29 de junio de 2003


INTERNACIONAL

Opositores preguntan: ¿Miente Bush?

El presidente Bush es comparado con otros ex mandatarios de Estados Unidos a quienes se les descubrió que mentían en asuntos importantes del Estado. ¿Bush está consciente de todo lo que dicen?

Por David E. Rosenbaum
vertice@elsalvador.com
Para algunos senadores estadounidenses, Bush miente en “cosas importantes”.

La búsqueda de armas químicas, biológicas y nucleares en Irak ha sido infructuosa. Se ha visto ahora que los recortes de impuestos no dan alivio alguno a los millones de contribuyentes estadounidenses de bajos ingresos.

Desde el punto de vista de algunos demócratas, el Presidente George W. Bush ha estado mintiendo acerca de éstos y otros asuntos importantes, en la misma forma en que Lyndon B. Johnson mintió acerca de Vietnam, Richard M. Nixon mintió acerca de Watergate y Bill Clinton acerca de su vida sexual.

Por ejemplo, el senador demócrata de Florida, Bob Graham, ex presidente del Comité de Inteligen-cia y candidato a la postulación presidencial del Partido Demócrata, acusó a Bush de llevar a cabo “un patrón de engaño y charlatanería” en el tema de Irak.

Una organización antibélica, Moveon.org, publicó un desplegado de una plana en The New York Times la semana pasada, sugiriendo que “hombres y mujeres jóvenes fueron enviados a la muerte por una mentira”.

El Centro de Prioridades de Presupuesto y Política, grupo liberal de investigación, dijo, acerca de la declaración del presidente de que todos los estadounidenses que pagan impuestos sobre sus ingresos se beneficiarían de sus recortes fiscales, que “tales aseveraciones no son exactas”.

De hecho, una revisión de todas las declaraciones públicas del gobernante encontraron muy poco que pudiera llevar a la conclusión de que el presidente efectivamente mintió en cualquiera de estos dos temas. Pero, más pertinente de que si el presidente efectivamente mintió es determinar cuáles factores subrayó y a cuáles les restó importancia.

Ciertamente, se puede argumentar con validez que exageró el peligro planteado por las armas iraquíes prohibidas cuando trataba de convencer al país y al Congreso de la necesidad de un ataque preventivo, y también que hizo un énfasis excesivo en los beneficios que recibirían los estadounidenses de ingresos modestos cuando estaba tratando de convencer a todos de su plan de recorte fiscal.

Bush no es el único que ha pecado de hacer un énfasis selectivo. Robert Dallek, historiador presidencial, recuerda que durante la campaña electoral de 1940, el presidente Franklin D. Roosevelt insistió en que no llevaría a Estados Unidos a la guerra a menos que su país fuera atacado por una potencia extranjera.

Hacia el final de la campaña, cuando su oponente republicano, Wendell L. Willkie, parecía estar triunfando, Roosevelt simplemente descartó la línea que empezaba con “a menos que”.

Cuando los presidentes están tratando de realizar cambios fundamentales en la política nacional, como es el caso de Bush, dice Donald F. Kettl, científico político de la Universidad de Wisconsin, “tienen que encontrar una forma que sea poderosa y persuasiva, y políticamente atractiva, y ofrecer algo que el pueblo pueda aceptar”.

Sobre Irak

Veamos qué dijo el Presidente Bush acerca de armas de destrucción masiva en dos discursos por televisión en horario pico, uno el 7 de octubre, su primer gran discurso sobre Irak, y el otro el 17 de marzo, cuando declaró que Saddam Hussein tenía que salir de Irak o enfrentar un ataque.

El discurso de octubre estuvo dedicado en gran parte a la amenaza de las armas prohibidas.

Irak, dijo Bush, tenía “un arsenal masivo de armas biológicas” y “miles de toneladas de agentes químicos” y estaba “reconstituyendo su programa de armas nucleares”.

El presidente preguntó: “Si sabemos que Saddam Hussein tiene armas peligrosas hoy -y lo sabemos-, ¿tiene sentido que el mundo espere a enfrentarlo a medida que él se haga incluso más fuerte y desarrolle armas aún más peligrosas?”

En el discurso en marzo, en vísperas de la guerra, Bush declaró: “Inteligencia recabada por éste y otros gobiernos no deja la menor duda de que el régimen iraquí sigue poseyendo y ocultando algunas de las armas más letales que hayan sido creadas”.

Meses después de la guerra en Irak, aún se cuestiona si fue necesaria la acción bélica implementada en el lugar.

No hay evidencias de que el presidente no creía en lo que estaba diciendo. La senadora demócrata de Nueva York, Hillary Clinton, y otros demócratas dijeron la semana pasada que los informes de inteligencia que recibieron justificaban las declaraciones de Bush.

Funcionarios de la administración insisten en que las armas iraquíes todavía serán encontradas. Pero, en retrospectiva, la amenaza de las armas prohibidas, auténtica o no, no parece haber sido, como el presidente estaba sugiriendo, la motivación decisiva para lanzarse a la guerra.

Razones más centrales -su deseo de dominar el Oriente Medio y remover a un dictador cuyo desafío hacía que Estados Unidos se viera débil- hubieran sido más difíciles, políticamente hablando, de convencer al pueblo y al Congreso.

La semana pasada, en un discurso en Nueva Jersey, Bush no mencionó siquiera las armas iraquíes. En lugar de eso, citó el rechazo de Saddam a respetar “las demandas del mundo libre” y dijo: “Esto es seguro: Saddam Hussein no es ya una amenaza para Estados Unidos y para nuestros aliados y amigos”.

En lo referente a los impuestos, Bush aseveró en su discurso del Estado de la Unión que las críticas contra su plan carecían de fundamento, y lo repitió frecuentemente en fechas posteriores: “Este alivio fiscal”, declaró, “es para todos aquellos que pagan impuestos sobre la renta”.

¿Otra mentira?


De hecho, como descubrieron el Centro de Política Fiscal, brazo investigador de la Institución Brookings y del Instituto Urbano, 8.1 millones de personas que deben pagar impuestos no hubieran recibido un recorte en sus impuestos dentro de los términos de la propuesta de Bush y no recibirán alivio alguno a través de la legislación que entró en vigor el mes pasado.

Prácticamente todos ellos son solteros sin hijos y sin dividendos sobre ganancias de capital que ya están en la clasificación del 10 por ciento, o aquéllos con clasificación de “cabeza de familia” cuyo dependiente no sea un niño menor de 17 años. Pero hay más de 100 millones de contribuyentes de impuestos en Estados Unidos. De forma que más de 90 por ciento recibirán algún recorte impositivo. Si hubiera dicho “casi todos” hubiera sido exacto.

Lo que es más importante, sin embargo, es que el alivio impositivo que la mayoría de la ciudadanos estadounidenses recibirá es muy pequeño, lo cual dista mucho de la impresión que el presidente Bush trató de dar cuando hizo campaña en el país para promover su plan.

Bush insistió en hacer énfasis en los beneficios fiscales para la gente con ingresos modestos, no en el alivio fiscal más extenso que deseaba para la clase más pudiente. Con frecuencia tenía en el escenario, junto a él, a una pareja con dos niños y un ingreso de 40,000 a 50,000 dólares, cuyos impuestos se reducirían en más de 1,000 dólares, más que nada gracias al aumento en el crédito fiscal para hijos.

Pero el hecho indisputable es que el grueso del recorte de los impuestos se destinará a los ricos.

Un estudio de la Justicia Fiscal para Ciudadanos, instituto liberal de investigación cuyos cálculos no han sido disputados, encontró que la mitad de todos los contribuyentes recibirían una reducción de menos de 100 dólares al año este año, y que para 2005, tres cuartas partes de los ciudadanos recibirían un recorte de menos de 100 dólares.

Por otra parte, casi dos terceras partes de los ahorros impositivos se aplicarán al 10 por ciento más rico de los contribuyentes, y el 1 por ciento más rico recibirá una reducción impositiva promedio de cerca de 100,000 dólares al año.

La pregunta en cuanto a Irak y los impuestos es si Bush cruzó la línea que divide al politiqueo aceptable de la manipulación.

Algunos críticos aseguran que Bush torció la información de inteligencia para ajustarla a sus metas políticas. Esto quizá sólo pueda ser respondido en forma conclusiva por historiadores cuando sean conocidas todas las evidencias y consecuencias.

Bush parece “típico de alguien que trata de vender algo”, dice Dallek.

“Uno busca lo que la gente va a encontrar más fácil de creer y más persuasivo”, continúa. “En cierto sentido, uno se convence a sí mismo de esas ideas, y no tengo la menor duda de que Bush estaba convencido de que (los iraquíes) tenían armas de destrucción masiva”.

Cuando firmó la iniciativa impositiva para hacerla ley el mes pasado, durante una ceremonia en la Sala Oriental de la
Casa Blanca, el presidente introdujo a Jenny Tyson, de Omaha, Nebraska, esposa de un sargento de la Fuerza Aérea que sirve en las fuerzas armadas en el Pacífico.

Con dos hijos, los Tyson “conservarán 1,300 dólares adicionales al año de su propio dinero”, declaró el presidente.
Eso era cierto. Pero el caso es que no es el punto principal de la nueva ley impositiva.

A bush se le acusa no solo de mentir para justificar la guerra en Irak, sino en un plan de ajustes económicos que beneficiaría a los estadounidenses más humildes.


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