Del 1 al 8 de agosto de 2004



Internacional

Saddam enfrenta su arreglo de cuentas

¿Cómo estos hombres insignificantes en cualquier otro contexto, fueron
los tiranos de 25 millones de conciudadanos durante los 35 años que
permanecieron en el poder sin ser desafiados?, se preguntó este periodista
cuando vio comparecer ante el tribunal a Hussein y otros acusados.


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BAGDAD, IRAQ.

La actitud de Saddam Hussein mostrada ante el tribunal en una base militar estadounidense en Iraq, fue desafiante.

Fue sólo en el tribunal, en la base militar estadounidense, que su insignificancia física, su incesante aspecto ordinario, se volvió tan evidente.

En televisión, las imágenes de los 12 ex líderes iraquíes transmitieron una impresión mayor, quizá porque el lente se cerró hasta que sus rostros llenaron la pantalla.

Pero para un reportero sentado a menos de ocho metros de distancia, durante las cinco horas que llevó completar las audiencias preliminares contra Saddam Hussein y otros 11 que aterrorizaron a Irak, parecieron haberse contraido, obligando a preguntarse: ¿Cómo estos hombres tan poco notables, insignificantes en cualquier otro contexto, fueron los tiranos de 25 millones de sus conciudadanos durante los 35 años que permanecieron en el poder sin ser desafiados?

Quizá fue el temor lo que los hacía parecer, en persona, tan pequeños. Cuando un hombre toma a una nación por la garganta, en la forma en que hicieron Stalin, Hitler y Mao, y luego se retira a lugares secretos, las imágenes de propaganda -las estatuas amenazadoras, los retratos contemplativos, el líder que preside desfiles masivos- se convierten en una realidad en sí misma.

Así fue con Saddam, quien miraba a la población desde cada rincón, en las paredes de todas las oficinas y de todos los hogares, hasta que echó raíces la percepción, incluso entre los extranjeros, de que él siempre estaba observando. No importa que casi nunca apareciera en ningún lugar que lo hiciera accesible a los iraquíes comunes, enviando a un equipo de dobles para mantener la idea de que era el defensor del pueblo, mientras se mantenía a salvo de las amenazas de los asesinos; encerrado en sus palacios, siempre fue el coloso sombrío pero inaccesible.

Esa era terminó, cuando apareció en diciembre pasado en un búnker tipo sarcófago cerca de Tikrit, con la apariencia de un vagabundo mientras se rendía ante tropas estadounidenses. Desde entonces, ha estado recluido en algún lugar fuera de Bagdad, con la promesa de que, en su momento, sería presentado ante un tribunal iraquí.

Ahora, en la base que los estadounidenses llaman Campamento de la Victoria, el silencio reinaba en el tribunal, la tensa expectativa se apoderó de las 35 personas que esperaban a que ese momento llegara: el juez y los empleados del Tribunal Especial Iraquí, establecido bajo la ocupación estadounidense para responsabilizar al gobierno de Saddam de sus crímenes; funcionarios del gobierno provisional de Irak, quienes asumieron sus cargos a principios de la semana cuando la soberanía fue restablecida formalmente; el almirante estadounidense en ropa casual que supervisaba a los representantes de los medios; un puñado de reporteros, iraquíes y estadounidenses, que representaban a cientos más. Finalmente, se oyeron pasos que se acercaban, tintilearon las esposas y los grilletes, se abrieron las puertas, dos guardias iraquíes sujetaban al prisionero; todas las imágenes preconcebidas desaparecieron.

Ante el tribunal, en ese instante, casi 25 años después de que tomó el poder en Bagdad, estaba de pie Saddam Hussein al-Majid al-Tikriti, el hombre que se confirió numerosos títulos de honor y gloria; el hombre que lanzó, o en cierta medida provocó, tres guerras desastrosas; el hombre cuyo legado se extiende a incontables fosas comunes y a cientos de miles de iraquíes muertos, su mero nombre sinónimo, en gran parte del mundo, de un totalitarismo que convirtió al estado iraquí en una maquinaria de tortura y muerte.

Bajo tensión

Los siguientes 26 minutos fueron tan intensos como cualquiera en la vida de un reportero. Mis notas, me di cuenta después, eran incluso menos legibles de lo normal, reflejando la tensión de un momento esperado, por decir, desde que llegué a Bagdad por primera vez como reportero hace 15 años, cuando me imaginé, sin esperanza, como otros periodistas occidentales, que un día podría obtener una entrevista con Saddam. “Saddam lucía deshecho, demacrado, barbado; sus pasos eran inciertos, sus gestos cansados, sus ojos veían a izquierda y derecha. Su voz: ronca al principio, luego extrañamente estridente, en momentos casi se rompía”.

“Bajo tensión”, escribí uno o dos minutos después, “tallándose los ojos, dedo sobre la ceja, mano extendida sobre la mejilla, timbre de voz cambiado”.

En las imágenes que pasaba la televisión iraquí cada noche hasta que los estadounidenses vinieron, Saddam siempre fue mostrado como indomable, su presencia disminuía la de todos lo demás. Hasta que él tomaba un cigarro en una reunión de palacio, nadie más en sus consejos se atrevía a hacerlo; cuando hablaba, sus colaboradores permanecían sentados expectantes, sus cabezas se inclinaban de manera reverente, sus lápices estaban listos para escribir. Si él bromeaba, todos reían; si su humor se ensombrecía, todos fruncían el entrecejo.

Pero en el tribunal, en una mezquita anexa dentro de un complejo de palacios al lado de un lago cerca del aeropuerto de Bagdad que sirve como cuartel general militar estadounidense en Irak, pareció, en esos primeros momentos, como un hombre bastante perdido.

Desafiante y temible fueron los rasgos que más caracterizaron al legendario dictador iraquí, Saddam Hussein.

El desafío

En la siguiente media hora, eso cambió mientras recuperaba algo de su antigua presencia y resolución, asegurando que los artículos que dieron la vuelta al mundo fueran en su mayor parte sobre un Saddam no arrepentido que desafiaba al tribunal, condenando la ocupación estadounidense y a los iraquíes que colaboraron con ésta, y declarándose el presidente legal.

También, pronunció que Kuwait era territorio legítimo de Irak y sus líderes “animales”, y restó importancia al ataque con gas tóxico contra Halabja en 1988, y a su propio supuesto papel, como algo de lo que se había “enterado por la radio”, como si ser acusado de asesinar a 5,000 personas en una tarde careciera de relevancia o fuera una bagatela.

Pero si Saddam pareció durante gran parte del tiempo que pasó en el tribunal como una sombra del hombre que había sido, destacaba comparado con los otros. Fue como si sólo un acusado, Saddam, creyera que hubiera algo por lo cual luchar, más allá de la supervivencia. Desaparecido el orgullo, se comportaron como si ellos, al fin, hubieran aceptado que el juego terminó, y que su propósito ahora debe ser escapar de caer con Saddam.

Algunos entre ellos, reconociendo su humillación, parecieron estar reteniendo las lágrimas. Los dictadores necesitan seguidores, los líderes no, y estos seguidores parecían, principalmente, haber abandonado la causa, demostrando como lo hicieron por qué Saddam, y no cualquiera de ellos, había ascendido al pináculo del régimen.

Mientras Saddam desafió al tribunal, ellos se sometieron. Mientras él se negó a revisar o firmar papeles que reconocían los procedimientos, ellos firmaron, algunos con una aceptación casi demasiado ansiosa. El joven juez investigador había discutido con Saddam sobre asuntos que involucraban la legitimidad del tribunal, y sobre la cuestión de si debía ser presentado en los documentos que finalmente se negó a firmar como “Presidente de la República de Irak”, como demandaba Saddam, o como “el (ex Presidente”, como el juez instruyó al empleado, añadiendo los paréntesis.

Pero los demás, que fueron llevados al tribunal juntos por tropas estadounidenses -mientras que Saddam llegó y partió solo con una guardia estadounidense separada- parecieron en gran medida decididos a ganarse el favor del juez.

Las actitudes complacientes provinieron de algunas fuentes sorprendentes. Abid Hamid Mahmud al-Tikriti, ex guardaespaldas y secretario de Saddam, escuchó atentamente los derechos concedidos a todos los que comparecían ante el tribunal -a un abogado, pagado por el estado si son indigentes, así como a permanecer en silencio en el tribunal- y ofreció sus felicitaciones. “Estos derechos son excelentes”, dijo, sonriendo ampliamente.

Juicio largo

Se dejó a otros sopesar si Mahmud, acusado de “crímenes contra el pueblo iraquí” en la brutal represión de un levantamiento chiíta en 1991 en el cual murieron decenas de miles de personas, había considerado lo que la ausencia de esos derechos había significado para los iraquíes que cayeron víctimas del antiguo régimen.

Ali Hassan al-Majid, conocido como Alí el Químico por su supuesto papel en supervisar el ataque de Halabja, también se mostró complacido, sonriendo ampliamente al juez después de que se le leyeron sus derechos y diciendo: “Gracias, gracias”. Luego preguntó si el juez le ayudaría a buscar a su abogado. “Si no le importa, le daré un papel con un número telefónico del abogado”, dijo.

Mientras permanecen detenidos en manos estadounidenses ni Hussein ni otros arrestados, saben qué está pasando en Iraq

Sosteniéndose en su bastón mientras se levantaba para salir, invocó la ayuda de Dios, como hicieron Saddam y varios más. “En el nombre de Dios el Misericordioso y Compasivo”, dijo, citando el Corán.

Salem Chalabi, director ejecutivo del tribunal y sobrino de Ahmed Chalabi, alguna vez favorito del Pentágono para presidir el liderazgo de Irak, dijo cuando terminó la audiencia que al menos uno de los hombres había ofrecido cooperar a cambio de escapar de la pena de muerte, aceptando testificar contra los demás, pero que no se había tomado ninguna decisión.

Aunque las audiencias que empezaron hace dos semanas continuarán, con el juez decidiendo quién tiene un caso por responder, funcionarios iraquíes y estadounidenses han dicho que los juicios probablemente no empezarán pronto. En el caso de Saddam, han insinuado, la fecha pudiera estar a un año de distancia, o incluso más.

Al menos dos detenidos -Tariq Aziz, el ex viceprimer ministro que encabezó negociaciones diplomáticas cruciales, y Sultan Hashim Ahmed, quien era ministro de defensa cuando invadieron los estadounidenses el año pasado- sugirieron en el tribunal que podrían buscar salvarse en el juicio argumentando que toda la culpa debía recaer en Saddam, o al menos en un pequeño grupo alrededor de él.

Como los líderes nazis en Nuremberg, Hashim afirmó que en los momentos en que se le acusa de haber participado en asesinatos masivos sólo estaba cumpliendo órdenes; Aziz afirmó que ser miembro del Consejo del Comando Revolucionario de Saddam no debería ser tomado como prueba de que había tenido algo que ver con las decisiones que llevaron a la muerte de inocentes que fueron tomadas por el “liderazgo”, es decir Saddam.

Por su confusión al llegar, y el alivio que algunos mostraron después de hablar con el juez, pareció que ninguno de los 12 sabía más que vagamente qué esperar cuando llegaran a la corte. Para hombres que tenían poderes ilimitados, con poca o ninguna necesidad de consultar libros legales, pareció posible que el momento en que las esposas fueran removidas y ellos entraran en el tribunal también podía haber sido el primer momento en que se dieron cuenta de que se les concederían derechos, o incluso lo que podrían significar los derechos legales en un país que sale de una dictadura.

Portavoces militares estadounidenses han dicho antes que a ninguno de los “detenidos de alto valor”, incluido Saddam, se les ha permitido saber lo que ha sucedido en Irak desde que cayeron en manos estadounidenses, y era posible que la confusión no se detuviera ahí. En cierto momento, un ex primer ministro, Muhammad Hamza al-Zubaydi, quien tiene 66 años, pidió la ayuda del juez para determinar los años en que ocupó varios puestos, diciendo que estaba “exhausto por el vuelo” para llegar a la audiencia.

Fue el indicio más firme en todo el día de algo que los estadounidenses han mantenido en secreto: dónde han estado confinados Saddam y otros. Ya que ninguno de los iraquíes hizo mención alguna del tema ante el tribunal, la implicación pareció ser que ellos, también, podrían tener poca idea de dónde han estado, aun cuando de hecho han estado en Irak, como oficiales estadounidenses han insinuado pero nunca afirmado de manera concluyente.

El rostro de un ex dictador
el semblante de saddam hussein no era ni la sombra del poderoso dictador que extendió su reinado por 35 años sobre la nación iraquÍ, antes de la llegada de Estados unidos.
 

 


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