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LA
COLUMNA
¿No
estamos tan mal?
La segunda clasificación mundial de la
libertad de prensa difundida esta semana por la organización
francesa Reporteros sin Fronteras (RSF) ubica a nuestro país
en el lugar número 37 de un total de 166 escaños.
Después de todo ¿no estamos tan mal?
Pero después ¿de qué? La pregunta es natural si
reflexionamos en el hecho que los indicadores de RSF priorizan aquellas
regiones donde la cárcel y la muerte son figuras concretas.
Un país como El Salvador en transición a la democracia
no encaja en esas realidades tan extremas. Caigamos en la cuenta de
que en esta clasificación Cuba es la penúltima nación,
justo delante de Corea del Norte, mencionada como violatoria de la libertad
de prensa.
El caso de que un partido de izquierda, un grupo de vendedoras arremeta
con bastonazos y ladrillos, que una administración ejecutiva
discrecione la distribución de la publicidad gubernamental, que
un ex funcionario tome el teléfono para detener publicaciones
no está incluido en este tipo de informes porque -aunque muchos
colegas no lo crean- El Salvador es un escenario democrático.
Al observar la realidad dramática de Cuba no tenemos comparación.
¿O acaso nadie recuerda la captura y condena de 26 periodistas?
Don Fidel tuvo la amabilidad de condenar a penas que van de 14 a 27
años de prisión a los colegas por escribir artículos
que hacen el juego a los intereses imperialistas.
RSF considera que Cuba es la mayor cárcel del mundo para
los periodistas tras el ajuste de tuercas que hizo el régimen.
¿Venezuela? Donde los colegas están enfrentados entre
dos feroces expresiones (chavismo y antichavismo)
para ejercer el periodismo, como si nuestra vocación tenga que
abrigar una bandera extra a la libertad de prensa y el derecho de información.
Un grupo de amigos tuvo que organizarse y autodenominarse Los
de en medio para poder trabajar tranquilos; pero en una sociedad
tan polarizada sobreviven por milagro de Dios.
El Salvador, en cambio, ya no es un referente mundial donde el ejercicio
de esta profesión es una sentencia de muerte; pero, ojo, no hay
que dormirse en los laureles y olvidar que la defensa de nuestros derechos
(libertad de prensa e información) nunca va a ser aspiradora
por la derecha ni por la izquierda. La fiscalización del poder
público siempre causa escozor y no es lo mismo la tolerancia
de criminales de poca monta a publicaciones que revelen el despilfarro
o el enriquecimiento ilícito del erario público. ¿Verdad?
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