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OPINIÓN
Una
brújula para sociedades sin rumbo
En
1930, en medio del auge y el enfrentamiento entre fascistas y comunistas,
Ortega y Gasset identificó un grave trastorno social y lo explicó
con toda claridad en La rebelión de las masas. Las grandes mayorías
habían desplazado del poder a las minorías selectas e
imponían sus gustos y pasiones. Se devaluaba cualitativamente
la calidad de la vida pública y privada. Ortega, sin embargo,
no llamaba a la resistencia: se limitaba a describir melancólicamente
el panorama que se erguía ante sus ojos. El libro se tradujo
a veinte lenguas y se convirtió en un éxito extraordinario.
En realidad, hay una larga tradición de este tipo de literatura
sobre las patologías sociales. La decadencia de Occidente de
Oswald Spengler es una buena muestra. Pudieran citarse, en fin, cien
libros importantes de pensadores que con gran maestría se acercan
a los males de la sociedad, hunden el bisturí y analizan el tejido
podrido. Sólo que a esa lista ahora hay que agregar el nombre
de un notable sociólogo y ensayista venezolano, Carlos Raúl
Hernández, autor, entre otros libros meritorios, de Vértigo
comunicacional, cuyo manuscrito he tenido el privilegio de leer poco
antes de ser dado a la imprenta, una obra feliz y legítimamente
emparentada con La sociedad abierta y sus enemigos de Karl Popper.
¿Por qué recurre el autor a la expresión vértigo
comunicacional? Porque la velocidad incontrolada genera en las
personas una incómoda sensación de desequilibrio, de inseguridad,
de precipitarse en el caos. El vértigo es eso. Y es así,
a chorros, vertiginosamente, como cae sobre la gente un verdadero alud
informativo: quinientos canales de televisión, mil emisoras de
radio, cientos de periódicos y revistas, y, desde hace unos años,
su majestad Internet, ya con voz, movimiento, textos, más la
amable posibilidad que le concede al lector de participar
activamente.
La mitología reaccionaria
Pero el mal no se deriva de la multiplicidad de medios de comunicación
(una verdadera bendición), sino del discurso pesimista y antiliberal
que casi siempre prevalece, asusta y confunde a las grandes masas: la
modernidad, afirman, nos traerá la ruina. Los capitales internacionales,
la tecnología de avanzada, las multinacionales, la famosa globalización,
son sólo estrategias de los poderosos para dominar a los más
débiles. La libertad, insisten sus enemigos, es la que reclama
el zorro para entrar al gallinero. El propósito de ese primer
mundo es avasallarnos, destruir nuestra identidad, borrar nuestras naciones-estado
en nombre de una falsa aldea global. El vértigo comunicacional
provoca, inevitablemente, vértigo cultural.
Lo que hace Carlos Raúl Hernández en este libro, y lo
hace espléndidamente, es enfrentarse a la mitología reaccionaria
de la izquierda, profundamente antiprogresista, contraria al desarrollo
y el bienestar de los pueblos, explicando cómo y por qué
ese pensamiento antiguo, antidemocrático, no está basado
en una verdadera racionalidad, sino en sofismas, mentiras, y en una
falsa lectura de la realidad. La verdad es que jamás la humanidad
ha tenido más oportunidades de mejorar su forma de vida que hoy,
cuando ciertos pueblos han conjugado las libertades económicas
y políticas, sometiéndose voluntariamente al Estado de
derecho y a las reglas de la democracia. La verdad es que el miedo a
la información y el rechazo a las sociedades abiertas e interrelacionadas
sólo pueden traer empobrecimiento y tiranía.
No es una casualidad que Hernández haya escrito este libro y
sea, al mismo tiempo, venezolano. Venezuela vive el momento más
tenso de los últimos cien años y es natural que uno de
sus intelectuales de mayor calado sienta la necesidad de contribuir
al alivio de esas tensiones. Lo que intenta Carlos Raúl, sin
decirlo explícitamente, es demoler la montaña de errores
y disparates que sepulta a sus compatriotas. No es un libro escrito
para analizar un problema coyuntural. No se trata, en esta obra, de
combatir a Hugo Chávez. Eso lo ha hecho el autor en mil artículos
periodísticos. Chávez es anecdótico. Lo importante
es explicar persuasivamente lo que anda bien o mal en la sociedad, y
por qué las cosas suceden de cierto modo. Lo fundamental es desnudar
el error e identificar las percepciones absurdas que llevaron al poder
a este pintoresco paracaidista.
Tiene razón Carlos Raúl. Hay que ir a la raíz.
Muy mal informados sobre los problemas sociales debían estar
los venezolanos cuando eligieron reiteradamente y con entusiasmo al
coronel Hugo Chávez. Chávez no engañó a
nadie. Cuando era candidato decía exactamente las mismas locuras
y disparates que luego repitió desde Miraflores mientras conducía
a su pueblo hacia la catástrofe. Es muy importante que eso no
vuelva a ocurrir.
Supongo que Carlos Raúl avizora el fin cercano de esta triste
etapa, pero, sabe, al mismo tiempo, que con la ida de Chávez
la confusión no desaparece entre los venezolanos, sino sólo
se difumina el rostro de uno de sus protagonistas principales. Supongo,
también, que ha escrito este libro a modo de brújula para
cuando llegue ese momento. Ojalá le hagan caso. Es bueno recuperar
la democracia con este libro debajo del brazo. Es un buen antídoto
contra el vértigo. Un antídoto, por cierto, que les sirve
a todos los latinoamericanos, porque la enfermedad, desgraciadamente,
es endémica.
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