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ESPECIAL
EL
CUENTO DESPUÉS DE LA GUERRA
SAQUEADORES
Y LIBROS
Si
la visita a Nayaf y Kerbala fue un retroceso al Irak medieval, la mañana
que paso en la Universidad Nacional de Bagdad me encara con la versión
más moderna y progresista de la sociedad iraquí.
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Muchachos y muchachas alternan en los patios, los pasillos
y las aulas con absoluta naturalidad y muchas chicas andan destocadas
y con los brazos al aire, aunque la mayoría se cubre los cabellos
con el velo islámico. Lo único que todavía recuerda
Las mil y una noches en Bagdad son los ojos de las bagdadíes.
Es día de graduación y reina una atmósfera festiva
y bulliciosa. Promociones enteras se fotografían bajo los árboles,
con ramos de flores y sus profesores en el centro del grupo, y al son
de una música alegre, desparramada por los jardines a través
de parlantes, grupos de chicos bailan, cantando a voz en cuello, jaleados
por las chicas. Morgana se mueve entre los bailarines, como pez en el
agua, y es muy bien acogida. La atmósfera es amistosa, alegre
y confiada. (Pero, a la mañana siguiente, en esta cafetería,
un soldado norteamericano que conversaba con varios estudiantes fue
asesinado de un balazo en la cabeza por un individuo que fugó).
Estoy en la Facultad de Lenguas, que tiene cerca de cinco mil estudiantes,
ochocientos de los cuales pertenecen al Departamento de Español.
Gozan de buenos profesores, sin duda, pues invado un par de clases donde
mantengo un diálogo animado, en el que participan los estudiantes
de ambos sexos, con una curiosidad ávida por todas las cosas
de España. En cambio, de América Latina saben poco. El
local está en estado ruinoso en razón de los saqueos,
pero nadie lo diría a juzgar por el excelente buen humor de los
universitarios.
Los profesores acaban de cobrar sus sueldos de abril, con dos meses
de atraso. Las convulsiones de estos tiempos han hecho que los salarios
experimenten delirantes reajustes. Quienes antes cobraban el equivalente
de 5 dólares al mes (siempre estuvieron mal pagados, pero desde
la guerra del Golfo y el embargo internacional los sueldos se fueron
a pique) ahora han recibido 250. Sin embargo, el Rector ya les anunció
que esta cantidad será rebajada el próximo mes a 165.
Nadie sabe por qué estas subidas y bajadas tan arbitrarias ni
tampoco cuánto durará este voluble sistema que refleja
la caótica economía del país. Lo único claro
es que los profesores universitarios iraquíes viven con dificultad
de lo que ganan y por eso tantos se van a enseñar a Libia, Jordania
o los Emiratos del Golfo donde los salarios son altos.
Sueñan democracia
Es un placer conversar con el Decano de la Facultad de Lenguas, el grueso,
crespo y exuberante doctor Dia Nafi Hassan, especialista en literatura
y lengua rusa y experto en Chékoj y en Turgueniev. Su despacho
es un horno y está prácticamente vacío, porque
todo en esta Universidad -y en las cinco universidades bagdadíes-
fue saqueado y quemado al caer la dictadura el 9 de abril, de modo que
se quedaron sin ventiladores, escritorios, sillones, ordenadores, archivadores,
carpetas, libros, y entre paredes tiznadas, ventanas rotas y sin vidrios,
y pasillos y escaleras desbaldosados. Acaso más grave, se quedaron
también sin registros de las matrículas, calificaciones
y expedientes de los alumnos, devorados por las llamas. "La Universidad
de Bagdad, como todas las instituciones, ha recuperado una condición
virginal", bromea el decano. Pero ese huracán de barbarie
que devastó la Universidad como los hunos de Tamerlán,
"los hijos del Infierno", devastaron la antigua Mesopotamia
en el siglo XIV indiferentes a la civilización que produjo las
maravillas artísticas e intelectuales de Nínive y Babilonia,
no ha hecho la menor mella por lo visto en el buen humor y el optimismo
de colegas y alumnos del doctor Dia Nafi Hassan, quien, exultante, me
revela que, como un anticipo de lo que ocurrirá pronto en todo
Irak, la Universidad de Bagdad ya se ha encargado de poner en marcha
la democracia. Hace poco hubo elecciones y aquí, en la Facultad,
él fue llevado al decanato por 42 de los 52 votos emitidos. Está
orgulloso de la legitimidad de su mandato. Su entusiasmo parece compartido
por los demás profesores presentes.
La destrucción
Espera que lo que ha ocurrido aquí ocurra pronto en Irak. Que
los propios iraquíes tomen las riendas, sin la tutela de "extranjeros"
(léase norteamericanos). Y que éste sea un país
libre y democrático, como lo son los países europeos occidentales
-menciona a Francia, España e Inglaterra-, dotado de un Estado
laico, tolerante con todas las creencias, y entre ellas, claro está,
la del Islam, que es la suya. Cuando le pregunto si no podría
ocurrir aquí lo que en Argelia, donde, a comienzos de los años
90 se convocaron las primeras elecciones más o menos libres de
su historia independiente, y resultó que iban a ganar los fundamentalistas,
que, luego de alcanzar el poder gracias a la democracia, habrían
acabado con ésta e instalado una teocracia, el decano me lo niega,
gesticulando con absoluta convicción. "Aquí nunca
ganarán unas elecciones libres los fanáticos", me
asegura. "Aquí la gran mayoría de los musulmanes
somos personas civilizadas, abiertas, de espíritu democrático".
Yo deseo ardientemente que así sea. Pero es evidente que hay
un buen número de fanáticos sueltos por ahí, pues
los mismos profesores de la Facultad me cuentan que algunos de los asaltantes
que participaron en el saqueo y vandalismo que destruyeron este local
y carbonizaron las bibliotecas -visito las de ruso y alemán,
convertidas en cenizas, sin que un solo libro o revista se salvara de
las llamas- y las oficinas de la Facultad, dejaron también en
las paredes lemas integristas maldiciendo esta casa del mal y del infiel.
¿Quiénes eran estos saqueadores que han dejado más
heridas, rencores y cólera en los iraquíes que los bombardeos
de la coalición? No exagero si digo que en las decenas de diálogos,
charlas y entrevistas de estos días no he escuchado a un solo
iraquí lamentar la caída de Sadam Husein, quien claramente
era detestado por la gran mayoría del pueblo que esclavizó,
y que, por el contrario, todos, o casi todos, parecen celebrarla. Ni
siquiera he escuchado muchas lamentaciones por las víctimas de
los bombardeos. Pero, si en algo hay unanimidad, es en abominar de los
espantosos saqueos que siguieron a la caída del dictador y que
han convertido a Bagdad y, al parecer a buen número de ciudades
y pueblos de Irak, en ruinas, casas desventradas y quemadas, altos de
escombros por doquier, y a una inmensa cantidad de ciudadanos esperanzados
con el fin de la dictadura fueron ellos quienes derribaron las
estatuas del dictador y han pintarrajeado y raspado sus imágenes
por doquier- en gentes que han perdido todo lo que tenían, sus
muebles, sus recuerdos, sus viviendas, sus ropas, los ahorros que escondían
en sus hogares por temor a que en los bancos se los confiscaran. Todos
se preguntan: "?Por qué los norteamericanos se cruzaron
de brazos?" "?Por qué no los pararon?". Es un
misterio todavía sin respuesta. Había cientos, miles de
soldados en las calles que hubieran podido atajar con energía
desde un primer momento a ese enjambre enloquecido de Ali Babás
que como una nube de langostas hambrientas arrasó con Bagdad
y otras ciudades iraquíes, a lo largo de varios días,
sin que aquellos intervinieran. Hasta ese momento, habían sido
recibidos por muchos iraquíes como libertadores, pero, a partir
de los saqueos, la simpatía se trocó en frustración
y hostilidad.
Sin ley ni orden
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Una de las explicaciones para el vandalismo es la abundancia
de delincuentes comunes sueltos en Irak por orden de Sadam Husein. ¿Cuántos
eran?. Entre treinta y cien mil. Las cifras jamás coinciden y
alcanzan a menudo extremos fantásticos, como ocurre siempre en
los países que carecen de una información libre y la gente
se guía por conjeturas o pálpitos. Sin duda, buena parte
de los estragos provino de esas masas de delincuentes lanzados a hacer
de las suyas en ese país sin ley y sin orden que Sadam Husein
quiso legar a la posteridad.
Fueron causados también por pandillas de agentes, torturadores
y funcionarios del régimen empeñados en hacer desaparecer
todo trazo de sus fechorías. Pero, también, fue inevitable
que las circunstancias volvieron Ali Babás a muchos benignos
ciudadanos a quienes, viéndose de pronto sin mordaza y sin censuras,
en un mundo sin trabas y sin ley, se les despertó el salvaje
sin frenos, ávido de violencia, que todos llevamos dentro, y
a quienes el entorno incitó a dejar sentada su frustración
y su protesta de la manera más feroz, o a tomarse la venganza
tantas veces anhelada, la posibilidad de arreglar las cuentas pendientes
con aquel vecino, colega, pariente, litigante, adversario, en tanto
que el fanático vio llegada la hora de castigar a los pornógrafos
y a los degenerados, a los envidiosos a vengarse de los envidiados,
y, en general, a un pueblo humillado, maltratado, atemorizado y enajenado
por 35 años de autoritarismo a darse un baño de brutalidad
y libertinaje purificadores, como en las grandes fiestas dionisíacas
que comenzaban como un canto a la felicidad y terminaban en sacrificios
humanos y suicidios masivos. Todo esto es comprensible, después
de todo. Pero no lo es que las fuerzas que ocuparon Irak y que habían
preparado esta guerra con tanta minucia y perfección tecnológica
a juzgar por la velocidad con que fue ganada y la precisión
matemática de los bombardeos- no lo previeran ni hicieran nada
para conjurarlo.
Todo esto me lo explica, en su florido italiano, el Arzobispo Fernando
Filoni, Nuncio Apostólico de Su Santidad, que lleva dos años
en Bagdad. Es pequeño, astuto, acerado, locuaz, y experto en
emergencias. En Sri Lanka y Teherán ha tenido un excelente entrenamiento
para venir a éste hervidero de tensiones que es Irak. "El
Santo Padre estuvo contra esta guerra porque sabía lo que iba
a pasar me dice, con su boca sin labios y haciendo una mueca de
lástima-; muy fácil ganarla, pero dificilísimo,
luego, administrar la paz". La Nunciatura es una casa sencilla,
de orden y limpieza maniáticos, un insólito remanso de
paz en esta ciudad.
¿Una buena tragedia?
La dictadura destrozó literalmente a una sociedad que hace cuatro
décadas había alcanzado un elevado nivel de cultura, con
hospitales y universidades que eran las más modernas del Medio
Oriente y profesionales a la altura de los mejores del mundo. En los
cincuenta, Bagdad tenía un nivel cultural y artístico
que era la envidia de sus vecinos. El Baaz y Sadam Husein acabaron con
todo eso. Hubo entonces una verdadera hemorragia de médicos,
ingenieros, economistas, investigadores, maestros e intelectuales a
los cuatro rincones del mundo. (Mientras lo escucho recuerdo que, cuando
venía a Irak, en mi escala de Amman, un diplomático arraigado
ya años en Jordania, me dijo: "Para este país, la
tragedia de Irak ha sido una bendición: los músicos, los
artistas, los intelectuales más destacados aquí, son emigrados
iraquíes".) La censura, la represión, el miedo, la
corrupción y el aislamiento fueron empobreciendo culturalmente
a este país hasta dejarlo en los mínimos en que está
ahora. Por eso había tanta ilusión de la gente común
con la liberación. Un espíritu cordial recibió
a los norteamericanos, se diga lo que se diga. Pero con los saqueos
y la total inseguridad que reina desde entonces, esa simpatía
se ha vuelto antipatía y rechazo. "No hay que ver en ese
sentimiento amor a Sadam Husein, sino odio al caos y a lo precaria que
se ha vuelto la vida".
Monseñor Filoni cuenta que el miedo a los robos y asaltos, y
a los secuestros y violaciones, ha creado una verdadera psicosis. Muchas
familias han dejado de llevar a los niños a las escuelas, apenas
salen de sus casas, y, ya que no hay policía, retienen las armas
que los norteamericanos les piden entregar, para defenderse de los atracos.
El Nuncio no parece muy optimista sobre las posibilidades de que surja
de todo esto una democracia moderna en Irak. Hay muchas tensiones sociales,
total inexperiencia política en el pueblo, falta de práctica
democrática y demasiada anarquía en el país para
que el proceso democratizador pueda llevarse a cabo en poco tiempo.
En el largo plazo, quizás. Pero, muy, muy largo. Sus palabras
repiten casi literalmente lo que le escuché, en Ammán,
a aquel amigo: "Lo más que puede esperarse para Irak, con
un criterio realista, es una democracia tutelada y relativa, a la manera
de Jordania. Aquí acaba de haber elecciones y no salió
ni una sola mujer elegida. Pero, por disposición de la ley, habrá
seis mujeres en el Parlamento, pues se ha establecido un cupo femenino.
Los islamistas sólo han obtenido el 17 y medio por ciento de
los votos, un triunfo para el régimen del rey Abdalah. Pero,
si no hubiera sido por una ley electoral ad-hoc, inteligentemente concebida,
que impide presentar candidatos por listas cerradas, los extremistas
islámicos hubieran alcanzado un porcentaje mucho mayor. De otra
parte, los jefes de tribus, que deciden el voto de masas de electores,
son más machistas e intolerantes que los propios islamistas.
Para mí, un sistema como éste es lo mejor que podría
pasar en Irak."
Cuando le digo a Monseñor Filón que amigos iraquíes
me han asegurado que el caso de Tarek Aziz, católico, Ministro
de Relaciones Exteriores y cómplice de Sadam Husein no fue excepcional,
que hubo muchos miembros de las comunidades católicas que simpatizaban
con la dictadura, y entre ellos incluso un alto jerarca de la Iglesia,
niega con la cabeza. Los católicos de Irak, me explica, un millón
aproximadamente, es decir un 5% de la población, divididos en
distintas ramas caldeos, que en su liturgia utilizan aún
el arameo, la lengua de Cristo, asirios, armenios, latinos-, en los
primeros años del régimen se sintieron protegidos, porque
el Baaz se proclamaba laico e impuso un sistema donde coexistían
todas las creencias.
Nace la fe
Pero, desde la guerra del Golfo el laicismo se extinguió. Sadam
Husein utilizó el Islam para ganar apoyos en los Estados musulmanes
y se proclamó el portaestandarte de la fe en lucha contra los
infieles enemigos de Alá. Surgió una estricta censura
religiosa, el régimen alentó el uso del hijab o velo islámico,
la situación de la mujer sufrió un duro retroceso, en
la televisión y la radio se impuso como obligatorio leer fragmentos
del Corán y presentar a clérigos y teólogos y,
consecuentemente, la inquietud cundió en las comunidades católicas.
Hubo, incluso, algunos aislados hechos de violencia religiosa que provocaron
pavor. El Nuncio me cita el asesinato de una monja, Sor Cecilia Mouchi
Hanna, de 71 años, en agosto de 2002, acuchillada por tres jóvenes
que, al parecer, fueron también amnistiados cuando Sadam Husein
decidió vaciar las cárceles. "Los católicos,
como todas las minorías, están más interesados
que nadie en que haya en Irak un sistema democrático que garantice
la libertad de cultos. Pero esto no se conseguirá sin cierta
autoridad y firmeza".
La primera vez que Monseñor Filoni vino a Irak no había
la libertad que hay ahora, pero al menos había orden y cierta
seguridad. La gente, recuerda, en esta época del año,
de calor tórrido, subía sus colchones a las azoteas y
dormía allí, contemplando las estrellas. ¿He visto
yo las estrellas del cielo de Bagdad? Le confieso que, ocupado por los
asuntos terrenales, no lo he hecho. Debo hacerlo sin pérdida
de tiempo, me aconseja, aprovechando esos apagones que dejan toda la
ciudad en tinieblas. Allá arriba, en esa bóveda entintada,
las estrellas refulgen con una fuerza y una limpieza que incitan irresistiblemente
a pensar en Dios. Acaso fueron esas noches estrelladas de esta antiquísima
Mesopotamia las que, en los albores de la vida, inauguraron los diálogos
del hombre con la divinidad. "La leyenda dice que aquí nació
Abraham, en Ur, ¿lo sabía? Acaso aquí, entre el
Tigris y el Éufrates, no sólo nació la escritura,
también la fe.".
25 de Junio/6 de Julio de 2003
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