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PIEDRA
DE TOQUE
La
capa de Belmonte
En
el mes que llevo en Washington DC me ha impresionado la falta de equidad
con que,
casi sin excepciones, los grandes medios de comunicación de Estados
Unidos informan
sobre el conflicto palestino-israelí.
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La capa de Belmonte fue un objeto mítico de mi
infancia y, probablemente, la razón del nacimiento de mi afición
a la fiesta de los toros. Pertenecía a mi tío Juan Eguren,
el marido de la tía Lala, hermana de mi madre. En la casa tribal
de Cochabamba, de la calle Ladislao Cabrera, el tío Juan nos
contaba a mí y a mis primas Nancy y Gladys que esa hermosa capa
oro y gualda, recamada de pedrerías y testigo de milagrosas faenas
en los cosos de España y América, se la había regalado
el gran Juan Belmonte a su padre, el primer Eguren que llegó
a Arequipa desde su lejana tierra vasca. Eran íntimos amigos,
acaso compadres, y el progenitor del tío Juan había acompañado
al eximio matador en incontables giras y por eso éste, al separarse,
le había regalado en prenda de amistad esa hermosa capa que,
en las grandes ocasiones, el tío Juan y la tía Lala desenterraban
del baúl donde la tenían guardada, entre coberturas de
papel de seda y bolitas de naftalina.
No era un capote de torear sino una capa de adorno, para el paseíllo,
pero mi tío Juan la utilizaba igual para citar al invisible astado
y con movimientos lentos, rítmicos, de graciosa elegancia, confundir
y marear al animal obligándolo a embestir una y otra vez, raspándole
el cuerpo, en una danza mortal que a mí y mis primas nos mantenía
hipnotizados. Aquellas noches yo salía a las plazas a torear
y escuchaba clarines, pasodobles, y veía los tendidos alborotados
por los gritos entusiastas y los pañuelos de los aficionados.
Una fiebre taurina
Un acontecimiento excepcional de aquellos años fue la llegada
al Cine Rex, cercano a la Plaza de Armas de Cochabamba, de la película
Sangre y Arena, con Tyrone Power, Linda Darnell, Akim Tomiroff y Rita
Hayworth. Gocé, sufrí y soñé tanto con ella
me la sabía de memoria y además la reproducimos
varias veces en el vestíbulo y los patios de la profunda casa
cochabambina donde vivía la tribu familiar que nunca he
querido volverla a ver, temeroso de que aquella inolvidable historia
sentimental, de amores heroicos y corridas épicas, vista hoy
día desencantara y aniquilara uno de mis mejores recuerdos de
la infancia. ¿Cuántas veces la vimos? Varias y la que
más, la prima Gladys, a quien recuerdo echando unos lagrimones
la tarde que el tío Juan la mató de pena confirmándole
que, definitivamente, una mujer no podía ser torero.
De modo que aquella soleada tarde en que el abuelo Pedro yo debía
andar por los ocho o nueve años de edad me tomó
de la mano y me hizo subir la larga cuesta que conducía a El
Alto, aquella cumbre desde la que se divisaba todo el valle de Cochabamba
y donde estaba la placita de toros de la ciudad, para presenciar la
primera novillada de mi vida, yo era ya poco menos que un experto en
tauromaquia. Sabía que una corrida constaba de tres tercios,
los nombres de los pases, que los Miuras eran los bichos más
bravos y más nobles, y que las banderillas y la pica no se infligían
al toro por pura crueldad sino para despertar su gallardía, embravecerlo
y, a la vez, paradójicamente, bajarle la cabeza a la altura de
la muleta. Pero una cosa era saber todo eso y mucho más, en teoría,
y otra ver y tocar la fiesta y vivirla en un estado de trance, emocionado
hasta loSs tuétanos. Todo era hechicero y exaltante en el inolvidable
espectáculo: la música, los jaleos de la afición,
el colorido de los trajes, los desplantes de los espadas, y los mugidos
con que el toro expresaba su dolor y su furia. Elegancia, crueldad,
valentía, gracia y violencia se mezclaban en esas imágenes
que me acompañaron tanto tiempo. Estoy seguro que al regresar
a la casa de Ladislao Cabrera, todavía en estado de fiebre, aquella
tarde había tomado ya la resolución inquebrantable de
no ser aviador ni marino, sino torero.
recuerdo imborrable
Cuando la familia regresó al Perú, en 1945 ó 1946,
luego de diez años de exilio boliviano, la capa de Belmonte todavía
existía y el tío Juan y la tía Lala la mostraban
de vez en cuando a los amigos y parientes, en su casita miraflorina
de Diego Ferré, donde yo pasé muchos fines de semana y
fui tan feliz como lo había sido en Cochabamba. No puedo separar
el recuerdo de esa capa de la figura epónima de Mito Mendoza,
un primo del tío Juan, que sabía de toros todavía
más que éste, y que, hablando de la fiesta, contando corridas
célebres y faenas paradigmáticas y chismografías
de ganaderos, empresarios y toreros, se excitaba de tal modo que se
ponía colorado y accionaba y alzaba la voz como si algo lo hubiera
enfurecido. Pero estaba feliz y en esas apoteosis solía exigir
que le pusieran en las manos la capa de Belmonte para pasar a la acción.
Yo y mis primas hacíamos de toro y era una verdadera felicidad
embestir y obedecer el engaño a que nos sometían las diestras
manos de Mito Mendoza, a quien admirábamos sin límites,
porque de él se decía que, además de torearnos
a nosotros, toros inofensivos, había toreado toros de verdad,
como torero-señorito, y destacado en las tientas por su dominio
de la técnica y su valentía. Mito Mendoza desapareció
un día de la casita del tío Juan y la tía Lala
y después supimos que había partido a Estados Unidos y
que allí, para conseguir la residencia o la nacionalidad, se
había enrolado en el Ejército y muerto como combatiente
en la lejana y misteriosa guerra de Corea.
El tío Juan, el tío Jorge y el tío Lucho me llevaron
muchas veces a los toros, a Acho, la placita de toros colonial, acogedora
y de sabor inconfundible, en la que habían toreado Belmonte y
Manolete la más antigua del mundo, después de la
de Ronda que el arquitecto Cartucho Miró Quesada restauró
por aquellos años, en que debió inaugurarse la Feria de
Octubre, y a la Plaza Monumental, que hizo construir la dictadura de
Odría, y que fue una chapuza tan monumental como su nombre. Nunca
prendió, la afición jamás se acostumbró
a ella, y menos los toreros, y quizás todavía menos los
toros que en esa pretenciosa y desmesurada construcción de cemento
armado, barrida por los vientos y de atmósfera glacial, se sentían
tristes y desbrujulados. Pero allí vi yo algunas corridas memorables,
como las que protagonizaba el gran Procuna, torero esquizofrénico,
que una tarde huía de los toros empavorecido, amarillo de espanto,
arrojando la capa y zambulléndose de cabeza por las defensas
si hacía falta, y a la siguiente encandilaba y enloquecía
a los tendidos en un despliegue de temeridad y sabiduría con
el capote y la muleta que cortaban el habla y la respiración.
Y allí vi y oí resonar en el silencio eléctrico
de aquella tarde la bofetada que el torero argentino Rovira descargó
en las mejillas de Luis Miguel Dominguín, con la que prácticamente
se suicidó (taurinamente hablando).
Pero al ídolo de mi juventud, al maestro de los maestros, al
quieto, elegante y profundo Ordóñez, restaurador y exponente
eximio del toreo rondeño, lo vi por primera vez en una
corrida a la que para entrar empeñé mi máquina
de escribir en la alegre y sabrosa Plaza de Acho, en una soleada
tarde de octubre en que la enfervorecida y agradecida multitud lo llevó
en hombros, desde el Rímac, hasta el Hotel Bolívar de
la Plaza San Martín. No recuerdo haber visto entusiasmo igual
ni haber sentido, como esa vez, que lo que ocurría allí
en el ruedo era una magia aterradora y excelsa que me asustaba, hechizaba,
entristecía y alegraba. Su lentitud, sus poses estatuarias, su
serenidad y su dominio del toro, su desprecio del riesgo, tenían
algo escalofriante, interpelaban a la muerte y eran belleza en estado
puro. Ver torear a Ordóñez casi siempre me levantaba del
asiento. Lo vi muchas veces después, en España, en aquellos
años de 1958 y 1959 en que gracias a la beca Javier Prado, que
obtuve para hacer el doctorado en la Complutense, viví como un
pachá. (Recibía ciento diez dólares al mes, lo
que en la pobretona España de entonces era una verdadera fortuna)
Para ver a Ordóñez tomaba trenes y hacía largos
viajes y, por supuesto, concebía fantásticos proyectos
literarios: llegar hasta él, amigarnos y acompañarlo por
las plazas de toros de toda España a lo largo de una temporada
entera, para escribir un libro sobre él que nos, o que en todo
caso me, inmortalizaría. Un libro que sería mejor que
todos los cuentos y ensayos taurinos que había escrito Hemingway,
un escritor que yo admiraba mucho y al que leía con pasión,
salvo cuando escribía de toros, porque, aunque le gustaban mucho,
me daba la impresión de que nunca los entendía a cabalidad,
que se quedaba sólo con lo que la fiesta tenía de peor,
la brutalidad, y que se le escapaban su misterio, su delicadeza, su
estética, y esa extraña virtud de exponernos en ciertos
momentos privilegiados, con desnudez total, la condición humana.
Y, a propósito, la única vez que vi en persona al autor
de El viejo y el mar fue en la Plaza de Toros de Madrid, una tarde de
San Isidro, bajando los graderíos de sombra del brazo nada menos
que de la deslumbrante Ava Gardner, hacia la barrera. Parecía
igual que su mito: grande, fuerte, vital, ávido y feliz, un verdadero
dueño del mundo. Y, sin embargo, por debajo de esa apariencia
de triunfador, había empezado ya la irremisible decadencia del
titán, la intelectual y la física, esa desintegración
que lo iría empujando en los años siguientes hacia el
disparo de Idaho, como a uno de sus héroes de malograda virilidad,
tema obsesivo de sus historias.
¿Qué se hizo de la querida capa de Belmonte que tan bellos
recuerdos me trae de mi niñez? Cuando, ya adulto, comencé
a preguntarme si aquella capa había pertenecido de verdad a Belmonte
el Trágico como lo llamó Abraham Valdelomar en el
delicioso librito que escribió sobre él, si el abuelo
de mis primas Nancy y Gladys y el torero habrían sido de verdad
tan amigos, o si todas esas historias que nos contaba el tío
Juan para amansarnos cuando éramos niños eran meras fabulaciones
que la familia patentó, la capa ya se había eclipsado.
¿Se la robaron? ¿Se extravió en algunas de las
muchas mudanzas de que estuvo repleta la historia familiar? ¿Acaso
fue vendida en algunas de las crisis económicas que golpearon
con dureza, en la etapa final, al tío Juan y a la tía
Lala? Nunca lo he sabido. En verdad, no tiene la menor importancia.
Esa capa de Belmonte sigue existiendo donde nadie puede dañarla
ya, ni perderla, ni apropiársela: en la memoria de un veterano
que la preserva, la cuida y la venera como uno de los recuerdos más
tiernos y emocionantes de su niñez, esa edad que con toda justicia
llaman de oro.
Las corridas de toros esconden una extraña
virtud de exponer la desnudez de la condición humana
© Mario Vargas Llosa, 2003.
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