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TIERRA
ARRASADA
El rostro de la crisis
Niños
curtidos víctimas de la desnutrición, hombres que deambulan
por las calles y mendigan empleos, mujeres jefes de hogar con la desesperanza
al hombro. La crisis del café tiene múltiples rostros...
Vértice recorrió el occidente y oriente del país
para retratar las difíciles condiciones de vida de los miles
que sufren (y sufrirán) el derrumbe de la caficultura nacional.
Lea a continuación, las historias.
Wilfredo Hernández
vertice@elsalvador.com
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POBREZA
Y DESNUTRICION. Los niños son las víctimas inocentes
de la crisis. Los índices de desnutrición infantil
alcanzan niveles alarmantes. Foto: EDH//Alvaro López.
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Las zonas cafetaleras de Ataco, Apaneca y Tacuba esconden
un drama con nombre y apellido: pobreza y desesperanza.
Con nombres de hombres curtidos al sol entre las plantaciones olvidadas,
con nombre de niñas que aprendieron a ser mujeres cuando apenas
sabían leer y escribir, con nombre de niños desnutridos
y con un futuro más escabroso que los caminos que llevan hasta
sus caseríos.
En esos lugares, la crisis del café se ha llevado todo, hasta
la esperanza.
Familias acostumbradas a vivir a expensas de lo que conseguían
cada temporada de las cortas de café, ahora ven cómo,
poco a poco, el olvido en el que están las fincas les quita la
oportunidad de darle a sus hijos un mejor futuro.
Sólo así se explica la baja escolaridad en la zona. ¡Qué
va a ganar con el estudio!, dice un lugareño que no quiso
identificarse mientras observa a su vástago, de unos ocho años,
que ayuda a recolectar la leña que servirá para calentar
los frijoles, hacer la sopa de hierbas y echar las tortillas, la dieta
diaria de estos lugareños. Suficiente que sepa leer y escribir,
remata con determinación.
De ahí que parezca un espejismo el ver a niños recorrer
todo el cerro -unas dos horas a pie- para asistir a clases. Sin embargo,
sólo les alcanza para llegar al tercer grado o, los más
afortunados, hasta el quinto.
Después de eso, los varones se dedican a las pocas tareas que
les demanda el campo y las niñas, a ser madres. Es común
ver a mujercitas que no aparentan tener más de 15 años
cargando y amamantando a sus hijos por los caminos de los caseríos.
Ahí, el juego está prohibido para los infantes. No existe.
En esos lugares, el infierno se esconde tras un rostro paradisíaco.
Desde lo más alto del cerro de Tacuba se puede ver un hermoso
paraje verde y, a lo lejos, la costa pacífica.
Pero hay que meterse cafetal adentro para oír las verdades de
los jornaleros.
En sus declaraciones, los colonos, los que cortan -o cortaban- el cultivo
para los otrora poderosos cafetaleros de la zona, cuentan la historia
de sus sufrimientos y constante zozobra.
Se lamentan de la crisis, pero al mismo tiempo, y con curiosa resignación,
aceptan el poco trabajo y la exigua remuneración, que en ocasiones
consiguen, apenas y alcanza para mal comer o para que la familia
no se muera de hambre.
Y los lamentos no vienen sólo de parte de los jornaleros. También
están en sintonía con las declaraciones de sus autoridades.
La verdad es que Tacuba es un municipio donde no hay pobreza,
sino extrema pobreza. En los últimos años, y a consecuencia
del terremoto, eso vino a generar un mayor índice de miseria.
Da lástima ir a un cantón donde los niños están
comiendo tortillas con sal, desnudos, dice José Moisés
Abarca Flores, alcalde municipal de Tacuba, mientras su mirada se detiene
en un papel que dobla y desdobla entre sus manos.
La declaración del edil no está alejada de la realidad.
La situación económica de esos pueblos es en extremo alarmante.
Y más aún cuando la economía de estos municipios
ha girado siempre en torno a la producción del café. Ahora,
el sueldo de cada quincena (apenas 200 colones) es tan esquelético
como las mismas plantaciones.
La ayuda ha llegado del extranjero. Según el alcalde de Tacuba,
algunas ONGs están ejecutando proyectos de huertos caseros en
los caseríos de colonos, además de la crianza de pollos,
para que la alimentación sea un poco más sustentable.
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MADUREZ
PREMATURA. El tiempo no alcanza para ser niño. La necesidad
de los hogares exige responsabilidades desde muy temprana edad.
EDH//Alvaro López.
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Heridas profundas
Vivir del café ha dejado de ser dulce, ahora tiene amargos sinsabores.
Por eso, preguntarle a los lugareños sobre la crisis del cultivo
es como echar sal a una herida que se resiste a sanar para no volver
jamás.
Ojos llorosos, voz entrecortada, a veces de cólera, a veces de
impotencia, anteceden las declaraciones.
Al pobre lo molestan con los grandes tareas y le pagan una miseria.
Para el mozo no hay nada, no tiene ningún consuelo, ningún
alivio, se mata trabajando y no le alcanza ni para la comida. El sueldo
es poco y todo está caro, sostiene Florencio Antonio Urquilla,
de 70 años, residente de Ataco.
Él, al igual que José Pérez Sandoval, de 75 años,
ha vivido siempre de las cortas del café.
Pérez Sandoval vivió la época de bonanza y también
sufrió los días malos en su natal Ataco. Pero los actuales,
dice, ni se los imaginaba.
Desde que no valió el café hemos estado sufriendo
porque no hemos ganado nada. Antes era bueno vivir del café;
hoy casi no gana uno. Aquí llegaron a haber fincas que contrataban
hasta 80 trabajadores, ahora lo más son 30 jornaleros, sólo
los colonos trabajan, dijo mientras luchaba por cortar las gruesas
raíces de un árbol plantado en medio de un predio, que
antes fue cafetal, que la municipalidad de Ataco le ha cedido para que
construya una champa donde vivir. El colonaje pasó al olvido.
Junto a él, más de una veintena de residentes en el Valle
Shucutitán, de Ataco, luchan a tajo partido por limpiar su futuro
hogar.
El café no vale. Los ricos mejor no trabajan las fincas.
Antes trabajábamos en el café y ganábamos hasta
130 colones diarios. Cuando el precio estaba bueno se pagaba mejor la
arroba; ahora que los precios ya no sirven, ni cortar quieren los ricos.
Ellos dicen que porque el café no vale nada y que no les salen
los gastos. Entonces la gente vive toda jodida aquí, porque el
que no tiene otro trabajito, se tiene que rebuscar para comer,
dice don Neco, quien ahora trabaja como guardia privado
en San Salvador.
A su lado está Luis Bran, de 30 años, colono en una de
las pocas fincas que medio trabajan las plantaciones. La crisis
nos ha afectado porque es de lo que vivimos, aquí nos ha dado
duro. Nosotros desde pequeños hemos trabajado del café
y aquí nos ha pegado duro, ni para pagar nuestras jaranas en
las tiendas tenemos, contimás dónde vivir.
A las plantaciones de café en esa zona del occidente del país
ya le pasaron las horas más dulces. Hasta antes de que el cultivo
entrara en una profunda crisis, el café fue la columna vertebral
de la economía ahuachapaneca.
Según estimaciones del Consejo Salvadoreño del Café
(CSC), la producción cafetalera nacional experimentó,
en este año, su nivel más bajo en cuatro décadas,
y esto debido a la poca atención que se le dio a las fincas en
todo el territorio.
En los últimos cuatro años, la producción descendió
de los 3.5 millones de quintales de café oro, a poco más
de 1.7 millones de quintales. Y de esto, los más perjudicados
son los trabajadores.
A la par de la crisis, el empleo en las zonas cafetaleras también
ha caído. Para el pasado período cafetalero (2002-2003)
se emplearon poco más de 48 mil trabajadores, cuando en la década
de los 90, el rubro demandaba aproximadamente 150 mil empleos anuales.
Sólo sobrevivir
Hay fincas que sólo la peina se les ha dado.
Antes se trabajaba con 15 personas, ahora sólo se han empleado
cinco y éstas hacen todo el trabajo. El precio de la tarea lo
pagaron a seis colones, en invierno, y eso no alcanza ni para la comida.
Desde hace dos años ha sido bastante crítico esto,
dijo Daniel Zepeda, secretario de la directiva de la Comunidad Shucutitán,
una aldea de ex colonos que se han asentado en un predio cedido por
la municipalidad de Ataco.
Bran lo pone de una manera más gráfica: antes ganábamos
600 colones quincenales; pero, ahora, con la baja del café, la
gente ha estado ganando 200 colones. Esto, para cubrir los gastos de
nuestro hogar, no alcanza, sostiene.
La única esperanza que tienen los jornaleros es emigrar o esperar
la ayuda de familiares en el exterior o de los que están trabajando
en otros pueblos. Sin embargo, hasta ésta les es huidiza.
¿Cómo nos vamos a ir de aquí?, si es lo único
que sabemos hacer y, además, ni pisto tenemos para
pagar un viaje hasta Estados Unidos, se preguntó un residente
en el cantón Cincuyo, de Tacuba, mientras su esposa calentaba
una sopa de hierbas en un caldero ennegrecido.
Las hierbas son lo único que le arrancan al campo, eso, algunos
esqueléticos animales de corral que corretean por los contornos
de la vivienda y -de vez en cuando- frijoles, es la dieta diaria por
estos lugares.
Los colonos ya aprendieron a vivir con la desesperanza de un futuro
mejor. Ellos mismos aceptan que del café ya no se puede vivir,
que al grano se le pasó el tiempo de bonanza.
Se pasa mal porque con lo que se gana apenas alcanza para comer
y uno no tiene ni para comprar un par de zapatos, antes sí alcanzaba
para eso y otras cositas. Ahora traigo leña y consigo mis trabajitos
por ahí, expresó Raúl Arias, de 70 años,
mientras su mirada se pierde entre los cafetos que poco a poco pierden
la batalla contra la maleza, enfrente de su casa.
La tristeza ha llegado hasta los patios donde antaño
se secaba el café que iba a ser enviado a los recibideros. De
éstos ya no queda más que el recuerdo. Ahora se enmohecen
en el abandono, el mismo en el que se sienten los lugareños.
A los jornaleros ya no les queda ánimos ni de confiar en los
ofrecimientos del presidente Francisco Flores de tramitar créditos
de avío, el escepticismo aparece de nuevo en sus rostros.
Dicen que van a dar créditos, pero éstos van a beneficiar
a los grandes cafetaleros, nosotros no vamos a ver nada de eso,
dice Bran con un dejo de amargura.
Si el gobierno nos mandara ayuda, trabajara con nosotros, otra
cosa sería, pero él está apoyando a la empresa
y a nosotros nos ha dejado en el olvido, como que no existiéramos.
Como somos los últimos del rincón del país,
se queja.
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DESESPERANZA.
Las mujeres sufren la peor parte de la crisis del café.
Resignadas son testigos del desempleo de sus maridos y la migración
de sus hijos. EDH//Alvaro López.
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El relevo
Ahora llegó el tiempo del turismo. Este ha relevado al café
como motor de la economía de los tres pueblos ahuachapanecos.
Sin embargo, el 90 por ciento de la tierra sigue siendo cafetal, sólo
un 10 por ciento es trabajada y la producción es destinada a
la exportación. Apaneca, Ataco y Tacuba han aunado esfuerzos
para fortalecer el turismo en la zona.
El gancho para atraer visitantes es el agradable clima y
los manantiales que abundan en el sector.
El ecoturismo empieza a dar frutos en los dos primeros sitios, pero
las condiciones de vida no se han modificado. Falta mucho camino por
recorrer, dicen los ediles.
A pocos kilómetros de la actividad turística, miles de
hombres viven cada temporada cafetera añorando tiempos mejores,
en casas de lámina, algunos sin agua potable, luz eléctrica,
letrinas y las más de las veces sin voz.
Tampoco tienen la seguridad del trabajo, pese a que se dejaron la piel
en las plantaciones de café durante toda su vida. El café
ahora les huele mal. A pobreza.
Cada vereda que lleva a las míseras viviendas de los colonos
y jornaleros descubre una historia de sufrimientos.
Más adentro de los cafetales, la realidad golpea fuerte. Cada
día que pasa en las plantaciones, es un triunfo en la lucha por
la supervivencia de los jornaleros.
Los más afortunados consiguen trabajos lejos de sus hogares.
Cada temporada de cortas, el éxodo es manifiesto. Buscan un lugar
donde su mano de obra es mejor remunerada.
El año pasado la emigración fue con rumbo a los cafetales
de Santa Tecla. Al menos ahí pagaban mejor la arroba de grano
cortado.
Aguantamos frío, pero la paga estaba mejor que aquí
y daban la comida, dijo una lugareña de Ataco.
Dejan las casas solas mientras dura la temporada y se largan con la
preocupación de no encontrar sus pertenencias al regreso.
Por fortuna, la delincuencia no golpea fuerte en esos lugares. Como
no hay nada que robar, dice don Neco con determinación.
La Policía lo confirma. Según la Oficina de Comunicaciones
de la corporación, las denuncias de actos delincuenciales en
esos sectores son casi nulas.
Otras alternativas
Las municipalidades hacen esfuerzos por paliar la crisis económica
en los hogares de los jornaleros.
Cada proyecto de los gobiernos locales absorbe cuadrillas de lugareños,
que son contratados alternadamente por quincena en la ejecución
de éstos.
Mientras dura el proyecto, unos 250 lugareños tienen trabajo
de empedrado de calles urbanas y rurales, o según sea el tipo
de obra, durante 15 días. La otra quincena le llega el turno
a otro tanto de residentes. Las mujeres, por su parte, son contratadas
para la limpieza del pueblo.
Pero el esfuerzo no alcanza. Los beneficios no llegan hasta los alejados
valles de los pueblos, se quedan en el casco urbano.
Allá donde la crisis golpea fuerte, la gente vive cada día
con la pobreza como compañera.
En medio de la soledad y el silencio del campo, cada historia es un
vivo ejemplo de sobrevivencia. Donde las mujeres tienen un lugar especial.
Ana Odilia Rosales es una de ellas. Viuda desde hace más de un
año -su esposo murió ahogado mientras buscaba el sustento
de los suyos- ahora se rebusca para criar a sus cinco hijos en el cantón
Cincuyo, de Tacuba. Cada mañana sale rumbo al pueblo a trabajar
de doméstica mientras su hija mayor, de 15 años, se queda
al cuidado de la casa.
Y su vecina, Edith Silva Mendoza, de 27 años, hace lo posible
por que le alcance lo poco que lleva su esposo para sostener el hogar,
conformado por sus dos pequeños hijos, la mayor de siete años.
El último sol del día alumbra los olvidados cafetales.
Cada tarde, los escabrosos caminos que llevan a los caseríos
se llenan de hombres que caminan con la desilusión a cuestas
rumbo a sus casas; ahí les esperan los suyos, sus compañeros
de infortunio.
A pesar de la situación que viven en estos pueblos, algo sí
tiene claro los lugareños. Aquí no valen los partidos,
sino la necesidad de la gente, dijo una lugareña de Shucutitán
mientras limpiaba su futuro hogar.
TIERRA
ARRASADA
Tradición
perdida
La
zona norte de Usulután es otro de los lugares castigados por
el empobrecimiento que genera la improductividad de los cafetales. La
tradición que durante décadas alimentó a los pobladores
de la zona ahora es historia.
Iván
Gómez/Fotos:Alvaro López
vertice@elsalvador.com
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POBREZA
Y ESPERANZA. Muchas fincas de Usulután están en
el abandono ante el bajo perfil de sus propietarios sobre el futuro
del grano rojo. Foto: EDH//Alvaro López.
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Un tímido pero certero fuego amenaza con acabar
la maleza de un predio ubicado en las afueras de la población
de Santiago de María, Usulután.
Supone ser un día como cualquier otro, donde la quema es parte
de la tradición errada del campesino de preparar la tierra para
la nueva siembra. Esta vez, sin embargo, la quema representa una historia
aparte. Una historia compartida por muchos de los pequeños caficultores
de la zona que no han logrado levantar cabeza desde hace cuatro años
o más. Todo debido al derrumbe del café y la consiguiente
crisis social de desempleo.
Se han buscado otras opciones, como la migración; pero todas
parecieran estar empecinadas en mantenerse en la mala racha.
En la maleza, apenas se puede ver entre el débil humo, tierra
negra y piedras, unos cuantos granos de café. Algunos de ellos
llegan expulsados por el viento hasta el ardiente asfalto de la carretera.
El hule de las llantas darán la última sentencia, como
un mal presagio del que también han observado los cortadores
tradicionales del grano.
Más allá del pequeño cerro, un solitario cafeto
de menos de un metro de altura, es el único testigo que ha quedado
de la corta del fruto. Ha quedado como testimonio que un día
muchas personas encontraban el sustento en ese lugar.
Esa finca era de los Mauricios, se la expropiaron el año
pasado y hoy a saber que van a sembrar, aunque creo que no están
interesados en hacerlo. Tendrán que invertir mucho dinero y por
acá es lo que más hace falta , dice José,
mientras espera pacientemente su turno -bajo el sofocante sol- para
llenar su cántaro con agua de un grifo público situado
frente al cerco de lo que fue una de las propiedades que, por años,
dio sustento a su familia de siete miembros.
El joven recuerda aún la última corta. En ese momento
no logró entender el destino de las próximas cosechas,
quizá porque entonces tenía ocho años.
Ese diciembre me propuse cortar más arrobas porque quería
estrenarme ropa nueva para ir a pasar el 24 a donde una tía que
había venido de los estados. La suerte fue que ella
me regaló ropa, señala.
A esa finca también llegaban en tiempos de corta, decenas de
familias de cantones cercanos a Santiago de María. Esa ocupación
mantenía a un ochenta por ciento de la población que ahora
casi alcanza las 28 mil personas. Hoy apenas un 20 por ciento tiene
suerte. El resto ha tenido que buscar otras alternativas para sobrevivir.
Los más arriesgados han tratado con o sin suerte de buscar un
futuro mejor en los Estados Unidos.
Unos han regresado años más tarde con la suerte en sus
manos. Otros, se limitan a comentar la pesadilla vivida cuando intentaron
cruzar el famoso río mexicano.
Algunos han preferido quedarse en la ciudad o buscar mejor suerte en
San Miguel o en la capital.
Sobre el destino de los ex propietarios de la solitaria tierra, el adolescente
no sabe casi nada, apenas recuerda del decir de la gente, de quienes
presume, se marcharon montaña adentro o a San Miguel para buscar
mejor suerte.
Nadie ha sabido de ellos, quizás tienen pena que la gente
se ría de ellos por haber perdido la finquita que era en realidad
muy buena, señala.
La mala suerte ha llegado a tocar las puertas de algunas autoridades
como la alcaldía de Santiago. De alguna manera esperan que exista
algún proyecto en la comuna que les permita tener un poco de
suerte, aunque sea por unos meses.
Y es que la ciudad ha sido doblemente golpeada en los últimos
años.
Primero, la crisis del café que ha llegado hasta el cierre de
varios beneficios y el abandono de fincas de café que durante
antes fueron la carta de presentación del lugar.
El otro golpe sufrido llegó por el lado de la naturaleza. El
terremoto del 13 de enero destruyó casi el ochenta por ciento
del pueblo y con ello las esperanzas de alcanzar mejores condiciones
de vida.
Tanto las calles como el parque central son lugares de paso, como que
nadie quisiera detenerse.
Y los que lo hacen tienen en sus labios las mismas palabras de desdicha
de aquellos que se mantienen encerrados en sus casas las que tienen
aún la huella de la naturaleza.
Las calles parecen guardar el recuerdo de los camiones que se conducían
llenos del fruto rojo con dirección al beneficio.
Pero a unos tres kilómetros de la fresca ciudad, con dirección
al ahora predio quemado, un angosto y casi intransitable camino conduce
tierra adentro, al cantón Cerro Verde.
Son los senderos por donde se escuchó, años atrás,
el paso de los camiones que trasladaban el café.
La maleza aún no ha logrado borrar los rastros en donde se almacenaban
los sacos del producto recién cortado, a la espera de ser trasladado
al beneficio.
El lugar es el mismo predio desolado de costumbre. Pero eso es común
desde siempre, pareciera pensar que la gente está en la plena
faena de la corta o del deshierbe o la limpieza y poda.
La diferencia de hoy es que en las calles polvorientas no quedan los
rastros de los madrugadores o de los granos de café tumbados
por el movimiento de los camiones.
Eso hace pensar que, aunque se trata del mismo sendero, su historia
es diferente.
Apenas, después de media hora de camino vehicular, se divisa
a una familia que va cargada con unas pequeñas ramas que les
servirán para atizar el fuego.
En el camino también se alcanza a ver las casas abandonadas de
los colonos, quienes ahora se han mudado a las zonas urbanas debido
a la falta de trabajo.
A unos cuarenta y cinco minutos de trayecto, la mayoría cuesta
arriba, está el cantón Cerro Verde, donde también
es posible recopilar las negras historias que dejó el café.
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EL
SUSTENTO DIARIO. La mujer hace lo que puede en estos lugares.
Mientras el hombre se rebusca para llevar el sustento diario,
ella se queda al cuido de la casa y los hijos. Foto: EDH//Alvaro
López.
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A la rebusca
La calle se abre paso a un predio cargado de polvo y completamente desyerbado.
En un punto de la calle se encuentra un grupo de campesinos. Cargan
machetes los que antes usaron para la limpia de los cafetales. Ahora,
sin embargo, los usan con otro fin: la limpia de una pequeña
parcela para la construcción de viviendas. Diez serán
las primeras a edificar.
Las obras son parte de un proyecto de Cruz Roja suiza junto con el Programa
Mundial de Alimentos (PMA) y la alcaldía de Santiago de María,
con 78 familias del lugar, sensiblemente afectadas con los pasados terremotos.
El trabajo de los campesinos no es remunerado, aunque sí será
compensado por alimentos que obviamente cubrirán parte de sus
necesidades básicas.
El proyecto tiene doble función, el de ayudar a los más
afectados por los sismos y a la vez hacerle frente a la difícil
condición de vida que ha dejado el derrumbe del café.
En la construcción de casas trabajan unas treinta personas, niños
mujeres y hombres. Todos en comunidad y solidaridad.
María Ofelia Gómez, de 62 años de edad, ha vivido
los últimos 20 en la propiedad de los Castellanos, junto a su
esposo.
En los últimos años vivió allí también
con su único hijo José Alberto.
Tiempo atrás, el trabajo en los cafetales era el que les permitía
salir adelante y esbozar un futuro promisorio.
Sin embargo, con el paso de los años la vida se puso difícil
y la paga se gastaba casi de inmediato debido a lo caro de la vida.
Ya no hubo tiempo para pensar en el ahorro.
Doña María recuerda que el trabajo en los cafetales les
posibilitó dar los estudios a José Alberto hasta noveno
grado. En las temporadas de vacaciones Josesito se integraba
a las labores del campo.
A sus 22 años cumplido, el hijo de doña María ha
tenido que emigrar.
A falta de dinero, no logró avanzar más allá del
noveno y como él hay muchos más.
El poco trabajo en las fincas dejó de ser oportunidad de vida
para los pobladores.
Ante el escaso trabajo en las fincas, María ha tenido que separarse
de su hijo quién emigró en busca de mejor suerte económica.
Se fue a trabajar de vigilante en Santiago, prácticamente
ahora él nos sostiene, señala la sexagenaria.
Con relación al reciente anuncio del presidente de la República
frente a la crisis del café, María no está muy
clara, apenas escucha algunos comentarios de la gente cuando va de compras
al pueblo.
Aún así le satisface que exista una posibilidad de esperanza
para recuperar las buenas épocas del café.
Acá pocos nos enteramos de las noticias. He escuchado a
la gente de Santiago que el gobierno trabaja para una salida a esta
crisis. Dios quiera que se resuelva porque no sabemos para donde ir
ya que acá no se nos da trabajo en las fincas.
De las 78 familias que residen en el cantón, al menos 30 son
dueños de una pequeña propiedad, con extensiones de tres
a cinco manzanas.
El resto no posee nada. Quedan a expensas de las fincas caficultoras
que mantienen un irregular mantenimiento de la tierra, que de manera
irremediable han reducido el número de jornaleros.
En algunas fincas antes se mantenían laborando 40 jornaleros;
hoy los contratos no pasan de la decena.
Es más, para ayudarse unos a otros, las contrataciones son temporales:
cada quince días se contrata a un grupo de jornaleros, quienes
pasadas el plazo ceden sus puestos.
Antes se pagaba menos, unos 300 colones, pero había la
oportunidad que trabajaran más de algún miembro de la
familia. Hoy se le paga 340 pero el resto de la gente tiene que rebuscarse
en vender mangos, ocote o yerbas como la mora, sostiene Rubén
Martínez, líder comunal del cantón Cerro Verde.
La venta callejera de productos es otra alternativa a la que se aferran
los pobladores a fin de mejorar sus condiciones de vida.
Insostenible
Los más afectados de la crisis cafetalera son quienes poseen
pequeñas parcelas y que durante años las han cultivado
para autosostenerse.
La mayoría de los pequeños caficultores se han visto obligados
a vender o, en el peor de los casos, abandonar sus propiedades. Sostienen
que no se alcanza ni a recuperar la inversión en fertilizantes
u otros insumos.
Años atrás, Elio Martínez lograba cortar hasta
10 sacos de café de su terreno de una manzana.
Este año optó por sembrar árboles de jocote y mientras
espera la cosecha, trabaja en el proyecto de reconstrucción de
viviendas de su cantón.
Aunque no tiene dinero en los bolsillos, al menos llevará cereales
a casa en donde viven sus padres a cambio del trabajo realizado.
Elio es el único de los cuatro hermanos que ha decidido hacerle
frente al campo; el resto busca mejor suerte en la ciudad.
Aunque la suerte no siempre ha sido favorable para ellos ya que en los
pueblos o ciudades cercanas, se corre casi la misma suerte que en el
campo: no hay oportunidades de trabajo.
Elio rechaza toda propuesta de seguir con el café e insiste que
además de la siembra de árboles frutales buscará
otras alternativas que le permitan ganarse la vida.
Hace 4 ó 5 años, por ejemplo, yo hacía una
inversión de cien colones y llegaba a sacarle hasta tres mil
colones. Hoy ni los gastos se logran sacar, se lamenta el joven.
Los comentarios sobre el cómo sobrevivir en una zona tradicionalmente
cafetalera no sólo se vive en Santiago de María, si no
también en Berlín, una ciudad cercana.
El alcalde de esta localidad Ramón Ernesto Palma, sostiene que
un 60 por ciento de la zona se dedica al cultivo de café y un
30 por ciento siembra granos básicos y cereales.
La crisis ha afectado al pueblo de tal forma que el lugar ha dejado
de ser una zona tradicionalmente tranquila y se ha convertido en un
sitio donde impera la delincuencia juvenil y el crimen organizado.
Debido a ello no es extraño que las personas que tienen vehículo
se hagan acompañar por algunos amigos cuando tienen que trasladarse
hacia otro pueblo. Todo es parte de su propia seguridad. La extorsión
y las pandillas juveniles mantienen en zozobra a la población.
Palma señala también que en la actualidad existen personas
que han cambiado su forma de trabajo. Cita, como ejemplo, la explosión
de oficios como la albañilería.
La misma comuna ha resentido en la recolección de impuestos debido
a la falta de circulante, tanto en la zona urbana como rural.
Hace dos años se alcanzaba recolectar unos 127 mil colones, ahora
el monto no llega ni a los 58 mil.
Esto no permite nuestro desarrollo, como mejores servicios públicos,
sostiene Palma. Y es que desde la carretera se tiende a confundir la
maleza, arboles frutales con los tradicionales cafetales.
La misma crisis ha provocado también, un incremento de la delincuencia
que afecta tanto el casco urbano como las zonas rurales, principalmente
donde existe acceso vehicular.
Es que no existe una persona por joven que sea que comente sobre la
situación del café, los de mayor edad resienten una pérdida
tradicional en donde se mantenía una convivencia entre las personas.
En suma, los valores se están perdiendo y el panorama amenaza
con empeorar.
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Mejor precio
Cerca del desvío hacia la ciudad de Alegría, Otoniel ha
tomado por cuenta propia superar el derrumbe del café. Un metro
y medio de madera tapizada de plástico ha servido para colocar
a la venta jocotes y mangos. A dos colones la bolsa, dice.
Como el negocio va en buen camino, es necesario tener la bicicleta a
un lado por si hay que correr a media tarde al mercado para adquirir
más productos.
Otoniel ha encontrado en su modesta ocupación la forma de ayudar
a su familia y hasta permitirle continuar sus estudios de noveno grano
suspendidos el año pasado ante la falta de trabajo en la finca,
lugar que trabajó desde que tenía siete años, junto
a otros miembros de su familia.
Otoniel está cons dciente que a sus 21 años le queda mucho
por hacer en un lugar donde ser joven ha significado desconfianza para
los mayores.
Con una sonrisa nerviosa señala que ir a cortar café es
perder el tiempo ya que no les pagan casi nada. A tres colones la arroba
cuando antes se la pagaban a cinco.
Ahora prefiere invertir 50 colones en mango y jocote y llega a alcanzar
una ganancia de hasta 120 colones diarios.
Cuando llega la hora de ir a estudiar, el puesto de venta es ocupado
por su mamá, quien tampoco no ha encontrado espacio en las fincas
aledañas al pueblo y a sus 56 años, difícilmente
encontrará.
La crisis ha llegado también a separar a la familia.
Los dos hermanos mayores de Otoniel decidieron probar suerte como bodegueros
en San Salvador.
Antes compartían el mismo hogar, las mismas esperanzas, hoy,
sin embargo se ven cada tres o cuatro meses.
Atrás quedan recuerdos anecdóticos cuando con sus amigos
eran parte de las seis cuadrillas de cortadores integradas por unas
cuarenta personas cada una.
Pero esta racha ha afectado a otras personas como a don
Pablo Serrano quien vive en una de las modestas casas de Berlín.
De las cinco propiedades cafetaleras que tenía, dos han sido
vendidas por lotes.
Las otras dos llamadas Serrano y Alicia prácticamente
las mantiene en abandono.
De estas últimas dos fincas que un día produjeron hasta
70 quintales de café de media altura, hoy apenas se logra obtener
20 quintales.
Otro de los factores que le impiden mantenerse en sus fincas, es la
misma inseguridad.
A sus 70 años, cuando don Pablo visita sus tierra se hace acompañar
de algunos jóvenes lugareños ya que sus ojos emigraron
hace años.
Serrano reciente también el costo de los fertilizantes y abonos
frente a unas tierras que no han tenido el regulado trabajo de mantenimiento.
Por propio honor ha decidido no vender el resto de sus tierras.
Él espera, a pesar de todo, a que en un momento el café
logre recuperarse de su declive. Sueña con volver a la época
dorada del llamado grano de oro.
TIERRA
ARRASADA
Tiempos
de amargura
Las
ricas cosechas cafetaleras que hicieron de Santa Ana el principal productor
nacional son ahora un recuerdo. Las fincas han caído como en
un sueño y el trabajo ha escaseado. Sobrevivir del café
ya no es garantía.
Mirella
Cáceres
vertice@elsalvador.com
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Como el dormido cráter del volcán Ilamatepec,
así están la mayoría de los cafetales empotrados
en sus faldas. Las masivas peregrinaciones de jornaleros durante el
invierno y de cortadores en el verano, quedaron atrás. La recolección
del fruto más preciado del país dejó de ser garantía
para cientos de familias de costear los útiles escolares o la
ropa para los hijos, el gasto de la comida o el pago de deudas contraídas.
Los cafetales no son más la principal fuente de empleo, y por
ende, de subsistencia. Lo que hace cuatro años constituía
una rica y extensa zona de cultivo del grano, es ahora una zona de peligro
donde el trabajo escasea y amenaza con la supervivencia de miles de
familias. Nunca antes tantos hogares compitieron para conseguir un trabajo
en las fincas. Las escasas oportunidades que ahora surgen las esperan
como garduña. Así de dramática se ha
vuelto la subsistencia en estas alturas.
La finca San Jorge es una de las pocas que mantienen una producción
estable. Preparará 22 manzanas para la próxima cosecha.
En estos tiempos solo ha requerido de doce personas para que poden árboles
y agobien los cafetos para que broten más rápidamente
los nuevos hijos. Una de las afortunadas en trabajar ha sido Rosa Mélida
Hernández, quien agradece al cielo de que 45 de sus 55 años
no ha parado de trabajar. Resiente, sin embargo, el cambio de los tiempos.
En los años setenta, esto daba gusto y la vida era más
barata. Aquí pagan lo justo ($338 la quincena), pero eso solo
alcanza para los frijolitos y las tortillas. Es peor no tener trabajo,
comenta Rosa.
La nostalgia por la abundancia de las cosechas y del trabajo se repite
como un lamento entre muchos pobladores ante la incertidumbre de si
encontrarán una oportunidad o perderán la que han conseguido.
José Dolores está sin trabajo y al igual que Rosa cree
que la época dorada del café es solo un recuerdo.
Vine porque había mucho trabajo y uno sabía que
al final de cada año tendría para salir de las aflicciones
(deudas). Así pude darle al menos noveno grado a los hijos, de
este trabajo los crié a todos, dice.
Yo del trabajo en las fincas he criado a mis diez hijos, así
como mis papás me criaron a mí y a mis hermanos. Hoy ya
no es lo mismo. Mi marido se ha ido a la finca San Gabriel, que está
bien arriba porque le dijeron que están dando trabajo,
afirma Milagro Hernández, residente en el cantón Calzontes
Abajo.
El peregrinar de hombres y mujeres significa en estos tiempos de escasez,
una búsqueda constante de trabajo. Los que logran encontrarlo
saben que trabajarán una o dos quincenas y luego serán
nuevamente desempleados. Antes todo el año se trabajaba,
pero ahora la gente pasa meses sin trabajo, dice Adela Estrada,
una joven de 23 años.
Los extensos cultivos de café que un día abonaron a que
Santa Ana fuera el mayor productor del país ya que aportaba el
34% de la cosecha nacional, han entrado en receso. El 95% de las
fincas están abandonadas, declara Mauricio Cerna, directivo
de la Asociación Cafetalera Departamental de Santa Ana. Mientras
dure el abandono, la situación de las familias desempleadas se
vuelve crítica.
Al hambre le acompañan otras carencias como el servicio vital
de agua potable. Solventar de alguna manera esta necesidad significa
desembolsar diariamente al menos seis colones para comprar un barril
de agua cuya procedencia es incierta. La llegada del invierno es el
único consuelo para ahorrarse ese gasto.
Impacto humano
Y es que tras el verde panorama que ofrecen los cafetales que aún
visten alturas como el volcán de Santa Ana, se esconde el verdadero
impacto de la crisis cafetalera y que a nivel nacional afecta a unas
135 mil personas.
Más allá de los cafetos resecos o ahogados por la maleza
producto de la falta de mantenimiento, está la lucha por sobrevivir
que emprenden a diario cientos de familias. La magnitud del problema
que se vive a menudo se plasma en frías estadísticas y
expectativas sobre el comportamiento de los precios internacionales.
Pese al derrumbe del café son pocos los pobladores afectados
que conocen las causas del porqué tantas fincas están
paralizadas. Y es que si las saben o no, que más da. Ellos lo
ven más en función del hambre que deben paliar día
a día. Por eso, mientras algunos se esmeran por la búsqueda
de un trabajo en alguna finca activa, otros se han planteado otras alternativas
para sostener económicamente el hogar. Unos se dedican a la compra
y reventa de productos, en su mayoría frutas; otros han emigrado
a las ciudades.
El hogar de Milagro Hernández reúne estas tres situaciones.
Ella mantiene una modesta tienda, su marido e hijos salen a diario a
buscar algún empleo, y dos de sus hijas emigraron a San Salvador
donde trabajan como domésticas. En estas tres opciones que tienen
para sobrevivir, los hombres se llevan la peor parte. Yo tengo
un mes de no trabajar. Me avisaron de un chance en una finca que está
a una hora de camino pero no me atreví a ir porque molesta la
delincuencia. Hoy con la falta de trabajo, algunos se han dedicado a
agarrar lo ajeno. Está serio este bolado, dice Maynor,
el hijo de 22 años de Milagro.
La situación de por lo menos diez familias vecinas de los Hernández
no es muy distinta: las hijas adolescentes están empleadas, la
mamá se ha ido al mercado de Santa Ana a vender fruta y el papá
ha salido en busca de trabajo.
En medio de este drama hay otros que están peor. Reina Ramos,
una joven madre de tres pequeños, dice que junto a su marido
han tenido que sustraer leña para venderla en el mercado de Santa
Ana. Es poco lo que ganamos, pero al menos conseguimos para los
frijoles y las tortillas", dice.
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Ella está consciente que lo que hacen es ilícito
pero el hambre no entiende de eso. Los mandadores nos ven que
sacamos leña pero no nos dicen nada porque saben que lo hacemos
por necesidad, porque no se encuentra trabajo casi en ningún
lado. Pero yo he dicho que no más oiga que están echando
mujeres a trabajar en alguna finca yo me voy, agrega.
Entre las mujeres existen más opciones: esperar a que resulte
alguna oportunidad en las fincas, dedicarse a la venta en el mercado
o emplearse como domésticas.
Dos hijas adolescentes de Ana del Carmen Ramírez han descubierto
que por lavar y planchar o sencillamente cuidar niños, ganan
mucho más que por el duro trabajo en las fincas, y que con el
séptimo grado basta para desempeñarse en otro campo que
le permite sobrevivir con un poco más de solvencia económica.
Yo -dice Adela Estrada- gano mucho más que aquí.
Por eso me fui hace siete años a trabajar a un casa en Ciudad
Merliot. Fue buena decisión porque ahora ya no es como antes
cuando los papás lo criaban a uno de esto. Mis hermanos y yo
vivíamos pobremente, dice.
La reflexión que hace Adela entre tiempos pasados y los actuales,
es compartido por muchos pobladores. Por eso más que nostalgia,
existe preocupación de como enfrentarán la crisis. Y es
que al igual que los productores de café, los jornaleros no
son sujetos de crédito.
Ni en las tiendas le quieren fiar a uno porque de donde les va
a pagar, sostiene Rosa Hernández.
La incertidumbre
N o hay comparación, dice en tono preocupado Jorge Marroquín,
mandador de la finca San Jorge, refiriéndose al destino de las
sembradíos. Antes las fincas mantenían gentío,
replica Rosa.
Hasta hace cuatro años, Oscar Aníbal Cortez sobrevivía
de su empleo como caporal, pero la crisis lo despojó. La manutención
de los hijos lo obligó a dejar el agradable clima de las
zonas cafetaleras y emplearse en una empresa de seguridad en el caluroso
San Salvador.
Al igual que su padre, Oscar sabe que el ritmo cafetalero se detuvo
porque los productores no tienen dinero para invertir. No hay
billetes dicen los señores, comenta.
También sabe que los bajos precios del café en el mercado
extranjero es la causa principal de que él y muchos más
hayan emigrado a las ciudades en busca de mejor suerte.
Ellos no están alejados de la realidad como lo está Rosa
Hernández, quien encuentra más razones ecológicas
que dé comportamientos del mercado. Quizá se deba
al cansancio de la tierra, ya no quieren producir, dice.
En las estadísticas de la Asociación Cafetalera de Santa
Ana, se refleja una alarmante crisis: un 95% de las 52 mil 222 manzanas
que antes rindieron abundantes cosechas, están paralizadas, y
la mayoría de los 3 mil 570 productores, entre grandes y pequeños,
sencillamente no tienen dinero para hacerlas producir.
Mauricio Cerna dice que no son sujetos de crédito porque acarrean
enormes deudas por la misma saturación de café en el mercado
internacional y que ha supuesto bajos pagos a su producción.
La finca Luciana, por ejemplo, lleva tres años sin trabajar.
Rigoberto Medina dice que el propietario solo ha estado invirtiendo
en la peina dos veces por año y empleado a 15 personas.
La última cosecha fue tan baja que actualmente solo ha empleado
a dos mozos para que arrancaran el bejuco del cafetal. En los buenos
tiempos, la finca de 50 manzanas llegó a producir hasta 1,300
quintales de café oro.
Cerna dice que la nueva apuesta es el café de estricta altura
siguiendo el proyecto de Taza de excelencia que desarrolla
el Consejo Salvadoreño del Café (CSC). Esto significa
que los cafetales de bajío y de mediana altura están amenazados
con desaparecer.
La selección de cafetales, según su altura sobre el nivel
del mar y la calidad del producto cosechado, también supondrá
una pérdida considerable de bosque, no solo en Santa Ana sino
en todo el país.
Hasta 1997, los cafetales constituían el 8% del área boscosa
del país, 486.7 millones de cafetos plantados y 17.2 árboles
que le hacían sombra, revelan una importante cifra que abonaba
en beneficio de nuestra escasa biodiversidad. Pero todo esto ha
caído en riesgo.
Entre los productores se habla ahora de competitividad, de ofrecer café
gourmet, pero esto supondrá efectos dramáticos.
Sobrevivirán solamente los cafetales que habitan las máximas
alturas. Del resto, cuyo producto no llena los requisitos del exigente
consumidor extranjero ¿cuál será su destino? ¿Desaparecerán?
Si esto último ocurre, la agudización del desempleo entre
miles de familias jornaleras será mayor a la que actualmente
se vive.
TIERRA
ARRASADA
¿Soluciones para la crisis?
Cada
vez más campesinos dejan de cultivar café. El producto
actual ya no es rentable. De ahí que se hable de una palabra
clave para superar la crisis cafetalera: la divesificación del
producto, que abriría nuevos mercados internacionales.
Javier
Espinoza
vertice@elsalvador.com
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La tierra del café es seca y se necesita de mucha
agua para sembrar hortalizas. Debido a ello, las apuestas del sector
cafetalero se enfilan a rescatar el cultivo antes de hablar de descartarlo.
La crisis del café tiene solución, no es algo que
tienda a la desesperanza, sostiene Orlando de Sola, quien integra
el Foro del Café, donde se aglutinan gremios de pequeños,
medianos y grandes productores del grano de todo el país.
Según miembros del Foro, creado en 2002, todavía se le
puede apostar al café como producto de exportación que
genere empleos y ganancias.
La llamada crisis cafetalera incluye la disminución de los precios
en el mercado internacional, poca rentabilidad y menor inversiones para
la producción. Una cadena de situaciones adversas que terminan
manifestándose en desempleo masivo, entre otros problemas.
El Consejo Salvadoreño del Café (CSC) informó que
para la cosecha 2002-2003 se emplearon apenas 54 mil personas en comparación
a las 185 mil requeridas en 1999.
El Foro cafetalero propone en sus políticas de corto plazo eliminar
el pago a PROCAFE y al Consejo Salvadoreño del Café, además
de la retención del 1.5% sobre pérdidas.
En sus políticas de mediano plazo, sugiere que el productor tenga
el control de su grano. Hay que revisar desde el momento en que
se entrega el café a los beneficiadores porque el productor no
sabe cuánto le cobran por la transformación, explica
Fernando Gonzáles, también del Foro.
El caficultor se muestra optimista como el resto de sus colegas y lo
ejemplifica el día que los chinos se tomen otra taza de
café en la mañana, la producción del mundo se queda
corta.
Luego de su comentario abunda sobre las posibilidades de promover la
apertura de nuevos mercados internacionales y menciona, como parte de
un estudio preliminar del Foro, a China continental, la Ex-Unión
Soviética y Europa central.
León Bonilla, director de CLUSA (Liga de Cooperativas de Estados
Unidos), respaldada por USAID, le apuesta al café orgánico
como parte de la solución a la problemática.
La demanda del café orgánico a nivel mundial va
creciendo, explica debido a que contribuye a que el trabajador
no se envenene y al consumidor para que no consuma productos contaminados.
Los caficultores hablan de nichos de mercado para señalar
la posibilidad real de introducir el café salvadoreño
en países europeos.
Algunos problemas
Los integrantes del Foro señalan, no obstante, algunos problemas
para llegar a esosnichos de mercado.
Advierten, por ejemplo, que el gobierno salvadoreño negó
la visa al agregado comercial de China Popular y los cafetaleros se
tuvieron que reunir con él en Guatemala. Si no viene a
quemar llantas, expresa De Sola.
Tanto FUNDE (Fundación para el Desarrollo Económico) y
FUSADES (Fundación Salvadoreña para el Desarrollo Económico
y Social) han realizado estudios sobre la situación cafetalera
en el país.
Una encuesta realizada por FUNDE en 7 municipios a 315 encuestados (micro
y pequeños productores, socios de cooperativas y propietarios)
revela datos interesantes: el 91% no tiene financiamiento, el 75% no
se dedica a otra actividad más que al café, el 25% se
endeuda para sobrevivir y el 71% dice que su alimentación ha
empeorado.
PROCAFE propone como solución al problema del café la
creación de un Fondo de Reserva Económica para la Caficultura
(RECAF) por $192.4 millones. De esta forma se pretende garantizar a
los cafetaleros un precio de $80 por saco de café de 60 kilogramos,
pese a los cambios de precio en el extranjero.
Bonilla, de CLUSA, sostiene que a El Salvador le ha faltado promover
la calidad de su producto.
Hay que diferenciarse. Café ofrece todo el mundo, pero
yo le ofrezco otro mejor. Por eso se apuesta a vender la buena
imagen de nuestro café.
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