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ESPECIAL
EL
CUENTO DESPUÉS DE LA GUERRA
FREJOLES
BLANCOS
Kais
Olewi es un iraquí de 37 años, apuesto y fortachón,
con una cicatriz como una culebrita en la frente, que sufre una indisposición
cada vez que ve sobre una mesa un plato de esas judías blancas
que los peruanos llamamos frejoles.
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Se debe a algo que le ocurrió hace dieciocho
años, pero que permanecerá en su memoria hasta que se
muera y, acaso, después.
Tenía entonces 19 años y un buen día cayó
preso en una de esas redadas de estudiantes que llevaba a cabo, ritualmente,
la policía política de Sadam Husein. Lo llevaron a la
Dirección Central de la Seguridad, (la Mukhabarat), en Bagdad,
y, a la mañana siguiente, antes incluso de haber empezado a interrogarlo,
comenzaron a torturarlo. Era, también, una rutina. Lo colgaron
de los brazos, como a un cordero para que se desangre, y, al poco rato,
mientras comenzaban a hacerle preguntas, le soltaban descargas de electricidad
con unos electrodos que activaba, apretando un botón, el jefe
de los tres policías que compartían con Kais el estrecho
sótano en penumbra. Recibía las pequeñas descargas,
de manera acompasada, primero en las piernas. Luego, los alambres fueron
subiendo por su cuerpo hasta alcanzar los puntos más sensibles:
el ano, el pene y los testículos.
Lo que Kais Olewi recuerda de aquella mañana -la primera de muchas
parecidas- no son sus presumibles aullidos de dolor, ni aquel olorcillo
de carne chamuscada que emanaba de su propio cuerpo, sino que, a menudo,
sus torturadores se olvidaban de él, enfrascándose en
conversaciones personales, sobre sus familias o asuntos banales, mientras
Kais Olewi, suspendido en el aire, medio descoyuntado y convertido en
una llaga viva, quería perder el sentido de una vez, pero no
lo conseguía. Al medio día les trajeron a los tres policías
su almuerzo: una fuente de frejoles blancos humeantes. Kais tiene muy
presente todavía aquel tufillo sabroso que se le metía
por las narices, mientras oía a los tres hombres discutir sobre
cuál de los cocineros de la Dirección Central de la Mukhabarat
preparaba mejor ese potaje. De tanto en tanto, y sin dejar de masticar,
el esbirro jefe salía de su distracción y se acordaba
del colgado. Entonces, como para lavar de remordimientos su conciencia
profesional, apretaba aquel botón y Kais Olewi recibía
el relámpago en el cerebro. Desde entonces, no puede ver ni oler
los frejoles blancos guisados sin que se apodere de él un vértigo.
Kais Olewi fue condenado a prisión perpetua, pero tuvo suerte,
pues sólo pasó ocho años en la cárcel de
Abu Ghraib, del 87 al 95, en que, gracias a una amnistía, salió
libre. Desde la caída de Sadam Husein, es uno de los ex presos
políticos iraquíes que trabaja como voluntario en esta
organización que visito, la Asociación de Prisioneros
Libres. Ocupa una ruinosa y enorme mansión en la Cornisa de El-Kadimía,
un malecón a orillas del río Tigris donde los bagdadíes,
en épocas más sosegadas, acostumbraban venir a pasear
en las tardes, cuando el sol, antes de acostarse, enrojecía el
cielo.
Eclipse rojo
Lo que ahora enrojece este lugar son los carteles con las fotos de los
millares de desaparecidos en los años de la dictadura. Algunas
imágenes -las de los prisioneros de caras destrozadas por los
ácidos- son apenas resistibles. Todas ellas se encontraron en
los expedientes que la Mukhabarat guardaba de sus víctimas, buena
parte de los cuales desaparecieron por desgracia en los incendios provocados.
Pero la Asociación de Prisioneros Libres, que empezó a
funcionar inmediatamente después de la caída de la dictadura,
ha recogido en todas las dependencias policiales y de los demás
organismos represivos todos los documentos relativos a la represión
que no fueron destruidos. Una espesa muchedumbre atesta pasillos, habitaciones,
escaleras, donde los voluntarios, en escritorios improvisados o en sus
rodillas, sobre tableros de fortuna, rellenan formularios, establecen
listas de nombres, cotejan fichas y tratan de atender a los innumerables
vecinos muchas mujeres entre ellos- que acuden aquí pidiendo
ayuda para localizar a los padres, hijos, sobrinos, hermanos, que un
día aciago, hace equis tiempo, se eclipsaron de la vida como
si una magia poderosa los hubiera hecho desaparecer.
Hay otras organizaciones de Derechos Humanos que hacen un trabajo similar
en Irak, pero esta Asociación es la más grande. Tiene
filiales en las 18 provincias del país, con excepción
de Ramadi, y, aunque escaso, recibe apoyo internacional y del CPA (Coalition
Provisional Authority) que dirige Paul Bremer. Su función principal,
ahora, es ayudar a los parientes a localizar a los desaparecidos y proveerlos
de una documentación que les permita presentar querellas y pedir
reparaciones al gobierno iraquí (cuando éste exista).
La Asociación cuenta también con un grupo de abogados
voluntarios, que prestan asesoría a los familiares de desaparecidos
que acuden a este local. Converso con uno de ellos, Ammar Basil, que
me cuenta algunos casos espeluznantes que le ha tocado dilucidar, como
el fusilamiento de un niño recién nacido, hijo de una
pareja de médicos opositores a Sadam Husein a la que infligieron
el suplicio de presenciar el infanticidio antes de ejecutarla también.
Testigo clave
El Vice-Presidente de la Asociación de Prisioneros Libres, Abdul
Fattah Al-Idrissi, me asegura que, por exagerado que parezca, el número
de asesinados y desaparecidos desde que el Partido Baaz dio el primer
golpe de Estado y comenzó la irresistible ascensión de
Sadam Hussein en 1963, oscila entre cinco y seis millones y medio de
personas. Es decir, algo así como el veinte por ciento de la
población de Irak. "Ni Hitler tiene un récord semejante",
dice. Acostumbrado a las fantaseosas cifras que escucho por doquier
en boca de los iraquíes, no le digo que me parece improbable.
Pero no importa, estas exageraciones son más locuaces que los
datos objetivos que nunca se conocerán: ellas expresan sobre
todo la reacción desesperada de un pueblo impotente frente al
horror vertiginoso que se encarnizó con él y que nadie
podrá nunca documentar con exactitud, sólo por vagas aproximaciones.
La represión golpeó a todos los sectores, etnias, clases
sociales, religiones, pero, sobre todo, a kurdos y chiíes. Víctimas
privilegiadas fueron los intelectuales profesores, escritores,
artistas- medio por el cual Sadam Husein un ignorante funcional,
pese a sus ralos estudios de Derecho, en El Cairo, donde estuvo exiliado-
sentía una desconfianza particular. El Vice Presidente de la
Asociación me dice que, de un estudio de 1500 casos, se desprende
"que el régimen se había propuesto acabar con todas
las personas cultas del país. Porque la proporción de
gente educada y con títulos entre los asesinados y desaparecidos
es enorme". Aldeas, barrios enteros, clanes, familias, fueron desaparecidos
en operaciones de exterminio que muchas veces ocurrían sin motivo
aparente, en períodos en que Sadam Husein gozaba de dominio absoluto
y de servidumbre popular abyecta, en un país enfermo de terror.
Era, dice Abdul Fattah Al Idrissi, como si, presa de un súbito
ataque de paranoia homicida, el déspota decidiera de pronto una
rápida matanza como un escarmiento preventivo generado por algún
pálpito o pesadilla macabra. Sólo así se explica
la alucinante aglomeración de víctimas, en que aparecen
sacrificadas familias enteras, en las fosas comunes que se han ido descubriendo
en los últimos meses. Otras veces, las matanzas colectivas tenían
un objetivo preciso: por ejemplo, arabizar enteramente la región
petrolera de Kirkuk desarraigando a la fuerza a las poblaciones kurdas
mediante exterminios colectivos para reemplazarlas por comunidades suníes,
o castigar a la mayoría chií por su rebelión de
1991. Todos los locales del Baaz en provincias servían como casas
de torturas, pues las oficinas de la Mukhabarat eran insuficientes.
Las torturas más frecuentes a los prisioneros eran la corriente
eléctrica, arrancarles ojos y uñas, colgarlos hasta descoyuntarlos,
quemarlos con ácidos, y, pegoteándoles el cuerpo con algodones
embebidos de alcohol, convertirlos en antorchas humanas. Cuando se informaba
a los familiares de la muerte de la persona, algo poco frecuente, se
le alcanzaba un parte de defunción que invariablemente atribuía
el deceso a "una meningitis".
La Asociación tiene un tesoro: un testigo ocular de una de estas
alucinantes matanzas, que ocurrió en Tuz, una aldea al norte
de Bagdad, en el rumbo de Kirkuk. Era conductor de autobús y
éste fue requisado por la policía, junto con él.
Así, el chofer fue un actor pasivo de toda la operación.
Circulando por distintas aldeas, vio cómo su vehículo
era repletado con familias enteras, esposos acompañados de abuelos
y niños, que acarreaba la policía de toda región.
Con su carga humana fue dirigido por los hombres de mano del Baaz que
dirigían el operativo a un descampado en las afueras de Tuz.
Allí había ya miles de personas, a las que descargaban
de camiones, camionetas y autobuses como el suyo, policías y
militantes del partido, y a los que, de inmediato, ponían a cavar
un pozo alargado en forma de trinchera. El testigo dice que él
llegó allí a las cuatro de la tarde y que la ocurrencia
duró toda la noche. Cuando el pozo estuvo lo bastante hondo,
los policías y milicianos baazistas se pusieron máscaras
antigases y le embutieron también una a él, que estaba
paralizado de pavor.
Al estilo nazi
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A culatazos o disparos empujaron al pozo excavado a
la despavorida multitud, a la vez que con ella arrojaban cilindros de
gas tóxico. Al amanecer, todo había terminado. Entonces,
el conductor fue despachado por los asesinos sin agradecerle los servicios
prestados y recomendándole discreción. La poza ha sido
localizada ahora. Es una de las muchas que van apareciendo, en todas
las comarcas de Irak con, a veces, cuatro o cinco mil cadáveres
cada una. "Más que fosas eran trincheras" precisa Abdul
Fattah Al-Idrissi. Y, también, que en ciertos casos las víctimas
no tenían la suerte de ser gaseadas, porque los baazistas preferían
enterrarlas vivas.
Esas fosas que se descubren ahora atraen a miles de personas que vienen
a ver si entre esos restos que vuelven a la luz a testimoniar sobre
el horror del reciente pasado de Irak, descubren a sus deudos desaparecidos.
Una de esas parejas que desde el mes de abril recorre el país
en busca de los huesos de un hijo que se hizo humo hace doce años
son dos ancianos, ella muy enferma, a los que, me dice su hija, sólo
mantiene vivos la ilusión de recuperar los restos de ese ser
querido. Es la señora Al Sarrat, a quien visito en una frágil
y humilde casa de madera, erigida sobre pilares,
también en el barrio de El-Kadimía. "Mi vida son
35 años de dolor", afirma, sin llorar, con una cara que
parece de esparto: dura y como disecada por la desesperación.
Es una mujer sin edad, sumergida en la negra abaya que sólo le
deja la cara al descubierto, y flanqueada por sus dos hijas, muy jóvenes,
veladas también, y que a lo largo de toda la entrevista permanecen
inmóviles y mudas, como estatuas trágicas. La habitación
es muy modesta y calurosa, atestada de retratos, y desde las ventanas
hay una vista majestuosa del Tigris.
"No podíamos respirar, orar, porque las desgracias nos caían
una detrás de otra. Primero, fue uno de los muchachos más
jóvenes de la familia. Era estudiante de bachillerato y firmó
una lista en la que se pedía dinero para costear el entierro
de un compañero difunto. Alguien mandó esa lista, que
era un mero gesto de caridad, a la Seguridad. Todos los muchachos fueron
arrestados y condenados a diez años de cárcel, como conspiradores.
Algunos, perecieron en prisión".
Otro de los hermanos de la señora Al Sarrat era militar. Fue
tres veces herido en los ochos años de la guerra con Irán.
"Un héroe ¿no es verdad?" Pues un día
lo detuvieron, delatado por alguien de querer fugarse del Ejército,
delito que, cuando no pena de muerte, además de cárcel
acarreaba que al culpable le arrancaran una oreja. La familia se enteró
de esto por rumores, pues nunca recibió información alguna
en sus múltiples averiguaciones en centros oficiales. Nunca más
volvieron a tener noticias de él.
Poco después de esta segunda desgracia, sobrevino la tercera.
El padre fue arrestado y desapareció en la noche de la dictadura.
Tres años después, un desconocido alcanzó a la
familia un trozo de papel: "Vayan a la cárcel de Abu Ghraib",
la cárcel de las afueras de Bagdad escenario de las peores torturas
y asesinatos políticos. Allí estaba su padre, al que pudieron
visitar cada cierto número de meses, por pocos minutos. Lo soltaron
seis años después, tan misteriosamente como lo habían
capturado. Nunca le dijeron por qué lo detuvieron.
Finalmente, le tocó al hermano menor, que desapareció
cuando el levantamiento chií de 1991, aplastado por el régimen
en una orgía de sangre. Fue soldado durante la guerra en Kuwait.
La última vez que alguien lo vio estaba de servicio, en uniforme,
en Nayaf. Desde entonces no han sabido nada de él y es a este
desaparecido al que los padres de la señora Al Sarrat buscan,
en su peregrinaje doloroso, por las fosas comunes que se descubren dispersas
por la geografía de Irak.
Al despedirme, medio aturdido por ese baño de sufrimiento y salvajismo
que ha sido mi mañana, en vez de hacerle a la señora Al
Sarrat la venia consabida con la diestra en el corazón, le alargo
la mano. Ella me mira, alarmada.
Como si no hubiera tenido ya bastante de barbarie, en la tarde, en el
Hotel Rimal, en el que he venido a refugiarme traicionando la hospitalidad
de los amigos de la Fundación Iberoamérica-Europa por
unas miserables horas de aire acondicionado que por fin me permiten
dormir algo, tengo una conversación con una funcionaria de la
oficina de las Naciones Unidas, que acaba de sumirme en la depresión,
y que, estoy seguro, me deparará esta noche una pesadilla.
Me refiere una investigación hecha por Americas
Watch , todavía sin hacerse pública y a la que ella ha
tenido acceso, sobre el tema de las violaciones y raptos de mujeres
cometidos en Bagdad desde que se desató la anarquía, el
9 de abril. Este es un tema tabú porque, para la moral tradicional,
una mujer violada es en la sociedad iraquí un baldón que
deshonra a toda su familia y, en vez de compasión y solidaridad,
merece repudio y odio. Ella ya sabe que su vida ha terminado, que nunca
contraerá matrimonio, y que en su propia casa será objeto
de exclusión y escarnio. Para lavar la afrenta, no es raro que
el padre o alguno de los hermanos, le dé muerte. La justicia
fue siempre considerada con estos medievales "asesinatos cometidos
para lavar el honor" y sus autores recibían sentencias simbólicas,
de apenas tres o cuatro meses de cárcel. Americas Watch
ha reunido 25 testimonios de niñas, jóvenes y mujeres
secuestradas y violadas en Bagdad por los forajidos y que, por razones
obvias, se resisten a denunciar el delito de que han sido víctimas.
No sólo porque ahora no hay policías y tribunales que
funcionen, sino, sobre todo, porque, aun cuando los hubiera, los trámites
y humillaciones infinitas que debieron sufrir las heroicas mujeres que
se atrevieron a hacerlo en el pasado, no consiguieron resultado práctico
alguno. Sólo exponerlas al desdén y a las vejaciones de
la opinión pública y a la hostilidad aún mayor
de la propia familia. Por eso, según el informe de Americas
Watch, las niñas y mujeres violadas tratan desesperadamente de
ocultar lo que les ocurrió, avergonzadas y con remordimientos,
como si, en efecto, ellas fueran las únicas culpables de su desgracia.
Ahora comprendo mejor por qué, en las puertas de la Universidad
de Bagdad que visité ayer, había tantas madres de familia
esperando a sus hijas para llevarlas de vuelta a su casa, como si fueran
niñitas de parvulario.
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