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OPINIÓN
El
loco Hugo y el apesadumbrado Fidel
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Parece que a Hugo Chávez esta vez lo van a poner
de patitas en la calle. Magnífica la labor de la Coordinadora
Democrática. Los demócratas de la oposición necesitaban
2,400.000 firmas para solicitar un referéndum con el cual revocar
su mandato y alcanzaron 3,600.000. Con Chávez, presumiblemente,
cuando consulten al pueblo soberano, también saldrán del
gobierno 27 legisladores oficialistas de un total de 33 que se mantenían
junto al teniente coronel.
Ese es un golpe demoledor que deslegitima totalmente al gobierno del
teniente coronel y su caótica revolución bolivariana.
Y la prueba de este impacto tremendo en las filas del poder fue la reacción
ensayada por el propio presidente, el vicepresidente José Vicente
Rangel, y el ministro Diosdado Cabello, plana mayor del aparato, quienes,
al minuto en que terminó el plazo para la recolección
de firmas, se apresuraron a asegurar que había sido un fracaso
pues apenas alcanzaron dos millones de rúbricas. A las pocas
horas, cuando advirtieron que era imposible sostener esa tontería
ante la atenta mirada de los observadores internacionales, se sacaron
de la manga un supuesto megafraude, versión que ni
siquiera Granma, el órgano oficial del Partido Comunista de Cuba,
se ha atrevido a defender.
¿Por qué la falta de entusiasmo del gobierno cubano con
Chávez tras el reafirmazo revocatorio? Según
los no tan secretos análisis de los servicios de inteligencia
de Castro, incluida la opinión del propio embajador en Caracas,
si no mienten los más recientes desertores -uno de ellos, el
periodista Uberto Mario Hernández se refiere a la fauna chavista
como una colección de drogadictos y cretinos-, el presidente
venezolano es un loquito locuaz y pintoresco rodeado de personas excepcionalmente
incompetentes. Gente con la que se puede montar un garito, una casa
de lenocinio o un campeonato de dominó, pero no una revolución
drástica y rigurosa, como Lenín manda, con sus paredones,
sus calabozos y sus obligados silencios. Ellos hubieran preferido al
vicepresidente José Vicente Rangel, un estalinista inescrupuloso,
superviviente de la Guerra Fría, pero la historia les deparó
al Loco Hugo, como los cubanos le llaman a Chávez
en privado.
¿Dictadura con Prensa libre?
Castro lo sabía y se lo advirtió al Loco Hugo: no se puede
instaurar una dictadura mientras exista prensa libre. No dijo, claro,
instaurar una dictadura. Castro es un hombre pudoroso con
las palabras. Dijo hacer una revolución, pero los
códigos de comunicación eran evidentes. Las revoluciones
son un espectáculo muy feo. Hay que hacerlas con la luz apagada
y mucho látigo. Era una vergüenza que en más de tres
años de gobierno sólo se hubieran producido unas cuantas
docenas de asesinatos extrajudiciales y el 95% de los medios de comunicación
continuaran en manos de la burguesía entregada a Estados Unidos.
Así no se puede. En Cuba, hace casi medio siglo, antes de integrarse
al glorioso campo socialista, en pocos meses pusieron el paredón
en marcha, confiscaron todos los medios de comunicación y encarcelaron
o exiliaron a una buena cantidad de periodistas. A partir de ese momento
todo fue coser y cantar.
El Loco Hugo se defiende como puede de estas acusaciones de incompetencia
revolucionaria o blandenguería, como le gusta decir
al coronel cubano Lázaro Barredo, un policía que funge
de periodista. Por supuesto que a él le encantaría fusilar
al amanecer a 400 venezolanos enemigos de la patria. ¿Cómo
se pueden poner en duda sus instintos leninistas? ¿Acaso no dejó
sobre el pavimento medio millar de cadáveres durante su asalto
al palacio de Miraflores en 1992? El problema es que no puede. No tiene
fuerza. Sus enemigos no le temen. No cuenta con la confianza del ejército.
Su partido político, el Movimiento Quinta República, es
un saco lleno de gatos hambrientos. Sus legisladores carecen de formación.
Las tres cuartas partes de la estructura de poder se dedica a saquear
los fondos públicos. A él le hubiera encantado cancelar
el reafirmazo, pero ¿cómo hacerlo con el estado
general de debilidad de su gobierno? Nadie lo iba a acompañar
en esa aventura: ni Gaviria, ni Carter, ni siquiera Lula, que ha dejado
en claro que sólo aceptará el cumplimiento de las leyes.
Castro, en fin, que es un hombre realista, y que está acostumbrado
a los fracasos internacionales, se prepara para la peor de las noticias:
la salida del poder del Loco Hugo dentro de cuatro meses. Para esos
fines sus órdenes son clarísimas: tratar de ordeñar
la vaca bolivariana hasta la última gota de petróleo.
En lugar de 53 000 barriles diario, parece que ya está recibiendo
70 000, que es algo más de la tercera parte de lo que consume
la isla. Luego intentará aumentar la cifra a 100 000. Rebañará
todo lo que pueda, incluidos los ceniceros. Simultáneamente,
sus agentes comienzan a rehacer viejos contactos con la izquierda marxista
que, paradójicamente, está en la oposición a Chávez.
Su mensaje, sotto voce, es muy claro: Chávez ha sido un
decepcionante fracaso, pero eso no invalida nuestro proyecto revolucionario.
La intención es muy clara: tratará de mantener el subsidio
petrolero venezolano tras la desaparición de su incompetente
aliado. No lo va a lograr.
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