31 de agosto de 2003


INTERNACIONAL

La última arma del terrorismo

Los ataques suicidas se han convertido en la mejor táctica para el terrorismo internacional. Según estudiosos del tema, sus costos son bajos y la capacidad de repercusión es extremadamente eficaz.

Por Don van Natta jr.
vertice@elsalvador.com
El perfil del terrorista suicida pudo haber cambiado después del ataque del martes antepasado en Jerusalén.

Desde Jerusalén hasta Yakarta y de Bali a Bagdad, el atacante suicida es evidentemente el arma preferida de los terroristas internacionales. Estos ahora confían casi exclusivamente en esta táctica para llevar a cabo sus ataques.

Como demostraron los devastadores atentados contra civiles en Jerusalén y Bagdad la semana pasada, los atentados suicidas se han vuelto una industria terrorista sombríamente eficiente. La industria está floreciendo en todo el mundo; los fabricantes de bombas tienen especialmente gran demanda.

Iniciada por Hezbollah en el sur de Líbano hace dos décadas, y adoptada como instrumento rutinario por Hamas y Al Qaeda -más notablemente en los ataques en Nueva York y Washington hace dos años-, la campaña de atentados suicidas fue adoptada en los últimos meses en Iraq, donde un camión bomba en el cuartel de la ONU en Bagdad pudiera resultar ser terrorismo patrocinado por los simpatizantes del depuesto régimen.

Las dos materias primas de la industria del terrorismo -bombas y personas- son muy fáciles de conseguir. En los rincones militantes del mundo musulmán, ofrecerse para esa misión infunde al voluntario un propósito urgente y la promesa de gloria. Parece poco probable que las bombas alguna vez superen en número a las personas ansiosas por portarlas.

A Ismail Abu Shanab, el prominente líder de Hamas que murió el jueves antepasado víctima de misiles israelíes, se le preguntó en 1999 por qué tantas personas estaban ansiosas por servir como atacantes suicidas. Dijo que había sólo una cosa que una persona necesitaba para calificar: “Un momento de valor”.

“La persona que detona una bomba no necesita mucho adiestramiento”, dijo Shanab a Jessica Stern, autora de “Terror in the Name of God: Why Religious Militants Kill” (Terrorismo en nombre de Dios: Por qué matan los militantes religiosos), durante una entrevista en 1999 en Gaza.

Una persona que usa un cuchillo, explicó Shanab, regularmente está “nerviosa”. Una pistola requiere entrenamiento intensivo, y demasiado tiempo. Los ataques con cuchillos y pistolas también dependen de un grado de suerte. Las cosas pueden salir mal. Pero un atacante suicida, para tener éxito, sólo necesita ese momento de valor, dijo Shanab, lo cual encontró abundaba en Gaza. “El Islam dice ‘ojo por ojo’. Creemos en la represalia. Cuando alguien muere en la jihad, es un día de alegría”, agregó. Su evaluación condujo a Stern a concluir que los atacantes suicidas son la forma económicamente más viable que tiene una organización terrorista para realizar sus operaciones sangrientas. “Ciertamente es efectiva en costos”, dijo Stern.

Con apoyo local

Los ataques suicidas se han convertido en el arma asimétrica del terrorismo internacional.

Los atentados suicidas de los palestinos -ha habido más de 100 desde que empezó la intifada en noviembre de 2000- se han vuelto tan sistematizados que la infraestructura que apoya los ataques, como los reclutadores, los laboratorios de fabricación de bombas y los sistemas de entrega, típicamente no son sólo aceptados sino acogidos.

“El hecho de que hayan podido sostener la táctica sugiere que esta táctica es aplaudida en la comunidad, y refleja una sociedad bajo considerable tensión”, dijo Brian Jenkins, experto en terrorismo de la RAND Corp. “Pienso que todos coincidimos, y no es sólo una opinión occidental, que el atentado suicida es anormal. El hecho de que ese comportamiento anormal sea aplaudido refleja condiciones anormales. Si se restablecen las condiciones normales, entonces regresaría el comportamiento normal; al menos serían menos tolerantes al comportamiento anormal”.

Una anormalidad similar fue vista durante la Segunda Guerra Mundial cuando los pilotos kamikaze se ofrecían de voluntarios para sacrificarse en un ataque contra el enemigo de su nación. En el siglo XXI, los terroristas bien pudieran haber adoptado el ataque explosivo suicida debido a sus devastadores efectos sicológicos -el resultado de violencia al azar y horrible contra no combatientes- y porque se han llegado a convencer de que estos ataques atraen atención y provocan cambio.

“Es la última arma asimétrica”, explicó Magnus Ranstorp, director del Centro para el Estudio del Terrorismo y la Violencia Política en la Universidad de St. Andrews. “Uno se puede confundir entre la gente, y luego atacar con un elemento de sorpresa que tiene un valor de choque increíble y devastador”.

Sin armas de destrucción masiva, un solo terrorista puede crear un impacto desproporcionado al detonar una bomba, ya sea que el resultado sea estrujar el mapa de ruta hacia la paz en Oriente Medio o socavar los esfuerzos de Estados Unidos por conseguir la paz en Iraq.

Hace 20 años, por ejemplo, el 18 de abril de 1983, los estadounidenses se sintieron consternados por un atacante suicida musulmán chiíta, que atacó la embajada de Estados Unidos en Beirut y mató a 63 personas. El 23 de octubre de 1983, 241 infantes de marina, que dormían en sus barracas durante una misión de pacificación en Líbano, murieron por otro suicida en un camión bomba. Para principios del siguiente año, los infantes de marina habían abandonado Líbano.

Para Al Qaeda y sus grupos afiliados, cuyos ataques explosivos suicidas se remontan a una década, el camión bomba suicida ha sido usado casi exclusivamente en los últimos meses, regularmente contra investigadores a los que llaman “blancos suaves”, como en el recinto de viviendas para occidentales en Riyadh, Arabia Saudita, los enclaves turísticos en Casablanca y el Hotel J.W. Marriott en el centro de Yakarta, Indonesia.

La conmoción que precede a un ataque terrorista puede durar mucho tiempo.

Imitando los pasos

En el mundo del terrorismo, la imitación es inevitable, y hay una extendida creencia entre los terroristas de que los atentados suicidas están funcionando.

“Los ataques suicidas se han vuelto la marca del compromiso para los terroristas”, dijo Jenkins. “Afecta a todo el mundo del terrorismo porque hay una cualidad imitadora en él”.

Como Shanab obviamente se dio cuenta, un atractivo para los terroristas es la ilusión de tener poder.

En EE. UU., los motivos del atacante suicida a menudo son malentendidos. “El consenso general es que los mártires odian la democracia, y están locos; esto no es cierto”, dijo Scott Atran,
científico del Centro Nacional para la Investigación Científica en
París. “Estas personas no muestran signo alguno de sicopatología.
Provienen de familias de clase media y alta. La pobreza no es un factor. El factor es el deterioro de las expectativas.

No importa cuán rico o pobre seas, si no has logrado lo que esperabas, es más probable que retrocedas a una política radical”.

De hecho, el aumento de los ataques suicidas pudiera ser avivado por una motivación más simple.
Un ataque suicida es una cierta forma de ser honrado por su sociedad, mientras que una familia también es recompensada monetariamente.

“En un instante”, dijo Ranstorp, “uno es propulsado de ser nadie a alguien que es glorificado, y alabado con poemas…”.

Casi un milenio antes del advenimiento de los atacantes suicidas, los terroristas originales, basados en lo que ahora es Irán, eran conocidos como los Asesinos, encabezados por Hasan-i-Sabah, el fundador del grupo. Cometieron asesinatos políticos acuchillando a la víctima de cerca; esos ataques hacían casi seguro que el asesino también muriera. Estos estuvieron entre los primeros matones en ser alabados en la muerte como héroes.

La noche del martes antepasado, por primera vez, un atacante suicida fue un imán de una de las mezquitas más grandes de Hebrón, un religioso de 29 años que había memorizado el Corán a los 16. También era un hombre casado, padre de dos hijos pequeños, que subió a un autobús de Jerusalén lleno de familias, algunas de regreso del Muro Occidental, el sitio más sagrado del judaísmo. Pegado al pecho del hombre estaba una bomba de unos seis kilos, fortificada con balines y clavos.

Debe haber visto a los niños que viajaban con sus padres en el autobús antes de detonar la bomba, que arrancó el techo del vehículo, matando a 20 personas e hiriendo a más de 100. El hombre era un experto en derecho islámico en la Universidad de la Sharia de Hebrón, y estaba estudiando para convertirse en magistrado musulmán.

No se ajustaba al perfil de un atacante suicida, que regularmente es un hombre soltero de entre 18 y 25 años.
Apenas unas horas antes, un atacante suicida detonó un camión lleno de 750 kilos de municiones antiguas fuera de las oficinas de Naciones Unidas en el centro de Bagdad.

Las autoridades ahora creen que los leales al ex presidente Saddam Hussein probablemente fueron responsables del ataque que mató a por lo menos 23 personas, incluyendo al funcionario de más alto rango de la ONU en Iraq.

¿Obra de Saddam?


Ambos estallidos tuvieron impactos inmediatos, y posiblemente duraderos, amenazando el siempre frágil proceso de paz entre Israel y los palestinos y la seguridad de las fuerzas estadounidenses y los pacificadores internacionales estacionados dentro de Iraq.

Durante los ataques de Hezbollah en el sur de Líbano hace 20 años, los miembros del grupo filmaron los ataques, y entregaron las espantosas imágenes a la televisión, de manera que pudieron ser transmitidas horas después. Esas primeras filmaciones se convirtieron en vídeos de reclutamiento, difundidos gratuitamente.

“Por cada atacante suicida”, dijo Ranstorp, “hay cinco que quieren seguir su ejemplo”.
Como algunos de los secuestradores del 11 de septiembre, el imán dejó detrás una videograbación explicando sus razones para convertirse en atacante suicida. Otros atacantes han posado para fotografías de estudio antes de hacerse volar.

A Magnus Ranstorp le preocupa que la próxima fase de atentados suicidas involucre no sólo a los atacantes posando para la posteridad sino la videograbación de los ataques. Le preocupa que canales vía satélite difundan los horribles momentos casi instantáneamente a una futura generación de atacantes suicidas.


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