaba el motivo de su retraso.

Por eso, cuando la maestra pasó lista el viernes 3 de octubre y Vanessa no estaba pensó que era otra de sus llegadas tardías. Nada más.

“Acababa de decirle a los niños que entraran cuando vino una madre de familia a decirme que la habían matado. Me tuve que armar de mucho valor para darle la peor noticia que he dado en diez años de docencia a mis alumnos”, recuerda su maestra.

En la entrada del pasaje 5–A, Silvia de Castro reconocía el cuerpo de su hija, mientras aseguraba que el asesinato era un ajusticiamiento de la mara 18 porque su hijo mayor abandonó la pandilla. “Han sido pandilleros, ella no tenía enemistades. Ella no era de pandillas, sólo en la casa pasaba”, relataba a los periodistas.

Trece días después, la PNC presentó a “la Lonly” a los medios de comunicación como la hechora del asesinato e hizo circular un documento con su currículo delictivo. Tres veces había sido detenida –hurto en 1999, robo agravado en 2000 , hurto y lesiones en 2002-, la última de ellas le valió su reclusión en el penal de Berlín, Usulután, de donde había recobrado su libertad el 29 de agosto de 2003.

Seis meses después, los jueces del Tribunal de Sentencia de San Salvador condenaba a Zuleima del Carmen Carrillo a pagar 15 años en prisión por el homicidio de la menor Vanessa Raquel Constanza .

“La Lonly” escuchó el veredicto en silencio, se apoyó sobre la mesa y comenzó a llorar.

La otra cara

Años atrás, en el pasaje 7-A, Zuleima jugó con otros niños.

Llegó a Santa Teresa a los 10 años, junto a su hermano, José, entonces de ocho años y su abuela Marta Carrillo. Ahí fue cuando su madre, Yolanda Rosales, los abandonaría para dedicarse a la prostitución.

Anta la ausencia de su progenitora, Zuleima aprendió a decirle “mamá” a su abuela, mientras alimentaba su rencor hacia Yolanda.

“Era una niña muy traviesa . Se subía a los muros y en los palos”, recuerda doña Yolanda, quien en más de una ocasión recurrió a los castigos físicos para, según ella, corregirla.

Pero el proyecto Santa Teresa no era un referente de seguridad para Zuleima quien, al poco tiempo de haber llegado a vivir allí, fue violada por un vecino. En aquel momento no entendió lo que había pasado.

Zuleima siguió viviendo a su propio ritmo, escapándose de la casa para ir a jugar y faltando a la escuela. “Los últimos tres certificados escolares los compré porque me daba vergüenza que la gente pensara que era burra”, recuerda Zuleima.

A los 13 años, ya iba a los bailes con o sin la autorización de su abuela.

Fue en uno de ellos donde una compañera la invitó a meterse a la mara salvatrucha. “Para entrar hay dos formas. O tenés sexo o te dan una golpiza... yo preferí la golpiza”, asegura. “A partir de ahí me tiré a la perdición”. La vida de Zuleima cambió de la noche a la mañana: dejo la casa de su abuela, empezó a drogarse y a tener sexo sin ninguna protección.

Un año después , alguien tocó la puerta de su tío para avisarle que Zuleima se estaba desangrado en la entrada del pasaje . Tenía cuatro meses de embarazo de su primer hijo. “Me pegaron 13 lesiones con arma blanca en todo el cuerpo. Me lo hicieron los pandilleros contrarios”, afirma.

El nacimiento de su primogénito la llevó a reflexionar sobre su vida. Se quería “calmar” –apartarse un poco de la pandilla-. Pero la historia se volvió a repetir cuando quedó embarazada de su hija menor. “Me pidió regresar para tener a la bebé; pero, como siempre, volvió a las maras”, recuerda Marta.

Zuleima del Carmen se volcó a las calles de San Salvador hasta que el 15 de octubre fue capturada y acusada por homicidio.

Después de seis meses del asesinato, Santa Teresa sigue siendo el mismo escenario y con los mismos personajes.

Tal vez por eso ni la madre y el padrastro de Vanessa quisieron hablar sobre su hija. “De qué sirve. No sé da cuenta a dónde está parada”, grita el padrasto casi llorando.

Vanessa pasó a ser, para muchos, uno de los 160 homicidios cometidos por pandilleros, desde que entró en vigencia el Plan Mano Dura hasta la fecha. Pero para sus padres y vecinos es más que eso.

El proyecto Santa Teresa sigue tocando los detonantes que pueden repetir la misma historia.


“Dicen que elegí la vida de mi madre”

Z uleima espera regresar algún día con sus dos hijos. “Quiero ser para ellos lo que
Yolanda no fue para mi. Darles todo el amor que se merecen”.

Vértice entrevistó a Zuleima del Carmen el 23 de marzo, un mes antes de que el Tribunal Tercero de Sentencia la condenara a 15 años de cárcel por homicidio. Sentada en la oficina del trabajador social del Penal en San Miguel,“la Lonly” cuenta algunos detalles de su vida. A lo largo de la conversación,
queda claro que su infancia ha sido difícil y está marcada el abandono de su madre y la violación.

Vértice: ¿Qué recuerdos tenés de tu infancia?
Zuleima Carrillo:
Mi mayor sueño era ser policía. Yo siempre los he admirado... (sonríe). Aunque me han capturado varias veces, no los odio. La verdad es que siempre soñé con ser agente.

¿Qué te decía tu abuela?

Pues que me iba ayudar para entrar a la policía. Pero cuando cumplí los doce años me perdí y ya no seguí con mis sueños.

¿Por qué entraste a la pandilla?

A los doce años me violó un muchacho de la colonia. Agarré un trauma grande. Yo pensaba que ya no servía para nada. Así fue que me fui de la casa. Una vez, una amiga me invitó a un baile y allí me preguntaron si quería entrar y les dije que sí.

“Yo zuleima a pesar de ser una joven pandillera les digo a los jóvenes que no sean pandilleros. También me quiero mucho a mi misma, pero también creo que en Dios y sé que el me va a cambiar”.

¿Aguantaste una golpiza?
Hay dos formas de entrar. Una es sexo y... (guarda silencio). ¡Yo aguante la golpiza! Preferí eso porque nunca me gustó eso del sexo, por lo que me pasó.

¿Cómo cambió tu vida después del abuso?
Bueno, como era una niña no sabía lo que me había pasado; pero después empecé a odiar... (Zuleima guarda silencio y mira hacia abajo de la mesa) y me tiré a la perdición...
Cuando me decís que te tiraste a la perdición ¿A qué te referís?
A la pandilla.

¿Cómo ha sido tu vida en la mara?
Bien. No te obligan a hacer nada que no querés. Nosotros vemos la vida de pandillas como normal; solo que uno anda tatuado
.
¿Normal? Zuleima te están acusada de homicidio...

Yo no la maté.

Entonces, ¿por qué crees que la Fiscalía y la PNC te están acusando de ser la homicida?
Porque en la colonia donde vivo es así. Solo por ser marera te echan la culpa. Lo único que les pido es que investiguen bien. Quiero ser normal. Quiero recuperar a mis hijos y desde aquí no lo voy a poder hacer.

¿Qué te gustaría decirles a tus hijos?

No me gusta hablar de eso porque lloro. Los amo mucho y quisiera estar con ellos.

¿Cómo te imaginás a tus hijos en el futuro?

Me gustaría que no se parecieran a mi. Quisiera ver a la niña vestida con el uniforme azul y que el niño fuera de esos que trabajan en Medicina Legal...

¿Médico forense?

Sí.

Se que hace muchos años no ves a tu mamá; pero si la tuvieras enfrente ¿qué te gustaría decirle?
Desde pequeña tuve un pensamiento muy negativo por mi madre. Yo decía que yo iba a crecer y que me iba a perder para que ella me viera; pero yo estoy cambiando. Y sea o no prostituta, pienso que ella es mi madre.
Y sé que nos abandonó para perderse; pero si no fuera por ella no estaría aquí. Algunas personas dicen que elegí la vida de ella. ¡A lo mejor!

¿Pero qué le dirías?

¡Qué si no le doy lastima! Que mire en lo que paré. Que vea la desgracia que ella trajo a mi vida por haberme dejado abandonada... Pero, sobre todo, quisiera decirle que la amo...

 


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