23 de noviembre de 2003


LA COLUMNA

Wilfredo Hernández
vertice@elsalvador.com

Periodismo responsable

Los salvadoreños somos unos eternos enamorados de la muerte, dice Rafael Rodríguez Díaz en su libro “Temas Salvadoreños”. La sociedad salvadoreña camina, irremediablemente, a su propia extinción. Y no es sofisma, es la triste realidad.

Basta ver los principales periódicos para darnos cuenta del grado de violencia y desprecio a la vida que hemos alcanzado los salvadoreños.

Noticias de masacres, violaciones, hechos violentos y otras “linduras” son el caldo diario de los medios de comunicación, que, lastimosamente, muchas veces bombardean irresponsablemente al público sin reparar en el daño que hacen.

El amarillismo periodístico es una de esas manifestaciones irresponsables en las que caen algunos medios de comunicacción. Pero más irresponsable, y lamentable, es la falta de análisis y la ligereza con que son cubiertos esos hechos violentos.

El lunes pasado, tres jóvenes fueron asesinados en Soyapango a sangre fría por, según testigos, hombres vestidos de policías. Los días siguientes continuaron publicándose notas de asesinados.

De inmediato, los dedos apuntaron a miembros de maras, el tema de moda en el país. No trato de defender las actividades ilícitas de esos grupos, pero señalarlos sin un análisis profundo, ya sea basándose en declaraciones policiales u otras manifestaciones, me parece un acto irresponsable.

Culpar a alguien sólo porque nos dicen, o porque eso es más fácil, es peligroso. Podríamos caer en la desidia de no exigir que se investiguen los crímenes porque ya están predefinidos los autores. Ya es hora de que los periodistas dejemos de ser simples “mecanógrafos” de las declaraciones de los funcionarios.

Geond Lighfield, en un artículo titulado “La Declarocracia en el periodismo”, sostiene que el mayor problema de los periodistas es redactar notas donde la única contribución del comunicador es la cantidad de “dijónimos” (sinónimos de la palabra dijo) que riega a lo largo del artículo sin analizar lo que se le dice.

Lastimosamente estamos cayendo en eso. Es como que si lo que dicen las autoridades es “palabra sagrada” y no las cuestionamos.

O como que todo hecho sangriento viene de las maras, sólo porque así lo dijo el oficial, el fiscal o cualquier otro funcionario que se ofreció a dar declaraciones.

Somos unos enamorados de la muerte, sí. Y eso no lo cambiaremos mientras los medios no hagamos ver a las autoridades que eso, como dice Rodríguez Díaz, “es un termómetro que mide la gravedad del estado de nuestro aparato social”.


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