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PIEDRA
DE TOQUE
La
decadencia de Occidente
Mario
Vargas Llosa
vertice@elsalvador.com
En plena guerra fría hice un viaje en barco de
Barcelona a Lima, que duraba veinticinco días maravillosos, de
lecturas y tranquilidad. Me hice amigo del capitán, un veneciano
culto o irónico, a quien pregunté una tarde qué
representaba la marina italiana en el contexto mundial. Calcúlelo
usted mismo, me repuso, con una sonrisa. Todo el presupuesto
de nuestra armada equivale al de un solo portaviones de Estados Unidos.
No sé si esta comparación es válida, pero la anécdota
me ha estado rondando mientras leía el libro de Robert Kagan
Of Paradise and Power, que acaba de ser publicado en español
con el título de Poder y Debilidad (Taurus). Su autor fue funcionario
del Departamento de Estado, asesor del presidente Reagan y es ahora
uno de los directores de la Fundación Carnegie para la Paz Internacional.
Según Kagan, Estados Unidos y Europa Occidental tienen en la
actualidad visiones del mundo, de la política y ambiciones que
divergen de manera radical y, por lo tanto, es una ficción seguir
sosteniendo que existe entre ambos una comunidad de valores e interes
semejante a la que los unió cuando se enfrentaban a Hitler y
al nazismo. Desde la posguerra, Europa habría ido renunciando
gradualmente a la política de poder -que Kagan llama
hobbesiana- en nombre de una política de negociación,
apaciguamiento y multilateralismo que podría desembocar algún
día en el mundo de paz y legalidad previsto por Kant (la opción
kantiana). Al renunciar a su tradición imperial y hegemónica,
Europa, consecuentemente, ha ido reduciento su presupuesto de defensa,
que, en la actualidad, raspan los 180 billones de dólares, en
tanto que los de Estados Unidos se acercan a los 400 billones. Luego
del 11 de septiembre, se han incrementado y no es imposible que lleguen,
en un futuro próximo, a los 500 billones.
La explosión de pacifismo que ha vivido Europa con motivo de
la guerra de Irak no es, a juicio de Kagan, un sobresalto circunstancial,
sino la secuela lógica de una política que, de manera
sistemática, han aplicado los gobiernos democráticos de
Europa desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, un periodo en el que,
gracias a esta renuncia a las políticas de poder,
las sociedades europeas experimentaron una prosperidad y modernización
extraordinarias. Confiando el gasto bélico mayor y la responsabilidad
primordial de su defensa a Estados Unidos en los años de la guerra
fría, Europa pudo construir generosos sistemas de protección
social e invertir masivamente en infraestructura, reconstruir y modernizar
sus industrias, desarrollar su educación y lograr importantes
progresos en la investigación tecnológica y científica.
Gracias a todo ello, los ciudadanos europeos tienen unos niveles de
vida y unas oportunidades que jamás conocieron en su historia.
Ahora bien, dice Kagan, Europa pudo progresar así en este medio
siglo de paz gracias a que los Estados Unidos, que siguieron armándose
y resistiendo las pulsiones expansionistas de la URSS, le cuidaban las
espaldas y garantizaban su seguridad.
El gigante y la agenda propia
De todo ello ha resultado este mundo actual, en el que el poderío
militar de los Estados Unidos -que practica resueltamente una política
de poder y aspira a imponer un orden internacional que convenga
a sus intereses- es inigualado e inigualable en un futuro próximo,
y una Europa que, en coherencia con su elegida situación de potencia
militar de segundo orden y una agenda propia en la que la primera prioridad
es el mantenimiento de la paz que le ha sido tan auspiciosa, ve en los
Estados Unidos un gigante cuya ilimitada fuerza y vocación intervencionista
constituyen un riesgo que debe ser frenado, una función que para
países como Francia y Alemania compete como primera prioridad
a la Unión Europea.
Kagan no es antieuropeo; su ensayo está lleno de
respeto y admiración por la Europa de las luces, como, por lo
demás, lo demuestran los prototipos de su nomenclatura (Hobbes
y Kant). Pero, a su juicio, en política la realidad debe prevalecer
sobre la fición y la realidad presente es que, a diferencia de
los Estados Unidos, la Europa posmoderna no quiere ni tiene los medios
para liderar el mundo y para enfrentar militarmente los
peligros que amenazan a Occidente (desde el terrorismo internacional,
el integrismo islámico y los Estados bribones tipo Irak, Libia
y Corea del Norte, hasta, mañana, una China Popular magnificada
por el éxito económico, su potencia militar y su predisposición
hegemónica). Que haya entre los dos pilares de Occidente una
divergencia tan radical no implica, según él, que ambos
estén condenados a la confrontación. Podría haber
en el futuro entre Europa y Estados Unidos una colaboración amistosa,
siempre y cuando aquélla no pretenda contrarrestar las políticas
de poder de éste, sino, más bien, las asista y complemente,
impregnándoles un matiz propio (por ejemplo, articulándolas
dentro del sistema de las Naciones Unidas, como intentaron hacerlo Gran
Bretaña y España con motivo de la crisis de Irak).
En todo caso, dice Kagan, mostrando cifras, si no ocurre así
y Europa persiste, a la manera de Francia y Alemania, en una política
de oposición a Estados Unidos, la superpotencia puede
continuar impertérrita su marcha hobbesiana, pues, en términos
prácticos, como aliada o como adversaria, Europa es, para Estados
Unidos, tan prescindible ¡como el Pacto Andino!
Este análisis produce angustia porque muestra que la ley de la
jungla sigue presidiendo las relaciones internacionales, incluso dentro
de la sociedad de naciones, que tienen por denominador común
la libertad y la legalidad. ¿Es exacto el análisis de
Kagan? No estoy seguro de que la sociedad norteamericana sea tan unánime
y granítica en su apoyo a esas políticas de poder,
como asegura, tratando de establecer una identidad de acciones diplomáticas
-aunque con distinta retórica- de los gobiernos demócratas
y republicanos.
Los objetivos geopóliticos que él diseña para Estados
Unidos requieren un armamentismo tan sistemático y costoso que,
probablemente, tarde o temprano golpearían con tanta dureza los
bolsillos de los contribuyentes, que la opinión pública
exigiría un cambio de politica. Y tampoco me parece cierto que
en Europa haya una hostilidad tan generalizada contra Estados Unidos
ni un pacifismo tan extremo que llegue a ponerla de rodillas frente
a cualquier Estado-bribón o al terrorismo internacional.
Después
de la guerra
Estos esquemas, me parece, delatan más deseos que realidades.
Pero es, sin duda, cierto que, acostumbrada a los altos niveles de vida
que ha logrado, la opinión pública europea dificilmente
aceptaría renunciar al Estado de bienestar y pagar más
impuestos -ya los paga altísimos- para que los gobiernos incrementen
sus gastos militares. Afortunadamente es así.
En buena hora renunció Europa a las políticas de
poder, que hubiera convertido al Viejo Continente en un polvorín
nuclear de ciudadanos subdesarrollados y que ello la induzca a orientar
su diplomacia a favor de la negociación, los consensos internacionales
y la paz. Pero de allí a que la vieja Europa, aletargada
por la complacencia consumista y el Estado dadivoso, haya perdido tanto
nervio y convicción democráticos como para, el día
de mañana, dejarse arrollar por cualquier sátrapa equipado
con cohetes o armas químicas es ir demasiado lejos en el pesimismo.
Si la Unión Europea sale adelante -la guerra de Irak ha sembrado
de nuevos escollos el camino, pero no lo ha cancelado-, su sistema de
defensa, sin necesidad de arrastrarla a una inútil competencia
militar con los Estados unidos, debería inmunizarla contra ese
riesgo, aceptando aquella distribución del trabajo estratégico
que certeramente describe Kagan.
La alianza atlántica, mellada en estos días por la torpe
manifestación oportunista de antinorteamericanismo de los Gobiernos
de Chirac y Schoeder, deberá restablecerse en el futuro, cuando,
apagados los ecos de la guerra de Irak, y sacando Europa las conclusiones
pertinentes del alborozo con que millones de iraquíes han celebrado
la caída de Sadam Husein, tome conciencia de lo indispensable
de aquella alianza para su seguridad, en un mundo todavía lleno
de acechanzas y riesgos para los países democráticos.
¿Es verdad que los Estados Unidos pueden prescindir de Europa
sin que ello les signifique una merma importante en el ámbito
militar o en el económico? Tal vez. Pero yo creo que no en el
político. Sin la alianza con Europa Occidental -y el freno amistoso
en el campo internacional que ella implica-, lo más precioso
que tiene el coloso del Norte, esa cultura democrática a la que
debe el poderío que la ha convertido en la superpotencia mundial,
sufriría un deterioro y, acaso, su desplome. Algo de este peligro
asoma en los sótanos del terso ensayo de Robert Kagan, cuando
explica tranquilamente por qué los Estados Unidos tienden a desconfiar
cada vez más de las Naciones Unidas, y se niegan a encuadrar
sus políticas dentro de instituciones internacionales como el
Acuerdo de Kioto sobre el Medio Ambiente o la Corte Penal Internacional.
Un unilateralismo semejante puede erosionar las instituiciones y deslizar
a Estados Unidos por una pendiente que destruya el Estado de Derecho.
Es verdad que Estados Unidos es una sociedad democrática, pero,
por el rígido camino de las políticas de poder,
esa democracia crispada, beligerante y arrogante, podría entrar
en bancarrota más pronto que tarde. Porque la democracia no implica
sólo que haya elecciones y funcione el equilibrio de poderes
y la libertad de expresión para consumo interno; también
que en el entramado de las relaciones con los demás países
prevalezca la misma suma de valores, libertades y derechos que constituyen
la cultura de la libertad.
Eso no quiere decir que, en nombre del remoto ideal kantiano de una
paz universal, una democracia deba volverse vulnerable al terror o al
chantaje de las tiranías con armas nucleares. Pero si el pragmatismo
y la fuerza son el único motor de sus gobiernos, una democracia
deja pronto de serlo y, aunque conserve un exterior de país libre,
convertirse internamente en una sociedad autoritaria.
La alianza del superpoder con la vieja Europa, cuna de la libertad y
la legalidad a la que debe el mundo lo mejor que le ha pasado, es, precisamente
ahora que los Estados Unidos son un superpoder sin competidores cercanos,
la mejor manera de mantenerse en la buena tradición de Washington
y Jefferson, que exaltó tanto Tocqueville, y no irse -por la
arrogancia y la ceguera del poder omnímodo- dejando contaminar
por la naturaleza del enemigo con el que justifica la prepotencia y
los excesos. El realismo hobbesiano sólo es justificable como
una transitoria necesidad en el áspero camino hacia el ideal
kantiano de un mundo pacificado y solidario, coexistiendo en el marco
de la ley y la libertad.
© Mario Vargas Llosa, 2003.
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