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LA
COLUMNA

La
cruz de cada quien...
No quiero hablar ni del día de
la cruz y su misticismo maya ni del día internacional de la libertad
de prensa, ese concepto que soslaya una profesión complicada
en tiempos de crisis.
Hoy voy a intentar ejercerla un poco a partir del recuerdo de Jorge
López, El Chino, que unos recuerdan y otros olvidan.
Jorge falleció en un accidente aéreo meses atrás
y no me puedo preciar de haber sido su colega más cercano o el
compañero de las aventuras dominicales en el estadio de fútbol
o un protagonista de los pleitos eternos en la jornada diaria. Para
nada. Mi relación con Jorge fue -a secas- la de periodista a
periodista.
A Jorge lo recuerdo sea en la otrora derruida escuela de periodismo
de la Universidad de El Salvador o en el pleito de las coberturas diarias
a fines de los complicados 80. Él era aquel caballero amable,
bohemio, eterno enamoradizo que disfrutaba la vida y no desperdiciaba
sus cartuchos agridulces para despedazar a los motoristas de la Ruta
de la muerte (la 101-B) cuando volvía a casa muy entrada
la noche.
Cuando vino la paz, fue uno de los colegas que -de un modo u otro- simbolizaba
las dos generaciones de periodistas: La que hubo durante los días
de pólvora y la universitaria que llegó a las salas de
redacción. Pero, más allá de eso, la muerte de
Jorge también nos ofrece un triste significado. El año
pasado, un grupo de periodistas divulgó un plan de seguros de
vida para afiliados.
La idea era simple: se paga una cuota y de ahí se salda un seguro
módico. Se estudiaron ofertas, se convocó con entusiasmo
y, sin embargo, a la reunión solo llegó un alma. ¿Asegurar
la vida? Pocos tocan el tema porque este oficio los vuelve invencibles,
a pesar de que pocos contratos incluyen un seguro por accidentes. No
todos los medios tienen la solvencia para sufragarlo. Cuando se expuso
la idea, conscientes de que esto no es una propuesta polémica,
es válida la pregunta: ¿Todos los colegas estamos conscientes
de la fragilidad de la vida? ¿Cuánto es el precio de la
vida de un periodista? ¿Cómo clasificarlo? ¿Valen
menos unos que otros? ¿Vale más un reportero de televisión
que un redactor de inactuales?
Al hacer estas preguntas, entro a un punto sensible en el sentido de
que hay una jerarquía sustentada en la experiencia (y que, en
teoría, debería favorecer más a unos que a otros).
Pero ¿acaso ejercer este oficio, que ha sido admirado por luminarias
como Gabriel García Márquez y Truman Capote, merece respeto
en Europa y Norteamérica, pero no tanto en El Salvador?
La discusión está abierta, pero quizás no tengamos
un espacio, ni tiempo, para iniciarla.
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