2 de mayo de 2004


OPINIÓN

La invención de la nación

Margarita Wolf
vertice@elsalvador.com

Indigene Kulture und nationales Trauma (intitulado en español El Salvador, modelo por armar) del escritor salvadoreño David Hernández desarrolla por primera vez una historia analítica de la literatura salvadoreña tomando como punto de partida la insurrección de la etnia pipil de los Izalcos en 1932, que constituyó un trauma nacional desde dos puntos de vista. En primer lugar la dictadura militar del general Maximiliano Hernández Martínez arrojó con esta masacre al ostracismo a las culturas indígenas del país, pues toda referencia a “lo indio” se asoció desde entonces a “la barbarie comunista del 32“.

La desigual distribución de la tierra, que junto con el “crash“ de la bolsa de Nueva York en 1929 lanzó por los suelos los precios del café en el mercado internacional, están en el origen de la insurrección de 1932, sobre todo en la región de los Izalcos (Nahuizalco, Sonsonate, Juayúa, Tacuba, Izalco, Santo Domingo de Guzmán, Sonzacate, Ahuachapán), donde las comunidades indígenas habían sido privadas en 1881 de sus tierras comunales y ejidos y se habían convertido de la noche a la mañana en jornaleros de los cafetaleros que habían comprado a precios mínimos las tierras comunales. De esta fecha datan epítetos como “las catorce familias“ o “los barones del café“ en referencia al grupo que dominó por completo la vida social, económica y política del país desde la mitad del siglo XIX y todo el siglo XX.

Cuestión de identidad

Por otro lado, en las discusiones científicas sobre las literaturas extraeuropeas desde hace más de una década, juega un papel importante la pregunta sobre el significado del proceso de la formación de la nación. Un gran impulso a esta discusión lo dieron las tesis de Benedict Anderson explayadas en su estudio “Imagined Communities” en el que desde un análisis comparatístico demuestra que los procesos de homogenización y de la abstracción del tiempo y el espacio son premisas fundamentales para la construcción de una identidad nacional. Es decir que un espacio vacío puede ser llenado, en última instancia, por la invención de la historia narrada de lo nacional. En otro contexto hay que resaltar las discusiones sicoanalíticas que han llevado a reflexionar sobre la importancia que juega la violencia en los procesos históricos, sobre todo en lo referente a los traumas colectivos.

Este punto de discusión reviste especial importancia para los países latinoamericanos, cuando se trata de responder a la pregunta de la heterogenización cultural, sobre todo en Centro y Sur América, que tienen un alto porcentaje de población indígena. Es por ello que la respuesta positivista de principios del siglo XX al proceso de mestizaje, no pudo ser resuelta satisfactoriamente en la mayoría de países latinoamericanos. Incluso la estela de la revolución mexicana dejo sin resolver esta pregunta (“los latinoamericanos somos mestizos, católicos e hispanohablantes“), como lo demuestran los sucesos de Chiapas de los últimos años.

Es evidente que a lo largo y ancho de toda Latinoamérica a partir de los años veinte se publican trabajos teoréticos que articulan el mestizaje en cada país (“Radiografía de la Pampa“ de Ezequiel Martínez Estrada, “Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana“ de J.Carlos Mariátegui, “Guatemala, las líneas de su mano“ de Luis Cardoza y Aragón, “El laberinto de la soledad“ de Octavio Paz, “La expresión americana“ de Lezama Lima, “El nicaragüense“ de Pablo Antonio Cuadra, “La invención de la América Mestiza“ de Arturo Uslar-Pietri, entre otras) y que responden a la necesidad de crear un discurso occidental que ponga en pie de igualdad las nuevas burguesías gobernantes en el continente con el mundo occidental, tal y como lo propugna Irlemar Cortés Chiampi en su trabajo “El discurso americanista de los años veinte“ (Revista ECO, No.203, Colombia, 1987).

Nueva sociedad

El estudio de David Hernández hace referencia en lo literario a dos islas en ese momento histórico, Alberto Masferrer y Salarrué, que trataron de articular una expresión de lo nacional, pero que fueron asfixiados por la mediocridad y la falta de un espacio cultural adecuado. Por ello Hernández propone una “Invention of Tradition“ a la luz de investigaciones como la de Anderson, al encarar el trauma de 1932 con obras como “Cenizas de Izalco“, novela de Claribel Alegría y Darwin J. Flakoll, “El Salvador“, monografía política de Roque Dalton o “Tierra azul donde el venado cruza“, selección de poemas de Oswaldo Escobar Velado que él ubica como articulaciones del mestizaje salvadoreño. Un análisis de la novela de Manlio Argueta “Siglo de O(g)ro“ donde se mezclan tradiciones indígenas precolombinas con la vida moderna del protagonista principal cierra el libro. Especial atención merecen las referencias al aporte del geógrafo alemán Leonhard Schultze Jena, quien en 1930 visitó por tres meses la región de los Izalcos y convivió con ellos, tomando notas de sus mitos, idioma y tradiciones. Su libro “Mitos en el idioma natal de los pipiles de Izalco en El Salvador“ publicado en alemán y nahuat junto con la primera gramática y vocabulario de éste idioma en Jena en 1935, es para Hernández un valioso referente cultural que rescató en 1930 gran parte de las tradiciones orales y el lenguaje de los pipiles de la región de los Izalcos.

La tesis doctoral de David Hernández publicada en Berlín por la editorial “Wissenschaftliches Verlag“ propone una invención de lo nacional para abordar el futuro inmediato y mediato de una nueva sociedad salvadoreña, donde la democracia y el respeto a la civilización condicionen las nuevas formas de la cultura y la literatura.

 


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