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OPINIÓN
El
pecado nefando
Lo
que más sorprende en el documento sobre las parejas homosexuales
que dio a conocer el Vaticano el 1 de agosto escrito por el cardenal
Joseph Ratzinger y aprobado por el Papa no es la reafirmación
de la doctrina tradicional de la Iglesia Católica que condena
el amor entre personas del mismo sexo como un comportamiento desviado
que ofusca valores fundamentales, sino la vehemencia con
la que en él se exhorta a los parlamentarios y funcionarios católicos
a actuar para impedir que se adopten leyes que autoricen la unión
homosexual o, si se aprueban, para frenar y dificultar su aplicación.
En este caso sí que no parece funcionar para nada aquella sabia
distinción evangélica entre lo que es del César
y lo que es de Dios: el documento entra a saco en la vida política
y da instrucciones inequívocas y terminantes a los católicos
para que actúen en bloque, disciplinados y sumisos como buenos
soldados de la fe.
Con la misma claridad con la que ha fulminado el divorcio, el aborto,
la eutanasia y la ingeniería genética, el cardenal Ratzinger
y, tras él, el Papa Wojtyla, recuerdan a los parlamentarios católicos
que tienen el deber moral de expresar diáfana y públicamente
su desacuerdo y de votar contra los proyectos de ley que amparen
los matrimonios homosexuales, y de presentar enmiendas que limiten
los daños de semejantes leyes.
Al mismo tiempo, los funcionarios católicos deben reivindicar
el derecho a la objeción de conciencia para no cooperar con la
promulgación y aplicación de leyes tan gravemente injustas.
La condena es todavía más rotunda en lo relativo a la
adopción de niños por parejas homosexuales, práctica
gravemente inmoral que, aprovechando la debilidad
de un ser de pocos años serviría para introducir
al niño en un ambiente que no favorece su pleno desarrollo humano
ya que las relaciones homosexuales contrastan con la ley moral
natural.
Con argumentos así, aderezados con la presencia sulfúrica
del demonio, la Iglesia mandó a millares de católicos
y de infieles a la hoguera en la Edad Media, y contribuyó decisivamente
a que, hasta nuestros días, el alto porcentaje de seres humanos
de vocación homosexual viviera en la catacumba de la vergüenza
y el oprobio, fuera discriminado y ridiculizado, y se impusiera en la
sociedad y en la cultura el machismo, con sus degenerantes consecuencias:
la postergación y humillación sistemática de la
mujer, la entronización de la viril brutalidad como valor supremo
y las peores distorsiones y represiones de la vida sexual en nombre
de una supuesta normalidad representada por el hetero sexualismo.
Parece increíble que después de Freud y de todo lo que
la ciencia ha ido revelando al mundo en materia de sexualidad en el
último siglo la Iglesia Católica casi al mismo tiempo
que la Iglesia Anglicana elegía al primer obispo abiertamente
gay de su historia se empecine en una doctrina homofóbica
tan anacrónica como la expuesta en las doce páginas redactadas
por el cardenal
Joseph Ratzinger.
Reacciones
encontradas
A juzgar por algunas reacciones y encuestas que leo
en la prensa italiana escribo estas líneas en las costas
de Sicilia donde no llegan otros diarios europeos no toda la grey
católica ha acatado con la docilidad debida el úcase vaticano.
El senador Edward Kennedy, en Washington, declaró que la
Iglesia Católica debe ocuparse de religión y no de tomas
de posición políticas y reafirmado su apoyo a las
uniones de parejas gays. Así lo ha hecho también el primer
ministro canadiense, Jean Chrétien (católico), país
donde está a punto de aprobarse una ley que autoriza el matrimonio
homosexual. Según el Corriere della Sera el 51,6% de los italianos
favorece las uniones entre parejas del mismo sexo y en España,
según un sondeo del diario El Mundo, el porcentaje favorable
sería aún mayor: 53%.
El mismo diario italiano transcribe una declaración contundente
del dirigente demócrata-cristiano Pim Walenkamp, de Bélgica,
uno de los cinco países europeos donde se han autorizado las
uniones homosexuales (los otros son Dinamarca, Suecia, Holanda y Francia):
No daremos un paso atrás. El Papa haría bien de
ocuparse de temas importantes como aquellos que tienen que ver con los
países pobres del mundo, en vez de señalar con el dedo
lo que hacen las personas en la intimidad del lecho.
La filípica anti-homosexual del Vaticano es tanto más
sorprendente cuanto que si ha habido una institución en el mundo
que en los años recientes haya vivido en carne propia, y de la
manera más dramática, el drama del homosexualismo y las
nefastas consecuencias que tiene para los individuos particulares y
para el conjunto de la sociedad el desconocerlo, condenarlo y cerrarle
todas las vías de manifestarse, es la propia Iglesia Católica.
Sólo en los Estados Unidos ascienden a centenares, y acaso millares,
los casos de pedofilia, acoso sexual y homosexualismo en los colegios,
seminarios, centros de animación cultural y deportiva dirigidos
por la Iglesia Católica que han llevado al banquillo de los acusados
a sacerdotes, obispos, párrocos, instructores, catequistas, escándalos
que no sólo han sacado a la luz un lastimoso trasfondo de sexualidad
pervertida al amparo de la autoridad sacerdotal, sino que, desde
el punto de vista económico, han costado a la institución
eclesiástica en los Estados Unidos sumas astronómicas
en reparaciones, compensaciones por daños y perjuicios y arreglos
extra judiciales.
El caso, particularmente doloroso, del obispo de Boston sirvió
para ilustrar mejor que ningún argumento racional la insensatez
de imponer una ortodoxia sexual sin tener en cuenta la infinita variedad
de matices de la personalidad individual y la manera tortuosa y trágica
en que la naturaleza humana se rebela contra esas camisas de fuerza
causando verdaderos estragos en su vecindad y, claro está, en
la propia persona del victimario/víctima.
Con toda esta experiencia vivida en su propio seno, hubiera cabido esperar
que la Iglesia se mostrara más cauta, comprensiva y tolerante
con el tema del homosexualismo. Pero el texto del cardenal Ratzinger
muestra exactamente lo opuesto: un encastillarse con empecinamiento
dogmático en una doctrina intolerante que, en la práctica
y en los propios predios de la Iglesia Católica, va haciendo
aguas por todos los poros.
La descomposición moral
Pero, acaso este texto, púdicamente titulado
Consideraciones sobre el proyectado reconocimiento legal de la
unión entre personas homosexuales vaya dirigido, no tanto
a contener la marea de permisividad y tolerancia en materia sexual que
va ganando a toda la cultura occidental, y contagiando a otras, sino
a poner orden en el seno de la propia Iglesia Católica, donde,
precisamente a raíz de los continuos escándalos de pedofilia
y acoso sexual en que se han visto envueltos tantos sacerdotes y religiosos,
se ha hecho público un estado de cosas que utilizando la
propia retórica y la moral de la institución que, ni qué
decir tiene, no son las mías el cardenal Ratzinger y el
Papa llamarían de profunda descomposición moral.
Si ese es el propósito, tengo la seguridad de que está
condenado al fracaso. Porque los escándalos sexuales recientes
en el seno de las congregaciones, seminarios, colegios y parroquias
católicos no resultan de un debilitamiento de la autoridad eclesiástica
ni de la falta de disciplina interna, sino de una naturaleza humana
que ni ahora ni antes pudo ser artificialmente embridada sin causar
estragos y lacerar la sicología y la conducta de los seres humanos.
La diferencia entre hoy y ayer, en materia sexual, dentro y fuera de
la Iglesia Católica, no es de comportamiento.
Este no puede haber variado mucho porque, aunque hayan cambiado muchas
costumbres y creencias, las pulsiones, los instintos, los deseos y las
fantasías que animan la vida sexual siguen siendo los mismos.
Es de publicidad. Antes, los escándalos podían ser ocultados
y los pedófilos y acosadores sexuales salirse con la suya, como
sigue ocurriendo todavía en las sociedades cerradas y sometidas
a la dictadura religiosa.
En las sociedades abiertas ello ya no es posible, porque la libertad
ha ido abriendo todas las puertas y haciendo que lo que antes permanecía
tapado y escondido se ventile a plena luz y llegue a los diarios, las
pantallas de televisión y los tribunales.
La verdad que se hace pública, gracias a ello, no concierne solamente
a una realidad institucional, a los pequeños dramas y escándalos
que tienen como escenario a la Iglesia Católica. Concierne a
una verdad sobre el ser humano en general y a la identidad sexual de
las personas, una identidad mucho menos rígida y unidimensional
de lo que enseñaba la doctrina y mucho menos dócil a las
enseñanzas pastorales de lo que la Iglesia sostiene.
Esa verdad no se puede ignorar, so pena de quedarse rezagado, cada vez
más al margen de la historia y el mundo en los que vivimos inmersos,
como ocurre con esas vehementes y feroces diatribas que de tanto en
tanto escribe el cardenal Ratzinger y aprueba el Papa Wojtyla, empeñados
contra toda razón y admirable terquedad numantina en negar su
tiempo y rechazar la vida.
Los millones de homosexuales católicos que hay en el mundo no
renunciarán a su sexualidad debido a las fulminaciones vaticanas.
Aun cuando se empeñaran en hacerlo, su propensión sexual
terminará por encontrar unos resquicios a través de los
cuales manifestarse y adquirir derecho de ciudad, a veces con grandes
traumas y desgarramientos para el propio sujeto y sus próximos.
No es el sexo, son la Iglesia y la fe católicas las víctimas
privilegiadas de este nuevo manifiesto cavernícola.
La Iglesia Católica debe ocuparse de religión y
no de tomas de posición políticas
La verdad que se hace pública no concierne solamente a
una realidad institucional
© Mario Vargas Llosa, 2003.
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