25 de mayo de 2003

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Mirella Cáceres
vertice@elsalvador.com

¿Por qué emigran?

Más que conmiserarme ante la agonía que vivieron los indocumentados dentro del tráiler sellado y que fue encontrado en Victoria, Texas, me pongo a reflexionar sobre la razón que impulsa a tanto salvadoreño a cruzar desiertos, montes y ríos atestados de peligros. ¿Por qué dejan familia, casa, amigos, tierra, cultura? ¿Por qué esperar un tren que a muchos los ha devuelto mutilados o les ha arrancado la vida? Los porqués de este masivo éxodo son muchos pero las respuestas son escasas.

Conozco a un jovencito que, después de curarse de las heridas que le dejó una paliza en tierras mexicanas, emprendió un segundo viaje. Llegó. Ahora dice estar feliz, junto a su padre y con un trabajo muy bien remunerado, deseoso de ayudar a una congregación religiosa que lo vio crecer o a algún necesitado. También sé de otros dos jóvenes cuyo destino es desconocido, o de jovencitas que se cansaron de buscar empleo y no hallaron otra salida a su desesperación. “Dios sabe que busqué trabajo y no lo encontré”, me dijo una pariente que en su peregrinaje ilegal sorteó infinidad de peligros y miró restos de huesos de humanos. “Decían que eran de personas que habían viajado por su cuenta o que los coyotes los dejaron a su suerte y murieron de hambre, de sed, por el calor o el frío”, agregó.

Las historias de indocumentados salvadoreños son muchas y tienen distintos matices; pero todas representan una cruel odisea, de la cual casi siempre se responsabiliza al “coyote”. Estoy en desacuerdo con el trabajo que ellos desempeñan, de cómo se lucran y se aprovechan de la desesperación de la gente. Sin embargo, esta figura no desaparecerá capturándolos o desintegrando bandas de traficantes de humanos, tampoco llamando a la cordura a la gente para que no se entreguen en sus manos. Encarcelarán unos y surgirán otros. Hasta se habla de una especialización de este oficio porque hay condiciones para desarrollarlo, porque hay países como el nuestro donde la pobreza se abalanza como un monstruo gigante sobre casi la mitad de la población, que desesperada hace lo que sea para proveer un futuro digno a sus hijos. Ya es tiempo de que en lugar de hablar del tema, se aborde de manera responsable. Las gestiones gubernamentales para lograr por ejemplo, la estabilidad legal de más de 200 mil salvadoreños a través de una extensión del TPS, es algo loable, pero ¿hasta cuándo dejaremos de depender de esas concesiones? ¿Hasta cuando las remesas dejarán de sostener nuestra economía ? ¿Hasta cuándo cesará ese peregrinaje que en muchos casos termina trágicamente como ocurrió con los ocupantes del tráiler encontrado en Texas?


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