29 de junio de 2003


CUATRO AÑOS DESPUÉS

Tierras sin futuro

Cantón Las Isletas cambió su patrimonio: de ser una vasta zona rica para el cultivo de caña, administrada por cooperativas, pasó a una expropiada, embargada, parcelada y abandonada planicie. El agro no tiene futuro aquí.

Texto: Víctor Hugo Dueñas
Fotos: Álvaro López
vertice@elsalvador.com

Gustavo Chacón es un hombre emblemático. Además del carisma y sencillez que desborda, a tono con su cuerpo, la vida le tejió un destino inusitado.

Desde que tiene memoria se dedicó a trabajar la tierra. Los últimos 50 años, los pasó manejando tractores.

Fue su pericia con estas máquinas lo que le hizo posible estar cerca del presidente de la República, Francisco Flores. Ocurrió hace cuatro años , exactamente el 25 de junio de 1999, en la pista de aterrizaje que todavía funciona en Las Isletas, cantón de San Pedro Masahuat, La Paz.

El mandatario reunió allí a más de 500 agricultores (la mayoría agremiados a cooperativas) para anunciar su propuesta de “dinamización” del agro nacional.

Chacón, como es conocido, llegó a bordo de un tractor, que sirvió para decorar el “escenario” donde se presentó el gobernante.

“Casi no oí lo que dijo. Al final me dejaron por el portón”, comenta entre pausas y resoplos. Quizá 72 años encima, sumados al volumen de su cuerpo, sean la causa directa de su parsimoniosa habla.

Pese a la dificultad para escuchar al presidente, Chacón aplaudió las noticias de rescatar la agricultura, y alimentó la esperanza de salvar a la cooperativa Santa Emilia, a la que debe su vida.

Santa Emilia fue una rica Hacienda algodonera con 497 manzanas de extensión. Con la quiebra del algodón se transformó en cañaveral, “aunque el algodón la gastó toda”.

Parte de la hacienda fue intervenida por el gobierno al implementarse la Reforma Agraria, en la década de los 80. Con el fracaso de la caña, una parte de la hacienda se dedicó al cultivo de maíz, ajonjolí, cacahuete. Pero todo resultó en fracaso.

Con cada pérdida crecieron las deudas a los bancos e instituciones crediticias. Aunque dice no recordar la cifra de la deuda, Chacón lamenta que se hayan vendido 200 manzanas para cubrir los empréstitos.

“Los intereses crecieron. Se remató todo”, dijo.

La tierra que no se vendió, fue parcelada entre los socios y sus familias. Simultáneamente, la cooperativa quebró y solo funciona con unos cuantos miembros.

Sólo recuerdos

Por costumbre, Chacón permanece en la oficina de la agonizante cooperativa Santa Emilia.

El edificio que ocupaban los socios huele a humedad, las telas de araña invaden paredes y techo; del mobiliario, sólo queda un viejo archivero, unas bancas con capacidad para acomodar a seis o siete personas y dos mesas, una de ellas donde aún se reúnen los directivos.

Manuel Ordóñez, es el presidente de la cooperativa, y José Antonio Gonzáles, el tesorero.

Ambos, junto al viejo Chacón, conocen las historias de Santa Emilia: los fracasos en los cultivos, las deudas, los intereses, los remates de las tierras para conseguir dinero y pagar los préstamos, los intentos de beneficiarse con los ofrecimientos del presidente para reactivar el agro, en fin... la vida y muerte de la cooperativa.

“Está dando las últimas (la cooperativa), mientras no se termine del todo, no se cancele del todo, estará viva, aunque no tenga nada”, expresa Ordóñez.

Gonzáles, el tesorero, frente a lo que parece inevitable, no volver a producir la tierra, expresa que se dedicará a la mecánica de vehículos, el oficia que dejó hace mucho tiempo.

“Yo tenía parcelas, pero con todo lo que ha pasado, con esta edad y todo jodido ya no puedo sembrar”, dice. Al repartirse las tierras que quedaban, las familias buscaron créditos para seguir los cultivos. Se dieron cuenta que los concedían de forma tardía; además, los insumos (abonos y semillas, entre otros) con el tiempo alcanzaron precios altos y la siembra dejó de ser rentable.

Por tradición, por el apego a la tierra, algunas familias cultivan granos básicos o vegetales, con los cuales obtienen algunos beneficios.

“Se ha ido bastante gente de aquí, también por el problema de la tierra”, sostiene Chacón.
Desde una de las dos habitaciones de la vieja oficina cooperativa, a través de una ventana, se observa una casa con paredes de lámina.

Allí vive el septuagenario, junto a su esposa Carmen Villalta, dos hijos; “Lencho” el gato y “Terri”, un chucho aguacatero, que debe su nombre a la “terrible cantidad de pulgas” que posee.

Doña Carmen trabajó en la hacienda y posterior cooperativa San José de Luna, contiguo a Santa Emilia. Ella peinó,
abonó y regó algodón.

“Soy cuyultiteca, pero tengo 22 años de vivir aquí”, dice.

La oficina cooperativa y la casa de los Chacón distan unos 30 metros. En ruta a la humilde vivienda el septuagenario comenta: “donde están esos pedazos de ladrillo, estaba el casco de la hacienda, que se cayó con los terremotos” de 2001.

“Como la tierra ya no da”, uno de mis hijos se fue a trabajar a una maquila, agrega.

- ¿Y el tractor? El que llevó al anuncio del presidente Flores, se preguntó al emblemático hombre.
- Ese se vendió. La cooperativa decidió venderlo... La misma crisis hizo que lo vendiéramos, dijo, siempre entre resoplos. Al tiempo que se apoyaba en su inseparable bastón.



CUATRO AÑOS DESPUÉS

“Pegaron el porrazo”

Santa Emilia, San Juan de Luna, San Felipe, Los Novillos, El Achiotal, Tihuilocoyo... Son algunas cooperativas agrícolas de cantón Las Isletas que perdieron la esperanza de recuperar la cañicultura o vivir directamente de la producción agrícola. En el mejor de los casos, las tierras se alquilan para que sigan produciendo.

José René Alfaro (Izquierda) y feliciano Rivas fueron directivos de la hacienda San Felipe, de la que se oferta el antiguo casco

A medida se platica con los más viejos residentes de Las Isletas es posible recrear la dura realidad que afrontan, junto a sus descendientes, luego que las tierras dejaran de explotarse.

Sólo San Juan de Luna, la hacienda contiguo a la Santa Emilia, poseía 2,200 manzanas de terreno.

Mientras que San Felipe y Los Novillos administraban, entre las dos, otras 900 manzanas aproximadamente (500 de Los Novillos). Santa Emilia, por su parte, abarcaba 497 manzanas.

Falta considerar los demás terrenos distribuidos entre cinco o seis cooperativas más.
Las antiguas haciendas en Las Isletas tienen historias similares: empezaron con algodón, pasaron a la caña y luego, con la caída de los sembradíos, y en un intento de seguirlas explotando, cambiaron a cultivos como el ajonjolí o cacahuate.

El destino de unas y otras se diferencia a partir de la Reforma Agraria, más conocida como la ‘toma’.

El impacto que causó la Reforma Agraria desencadenó un lento o, por el contrario, acelerado deterioro del sistema de producción, íntimamente ligado a la falta de un trabajo en equipo por parte de los agricultores.

Amén de los saqueos, hurtos y desfalcos cometidos por algunos directivos… Los adversos fenómenos naturales, la falta de lluvias, las malas cosechas y el poco dinero para seguir produciendo.

Poca oportunidad

Los habitantes de Las Isletas deben depositar en las maquilas sus esperanzas para salir adelante.

Con el sombrío destino de la actividad agrícola las nuevas generaciones en Las Isletas se dedican a actividades dentro de las maquilas o buscan empleos o subempleos en ciudades cercanas.
Parte de esa nueva y dura realidad de los residentes se expone en una monografía 2002, elaborada por el actual responsable de la Casa de la Cultura, Christian Walberto Vásquez.
El documento expresa que cantón Las Isletas está a 15.8 kilómetros al sur de San Pedro Masahuat, de donde depende de forma administrativa. Incluye los caseríos: Los Ranchos, San Felipe, Santa Emilia, Los Novillos y La Fortaleza. La población asciende a unos 11 mil habitantes.

Un fragmento
ELos cultivos tradicionales son el maíz, caña de azúcar, ajonjolí, el coco y sus derivados.
Algunas zonas son áridas, incluso, poco propicias para pastizales y cuido de ganado.
“El problema de las fuentes de trabajo es la inestabilidad que presentan y la corta duración para la caña... No hay garantía real de trabajo en la maquila, ya que depende de las ventas de la empresa y de la capacidad del individuo. Es necesario la creación de más fuentes de trabajo”, resume la monografía.

Llega la ‘toma’

Con la caída de las cooperativas se provoca, entonces, la fragmentación de las tierras, es decir, cada socio activo (y su núcleo familiar) se convirtió en propietario de parcelas, cuya extensión oscila entre una ‘tarea’ hasta dos o tres manzanas.

La mayoría de solares son conservados, ya sea porque vivan en ellos los ex cooperativistas o porque hayan sido arrendados a terceros.

Aunque también hay parcelas que han pasado a nuevos propietarios, luego de ser “rematadas” en ventas públicas. Se puede comprar una manzana hasta en 10,000 colones.

Con la fragmentación de las haciendas se cambia, por completo, la fisonomía de Las Isletas: especies de pasajes (con
una calle principal al centro y casas a ambos lados) comienzan a construirse.

En apariencia, el cantón está en pleno desarrollo. Sin embargo, la obligada separación del campesino y la tierra aún se resiente.

Las nuevas generaciones, que carecen de oportunidades para vivir de los cultivos, deben dedicarse a las más diversas tareas de sobrevivencia.

Juan Pablo Marinero, de 64 años de edad, dejó la agricultura para asumir el informal cargo de custodio. Sus servicios los presta exclusividad al viejo casco de la hacienda San Juan de Luna.

Una casona ennegrecida, de corredores amplios, rodeada de cocoteros es lo que queda de la “casa patronal”.
Añora los tiempos en que una sola familia administraba la hacienda, por lo que lamenta la llegada de la reforma agraria.
“Mil manzanas perdieron con la toma (reforma agraria)”, expresa.
Los problemas agrarios en San Juan de Luna alcanzaron los 14 millones de colones en deuda, por lo que debió venderse una porción de las tierras para conseguir dinero y pagar.

A la rebusca

Con la condonación de la deuda agraria el monto se redujo a unos tres millones aproximadamente.

“Gracias a Dios ya no se le debe al banco ni al ISTA (Instituto Salvado-reño de Transformación Agraria)”, sostiene Marinero.

Al preguntarle sobre algún beneficio recibido en los últimos cuatro años para reactivar el agro, don Juan Pablo asegura no haber recibido nada.

“Lo que es a esta cooperativa no le ha salido nada… El único que dio fue Duarte (Napoleón), él dio abono y fertilizante. Ha sido la única ayuda del Estado para los cultivos”, contó.
A unos kilómetros de allí, en San Felipe, don Feliciano Rivas, Juan Valle Marinero y José René Alfaro López tienen sus propias historias.

Más de 500 manzanas pertenecían a San Felipe.
Hace apenas dos años debieron venderse 115 (manzanas) para amortizar parte de la deuda agraria.
Después de vender y parcelar, queda una manzana de tierra, aproximadamente, y la vieja casona donde funcionó la cooperativa.

Don Feliciano, el más viejo de los tres hombre reunidos en el carcomido edificio sentencia: “La cooperativa está terminada ya… El casco (u oficina cooperativa) lo tienen en negocio. A ver cuando lo venden”.

Su compañero Juan es más radical: “en todo el sector no trabaja ninguna cooperativa”.
“El Cauca, El Achoital, Los Novillos, Tihuilocoyo (otras cooperativas) están topadas”, señala por su parte José.

Juan tiene esposa y cuatro hijos. Se convenció que “perdía” dedicándose al cultivo de la tierra, por lo que ahora trabaja en lo que puede: arregla techos, corta malezas y ofrece su habilidad como agricultor en épocas de siembra.

“Uno se forza para darle el estudio a los bichos… Uno ya anda en los 14, pero no, no va a trabajar de la tierra”, agrega.
José tiene esposa y dos niños. Al preguntarle sobre alguna iniciativa para conseguir préstamos y cultivar la tierra, responde no sentirse capaz para pedir a los bancos.

“Están muy elevados los (precios de los) insumos. Esas tierras para negocios ya no dan. Podemos quedar endeudados y nos pueden quitar hasta las casas”, advierte.

De acuerdo con los ex socios de San Felipe las tierras que son “rematadas” terminan para zonas de pastizaje.

Los Novillos tuvo 500 manzanas. Su todavía presidente cooperativo, Francisco Palacios habla de la venta de unas 20 manzanas para pagar parte de la deuda. El resto del terreno fue repartido entre los socios y cada uno se comprometió a vender una porción de la tierra recibida y el dinero lo entregó a la directiva para cancelar la totalidad del empréstito.
Se debía medio millón de colones a Procampo que los embargó. Además de las cuentas por pagar al Ingenio San Francisco, Sagrisa y BFA, entre otros, las cuales pudieron cubrirse por la condonación de deudas.
“Hoy no es rentable cultivar, no funciona”, señala Francisco.

Sobre alguna gestión crediticia realizada en los últimos cuatro años, el directivo, con un extraño acento entre el español e inglés, resume: “Son solo mentiras. Dicen que van a dar créditos pero nada… Es lamentable como estamos”.
En buena parte de Las Isletas el agro parece no tener futuro. Las quejas y la desesperanza abundan. Como dicen los campesinos todo porque las siembras “¡pegaron el vergazo!” (porrazo).

Para dinamizar el sector agrícola

Para dinamizar el sector agrícola

El presidente Francisco Flores visitó Las Isletas el 25 de junio de 1999. Estaba por cumplir un mes como el nuevo presidente de la República de El Salvador.


- El manejo que hizo a la huelga del sector médico, al final, desgastó a las dos partes en conflicto. Después de nueve meses, el sistema de salud sigue empantanado y sin soluciones.

Agro sin apoyo

- La crisis en los precios internacionales del café y la ausencia de una política agrícola ha colocado en la picota a los campesinos que no ven otra salida que vender sus tierras.

Incomunicación
- A juicio de los tres precandidatos la administración Flores ha hecho muy buenas obras, pero la falta de comunicación y divulgación de las mismas produce descontento ciudadano.


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