31 de agosto de 2003


CRÓNICA

De indigente de la calle a empresario

El miedo a que un militar impostor le matara durante los años de la guerra, obligó a Omar Vigil, a los 23 años, a emprender el viaje indocumentado hacia Estados Unidos. Tras enfrentarse a una serie de peripecias en el camino, llegó a Texas, sin un centavo en los bolsillos. Pasó varios días durmiendo en la calle y comiendo restos de comida que sacaba de los contenedores de basura. Ahora es allá un exitoso empresario, cuyos productos se exponen de manera permanente en el World Trade Center de Dallas.

Mauricio Vásquez Acosta
vertice@elsalvador.com
A pesar de los grandes peligros que representa viajar indocumentado a los EE.UU., muchos lo arriesgan todo por cumplir el sueño de ganar fortuna.

“¡Te voy a matar cabrón, cuando salga del arresto!”, le gritó el oficial al soldado Omar, mientras le ponía en la frente el cañón del fusil de asalto M-16. Esa sentencia de muerte, que los demás soldados daban por cumplida, llenó de miedo al recluta que había logrado ganarse el puesto de radio operador en un cuartel de Morazán. Su falta: haber sobrepasado el mando del oficial impostor y pedir refuerzos para los miembros de una comandancia militar que estaban sitiados bajo el fuego de los guerrilleros ante la complicidad del oficial Colato (infiltrado de la guerrilla), que se negaba a enviar ayuda.

Mientras a Colato le llevaban a las bartolinas, Omar viajó a la capital, a Ciudad Delgado, donde vivía en un cuarto alquilado junto a Miriam, su compañera de vida, y su hijo Marvin, de apenas seis meses.

Al verle asustado y sudoroso, Miriam supo que algo terrible había pasado, él le contó lo sucedido y les llenó de angustia saber que ese enemigo saldría del arresto en tres días. Ambos sabían de lo que era capaz el falso militar. Fue entonces que en la mente de Omar se despertó la idea de huir hacia Estados Unidos.

“Pero, allá no tenés a nadie, ¿dónde vas a vivir? ¿quién te va ayudar?, tengo miedo que te pase algo”, exclamaba Miriam. “Hay que confiar en Dios -respondió Omar-, voy a trabajar y al nomás pueda te mando a traer”. La decisión estaba tomada.

Para juntar dinero, aparte de pedir prestado, vendieron un radio de baterías, un ropero, dos sillas y una mesa, la máquina de coser Singer y la cama. Al tercer día, mientras Colato salía del arresto, Miriam se despedía del amor de su vida en la Terminal de Occidente, quien -entre abrazos y sollozos- emprendía el viaje a Estados Unidos, junto a Toño, un amigo de la infancia al que llamaban el “Mama Dunda”.

Llegar y pasar por territorio guatemalteco no fue problema, pero las cosas empezaron a cambiar al entrar en territorio de México.

A la chingada

Unos mexicanos les daban consejos en los buses: “Pónganse sombrero, hablen como nosotros, deben saberse los colores de nuestra bandera y conocer el nombre del presidente, don Miguel de la Madrid, porque los de migración les van a preguntar eso”. Era abril de 1982.

“Ya ves, Omar, que fácil son las preguntas que hay que contestar. Sólo es de hablar como si fuéramos los Polivoces, Chano y Chon”, afirmó Toño.

“Con razón a vos te dicen dicen ‘Mama Dunda’, si sos bien pendejo. Lo que los de la migra te van a pedir es mordida, y no que estés con esas babosadas”, le aclaró Omar, mientras estaban por llegar a Chihuahua.

Dicho y hecho, al llegar a un pueblito se subieron al bus unos policías y empezaron a pasearse por los pasillos, entre matatas, cebaderas y gallinas. Uno de ellos clavó su mirada en Toño, quien estaba todo agazapado para que no le vieran, y le preguntó: “A ver, vos, que estás como escondiéndote, ¿para dónde vas?”. El Toño titubeó y la canillera le delató. “No, mire, si es que yo no. Señor agente yo, fíjese que no sé, porque yo, mire, no. Verdá Omar”, fueron sus palabras con las que desvió la atención del policía hacia su compañero de viaje. Les bajaron de la camioneta.
-Ustedes no son mexicanos, van a cruzar la frontera, no tienen papeles. Son centroamericanos. Mejor dígannos la verdad y aquí se acaba todo, si no les va ir mal.

No habían terminado de hablar los policías, cuando Toño desató una chillazón. Los policías soltaron sus carcajadas y Omar le gritó: “Callate, ‘Mama Dunda’, ya la regaste”. Las burlas de los mexicanos aumentaron. “Éste, aparte de ser dundo, es un joto de la chingada (maricón)”, dijeron.
“Somos salvadoreños, les dijo Omar, y vamos para la USA, porque si regresamos nos van a matar en la guerra. ¡Déjennos ir, por favor!”. Sin parar de chillar, a Toño apenas se le oía decir:

-¡Diosito se los va pagar...!

-Nada de eso. Nos van a dar lo que llevan- dijo uno de los agentes mientras espulgaba los maletines que llevaban. Omar les dio una parte del dinero que llevaba escondido.

-Hoy te toca a vos “Mama Dunda”, danos lo que llevás- señaló otro agente.

Toño se quitó los zapatos y, ante la mirada curiosa de todos, empezó a quitarse calcetín tras calcetín. Cuando ya se había quitado unos seis, en cada pie, empezaron a verse unos billetes envueltos en papel de diario.

-Éste no es tan “Mama Dunda” como parece- dijeron. Pero sintieron el tufo que se desprendía de aquellos pies cocidos por el calor. Sin soportar la hediondera, los agentes le ordenaron a Omar: “Llevate a la chingada a tu ‘Mama Dunda’, que además de ser chillón es un apestoso cabrón”.

Con otro poco de dinero que Toño llevaba oculto en otra docena de calzoncillos puestos, lograron llegar hasta el río Grande.

Omar Vigil (primero de la Izq.), cuando era manager y diseñador de la desaparecida empresa Leather Center.

Sin volver a chillar

A orillas del río, Omar y Toño acamparon junto a otros inmigrantes a la espera de la noche para cruzar las embravecidas aguas. Toño no paraba de quejarse de las picadas. “Aquí los zancudos son bien grandotes, están bien hartados de tantos ilegales. Pero yo también me voy a poner gordo cuando llegue a los Estados, hay vas a ver Omar, que no a chillar y risa me va a dar cuando me acuerde de los mexicanos y de estos animales que me están comiendo vivo”.

Como a las 2:00 de la madrugada se adentraron en el agua. La corriente estaba fuerte, pero había que proseguir, pues la migra podría aparecer en cualquier momento. El agua empezó a cubrirles.
Había que nadar con fuerza. Entre las sombras de la madrugada, Omar trataba de no perderle la vista a su amigo. Pero a medida que nadaban, Toño perdía aire y sus cortos brazos eran derrotados ante la fuerte corriente. Como pudo, Omar se mantuvo flotando y logró sostener a su compañero para que descansara, pero las fuerzas menguaban y siguieron nadando. A mitad del río, la corriente se puso más furiosa y muchos fueron arrastrados río abajo. Omar escuchó oír, entre otras voces de auxilio, que Toño le gritaba pidiéndole ayuda. Cuando Omar quiso nadar hacía él era tarde, Toño se había perdido. Sacando fuerzas de flaquezas, Omar logró llegar a la orilla. Pero no pudo salir del agua, no era igual que cuando había entrado, era hondo y al agarrarse de matorrales,
éstos se desprendían y su cuerpo de deslizaba entre el fango. Sujetando arbustos y flotando por la orilla se fue río abajo hasta que sus manos sujetaron una rama y logró salir. Tendió su cuerpo en tierra firme y su mirada fue envuelta por un cielo sin estrellas. Al cabo de un rato, repuso fuerzas y comenzó a silbar, pero nadie respondió a la señal de sobrevivencia. Mientras caminaba sin cesar, por terrenos montañosos, pensaba en Toño. “Ojalá que el ‘Mama Dunda’ no se halla muerto, que no se haya ahogado el pobrecito’, se dijo mientras lloraba.

Monstruos iluminados

Antes del amanecer llegó a una carretera y a la orilla esperó oculto en un matorral. Cuando oía que venía un carro salía a pedir aventón. Los intentos parecían en vano y el calor infernal unido a la debilidad de no comer le mareaban. Pero, de repente, un tráiler paró y un gringo que parecía vaquero, le habló: “Texas, Texas”. En el camino, el estadounidense le dio de comer y, en medio de una ensalada de palabras en inglés y español, se entendieron. Al anochecer, ante la atónita mirada de Omar, fueron asomando grandes edificios que parecían monstruos iluminados, una cosa nunca antes vista por él. Ésa fue la primera noche de Omar en los Estados Unidos, noche que la pasó sin dormir en la nación del sueño americano.

La tapicería de la empresa de Omar Vigil combina lo artesanal con maquinaria de avanzada tecnología. De allí surgen obras de arte para el hogar y la oficina.

Al día siguiente deambuló por calles. Tuvo hambre, pero no tenía dinero y, además, nadie entendería su idioma. La noche volvió a caer sin poder probar bocado. De un contendedor de basura, cercano al parque en el que había encontrado asentamiento, agarró un cartón, con la idea de poder dormir. Pasaron las horas, pero el hambre no le dejaba en paz. Se levantó y volvió al contenedor y encontró unas duras tortillas de tacos y unos huesos de pollo que aún tenían algo de carne. “Empecé a comer mientras caminaba hacia mi cartón, recuerda Omar, pero cuando llegué vi que un viejo se había acostado en él”.

-Oiga, ese cartón es mío, yo lo encontré. Démelo, le reclamaba al pordiosero, sin percatarse de que no le entendía. Pero, sin decir nada, el viejo le extendió una botella de licor y se apartó de una parte del cartón en señal de que también él quería dormir en aquella poca blandura. Sin decir palabra, Omar le devolvió la botella y se resignó a dormir en el puro suelo. Comiendo sobras y durmiendo en la calle, pasaron cuatro días hasta que Omar encontró trabajo de barrendero en una fábrica.



De las tachuelas al éxito

Mauricio Vásquez Acosta
vertice@elsalvador.com
El salvadoreño Omar Vigil junto a su esposa Miriam. Todos los muebles que se aprecian en la foto son fruto de su creatividad.

Barriendo las instalaciones de la empresa Leather Center de Texas, Omar Vigil se pasó su primer día de trabajo viendo el proceso de hacer muebles con pieles, telas y madera, feliz de saber que ganaría tres dólares la hora.

Durante el almuerzo unos tapiceros mexicanos le dieron de comer y le preguntaron por qué tenía grandes ojeras, él les confesó que llevaba noches durmiendo en la calle.

Al finalizar la jornada de trabajo, los mexicanos le dieron donde dormir en el apartamento en que vivían siete de ellos. “Esa noche, aunque había cucarachas, pude dormir tranquilo en un colchón. Todo era mejor que el suelo de la calle”, manifiesta Omar, quien extrae de los archivos de su mente su ascenso al éxito:

“Después de barrer, pasaba a ser ayudante de tapicero. Me enseñaron a pegar tachuelas y a pintar, pero mi ambición iba más allá. Aprendí carpintería, tapicería, pintura, corte de telas, cueros y pieles y al cabo de un tiempo llegué a ser el manager de la fábrica. Tenía a mi cargo un equipo de 30 personas.

Pero mi fuerte empezó a ser la creatividad. Gracias a Dios, desarrollé una habilidad increíble para diseñar muebles, al grado que los jefes de Leather Center traían a diseñadores europeos con quienes me ponían a competir. Mi ventaja era que los franceses y alemanes dibujaban su diseño y lo presentaban en papel y yo, en cambio, les daba el mueble ya terminado con innovaciones de decorados y confort.

Llegué a ganar hasta 500 dólares a la semana, en 1984. Pero mi mayor alegría fue el día en que volví a ver el rostro de mi esposa Miriam y mi amado hijo Marvin, a quienes había dejado en El Salvador. No me hacía falta nada, con ellos a mi lado, lo tenía todo.

Pero al pasar el tiempo, la mala administración de Leather Center la obligó a declararse en bancarrota y yo, como manager, me quedé sin empleo. Esa noche llegué donde mi esposa y al decirle que ya no tenía empleo ella no se puso triste, al contrario, me levantó los ánimos con las siguientes palabras: “Amor, hoy es cuando debemos comenzar nuestra empresita, vamos a salir adelante, estoy segura de que tus muebles se van vender”.

Una mañana de 1993 desocupamos el garage de la casa y techamos parte del patio. Junto a mi esposa y mi hijito nos fuimos a comprar herramientas usadas, dos máquinas, pieles, telas, maderas, clavos y tachuelas. Ese mismo día empecé a trabajar en un mueble, en un diseño propio, quería algo fuera de lo común. Fue así como se me ocurrió hacer un estilo clásico italiano con un toque de vaquero, pero con mayor elegancia y comodidad. Trabajé día y noche, hasta que terminé dos sets de muebles.

Con mi esposa visitamos las tiendas de muebles e invitamos a los ejecutivos a que fueran a ver las muestras. Dos ejecutivos de una tienda llegaron al garage y para sorpresa nuestra, desde que vieron los dos sets de muebles me dijeron que si tenía la capacidad de amueblar con ese estilo una cadena de hoteles que se abriría en la ciudad de Dallas. Mi esposa salió al paso y les dijo: ‘Tenemos capacidad para eso y más’. Firmamos el contrato, recibí un primer reembolso, contraté personal y hasta ahora, que tengo 40 empleados, todavía esa cadena de hoteles confía en mi el diseño y la fabricación de sus muebles. Mis pilares en los que fundamento mi éxito son tres: el duro trabajo, mi esposa Miriam y mis hijos Marvin, Omar Jr. y Elizabeth. Ésa es la clave de mi éxito”.

La empresa de Omar Vigil está ubicada en Dallas, Texas, se llama Forniture Your Way Inc. (Muebles a su manera) y sus creaciones, algunos con pieles decoradas con rayos láser, se venden en América y Europa. Sus contactos comerciales los logra a través de su exposición permanente en el World Trade Center de Dallas.

En los talleres laboran inmigrantes procedentes de C.A., México y llegó uno hasta de Rumania.
Las pieles de los muebles son importadas de varios países de Sudamérica y Europa. Fachada de la empresa de los esposos Vigil, en el centro de la ciudad de Dallas, Texas.


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