27 de abril de 2003

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TIERRA ARRASADA

El rostro de la crisis

Niños curtidos víctimas de la desnutrición, hombres que deambulan por las calles y mendigan empleos, mujeres jefes de hogar con la desesperanza al hombro. La crisis del café tiene múltiples rostros... Vértice recorrió el occidente y oriente del país para retratar las difíciles condiciones de vida de los miles que sufren (y sufrirán) el derrumbe de la caficultura nacional. Lea a continuación, las historias.

Wilfredo Hernández
vertice@elsalvador.com

POBREZA Y DESNUTRICION. Los niños son las víctimas inocentes de la crisis. Los índices de desnutrición infantil alcanzan niveles alarmantes. Foto: EDH//Alvaro López.

Las zonas cafetaleras de Ataco, Apaneca y Tacuba esconden un drama con nombre y apellido: pobreza y desesperanza.
Con nombres de hombres curtidos al sol entre las plantaciones olvidadas, con nombre de niñas que aprendieron a ser mujeres cuando apenas sabían leer y escribir, con nombre de niños desnutridos y con un futuro más escabroso que los caminos que llevan hasta sus caseríos.

En esos lugares, la crisis del café se ha llevado todo, hasta la esperanza.
Familias acostumbradas a vivir a expensas de lo que conseguían cada temporada de las cortas de café, ahora ven cómo, poco a poco, el olvido en el que están las fincas les quita la oportunidad de darle a sus hijos un mejor futuro.

Sólo así se explica la baja escolaridad en la zona. “¡Qué va a ganar con el estudio!”, dice un lugareño que no quiso identificarse mientras observa a su vástago, de unos ocho años, que ayuda a recolectar la leña que servirá para calentar los frijoles, hacer la sopa de hierbas y echar las tortillas, la dieta diaria de estos lugareños. “Suficiente que sepa leer y escribir”, remata con determinación.

De ahí que parezca un espejismo el ver a niños recorrer todo el cerro -unas dos horas a pie- para asistir a clases. Sin embargo, sólo les alcanza para llegar al tercer grado o, los más afortunados, hasta el quinto.
Después de eso, los varones se dedican a las pocas tareas que les demanda el campo y las niñas, a ser madres. Es común ver a mujercitas que no aparentan tener más de 15 años cargando y amamantando a sus hijos por los caminos de los caseríos. Ahí, el juego está prohibido para los infantes. No existe.
En esos lugares, el infierno se esconde tras un rostro paradisíaco. Desde lo más alto del cerro de Tacuba se puede ver un hermoso paraje verde y, a lo lejos, la costa pacífica.

Pero hay que meterse cafetal adentro para oír las verdades de los jornaleros.
En sus declaraciones, los colonos, los que cortan -o cortaban- el cultivo para los otrora poderosos cafetaleros de la zona, cuentan la historia de sus sufrimientos y constante zozobra.
Se lamentan de la crisis, pero al mismo tiempo, y con curiosa resignación, aceptan el poco trabajo y la exigua remuneración, que en ocasiones consiguen, apenas y alcanza para mal comer o “para que la familia no se muera de hambre”.

Y los lamentos no vienen sólo de parte de los jornaleros. También están en sintonía con las declaraciones de sus autoridades.
“La verdad es que Tacuba es un municipio donde no hay pobreza, sino extrema pobreza. En los últimos años, y a consecuencia del terremoto, eso vino a generar un mayor índice de miseria. Da lástima ir a un cantón donde los niños están comiendo tortillas con sal, desnudos”, dice José Moisés Abarca Flores, alcalde municipal de Tacuba, mientras su mirada se detiene en un papel que dobla y desdobla entre sus manos.
La declaración del edil no está alejada de la realidad. La situación económica de esos pueblos es en extremo alarmante.

Y más aún cuando la economía de estos municipios ha girado siempre en torno a la producción del café. Ahora, el sueldo de cada quincena (apenas 200 colones) es tan esquelético como las mismas plantaciones.
La ayuda ha llegado del extranjero. Según el alcalde de Tacuba, algunas ONGs están ejecutando proyectos de huertos caseros en los caseríos de colonos, además de la crianza de pollos, “para que la alimentación sea un poco más sustentable”.

MADUREZ PREMATURA. El tiempo no alcanza para ser niño. La necesidad de los hogares exige responsabilidades desde muy temprana edad. EDH//Alvaro López.

Heridas profundas

Vivir del café ha dejado de ser dulce, ahora tiene amargos sinsabores.
Por eso, preguntarle a los lugareños sobre la crisis del cultivo es como echar sal a una herida que se resiste a sanar para no volver jamás.
Ojos llorosos, voz entrecortada, a veces de cólera, a veces de impotencia, anteceden las declaraciones.
“Al pobre lo molestan con los grandes tareas y le pagan una miseria. Para el mozo no hay nada, no tiene ningún consuelo, ningún alivio, se mata trabajando y no le alcanza ni para la comida. El sueldo es poco y todo está caro”, sostiene Florencio Antonio Urquilla, de 70 años, residente de Ataco.

Él, al igual que José Pérez Sandoval, de 75 años, ha vivido siempre de las cortas del café.
Pérez Sandoval vivió la época de bonanza y también sufrió los días malos en su natal Ataco. Pero los actuales, dice, ni se los imaginaba.

“Desde que no valió el café hemos estado sufriendo porque no hemos ganado nada. Antes era bueno vivir del café; hoy casi no gana uno. Aquí llegaron a haber fincas que contrataban hasta 80 trabajadores, ahora lo más son 30 jornaleros, sólo los colonos trabajan”, dijo mientras luchaba por cortar las gruesas raíces de un árbol plantado en medio de un predio, que antes fue cafetal, que la municipalidad de Ataco le ha cedido para que construya una champa donde vivir. El colonaje pasó al olvido.
Junto a él, más de una veintena de residentes en el Valle Shucutitán, de Ataco, luchan a tajo partido por limpiar su futuro hogar.

“El café no vale. Los ricos mejor no trabajan las fincas. Antes trabajábamos en el café y ganábamos hasta 130 colones diarios. Cuando el precio estaba bueno se pagaba mejor la arroba; ahora que los precios ya no sirven, ni cortar quieren los ricos. Ellos dicen que porque el café no vale nada y que no les salen los gastos. Entonces la gente vive toda jodida aquí, porque el que no tiene otro trabajito, se tiene que rebuscar para comer”, dice don “Neco”, quien ahora trabaja como guardia privado en San Salvador.

A su lado está Luis Bran, de 30 años, colono en una de las pocas fincas que medio trabajan las plantaciones. “La crisis nos ha afectado porque es de lo que vivimos, aquí nos ha dado duro. Nosotros desde pequeños hemos trabajado del café y aquí nos ha pegado duro, ni para pagar nuestras jaranas en las tiendas tenemos, ‘contimás’ dónde vivir”.
A las plantaciones de café en esa zona del occidente del país ya le pasaron las horas más dulces. Hasta antes de que el cultivo entrara en una profunda crisis, el café fue la columna vertebral de la economía ahuachapaneca.
Según estimaciones del Consejo Salvadoreño del Café (CSC), la producción cafetalera nacional experimentó, en este año, su nivel más bajo en cuatro décadas, y esto debido a la poca atención que se le dio a las fincas en todo el territorio.

En los últimos cuatro años, la producción descendió de los 3.5 millones de quintales de café oro, a poco más de 1.7 millones de quintales. Y de esto, los más perjudicados son los trabajadores.
A la par de la crisis, el empleo en las zonas cafetaleras también ha caído. Para el pasado período cafetalero (2002-2003) se emplearon poco más de 48 mil trabajadores, cuando en la década de los 90, el rubro demandaba aproximadamente 150 mil empleos anuales.

Sólo sobrevivir


“Hay fincas que sólo la ‘peina’ se les ha dado. Antes se trabajaba con 15 personas, ahora sólo se han empleado cinco y éstas hacen todo el trabajo. El precio de la tarea lo pagaron a seis colones, en invierno, y eso no alcanza ni para la comida. Desde hace dos años ha sido bastante crítico esto”, dijo Daniel Zepeda, secretario de la directiva de la Comunidad Shucutitán, una aldea de ex colonos que se han asentado en un predio cedido por la municipalidad de Ataco.

Bran lo pone de una manera más gráfica: “antes ganábamos 600 colones quincenales; pero, ahora, con la baja del café, la gente ha estado ganando 200 colones. Esto, para cubrir los gastos de nuestro hogar, no alcanza”, sostiene.
La única esperanza que tienen los jornaleros es emigrar o esperar la ayuda de familiares en el exterior o de los que están trabajando en otros pueblos. Sin embargo, hasta ésta les es huidiza.
“¿Cómo nos vamos a ir de aquí?, si es lo único que sabemos hacer y, además, ni ‘pisto’ tenemos para pagar un viaje hasta Estados Unidos”, se preguntó un residente en el cantón Cincuyo, de Tacuba, mientras su esposa calentaba una sopa de hierbas en un caldero ennegrecido.

Las hierbas son lo único que le arrancan al campo, eso, algunos esqueléticos animales de corral que corretean por los contornos de la vivienda y -de vez en cuando- frijoles, es la dieta diaria por estos lugares.
Los colonos ya aprendieron a vivir con la desesperanza de un futuro mejor. Ellos mismos aceptan que del café ya no se puede vivir, que al grano se le pasó el tiempo de bonanza.
“Se pasa mal porque con lo que se gana apenas alcanza para comer y uno no tiene ni para comprar un par de zapatos, antes sí alcanzaba para eso y otras cositas. Ahora traigo leña y consigo mis trabajitos por ahí”, expresó Raúl Arias, de 70 años, mientras su mirada se pierde entre los cafetos que poco a poco pierden la batalla contra la maleza, enfrente de su casa.

La tristeza ha llegado hasta los “patios” donde antaño se secaba el café que iba a ser enviado a los recibideros. De éstos ya no queda más que el recuerdo. Ahora se enmohecen en el abandono, el mismo en el que se sienten los lugareños.
A los jornaleros ya no les queda ánimos ni de confiar en los ofrecimientos del presidente Francisco Flores de tramitar créditos de avío, el escepticismo aparece de nuevo en sus rostros.
“Dicen que van a dar créditos, pero éstos van a beneficiar a los grandes cafetaleros, nosotros no vamos a ver nada de eso”, dice Bran con un dejo de amargura.
“Si el gobierno nos mandara ayuda, trabajara con nosotros, otra cosa sería, pero él está apoyando a la empresa y a nosotros nos ha dejado en el olvido, como que no existiéramos. Como somos los últimos del rincón del país”, se queja.

DESESPERANZA. Las mujeres sufren la peor parte de la crisis del café. Resignadas son testigos del desempleo de sus maridos y la migración de sus hijos. EDH//Alvaro López.

El relevo

Ahora llegó el tiempo del turismo. Este ha relevado al café como motor de la economía de los tres pueblos ahuachapanecos.
Sin embargo, el 90 por ciento de la tierra sigue siendo cafetal, sólo un 10 por ciento es trabajada y la producción es destinada a la exportación. Apaneca, Ataco y Tacuba han aunado esfuerzos para fortalecer el turismo en la zona.
El ‘gancho’ para atraer visitantes es el agradable clima y los manantiales que abundan en el sector.
El ecoturismo empieza a dar frutos en los dos primeros sitios, pero las condiciones de vida no se han modificado. Falta mucho camino por recorrer, dicen los ediles.

A pocos kilómetros de la actividad turística, miles de hombres viven cada temporada cafetera añorando tiempos mejores, en casas de lámina, algunos sin agua potable, luz eléctrica, letrinas y las más de las veces sin voz.
Tampoco tienen la seguridad del trabajo, pese a que se dejaron la piel en las plantaciones de café durante toda su vida. El café ahora les huele mal. A pobreza.

Cada vereda que lleva a las míseras viviendas de los colonos y jornaleros descubre una historia de sufrimientos.
Más adentro de los cafetales, la realidad golpea fuerte. Cada día que pasa en las plantaciones, es un triunfo en la lucha por la supervivencia de los jornaleros.

Los más afortunados consiguen trabajos lejos de sus hogares. Cada temporada de cortas, el éxodo es manifiesto. Buscan un lugar donde su mano de obra es mejor remunerada.
El año pasado la emigración fue con rumbo a los cafetales de Santa Tecla. Al menos ahí pagaban mejor la arroba de grano cortado.

“Aguantamos frío, pero la paga estaba mejor que aquí y daban la comida”, dijo una lugareña de Ataco.
Dejan las casas solas mientras dura la temporada y se largan con la preocupación de no encontrar sus pertenencias al regreso.
Por fortuna, la delincuencia no golpea fuerte en esos lugares. “Como no hay nada que robar”, dice don Neco con determinación.
La Policía lo confirma. Según la Oficina de Comunicaciones de la corporación, las denuncias de actos delincuenciales en esos sectores son casi nulas.

Otras alternativas

Las municipalidades hacen esfuerzos por paliar la crisis económica en los hogares de los jornaleros.
Cada proyecto de los gobiernos locales absorbe cuadrillas de lugareños, que son contratados alternadamente por quincena en la ejecución de éstos.
Mientras dura el proyecto, unos 250 lugareños tienen trabajo de empedrado de calles urbanas y rurales, o según sea el tipo de obra, durante 15 días. La otra quincena le llega el turno a otro tanto de residentes. Las mujeres, por su parte, son contratadas para la limpieza del pueblo.
Pero el esfuerzo no alcanza. Los beneficios no llegan hasta los alejados valles de los pueblos, se quedan en el casco urbano.

Allá donde la crisis golpea fuerte, la gente vive cada día con la pobreza como compañera.
En medio de la soledad y el silencio del campo, cada historia es un vivo ejemplo de sobrevivencia. Donde las mujeres tienen un lugar especial.

Ana Odilia Rosales es una de ellas. Viuda desde hace más de un año -su esposo murió ahogado mientras buscaba el sustento de los suyos- ahora se rebusca para criar a sus cinco hijos en el cantón Cincuyo, de Tacuba. Cada mañana sale rumbo al pueblo a trabajar de doméstica mientras su hija mayor, de 15 años, se queda al cuidado de la casa.
Y su vecina, Edith Silva Mendoza, de 27 años, hace lo posible por que le alcance lo poco que lleva su esposo para sostener el hogar, conformado por sus dos pequeños hijos, la mayor de siete años.

El último sol del día alumbra los olvidados cafetales. Cada tarde, los escabrosos caminos que llevan a los caseríos se llenan de hombres que caminan con la desilusión a cuestas rumbo a sus casas; ahí les esperan los suyos, sus compañeros de infortunio.
A pesar de la situación que viven en estos pueblos, algo sí tiene claro los lugareños. “Aquí no valen los partidos, sino la necesidad de la gente”, dijo una lugareña de Shucutitán mientras limpiaba su futuro hogar.



TIERRA ARRASADA

Tradición perdida

La zona norte de Usulután es otro de los lugares castigados por el empobrecimiento que genera la improductividad de los cafetales. La tradición que durante décadas alimentó a los pobladores de la zona ahora es historia.

Iván Gómez/Fotos:Alvaro López
vertice@elsalvador.com

POBREZA Y ESPERANZA. Muchas fincas de Usulután están en el abandono ante el bajo perfil de sus propietarios sobre el futuro del grano rojo. Foto: EDH//Alvaro López.

Un tímido pero certero fuego amenaza con acabar la maleza de un predio ubicado en las afueras de la población de Santiago de María, Usulután.
Supone ser un día como cualquier otro, donde la quema es parte de la tradición errada del campesino de preparar la tierra para la nueva siembra. Esta vez, sin embargo, la quema representa una historia aparte. Una historia compartida por muchos de los pequeños caficultores de la zona que no han logrado levantar cabeza desde hace cuatro años o más. Todo debido al derrumbe del café y la consiguiente crisis social de desempleo.

Se han buscado otras opciones, como la migración; pero todas parecieran estar empecinadas en mantenerse en la mala racha.
En la maleza, apenas se puede ver entre el débil humo, tierra negra y piedras, unos cuantos granos de café. Algunos de ellos llegan expulsados por el viento hasta el ardiente asfalto de la carretera. El hule de las llantas darán la última sentencia, como un mal presagio del que también han observado los cortadores tradicionales del grano.

Más allá del pequeño cerro, un solitario cafeto de menos de un metro de altura, es el único testigo que ha quedado de la corta del fruto. Ha quedado como testimonio que un día muchas personas encontraban el sustento en ese lugar.
“Esa finca era de los Mauricios, se la expropiaron el año pasado y hoy a saber que van a sembrar, aunque creo que no están interesados en hacerlo. Tendrán que invertir mucho dinero y por acá es lo que más hace falta ”, dice José, mientras espera pacientemente su turno -bajo el sofocante sol- para llenar su cántaro con agua de un grifo público situado frente al cerco de lo que fue una de las propiedades que, por años, dio sustento a su familia de siete miembros.

El joven recuerda aún la última corta. En ese momento no logró entender el destino de las próximas cosechas, quizá porque entonces tenía ocho años.
“Ese diciembre me propuse cortar más arrobas porque quería estrenarme ropa nueva para ir a pasar el 24 a donde una tía que había venido de los ‘estados’. La suerte fue que ella me regaló ropa”, señala.

A esa finca también llegaban en tiempos de corta, decenas de familias de cantones cercanos a Santiago de María. Esa ocupación mantenía a un ochenta por ciento de la población que ahora casi alcanza las 28 mil personas. Hoy apenas un 20 por ciento tiene suerte. El resto ha tenido que buscar otras alternativas para sobrevivir. Los más arriesgados han tratado con o sin suerte de buscar un futuro mejor en los Estados Unidos.
Unos han regresado años más tarde con la suerte en sus manos. Otros, se limitan a comentar la pesadilla vivida cuando intentaron cruzar el famoso río mexicano.

Algunos han preferido quedarse en la ciudad o buscar mejor suerte en San Miguel o en la capital.
Sobre el destino de los ex propietarios de la solitaria tierra, el adolescente no sabe casi nada, apenas recuerda del decir de la gente, de quienes presume, se marcharon montaña adentro o a San Miguel para buscar mejor suerte.
“Nadie ha sabido de ellos, quizás tienen pena que la gente se ría de ellos por haber perdido la finquita que era en realidad muy buena”, señala.

La mala suerte ha llegado a tocar las puertas de algunas autoridades como la alcaldía de Santiago. De alguna manera esperan que exista algún proyecto en la comuna que les permita tener un poco de suerte, aunque sea por unos meses.
Y es que la ciudad ha sido doblemente golpeada en los últimos años.
Primero, la crisis del café que ha llegado hasta el cierre de varios beneficios y el abandono de fincas de café que durante antes fueron la carta de presentación del lugar.
El otro golpe sufrido llegó por el lado de la naturaleza. El terremoto del 13 de enero destruyó casi el ochenta por ciento del pueblo y con ello las esperanzas de alcanzar mejores condiciones de vida.

Tanto las calles como el parque central son lugares de paso, como que nadie quisiera detenerse.
Y los que lo hacen tienen en sus labios las mismas palabras de desdicha de aquellos que se mantienen encerrados en sus casas las que tienen aún la huella de la naturaleza.
Las calles parecen guardar el recuerdo de los camiones que se conducían llenos del ‘fruto rojo’ con dirección al beneficio.

Pero a unos tres kilómetros de la fresca ciudad, con dirección al ahora predio quemado, un angosto y casi intransitable camino conduce tierra adentro, al cantón Cerro Verde.
Son los senderos por donde se escuchó, años atrás, el paso de los camiones que trasladaban el café.
La maleza aún no ha logrado borrar los rastros en donde se almacenaban los sacos del producto recién cortado, a la espera de ser trasladado al beneficio.

El lugar es el mismo predio desolado de costumbre. Pero eso es común desde siempre, pareciera pensar que la gente está en la plena faena de la corta o del deshierbe o la limpieza y poda.
La diferencia de hoy es que en las calles polvorientas no quedan los rastros de los madrugadores o de los granos de café tumbados por el movimiento de los camiones.
Eso hace pensar que, aunque se trata del mismo sendero, su historia es diferente.
Apenas, después de media hora de camino vehicular, se divisa a una familia que va cargada con unas pequeñas ramas que les servirán para atizar el fuego.

En el camino también se alcanza a ver las casas abandonadas de los colonos, quienes ahora se han mudado a las zonas urbanas debido a la falta de trabajo.
A unos cuarenta y cinco minutos de trayecto, la mayoría cuesta arriba, está el cantón Cerro Verde, donde también es posible recopilar las negras historias que dejó el café.

EL SUSTENTO DIARIO. La mujer hace lo que puede en estos lugares. Mientras el hombre se rebusca para llevar el sustento diario, ella se queda al cuido de la casa y los hijos. Foto: EDH//Alvaro López.

A la rebusca

La calle se abre paso a un predio cargado de polvo y completamente desyerbado.
En un punto de la calle se encuentra un grupo de campesinos. Cargan machetes los que antes usaron para la limpia de los cafetales. Ahora, sin embargo, los usan con otro fin: la limpia de una pequeña parcela para la construcción de viviendas. Diez serán las primeras a edificar.
Las obras son parte de un proyecto de Cruz Roja suiza junto con el Programa Mundial de Alimentos (PMA) y la alcaldía de Santiago de María, con 78 familias del lugar, sensiblemente afectadas con los pasados terremotos.
El trabajo de los campesinos no es remunerado, aunque sí será compensado por alimentos que obviamente cubrirán parte de sus necesidades básicas.

El proyecto tiene doble función, el de ayudar a los más afectados por los sismos y a la vez hacerle frente a la difícil condición de vida que ha dejado el derrumbe del café.
En la construcción de casas trabajan unas treinta personas, niños mujeres y hombres. Todos en comunidad y solidaridad.
María Ofelia Gómez, de 62 años de edad, ha vivido los últimos 20 en la propiedad de los Castellanos, junto a su esposo.

En los últimos años vivió allí también con su único hijo José Alberto.
Tiempo atrás, el trabajo en los cafetales era el que les permitía salir adelante y esbozar un futuro promisorio.
Sin embargo, con el paso de los años la vida se puso difícil y la paga se gastaba casi de inmediato debido a lo caro de la vida. Ya no hubo tiempo para pensar en el ahorro.

Doña María recuerda que el trabajo en los cafetales les posibilitó dar los estudios a José Alberto hasta noveno grado. En las temporadas de vacaciones ‘Josesito’ se integraba a las labores del campo.
A sus 22 años cumplido, el hijo de doña María ha tenido que emigrar.
A falta de dinero, no logró avanzar más allá del noveno y como él hay muchos más.
El poco trabajo en las fincas dejó de ser oportunidad de vida para los pobladores.
Ante el escaso trabajo en las fincas, María ha tenido que separarse de su hijo quién emigró en busca de mejor suerte económica.

“Se fue a trabajar de vigilante en Santiago, prácticamente ahora él nos sostiene”, señala la sexagenaria.
Con relación al reciente anuncio del presidente de la República frente a la crisis del café, María no está muy clara, apenas escucha algunos comentarios de la gente cuando va de compras al pueblo.
Aún así le satisface que exista una posibilidad de esperanza para recuperar las buenas épocas del café.
“Acá pocos nos enteramos de las noticias. He escuchado a la gente de Santiago que el gobierno trabaja para una salida a esta crisis. Dios quiera que se resuelva porque no sabemos para donde ir ya que acá no se nos da trabajo en las fincas”.

De las 78 familias que residen en el cantón, al menos 30 son dueños de una pequeña propiedad, con extensiones de tres a cinco manzanas.
El resto no posee nada. Quedan a expensas de las fincas caficultoras que mantienen un irregular mantenimiento de la tierra, que de manera irremediable han reducido el número de jornaleros.
En algunas fincas antes se mantenían laborando 40 jornaleros; hoy los contratos no pasan de la decena.
Es más, para ayudarse unos a otros, las contrataciones son temporales: cada quince días se contrata a un grupo de jornaleros, quienes pasadas el plazo ceden sus puestos.
“Antes se pagaba menos, unos 300 colones, pero había la oportunidad que trabajaran más de algún miembro de la familia. Hoy se le paga 340 pero el resto de la gente tiene que rebuscarse en vender mangos, ocote o yerbas como la mora”, sostiene Rubén Martínez, líder comunal del cantón Cerro Verde.
La venta callejera de productos es otra alternativa a la que se aferran los pobladores a fin de mejorar sus condiciones de vida.

Insostenible


Los más afectados de la crisis cafetalera son quienes poseen pequeñas parcelas y que durante años las han cultivado para autosostenerse.
La mayoría de los pequeños caficultores se han visto obligados a vender o, en el peor de los casos, abandonar sus propiedades. Sostienen que no se alcanza ni a recuperar la inversión en fertilizantes u otros insumos.
Años atrás, Elio Martínez lograba cortar hasta 10 sacos de café de su terreno de una manzana.
Este año optó por sembrar árboles de jocote y mientras espera la cosecha, trabaja en el proyecto de reconstrucción de viviendas de su cantón.
Aunque no tiene dinero en los bolsillos, al menos llevará cereales a casa en donde viven sus padres a cambio del trabajo realizado.
Elio es el único de los cuatro hermanos que ha decidido hacerle frente al campo; el resto busca mejor suerte en la ciudad.

Aunque la suerte no siempre ha sido favorable para ellos ya que en los pueblos o ciudades cercanas, se corre casi la misma suerte que en el campo: no hay oportunidades de trabajo.
Elio rechaza toda propuesta de seguir con el café e insiste que además de la siembra de árboles frutales buscará otras alternativas que le permitan ganarse la vida.
“Hace 4 ó 5 años, por ejemplo, yo hacía una inversión de cien colones y llegaba a sacarle hasta tres mil colones. Hoy ni los gastos se logran sacar”, se lamenta el joven.

Los comentarios sobre el cómo sobrevivir en una zona tradicionalmente cafetalera no sólo se vive en Santiago de María, si no también en Berlín, una ciudad cercana.
El alcalde de esta localidad Ramón Ernesto Palma, sostiene que un 60 por ciento de la zona se dedica al cultivo de café y un 30 por ciento siembra granos básicos y cereales.

La crisis ha afectado al pueblo de tal forma que el lugar ha dejado de ser una zona tradicionalmente tranquila y se ha convertido en un sitio donde impera la delincuencia juvenil y el crimen organizado.
Debido a ello no es extraño que las personas que tienen vehículo se hagan acompañar por algunos amigos cuando tienen que trasladarse hacia otro pueblo. Todo es parte de su propia seguridad. La extorsión y las pandillas juveniles mantienen en zozobra a la población.

Palma señala también que en la actualidad existen personas que han cambiado su forma de trabajo. Cita, como ejemplo, la explosión de oficios como la albañilería.
La misma comuna ha resentido en la recolección de impuestos debido a la falta de circulante, tanto en la zona urbana como rural.

Hace dos años se alcanzaba recolectar unos 127 mil colones, ahora el monto no llega ni a los 58 mil.
“Esto no permite nuestro desarrollo, como mejores servicios públicos”, sostiene Palma. Y es que desde la carretera se tiende a confundir la maleza, arboles frutales con los tradicionales cafetales.
La misma crisis ha provocado también, un incremento de la delincuencia que afecta tanto el casco urbano como las zonas rurales, principalmente donde existe acceso vehicular.
Es que no existe una persona por joven que sea que comente sobre la situación del café, los de mayor edad resienten una pérdida tradicional en donde se mantenía una convivencia entre las personas.
En suma, los valores se están perdiendo y el panorama amenaza con empeorar.

Mejor precio

Cerca del desvío hacia la ciudad de Alegría, Otoniel ha tomado por cuenta propia superar el derrumbe del café. Un metro y medio de madera tapizada de plástico ha servido para colocar a la venta jocotes y mangos. “A dos colones la bolsa”, dice.
Como el negocio va en buen camino, es necesario tener la bicicleta a un lado por si hay que correr a media tarde al mercado para adquirir más productos.

Otoniel ha encontrado en su modesta ocupación la forma de ayudar a su familia y hasta permitirle continuar sus estudios de noveno grano suspendidos el año pasado ante la falta de trabajo en la finca, lugar que trabajó desde que tenía siete años, junto a otros miembros de su familia.
Otoniel está cons dciente que a sus 21 años le queda mucho por hacer en un lugar donde ser joven ha significado desconfianza para los mayores.

Con una sonrisa nerviosa señala que ir a cortar café es perder el tiempo ya que no les pagan casi nada. A tres colones la arroba cuando antes se la pagaban a cinco.
Ahora prefiere invertir 50 colones en mango y jocote y llega a alcanzar una ganancia de hasta 120 colones diarios.
Cuando llega la hora de ir a estudiar, el puesto de venta es ocupado por su mamá, quien tampoco no ha encontrado espacio en las fincas aledañas al pueblo y a sus 56 años, difícilmente encontrará.
La crisis ha llegado también a separar a la familia.

Los dos hermanos mayores de Otoniel decidieron probar suerte como bodegueros en San Salvador.
Antes compartían el mismo hogar, las mismas esperanzas, hoy, sin embargo se ven cada tres o cuatro meses.
Atrás quedan recuerdos anecdóticos cuando con sus amigos eran parte de las seis cuadrillas de cortadores integradas por unas cuarenta personas cada una.
Pero esta “racha” ha afectado a otras personas como a don Pablo Serrano quien vive en una de las modestas casas de Berlín.

De las cinco propiedades cafetaleras que tenía, dos han sido vendidas por lotes.
Las otras dos llamadas ‘Serrano’ y ‘Alicia’ prácticamente las mantiene en abandono.
De estas últimas dos fincas que un día produjeron hasta 70 quintales de café de media altura, hoy apenas se logra obtener 20 quintales.

Otro de los factores que le impiden mantenerse en sus fincas, es la misma inseguridad.
A sus 70 años, cuando don Pablo visita sus tierra se hace acompañar de algunos jóvenes lugareños ya que sus ojos emigraron hace años.
Serrano reciente también el costo de los fertilizantes y abonos frente a unas tierras que no han tenido el regulado trabajo de mantenimiento.

Por propio honor ha decidido no vender el resto de sus tierras.
Él espera, a pesar de todo, a que en un momento el café logre recuperarse de su declive. Sueña con volver a la época dorada del llamado “grano de oro”.




TIERRA ARRASADA

Tiempos de amargura

Las ricas cosechas cafetaleras que hicieron de Santa Ana el principal productor nacional son ahora un recuerdo. Las fincas han caído como en un sueño y el trabajo ha escaseado. Sobrevivir del café ya no es garantía.

Mirella Cáceres
vertice@elsalvador.com

Como el dormido cráter del volcán Ilamatepec, así están la mayoría de los cafetales empotrados en sus faldas. Las masivas peregrinaciones de jornaleros durante el invierno y de cortadores en el verano, quedaron atrás. La recolección del fruto más preciado del país dejó de ser garantía para cientos de familias de costear los útiles escolares o la ropa para los hijos, el gasto de la comida o el pago de deudas contraídas.

Los cafetales no son más la principal fuente de empleo, y por ende, de subsistencia. Lo que hace cuatro años constituía una rica y extensa zona de cultivo del grano, es ahora una zona de peligro donde el trabajo escasea y amenaza con la supervivencia de miles de familias. Nunca antes tantos hogares compitieron para conseguir un trabajo en las fincas. Las escasas oportunidades que ahora surgen las esperan como “garduña”. Así de dramática se ha vuelto la subsistencia en estas alturas.

La finca San Jorge es una de las pocas que mantienen una producción estable. Preparará 22 manzanas para la próxima cosecha. En estos tiempos solo ha requerido de doce personas para que poden árboles y agobien los cafetos para que broten más rápidamente los nuevos hijos. Una de las afortunadas en trabajar ha sido Rosa Mélida Hernández, quien agradece al cielo de que 45 de sus 55 años no ha parado de trabajar. Resiente, sin embargo, el cambio de los tiempos.

“En los años setenta, esto daba gusto y la vida era más barata. Aquí pagan lo justo ($338 la quincena), pero eso solo alcanza para los frijolitos y las tortillas. Es peor no tener trabajo”, comenta Rosa.
La nostalgia por la abundancia de las cosechas y del trabajo se repite como un lamento entre muchos pobladores ante la incertidumbre de si encontrarán una oportunidad o perderán la que han conseguido.
José Dolores está sin trabajo y al igual que Rosa cree que la época dorada del café es solo un recuerdo.
“Vine porque había mucho trabajo y uno sabía que al final de cada año tendría para salir de las aflicciones (deudas). Así pude darle al menos noveno grado a los hijos, de este trabajo los crié a todos”, dice.
“Yo del trabajo en las fincas he criado a mis diez hijos, así como mis papás me criaron a mí y a mis hermanos. Hoy ya no es lo mismo. Mi marido se ha ido a la finca San Gabriel, que está bien arriba porque le dijeron que están dando trabajo”, afirma Milagro Hernández, residente en el cantón Calzontes Abajo.

El peregrinar de hombres y mujeres significa en estos tiempos de escasez, una búsqueda constante de trabajo. Los que logran encontrarlo saben que trabajarán una o dos quincenas y luego serán nuevamente desempleados. “Antes todo el año se trabajaba, pero ahora la gente pasa meses sin trabajo”, dice Adela Estrada, una joven de 23 años.
Los extensos cultivos de café que un día abonaron a que Santa Ana fuera el mayor productor del país ya que aportaba el 34% de la cosecha nacional, han entrado en receso. “El 95% de las fincas están abandonadas”, declara Mauricio Cerna, directivo de la Asociación Cafetalera Departamental de Santa Ana. Mientras dure el abandono, la situación de las familias desempleadas se vuelve crítica.

Al hambre le acompañan otras carencias como el servicio vital de agua potable. Solventar de alguna manera esta necesidad significa desembolsar diariamente al menos seis colones para comprar un barril de agua cuya procedencia es incierta. La llegada del invierno es el único consuelo para ahorrarse ese gasto. 

Impacto humano


Y es que tras el verde panorama que ofrecen los cafetales que aún visten alturas como el volcán de Santa Ana, se esconde el verdadero impacto de la crisis cafetalera y que a nivel nacional afecta a unas 135 mil personas. 
Más allá de los cafetos resecos o ahogados por la maleza producto de la falta de mantenimiento, está la lucha por sobrevivir que emprenden a diario cientos de familias. La magnitud del problema que se vive a menudo se plasma en frías estadísticas y expectativas sobre el comportamiento de los precios internacionales.
Pese al derrumbe del café son pocos los pobladores afectados que conocen las causas del porqué tantas fincas están paralizadas. Y es que si las saben o no, que más da. Ellos lo ven más en función del hambre que deben paliar día a día. Por eso, mientras algunos se esmeran por la búsqueda de un trabajo en alguna finca activa, otros se han planteado otras alternativas para sostener económicamente el hogar. Unos se dedican a la compra y reventa de productos, en su mayoría frutas; otros han emigrado a las ciudades.

El hogar de Milagro Hernández reúne estas tres situaciones. Ella mantiene una modesta tienda, su marido e hijos salen a diario a buscar algún empleo, y dos de sus hijas emigraron a San Salvador donde trabajan como domésticas. En estas tres opciones que tienen para sobrevivir, los hombres se llevan la peor parte. “Yo tengo un mes de no trabajar. Me avisaron de un chance en una finca que está a una hora de camino pero no me atreví a ir porque molesta la delincuencia. Hoy con la falta de trabajo, algunos se han dedicado a agarrar lo ajeno. Está serio este bolado”, dice Maynor, el hijo de 22 años de Milagro.

La situación de por lo menos diez familias vecinas de los Hernández no es muy distinta: las hijas adolescentes están empleadas, la mamá se ha ido al mercado de Santa Ana a vender fruta y el papá ha salido en busca de trabajo.
En medio de este drama hay otros que están peor. Reina Ramos, una joven madre de tres pequeños, dice que junto a su marido han tenido que sustraer leña para venderla en el mercado de Santa Ana. “Es poco lo que ganamos, pero al menos conseguimos para los frijoles y las tortillas", dice.

Ella está consciente que lo que hacen es ilícito pero el hambre no entiende de eso. “Los mandadores nos ven que sacamos leña pero no nos dicen nada porque saben que lo hacemos por necesidad, porque no se encuentra trabajo casi en ningún lado. Pero yo he dicho que no más oiga que están echando mujeres a trabajar en alguna finca yo me voy”, agrega.

Entre las mujeres existen más opciones: esperar a que resulte alguna oportunidad en las fincas, dedicarse a la venta en el mercado o emplearse como domésticas.
Dos hijas adolescentes de Ana del Carmen Ramírez han descubierto que por lavar y planchar o sencillamente cuidar niños, ganan mucho más que por el duro trabajo en las fincas, y que con el séptimo grado basta para desempeñarse en otro campo que le permite sobrevivir con un poco más de solvencia económica.

“Yo -dice Adela Estrada- gano mucho más que aquí. Por eso me fui hace siete años a trabajar a un casa en Ciudad Merliot. Fue buena decisión porque ahora ya no es como antes cuando los papás lo criaban a uno de esto. Mis hermanos y yo vivíamos pobremente”, dice.

La reflexión que hace Adela entre tiempos pasados y los actuales, es compartido por muchos pobladores. Por eso más que nostalgia, existe preocupación de como enfrentarán la crisis. Y es que al igual que los productores de café, los jornaleros no son sujetos de crédito.
“Ni en las tiendas le quieren fiar a uno porque de donde les va a pagar”, sostiene Rosa Hernández. 

La incertidumbre


N o hay comparación”, dice en tono preocupado Jorge Marroquín, mandador de la finca San Jorge, refiriéndose al destino de las sembradíos. “Antes las fincas mantenían gentío”, replica Rosa.
Hasta hace cuatro años, Oscar Aníbal Cortez sobrevivía de su empleo como caporal, pero la crisis lo despojó. La manutención de los hijos lo obligó a dejar el agradable clima de las zonas cafetaleras y emplearse en una empresa de seguridad en el caluroso San Salvador.

Al igual que su padre, Oscar sabe que el ritmo cafetalero se detuvo porque los productores no tienen dinero para invertir. “No hay billetes dicen los señores”, comenta.
También sabe que los bajos precios del café en el mercado extranjero es la causa principal de que él y muchos más hayan emigrado a las ciudades en busca de mejor suerte.

Ellos no están alejados de la realidad como lo está Rosa Hernández, quien encuentra más razones ecológicas que dé comportamientos del mercado. “Quizá se deba al cansancio de la tierra, ya no quieren producir”, dice.
En las estadísticas de la Asociación Cafetalera de Santa Ana, se refleja una alarmante crisis: un 95% de las 52 mil 222 manzanas que antes rindieron abundantes cosechas, están paralizadas, y la mayoría de los 3 mil 570 productores, entre grandes y pequeños, sencillamente no tienen dinero para hacerlas producir.

Mauricio Cerna dice que no son sujetos de crédito porque acarrean enormes deudas por la misma saturación de café en el mercado internacional y que ha supuesto bajos pagos a su producción.
La finca Luciana, por ejemplo, lleva tres años sin trabajar. Rigoberto Medina dice que el propietario solo ha estado invirtiendo en la ‘peina’ dos veces por año y empleado a 15 personas.

La última cosecha fue tan baja que actualmente solo ha empleado a dos mozos para que arrancaran el bejuco del cafetal. En los buenos tiempos, la finca de 50 manzanas llegó a producir hasta 1,300 quintales de café oro.
Cerna dice que la nueva apuesta es el café de estricta altura siguiendo el proyecto de “Taza de excelencia” que desarrolla el Consejo Salvadoreño del Café (CSC). Esto significa que los cafetales de bajío y de mediana altura están amenazados con desaparecer.

La selección de cafetales, según su altura sobre el nivel del mar y la calidad del producto cosechado, también supondrá una pérdida considerable de bosque, no solo en Santa Ana sino en todo el país.
Hasta 1997, los cafetales constituían el 8% del área boscosa del país, 486.7 millones de cafetos plantados y 17.2 árboles que le hacían sombra, revelan una importante cifra que abonaba en beneficio de nuestra escasa biodiversidad. Pero todo esto ha caído en riesgo.

Entre los productores se habla ahora de competitividad, de ofrecer café gourmet, pero esto supondrá efectos dramáticos.
Sobrevivirán solamente los cafetales que habitan las máximas alturas. Del resto, cuyo producto no llena los requisitos del exigente consumidor extranjero ¿cuál será su destino? ¿Desaparecerán?
Si esto último ocurre, la agudización del desempleo entre miles de familias jornaleras será mayor a la que actualmente se vive.


TIERRA ARRASADA

¿Soluciones para la crisis?

Cada vez más campesinos dejan de cultivar café. El producto actual ya no es rentable. De ahí que se hable de una palabra clave para superar la crisis cafetalera: la divesificación del producto, que abriría nuevos mercados internacionales.

Javier Espinoza
vertice@elsalvador.com

La tierra del café es seca y se necesita de mucha agua para sembrar hortalizas. Debido a ello, las apuestas del sector cafetalero se enfilan a rescatar el cultivo antes de hablar de descartarlo.
“La crisis del café tiene solución, no es algo que tienda a la desesperanza“, sostiene Orlando de Sola, quien integra el Foro del Café, donde se aglutinan gremios de pequeños, medianos y grandes productores del grano de todo el país.

Según miembros del Foro, creado en 2002, todavía se le puede apostar al café como producto de exportación que genere empleos y ganancias.

La llamada crisis cafetalera incluye la disminución de los precios en el mercado internacional, poca rentabilidad y menor inversiones para la producción. Una cadena de situaciones adversas que terminan manifestándose en desempleo masivo, entre otros problemas.
El Consejo Salvadoreño del Café (CSC) informó que para la cosecha 2002-2003 se emplearon apenas 54 mil personas en comparación a las 185 mil requeridas en 1999.

El Foro cafetalero propone en sus políticas de corto plazo eliminar el pago a PROCAFE y al Consejo Salvadoreño del Café, además de la retención del 1.5% sobre pérdidas.
En sus políticas de mediano plazo, sugiere que el productor tenga el control de su grano. “Hay que revisar desde el momento en que se entrega el café a los beneficiadores porque el productor no sabe cuánto le cobran por la transformación“, explica Fernando Gonzáles, también del Foro.

El caficultor se muestra optimista como el resto de sus colegas y lo ejemplifica “el día que los chinos se tomen otra taza de café en la mañana, la producción del mundo se queda corta“.
Luego de su comentario abunda sobre las posibilidades de promover la apertura de nuevos mercados internacionales y menciona, como parte de un estudio preliminar del Foro, a China continental, la Ex-Unión Soviética y Europa central.
León Bonilla, director de CLUSA (Liga de Cooperativas de Estados Unidos), respaldada por USAID, le apuesta al café orgánico como parte de la solución a la problemática.
“La demanda del café orgánico a nivel mundial va creciendo”, explica “debido a que contribuye a que el trabajador no se envenene y al consumidor para que no consuma productos contaminados“.
Los caficultores hablan de “nichos de mercado” para señalar la posibilidad real de introducir el café salvadoreño en países europeos.

Algunos problemas


Los integrantes del Foro señalan, no obstante, algunos problemas para llegar a esos“nichos de mercado”.
Advierten, por ejemplo, que el gobierno salvadoreño negó la visa al agregado comercial de China Popular y los cafetaleros se tuvieron que reunir con él en Guatemala. “Si no viene a quemar llantas”, expresa De Sola.
Tanto FUNDE (Fundación para el Desarrollo Económico) y FUSADES (Fundación Salvadoreña para el Desarrollo Económico y Social) han realizado estudios sobre la situación cafetalera en el país.

Una encuesta realizada por FUNDE en 7 municipios a 315 encuestados (micro y pequeños productores, socios de cooperativas y propietarios) revela datos interesantes: el 91% no tiene financiamiento, el 75% no se dedica a otra actividad más que al café, el 25% se endeuda para sobrevivir y el 71% dice que su alimentación ha empeorado.
PROCAFE propone como solución al problema del café la creación de un Fondo de Reserva Económica para la Caficultura (RECAF) por $192.4 millones. De esta forma se pretende garantizar a los cafetaleros un precio de $80 por saco de café de 60 kilogramos, pese a los cambios de precio en el extranjero.
Bonilla, de CLUSA, sostiene que a El Salvador le ha faltado promover la calidad de su producto.
“Hay que diferenciarse. Café ofrece todo el mundo, pero yo le ofrezco otro mejor”. Por eso se apuesta a vender la buena imagen de nuestro café.

 


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