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Internacional
Saddam
enfrenta su arreglo de cuentas
¿Cómo
estos hombres insignificantes en cualquier otro contexto, fueron
los tiranos de 25 millones de conciudadanos durante los 35 años
que
permanecieron en el poder sin ser desafiados?, se preguntó este
periodista
cuando vio comparecer ante el tribunal a Hussein y otros acusados.
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| La
actitud de Saddam Hussein mostrada ante el tribunal en una base
militar estadounidense en Iraq, fue desafiante. |
Fue sólo en el tribunal, en la base militar estadounidense,
que su insignificancia física, su incesante aspecto ordinario,
se volvió tan evidente.
En televisión, las imágenes de los 12 ex líderes
iraquíes transmitieron una impresión mayor, quizá
porque el lente se cerró hasta que sus rostros llenaron la pantalla.
Pero para un reportero sentado a menos de ocho metros de distancia,
durante las cinco horas que llevó completar las audiencias preliminares
contra Saddam Hussein y otros 11 que aterrorizaron a Irak, parecieron
haberse contraido, obligando a preguntarse: ¿Cómo estos
hombres tan poco notables, insignificantes en cualquier otro contexto,
fueron los tiranos de 25 millones de sus conciudadanos durante los 35
años que permanecieron en el poder sin ser desafiados?
Quizá fue el temor lo que los hacía parecer, en persona,
tan pequeños. Cuando un hombre toma a una nación por la
garganta, en la forma en que hicieron Stalin, Hitler y Mao, y luego
se retira a lugares secretos, las imágenes de propaganda -las
estatuas amenazadoras, los retratos contemplativos, el líder
que preside desfiles masivos- se convierten en una realidad en sí
misma.
Así fue con Saddam, quien miraba a la población desde
cada rincón, en las paredes de todas las oficinas y de todos
los hogares, hasta que echó raíces la percepción,
incluso entre los extranjeros, de que él siempre estaba observando.
No importa que casi nunca apareciera en ningún lugar que lo hiciera
accesible a los iraquíes comunes, enviando a un equipo de dobles
para mantener la idea de que era el defensor del pueblo, mientras se
mantenía a salvo de las amenazas de los asesinos; encerrado en
sus palacios, siempre fue el coloso sombrío pero inaccesible.
Esa era terminó, cuando apareció en diciembre pasado en
un búnker tipo sarcófago cerca de Tikrit, con la apariencia
de un vagabundo mientras se rendía ante tropas estadounidenses.
Desde entonces, ha estado recluido en algún lugar fuera de Bagdad,
con la promesa de que, en su momento, sería presentado ante un
tribunal iraquí.
Ahora, en la base que los estadounidenses llaman Campamento
de la Victoria, el silencio reinaba en el tribunal, la tensa expectativa
se apoderó de las 35 personas que esperaban a que ese momento
llegara: el juez y los empleados del Tribunal Especial Iraquí,
establecido bajo la ocupación estadounidense para responsabilizar
al gobierno de Saddam de sus crímenes; funcionarios del gobierno
provisional de Irak, quienes asumieron sus cargos a principios de la
semana cuando la soberanía fue restablecida formalmente; el almirante
estadounidense en ropa casual que supervisaba a los representantes de
los medios; un puñado de reporteros, iraquíes y estadounidenses,
que representaban a cientos más. Finalmente, se oyeron pasos
que se acercaban, tintilearon las esposas y los grilletes, se abrieron
las puertas, dos guardias iraquíes sujetaban al prisionero; todas
las imágenes preconcebidas desaparecieron.
Ante el tribunal, en ese instante, casi 25 años después
de que tomó el poder en Bagdad, estaba de pie Saddam Hussein
al-Majid al-Tikriti, el hombre que se confirió numerosos títulos
de honor y gloria; el hombre que lanzó, o en cierta medida provocó,
tres guerras desastrosas; el hombre cuyo legado se extiende a incontables
fosas comunes y a cientos de miles de iraquíes muertos, su mero
nombre sinónimo, en gran parte del mundo, de un totalitarismo
que convirtió al estado iraquí en una maquinaria de tortura
y muerte.
Bajo tensión
Los siguientes 26 minutos fueron tan intensos como cualquiera en la
vida de un reportero. Mis notas, me di cuenta después, eran incluso
menos legibles de lo normal, reflejando la tensión de un momento
esperado, por decir, desde que llegué a Bagdad por primera vez
como reportero hace 15 años, cuando me imaginé, sin esperanza,
como otros periodistas occidentales, que un día podría
obtener una entrevista con Saddam. Saddam lucía deshecho,
demacrado, barbado; sus pasos eran inciertos, sus gestos cansados, sus
ojos veían a izquierda y derecha. Su voz: ronca al principio,
luego extrañamente estridente, en momentos casi se rompía.
Bajo tensión, escribí uno o dos minutos después,
tallándose los ojos, dedo sobre la ceja, mano extendida
sobre la mejilla, timbre de voz cambiado.
En las imágenes que pasaba la televisión iraquí
cada noche hasta que los estadounidenses vinieron, Saddam siempre fue
mostrado como indomable, su presencia disminuía la de todos lo
demás. Hasta que él tomaba un cigarro en una reunión
de palacio, nadie más en sus consejos se atrevía a hacerlo;
cuando hablaba, sus colaboradores permanecían sentados expectantes,
sus cabezas se inclinaban de manera reverente, sus lápices estaban
listos para escribir. Si él bromeaba, todos reían; si
su humor se ensombrecía, todos fruncían el entrecejo.
Pero en el tribunal, en una mezquita anexa dentro de un complejo de
palacios al lado de un lago cerca del aeropuerto de Bagdad que sirve
como cuartel general militar estadounidense en Irak, pareció,
en esos primeros momentos, como un hombre bastante perdido.
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| Desafiante
y temible fueron los rasgos que más caracterizaron al legendario
dictador iraquí, Saddam Hussein. |
El desafío
En la siguiente media hora, eso cambió mientras recuperaba
algo de su antigua presencia y resolución, asegurando que los
artículos que dieron la vuelta al mundo fueran en su mayor parte
sobre un Saddam no arrepentido que desafiaba al tribunal, condenando
la ocupación estadounidense y a los iraquíes que colaboraron
con ésta, y declarándose el presidente legal.
También, pronunció que Kuwait era territorio legítimo
de Irak y sus líderes animales, y restó importancia
al ataque con gas tóxico contra Halabja en 1988, y a su propio
supuesto papel, como algo de lo que se había enterado por
la radio, como si ser acusado de asesinar a 5,000 personas en
una tarde careciera de relevancia o fuera una bagatela.
Pero si Saddam pareció durante gran parte del tiempo que pasó
en el tribunal como una sombra del hombre que había sido, destacaba
comparado con los otros. Fue como si sólo un acusado, Saddam,
creyera que hubiera algo por lo cual luchar, más allá
de la supervivencia. Desaparecido el orgullo, se comportaron como si
ellos, al fin, hubieran aceptado que el juego terminó, y que
su propósito ahora debe ser escapar de caer con Saddam.
Algunos entre ellos, reconociendo su humillación, parecieron
estar reteniendo las lágrimas. Los dictadores necesitan seguidores,
los líderes no, y estos seguidores parecían, principalmente,
haber abandonado la causa, demostrando como lo hicieron por qué
Saddam, y no cualquiera de ellos, había ascendido al pináculo
del régimen.
Mientras Saddam desafió al tribunal, ellos se sometieron. Mientras
él se negó a revisar o firmar papeles que reconocían
los procedimientos, ellos firmaron, algunos con una aceptación
casi demasiado ansiosa. El joven juez investigador había discutido
con Saddam sobre asuntos que involucraban la legitimidad del tribunal,
y sobre la cuestión de si debía ser presentado en los
documentos que finalmente se negó a firmar como Presidente
de la República de Irak, como demandaba Saddam, o como
el (ex Presidente, como el juez instruyó al empleado,
añadiendo los paréntesis.
Pero los demás, que fueron llevados al tribunal juntos por tropas
estadounidenses -mientras que Saddam llegó y partió solo
con una guardia estadounidense separada- parecieron en gran medida decididos
a ganarse el favor del juez.
Las actitudes complacientes provinieron de algunas fuentes sorprendentes.
Abid Hamid Mahmud al-Tikriti, ex guardaespaldas y secretario de Saddam,
escuchó atentamente los derechos concedidos a todos los que comparecían
ante el tribunal -a un abogado, pagado por el estado si son indigentes,
así como a permanecer en silencio en el tribunal- y ofreció
sus felicitaciones. Estos derechos son excelentes, dijo,
sonriendo ampliamente.
Juicio largo
Se dejó a otros sopesar si Mahmud, acusado de crímenes
contra el pueblo iraquí en la brutal represión de
un levantamiento chiíta en 1991 en el cual murieron decenas de
miles de personas, había considerado lo que la ausencia de esos
derechos había significado para los iraquíes que cayeron
víctimas del antiguo régimen.
Ali Hassan al-Majid, conocido como Alí el Químico por
su supuesto papel en supervisar el ataque de Halabja, también
se mostró complacido, sonriendo ampliamente al juez después
de que se le leyeron sus derechos y diciendo: Gracias, gracias.
Luego preguntó si el juez le ayudaría a buscar a su abogado.
Si no le importa, le daré un papel con un número
telefónico del abogado, dijo.
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| Mientras
permanecen detenidos en manos estadounidenses ni Hussein ni otros
arrestados, saben qué está pasando en Iraq |
Sosteniéndose en su bastón mientras se
levantaba para salir, invocó la ayuda de Dios, como hicieron
Saddam y varios más. En el nombre de Dios el Misericordioso
y Compasivo, dijo, citando el Corán.
Salem Chalabi, director ejecutivo del tribunal y sobrino de Ahmed Chalabi,
alguna vez favorito del Pentágono para presidir el liderazgo
de Irak, dijo cuando terminó la audiencia que al menos uno de
los hombres había ofrecido cooperar a cambio de escapar de la
pena de muerte, aceptando testificar contra los demás, pero que
no se había tomado ninguna decisión.
Aunque las audiencias que empezaron hace dos semanas continuarán,
con el juez decidiendo quién tiene un caso por responder, funcionarios
iraquíes y estadounidenses han dicho que los juicios probablemente
no empezarán pronto. En el caso de Saddam, han insinuado, la
fecha pudiera estar a un año de distancia, o incluso más.
Al menos dos detenidos -Tariq Aziz, el ex viceprimer ministro que encabezó
negociaciones diplomáticas cruciales, y Sultan Hashim Ahmed,
quien era ministro de defensa cuando invadieron los estadounidenses
el año pasado- sugirieron en el tribunal que podrían buscar
salvarse en el juicio argumentando que toda la culpa debía recaer
en Saddam, o al menos en un pequeño grupo alrededor de él.
Como los líderes nazis en Nuremberg, Hashim afirmó que
en los momentos en que se le acusa de haber participado en asesinatos
masivos sólo estaba cumpliendo órdenes; Aziz afirmó
que ser miembro del Consejo del Comando Revolucionario de Saddam no
debería ser tomado como prueba de que había tenido algo
que ver con las decisiones que llevaron a la muerte de inocentes que
fueron tomadas por el liderazgo, es decir Saddam.
Por su confusión al llegar, y el alivio que algunos mostraron
después de hablar con el juez, pareció que ninguno de
los 12 sabía más que vagamente qué esperar cuando
llegaran a la corte. Para hombres que tenían poderes ilimitados,
con poca o ninguna necesidad de consultar libros legales, pareció
posible que el momento en que las esposas fueran removidas y ellos entraran
en el tribunal también podía haber sido el primer momento
en que se dieron cuenta de que se les concederían derechos, o
incluso lo que podrían significar los derechos legales en un
país que sale de una dictadura.
Portavoces militares estadounidenses han dicho antes que a ninguno de
los detenidos de alto valor, incluido Saddam, se les ha
permitido saber lo que ha sucedido en Irak desde que cayeron en manos
estadounidenses, y era posible que la confusión no se detuviera
ahí. En cierto momento, un ex primer ministro, Muhammad Hamza
al-Zubaydi, quien tiene 66 años, pidió la ayuda del juez
para determinar los años en que ocupó varios puestos,
diciendo que estaba exhausto por el vuelo para llegar a
la audiencia.
Fue el indicio más firme en todo el día de algo que los
estadounidenses han mantenido en secreto: dónde han estado confinados
Saddam y otros. Ya que ninguno de los iraquíes hizo mención
alguna del tema ante el tribunal, la implicación pareció
ser que ellos, también, podrían tener poca idea de dónde
han estado, aun cuando de hecho han estado en Irak, como oficiales estadounidenses
han insinuado pero nunca afirmado de manera concluyente.
| El rostro de un
ex dictador |
| el semblante de saddam hussein no era
ni la sombra del poderoso dictador que extendió su reinado
por 35 años sobre la nación iraquÍ, antes de
la llegada de Estados unidos. |
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