Del 1 al 8 de agosto de 2004



LA COLUMNA

Erick Lombardo Lemus
vertice@elsalvador.com

La cruz de cada quien...

No quiero hablar ni del día de la cruz y su misticismo maya ni del día internacional de la libertad de prensa, ese concepto que soslaya una profesión complicada en tiempos de crisis.
Hoy voy a intentar ejercerla un poco a partir del recuerdo de Jorge López, “El Chino”, que unos recuerdan y otros olvidan.

Jorge falleció en un accidente aéreo meses atrás y no me puedo preciar de haber sido su colega más cercano o el compañero de las aventuras dominicales en el estadio de fútbol o un protagonista de los pleitos eternos en la jornada diaria. Para nada. Mi relación con Jorge fue -a secas- la de periodista a periodista.

A Jorge lo recuerdo sea en la otrora derruida escuela de periodismo de la Universidad de El Salvador o en el pleito de las coberturas diarias a fines de los complicados 80. Él era aquel caballero amable, bohemio, eterno enamoradizo que disfrutaba la vida y no desperdiciaba sus cartuchos agridulces para despedazar a los motoristas de la “Ruta de la muerte” (la 101-B) cuando volvía a casa muy entrada la noche.

Cuando vino la paz, fue uno de los colegas que -de un modo u otro- simbolizaba las dos generaciones de periodistas: La que hubo durante los días de pólvora y la universitaria que llegó a las salas de redacción. Pero, más allá de eso, la muerte de Jorge también nos ofrece un triste significado. El año pasado, un grupo de periodistas divulgó un plan de seguros de vida para afiliados.

La idea era simple: se paga una cuota y de ahí se salda un seguro módico. Se estudiaron ofertas, se convocó con entusiasmo y, sin embargo, a la reunión solo llegó un alma. ¿Asegurar la vida? Pocos tocan el tema porque este oficio los vuelve invencibles, a pesar de que pocos contratos incluyen un seguro por accidentes. No todos los medios tienen la solvencia para sufragarlo. Cuando se expuso la idea, conscientes de que esto no es una propuesta polémica, es válida la pregunta: ¿Todos los colegas estamos conscientes de la fragilidad de la vida? ¿Cuánto es el precio de la vida de un periodista? ¿Cómo clasificarlo? ¿Valen menos unos que otros? ¿Vale más un reportero de televisión que un redactor de inactuales?

Al hacer estas preguntas, entro a un punto sensible en el sentido de que hay una jerarquía sustentada en la experiencia (y que, en teoría, debería favorecer más a unos que a otros). Pero ¿acaso ejercer este oficio, que ha sido admirado por luminarias como Gabriel García Márquez y Truman Capote, merece respeto en Europa y Norteamérica, pero no tanto en El Salvador?

La discusión está abierta, pero quizás no tengamos un espacio, ni tiempo, para iniciarla.


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