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LA
COLUMNA
Periodismo
responsable
Los salvadoreños somos unos eternos enamorados
de la muerte, dice Rafael Rodríguez Díaz en su libro Temas
Salvadoreños. La sociedad salvadoreña camina, irremediablemente,
a su propia extinción. Y no es sofisma, es la triste realidad.
Basta ver los principales periódicos para darnos cuenta del grado
de violencia y desprecio a la vida que hemos alcanzado los salvadoreños.
Noticias de masacres, violaciones, hechos violentos y otras linduras
son el caldo diario de los medios de comunicación, que, lastimosamente,
muchas veces bombardean irresponsablemente al público sin reparar
en el daño que hacen.
El amarillismo periodístico es una de esas manifestaciones irresponsables
en las que caen algunos medios de comunicacción. Pero más
irresponsable, y lamentable, es la falta de análisis y la ligereza
con que son cubiertos esos hechos violentos.
El lunes pasado, tres jóvenes fueron asesinados en Soyapango
a sangre fría por, según testigos, hombres vestidos de
policías. Los días siguientes continuaron publicándose
notas de asesinados.
De inmediato, los dedos apuntaron a miembros de maras, el tema de moda
en el país. No trato de defender las actividades ilícitas
de esos grupos, pero señalarlos sin un análisis profundo,
ya sea basándose en declaraciones policiales u otras manifestaciones,
me parece un acto irresponsable.
Culpar a alguien sólo porque nos dicen, o porque eso es más
fácil, es peligroso. Podríamos caer en la desidia de no
exigir que se investiguen los crímenes porque ya están
predefinidos los autores. Ya es hora de que los periodistas dejemos
de ser simples mecanógrafos de las declaraciones
de los funcionarios.
Geond Lighfield, en un artículo titulado La Declarocracia
en el periodismo, sostiene que el mayor problema de los periodistas
es redactar notas donde la única contribución del comunicador
es la cantidad de dijónimos (sinónimos de
la palabra dijo) que riega a lo largo del artículo sin analizar
lo que se le dice.
Lastimosamente estamos cayendo en eso. Es como que si lo que dicen las
autoridades es palabra sagrada y no las cuestionamos.
O como que todo hecho sangriento viene de las maras, sólo porque
así lo dijo el oficial, el fiscal o cualquier otro funcionario
que se ofreció a dar declaraciones.
Somos unos enamorados de la muerte, sí. Y eso no lo cambiaremos
mientras los medios no hagamos ver a las autoridades que eso, como dice
Rodríguez Díaz, es un termómetro que mide
la gravedad del estado de nuestro aparato social.
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