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ENTREVISTA
Leonardo
Heredia: Aquí yace un hijo de puta
No
se enferme en los Estados Unidos. Sin seguro de salud, la catástrofe
lo rodeará. Miles de latinos, incluyendo salvadoreños,
sufren quebrantos pero su condición de ilegales les impide acceder
a servicios médicos.
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Leornardo
dice que viola las leyes de la naturaleza 10 veces al día...
Fuma dos cajetillas al día
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Se llama Leonardo Heredia. Debieron bautizarlo Libertad.
Es probable que ese hombre pertenezca a una tribu diferente. Después
de escuchar parte de su historia personal, le miré sus ojos casi
ciegos y le dije que es uno de los pocos hombres que han construido
una libertad a la carta. Una libertad ajustada hasta a los hábitos
más invariables.
No soy viejo amigo de Leonardo. Lo conocí hace pocos días.
Cuando entré a la sala donde me esperaba, se me agitaron los
ánimos.
¿Quieres tomar algo?, pregunto. Ya pedí un yodo,
responde ese hombre para quien hablar es pensar en voz alta.
La palabra yodo es parte del lenguaje vernáculo y
charlatán del costarricense. Así llaman al café.
Por eso, cuando escuché ese vocablo en boca de
un salvadoreño, me sobresalté.
-Diay, maje, dijo Leonardo, no ves que también soy tico.
Disparó tres bromas sobre los costarricenses y me obligó
a soltar una carcajada. Y entonces me sentí frente a un hombre
que agarra sus ideas de donde vengan.
Leonardo es una serie interminable de desgarramientos y adioses forzados.
Los cuenta, uno a uno, con una especie de malicia gratuita.
Quizá en El Salvador no lo saben, pero Leonardo está estrechamente
vinculado a la fundación y la historia de la radio y televisión
costarricense.
Vivió muchísimos años en Costa Rica. Conoció
a varios presidentes de ese país. Uno de ellos lo nacionalizó
para que se convirtiera en la voz oficial de su propaganda política.
En Costa Rica, y esa fue una sorpresa para mí, Leonardo secreta
historia. Tanto, que un día, mientras él y su amigo Roy
Jiménez probaban un transmisor de un millón de vatios
para una radioemisora (una verdadera locura técnica para esa
época), dejaron a la mitad de los pobladores de San José
sin luz eléctrica.
La planta acabó en Arabia Saudita. Roy y Leonardo debieron pagar
un dineral como multa.
Apenas conocí a ese hombre miré sus ojos desenfocados.
Estoy casi ciego. Perdí el 99 por ciento de la vista,
me dice con un gesto que tendía, involuntariamente, hacia la
permanencia.
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Por eso es que, para cruzar una calle, se detiene y
busca una sombra que se atraviese en su camino para seguirla. Así
se pone a salvo.
Estoy convencido de que Leonardo es una serie interminable de desgarramientos
y adioses forzados. Los cuenta, uno a uno, como si fuese una necrofilia
en masa.
Probablemente fue el primer hippie salvadoreño. Desde
los 12 años, comenzó a vagar por el mundo hasta convertirse
en uno de los locutores estrellas de la XEW, la más importante
radioemisora de América Latina desde mediados del siglo pasado.
Leonardo ha hecho de todo: desde transportar marihuana entre México
y Estados Unidos, a los 12 años, hasta viajar desde aquí
hasta San Francisco oculto en trenes y camiones. Es probable, también,
que fue uno de los pioneros en ese asunto de viajar como mojado.
Cuando se habla con él, hay que pegar saltos entre las bromas,
la fisolofía aplicada y una visión particular de la vida.
Pero, sobre todo, cualquiera se da cuenta que está ante un hombre
oral de genio.
Al principio, no sabía qué tenía al frente: si
a un ingenioso excéntrico, a un humanista, un metafísico
o un ícono a quien se le apolillaron sus documentos en un naufragio
personal porque no guarda fotografías de sus recuerdos.
Tiene la misma memoria del fantasioso conversador que habla siempre
en el recuerdo. Discurre como le gustaba a Borges. Como si en cada instante
repitiera que el alma es inmortal.
Sí. Quizá Leonardo sea borgeano. Ha hecho de todo en su
vida. Y, cuando intentaba quedarse en algo, siempre lo interrumpió
la felicidad.
Ese hombre no llegó a mi despacho a hablar de él. Quería
hablar de otros. A la media hora fui yo quien me propuse entrevistarlo.
Estaba desconcertado: no sabía si estaba entre el sacrilegio
y el anatema. Entre la virtud y el goce.
Te tengo que hacer una entrevista. Sos una absoluta sorpresa para
mí, fue lo que le dije. Le propuse que habláramos
la noche siguiente, en el restaurante La Ventana.
El estuvo ahí puntual. Yo no. Me demoré preparando, cuidadosamente,
un cuestionario. Pero, cuando comenzamos a hablar, simplemente guardé
el cuestionario. Con él no se puede seguir un guión. Simplemente
se debe conversar.
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Leonardo
Heredia es conservador, alegre e impertinente
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Lafitte Fernández: ¿Leonardo
tú le temes a Dios?
No
Leonardo Heredia: ¿Por qué?
Por soberbia no. No le temo porque lo conozco
¿Y cómo conoces a Dios?
Lo conocí personalmente
Perdoname pero
A mí me dio una trombosis cerebral en Costa Rica. Clínicamente
estuve muerto. En cuidados intensivos me dieron por muerto. Ya no tenía
ni pulso. El corazón no funcionaba. Estuve en un trance y fue
en ese momento cuando vi a Dios. Por eso no temo morirme, ni le tengo
miedo a Dios.
¿Y cómo es Dios?
Es una cantidad espantosa de luz. Es una luz que no enceguece. No molesta
a la vida. Es como si estuviéramos dentro de una lámpara
de neón.
¿Sentiste felicidad, en ese momento?
En ese momento yo estaba peleado con Dios. Históricamente había
sido ateo. Yo no quería morirme, pero sabía que estaba
muerto. Que estaba con Dios. Le dije que quería regresar. Él
me dijo que no podía. Entonces le dije que, aunque no quisiera,
yo regresaría. Y regresé.
¿Por qué querías regresar?
Porque estaba enamorado de una costarricense.
¿Crees que sos un ícono salvadoreño?
Eso es halagador, pero no me considero un ícono. Una vez me pidieron
fotografías de todos los hechos en que he participado. Al productor
de televisión le dije que no tenía fotos. Eso le extrañó.
Le respondí que nunca creí que estuviera haciendo algo
importante. Algo que debía gastarse en una fotografía.
Me extraña que la gente me vea como un ícono. ¿Ícono
de qué? Cuando se tienen demonios y se tiene miedo, es injusto
presumir de ícono. ¿Qué le puedo dejar yo a las
futuras generaciones si sé la clase de demonio que llevo adentro?.
¿Y cuáles son tus demonios?
Un día hice la lista y son los siete pecados capitales.
¿Has violado todos los diez mandamientos?
Los mandamientos son las cienmillonésima parte de las leyes de
Dios. Los mandamientos es lo más chiche de cumplir. Lo que es
cabrón son las otras leyes de Dios: las de la naturaleza y las
leyes del universo. Lo que es terrible, por ejemplo, es violar las leyes
que Dios hizo para la naturaleza, como el hecho de que la nicotina es
una sustancia química que al combinarse con la sangre produce
tales efectos. Y yo las violo 40 veces al día.
¿Hay algo en tu vida de lo que te arrepientas?
No. Antes me arrepentía de no haber estudiado. De no ser el ingeniero
que quise ser desde cipote. Pero, al final me recibií, con honores,
de la universidad de la vida. Con el tiempo ví a mis condiscípulos
titulados como ingenieros o doctores y me di cuenta que eran una bola
de pendejos y que no valía la pena estudiar.
¿Qué balance se hace de la vida cuando se llega a los
72 años?
Que no valió la pena vivir
¿Por qué?
Porque no hiciste nada trascendente. La único importante de la
vida es morirse. Ya la muerte no depende de ti. Ya no importa el futuro.
Ahí tienes un infinito futuro de paz.
¿Crees en el determinismo?
No. Uno se construye su propia vida. No puedes echarle la culpa a nadie.
Lo que hay que tratar de hacer es vivir en armonía con las leyes
de la naturaleza. Hay que vivir integrado al macrocosmos.
Eso me suena a filosofía oriental
Es que tampoco estoy casado con la filosofía occidental. Y si
filosofamos sobre eso, llegaremos a entender que la verdad es subjetiva,
que no es absoluta.
¿No crees que, en el fondo, vale la pena vivir, a pesar
de lo que pienses?
Sí valió la pena vivir para ver a mis hijas realizadas.
En esa medida, cumplí mi misión y me puedo ir tranquilo
al otro lado.
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Leonardo
elavoró un libro sobre el salvadoreñismo
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¿Qué lo hace a uno cambiar en la
vida?
Solo el amor y el odio.
¿Amaste, profundamente?
Como un idiota
¿Fuiste muy enamorado?
Todavía sigo enamorado de mi primera novia. Fue un amor tan inmenso
que solo lo atenuó mi segundo amor. Tengo dos amores en mi vida:
el primero y el último.
¿Y cuál es el secreto para amar?
Dejarse amar. Dejarse ir como si se estuviese drogado.
¿Como es El Salvador que dejaste frente al que te reencontraste
o el que tienes ahora?
El Salvador no ha cambiado mucho desde que lo dejé cuando tenía
12 años. Es un país pobre con una gran violencia. No sé
si la violencia la genera la pobreza o tenemos una pobreza manifestada
con violencia.
¿Te gusta esta juventud que miras ahora?
No son nada distinto a los jóvenes de mi época. Lo que
cambian son las formas de manifestar las cosas. Las formas de la violencia,
de la anarquía. En el fondo, tienen el mismo espíritu
rebelde. En mi tiempo, lo que más podían echarte encima
era una bicicleta. Hoy te echan encima un tanque.
¿Cómo era un joven de tu tiempo?
Bebían mucho más que ahora. Que conste, jamás me
he echado un trago a mis 72 años.
¿Cuando tenías un micrófono en la mano, sentías
que eso te daba poder?
No. Sentía un compromiso tremendo con toda la humanidad. Mo voz
llegó a escucharse por todo el planeta. Sentía responsabilidad
y comencé a preocuparme por el lenguaje.
Los locutores en los años cincuenta, sesenta y más-
y todavía ahora- llegaban a convertirse en hombres verdaderamente
famosos. ¿Te gustaba ese glamour?
Sí, los locutores eran estrellas. Recuerdo en México,
que Carlos Piquerin vivía en la casa contigua a la de María
Félix. Estaba, socialmente, a su altura.
¿Pagaban bien en esa época?
Se ganaba muchísima plata. Yo gané mucha plata y toda
la boté.
¿Cómo la botaste?
Con cuatro hijos y cinco mujeres, es muy fácil.
Te olvidaste hablarme del glamour del estrellato mexicano
No lo viví como espectador. Lo viví como protagonista.
Lo viví en una relación íntima de pareja con algunas
de las estrellas más famosas de esa época.
¿Te relacionaste, sentimentalmente?
Me relacioné con algunas de ellas. Amistosamente, con algunas
de las más destacadas como María Félix.
¿Que tal María Félix?
María tiene una anécdota que pocos conocen. Refleja a
la verdadera María. Yo tenía una relación amorosa
con una actriz de teatro que ese año fue nonimada al premio como
la mejor actriz junto con María Félix. Ella se llamaba
Mary Douglas. Era mi compañera de fórmula. Alguien le
preguntó a María, delante de mí, su opinión
sobre Mary Douglas, quien, al final, le ganó la competencia.
Ella respondió: Mary es una actriz que se merece ese premio.
Yo solamente soy estrella de cine. Esa es la María falsa,
la de los desplantes.
¿Conociste a Agustín Lara?
Sí. También a Pedro Vargas y a toda esa camadita que orbitaba
alrededor de Agustín. Este era un hombre sencillo. Teníamos
un amigo común: Juan García, quien era un ingeniero en
sonido. A AGustín le interesaba mucho eso.
¿Crees que El Salvador te ha reconocido ese largo peregrinaje
tuyo por la creación, por la radio, por la televisión,
por muchísimos países?
De plano que no. La mejor prueba de eso es que a los 72 años
ni siquiera tengo una pensión del Seguro Social. Yo soy justo:
el pueblo salvadoreño no me debe absolutamente nada. Si algo
hice con mi talento artístico me lo pagaron. Si me gasté
la plata es problema mío. El pueblo no tiene porqué venirme
a mantener. Yo me labré ese destino y tengo que sufrir las consecuencias.
¿Desearías una ayuda?
Me fascinaría. Vivo solo y, como dicen los mexicanos, duermo
con la puerta abierta. Sin tranca para que cualquiera entre.
Vives solo a tus 72 años. ¿Te acostumbras a la soledad?
Lo más terrible de la vejez es la soledad. Perder capacidades
físicas no importa. A lo que nunca te acostumbras es a la soledad.
Por eso es tan importante el último amor: porque es la última
posibilidad de compañía.
¿Cómo quieres que te recuerden, Leonardo?
Pediría que en mi epitafio dijera: aquí yace un
gran hijo de puta. Pero eso a lo salvadoreño: aquí
entre más hijo de puta sos, más importante es la persona.
¿Cómo es el salvadoreño?
Lo mejor descripción la hizo Roque Dalton. Es mejor ver al salvadoreño
desde afuera. Cuando uno está metido en este estiercolero, no
alcanza a ver. Sólo huele.
¿Como definirías al salvadoreño?
Es un mito. Para empezar Atlacatl no podía llamarse así.
En el lenguaje pipil no existía el sonido de la tl.
Eso es un invento de los mexicanos o de algún salvadoreño
ignorante. La propaganda del salvadoreño trabajador es pura propaganda.
El salvadoreño lo único que es es esto: terriblemente
pobre. Tiene que trabajar doble o triple jornada para comer.
¿Cómo cambiar eso?
No tengo la fórmula. Tal vez debemos volver a las raíces
indias. Los indios no eran tan hijos de puta como nosotros. Al salvadoreño
lo dañó el mestizaje.
¿No es esa una forma muy dura para describir a tu propio pueblo?
Lo que sucede es que aquí la palabra hijo de puta
no tiene que ver nada con tu madre. Las madres son unas santas. Aquí
tiene que ver con la condición moral. La condición moral
de los indígenas no era tan jodida como la nuestra. No estaba
contaminada.
¿Qué salió de la mezcla?
La obstinada realidad salvadoreña. Un tipo violento, poco imaginativo,
poco creativo. Tanto, que nunca se inventó un platillo. Lo único
que hace es comer y comer. El único platillo que inventó
sirve para designar el órgano genital femenino.
¿Existe una sobredosis de pesimismo en ti?
No. Lo que existe es cansancio y nada más.
¿Entonces no hay pesimismo en ti?
No, hay cansancio nada más.
Conociste muchísimos personajes. ¿De quién
te acuerdas cuando repasas tu profesión?
De Miguel Ángel Asturias. A Miguel lo había conocido en
Guatemala. Entonces, cuando apenas tenía un mes de trabajar en
la radio, me pidieron, en El Salvador, que lo entrevistara. Yo no tenía
fogueo en eso. Entonces le dije: Fijate que me han dado este encargo.
No sé ni qué carajos es una entrevista, pero tengo la
obligación de entrevistarte. De eso depende que siga trabajando
en radio. ¿Cómo carajos le hago?. El me respondió:
solo haceme la pimera pregunta de cajón. Preguntame: ¿Cómo
se siente don Miguel Ángel?. A mí dejame el resto.
Hagamos un ejercicio de acuerdo con los países donde viviste.
¿Lo mejor de Guatemala?
Miguel Ángel Asturias.
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¿Lo mejor de México?
María Félix y Agustín Lara
¿Lo mejor de Panamá?
Voy a decir algo que a la gente le va a caer muy mal, pero es la verdad.
Lo mejor de Panamá es Manuel Antonio Noriega.
¿Eras norieguista en Panamá?
Era mi amigo.
¿Trabajaste con Noriega?
No. Nunca.
¿Viviste en Panamá cuando gobernaba?
Sí. También conocí al general Omar Torrijos. Pero,
de Noriega sí era amigo.
¿No lo ves como un hombre arbitrario, poco moral?
Era un chero. Un tipo generoso. Se preocupaba por los amigos. No tenía
nada de ínfulas. Para decirlo en mexicano: era todo corazón,
el cabrón.
¿Lo mejor de Honduras?
La mamá de Daniela y Paula
¿Lo mejor de los costarricenses?
Todos.
Conociste muchos políticos en muchos países. ¿Cuál
te sorprendió más?
Pepe Figueres, en Costa Rica. Era un tipo campechano que no tomaba la
política muy en serio. Creo que Costa Rica es el único
país donde un hombre salió presidente y después
dijo que no aceptaría y lo amenazaron con mandarlo a la cárcel
por desacato al mandato del pueblo. Los ticos tienen cosas muy lindas:
es el único país donde he visto que, ante una amenaza
de que mataran a un político contrario, sus opositores se fueron
a la casa a vigilarlo para que nadie lo asesinara. Y entonces, los del
otro bando, se fueron a cuidar al del partido contrario.
¿Por qué Centroamérica tan cerca y tan distante
a la vez?
Por la sangre india
¿Qué quisieras para tu país?
Un hombre con las manos limpias. Alguien que no se vuelva soberbio con
el poder ni lo contamine la corrupción.
¿Crees que el mayor problema de El Salvador es la corrupción?
Sí. No sé si lo sacamos de los europeos o de los indígenas,
aunque los mayas eran monopolistas. Querían los monopolios aunque
fuese eliminando, físicamente, la competencia. Pero, venga de
donde venga la corrupción, necesitamos un hombre con manos limpias.
¿Es difícil arreglar a los políticos?
Algunos de los mejores gobernantes de América Latina no han sido
políticos.
¿Le quitarías el poder a los políticos?
Sí. Totalmente.
¿Y qué gobierno querrías?
El de los mejores. El de los virtuosos. El de los connotados.
¿No sientes que El Salvador está muy cargado de odio?
Sí, porque esto es un círculo vicioso.
¿Y esto es histórico y es producto de otros factores?
Es histórico. Comienza con los cacicazgos. Los indios estaban
estratificados. Después llegaron los españoles y las estratificaciones
se volvieron más drásticas, más duras. El odio
es un mecanismo de defensa. Pero, también entre el odio pueden
existir amores increíbles.
Gobierno de virtuosos
¿Cuál personaje salvadoreño es tu héroe?
Un hombre sobre el que escribiría una novela. El ya murió.
Fue mi compañero de aventuras y de andanzas. Se llama Pedro Espinoza.
Era un loco genial. Tenía una creatividad increíble.
¿Cuéntame algo de él?
Una vez conocimos, en México, a una mujer de la clase alta salvadoreña.
Cuandos nos presentaron, ella nos dijo: Soy fulana de tal. Mi
tío es el presidente del banco tal. Mi primo es el dueño
de tales y cuáles empresas. Nos contó el árbol
genealógico y el de todas las riquezas de sus parientes. Cuando
terminó, se volvió donde Pedro y le preguntó: ¿Usted
de cuáles Espinoza es? Pedro se volvió y le dijo: Soy
huérfano de padre y madre.
¿Por qué los salvadoreños siempre hurgan en
el apellido de las personas?
Porque si te lo preguntan en la clase alta y no sos de un apellido que
pertenezca a ellos, entonces dirán que no tienes cabida ahí.
¿Fuiste muy bohemio?
Sí pero no bebía licor. Lo que sí hacía
era fumar, como dicen en Costa Rica, como una puta de cabanga, como
una puta con melancolía o nostalgia.
¿Has hecho de todo en tu vida?
Bueno hasta trafiqué drogas
¿Vendiste drogas?
Te estoy hablando de hace muchos años. Tenía 12 años
y pasaba marihuana de México a los Estados Unidos.
¿Y te pagaban bien por eso?
No muy bien. Simplemente comía.
¿Y qué te dio por jalar mariguana?
Fue una forma de comer. Estaba en una situación horrible y muerto
de hambre en Mexicali, una ciudad fronteriza con Estados Unidos. Los
traficantes se valían de los cipotes que andábamos en
las calles como limosneros.
¿Y como lo hacías?
Te daban un pequeño paquete para llevarlo a otro lado de la frontera.
Entregabas el paquete en una dirección determinada a un fulano.
Ese fulano te daba un plato de comida. Si cumplías, te daban,
comías. Si no, te jodías. A veces te daban de propina
un par de dólares. Yo aprovechaba esos dólares. Compraba
chicles y dulces. Los pasaba a México y vendía los chicles
y dulces al doble del precio.
¿Cómo ves la radio en El Salvador?
Va para atrás.
¿Por qué?
Se quedó atrasada, aunque quizá no va para atrás.
¿Y por qué la ves atrasada?
Por falta de creatividad y de talento.
¿Qué le falta a la radio?
Un poco de cariño.
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