22 de junio de 2003


ESPECIAL

Inmigrantes y salud: El riesgo y el precio

No se enferme en los Estados Unidos. Sin seguro de salud, la catástrofe lo rodeará. Miles de latinos, incluyendo salvadoreños, sufren quebrantos pero su condición de ilegales les impide acceder a servicios médicos.

Francisco Ayala Silva
En Washington

vertice@elsalvador.com

Vilma Rosibel Aragón se rompió la columna al caer de un tercer piso. La falta de dinero para curarse la obligar a postrarse en silla de ruedas.

Vilma Rosibel Aragón sobrevivió a una caída desde el tercer piso de su edificio, pero su familia no tiene la fortuna para rehabilitarle un espinazo roto. Una silla de ruedas sería el destino de esta salvadoreña de 20 años.

Gardenia Bascopé vino a los Estados Unidos para escapar de la muerte. El asesino era el mal de Hodgkin, una enfermedad caracterizada por una anemia progresiva e inflamación de las glándulas linfáticas.

Bascopé, de 29 años, vino de su nativa Bolivia en 1999 cuando los doctores agotaron sus armas contra el mal que ella sufre desde los 14 . Ella llegó a la nación con la mejor tecnología médica para enterarse de que no tendría acceso a la ciencia que podía salvarla. Es demasiado cara.

Como Vilma y Gardenia, millones de hombres, mujeres y niños que viven en los Estados Unidos no pueden acceder a los colosales recursos médicos de la nación. Ellos son inmigrantes indocumentados y eso los descalifica para solicitar seguro o servicios médicos.

De acuerdo con las autoridades de migración, el número de indocumentados puede ser mucho mayor a cinco millones, la cifra oficial.

“Bienvenido al sueño americano”, dice el salvadoreño Eugenio Arene, director ejecutivo del Consejo de Agencias Latinas de Washington.

“La nación más grande de la tierra es una nación subdesarrollada en cobertura de salud; hasta naciones latinoamericanas tienen servicios médicos gratuitos”.

“Aquí, si alguien sin seguro de salud se enferma, la cuenta del hospital puede trepar hasta los $30 mil, y te puede tomar toda la vida pagar completamente esa deuda”, dice Arene.

“Los inmigrantes tienen acceso limitado a los seguros de salud, y los latinos son los que tienen el acceso más limitado”, dice el médico salvadoreño Juan Romagoza, director de La Clínica del Pueblo, que ofrece atención médica gratuita.

De acuerdo con su experiencia “cada minoría tiene dificultades tratando de conseguir seguro de salud: afroamericanos, nativos americanos… Además, la población sin seguro está creciendo”, señala.
El problema de la cobertura universal de salud es parte de las batallas políticas, y, por ahora, hay pocas posibilidades de cambiar la situación.

“No puedo ver ningún cambio con la actual administración (de George W. Bush)”, dice Ana Sol Gutiérrez, emigrante salvadoreña y miembro de la Asamblea Legislativa del estado de Maryland.

“Además, la cobertura universal de salud no es exigida por la Consti-tución”, agrega.

Sol Gutiérrez culpa a las reducciones en los impuestos como causa directa para obtener fondos y sostener un programa de cobertura médica universal. “Esos recortes dejaron al gobierno federal sin dinero, por eso no podemos considerar ese servicio”.

Ella contrasta la situación de Estados Unidos con la de Suecia, “donde la gente entrega hasta el 60 por ciento de sus ingresos como impuestos, pero tienen salud y educación universal”.

“En Canadá, donde también existe cobertura de salud universal, usted puede hacer cola durante seis meses por tratamiento, aun con una enfermedad seria”, dice Jonas Morris, un consultor de salud independiente.

“En Estados Unidos usted puede arreglar una operación de corazón abierto o un trasplante de caderas en cuestión de
horas”.
Sin embargo, Sol Gutiérrez dice que la voluntad es más importante que el dinero. “Hawai es el único estado que tiene cobertura de salud universal, y Hawai es uno de los estados más pobres”, dice.
“Yo creo que la respuesta es un plan que permita a todo el mundo tener seguro de salud pagado en parte por los empleadores y en parte por los empleados”.

Edgar Gonzáles, vendedor de bienes raíces y activista del partido republicano en el estado de Virginia, rechaza la idea de volver con la carga de impuestos. “Lo que necesitamos es mejor administración del dinero público”, sostiene.

“Algunos condados y ciudades hacen un buen trabajo proveyendo cobertura de salud. Washington D.C. hace un buen trabajo con DC Alliance y el condado de Prince William (en el estado de Virginia) tiene un buen sistema de clínicas públicas”, dice.

Drama humano

La historia de Bascopé demuestra que el sistema de salud de los Estados Unidos, con sus defectos, salva vidas.
Ella había luchado contra la enfermedad desde que tenía 14 años. Estaba en secundaria cuando encontró tumores indoloros en la base del cuello. Pronto comenzó a perder el cabello. Sus padres la llevaron a doctores y hospitales que la trataron durante una década, hasta que las crisis de dolor en todo el cuerpo eran más frecuentes.

Daniel Merino yace en un hospital de los Estados Unidos, debido a los graves daños que sufrió durante un accidente vial.

Bascopé se dio cuenta que, si quería vivir, tenía que irse a los Estados Unidos. Pesaba 110 libras cuando llegó a Virginia. Estaba totalmente calva.

Los amigos de ella la llevaron al hospital de Fairfax donde supo que existía tratamiento y que le costaría hasta $160,000. Como cualquier inmigrante sin número del seguro social, ella no era elegible para ningún programa de ayuda.

Gardenia y su familia comenzaron a colectar dinero. Ella comenzó a preparar emparedados que la familia entera vendía cada domingo en los juegos de fútbol de la comunidad latinoamericana.

Con ayuda del Comité Hispano de Virginia, la familia imprimió volantes con su foto. “Pronto la gente estaba enviando cheques de 100 ó 200 dólares, grupos folklóricos ofrecían conciertos para colectar dinero, y se nos permitió colectar fondos en fiestas grandes”, dice ella.

Ni ella ni su esposo tienen trabajos regulares, así que ningún empleador pudo ofrecerles seguro de salud. “Pero lo más probable es que ningún seguro habría cubierto el costoso tratamiento que demanda el mal de Hodgkin”, dice Eugenio Arene.

Arene informa que el 47 por ciento de la población latina de Washington no tiene seguro de salud.
“La gente sin carnet del seguro social no pueden conseguir seguro de salud privado”, explica Mayamérica Cortés, representante de la compañía de seguros Met Life, una de las más importantes de Estados Unidos.

Cortés, emigrante salvadoreña, dice que “las compañías de seguro de salud son especialmente estrictas, ellas pueden exigir la tarjeta de residencia, y no sólo la tarjeta del seguro social”, debido a que las compañías de seguros gastan millones de dólares pagando las cuentas de gente que visita los hospitales con frecuencia pero dejan de pagar sus recibos, a veces abandonando el país.

Instituciones como la Iglesia Católica tienen hospitales cuya atención es gratuita o de bajo costo. La Clínica del Pueblo, apoyada por fundaciones privadas y contratos gubernamentales, ha ofrecido servicios gratuitos a los pobres durante años.

Gran ayuda

Ciudades y condados de Estados Unidos acuerpan programas de ayuda médica: la ciudad de Washington apoya D.C. Alliance, un programa de seguros que no requiere documentos legales, solo pruebas de domicilio y de bajos ingresos, como recibos y formularios de impuestos.

D.C. Alliance cubre recetas médicas, exámenes generales, y servicios de odontología.
“Sin embargo, para calificar para ese programa hay que demostrar que vives en la miseria”, dice Arene. “El criterio de selección debe elevarse”.

“Lo bueno es que ofrecemos cobertura a inmigrantes indocumentados”, dice Jessica Galindo, de la oficina de DC Alliance en el Mary’s Center de salud materno infantil.

En DC Alliance labora personal que habla español, vietnamita y harare, el idioma de Etiopia.

Luego de cuatro años de lucha infatigable, los Bascopé ahorraron $35,000. Entonces, el doctor que atendía a Gardenia le dijo que no podía tener ninguna clase de tratamiento porque el mal estaba demasiado avanzado.
“Me lo dijo por teléfono, yo me desmayé y caí al piso; supe que me quedaba un año de vida”, recuerda Gardenia.

Su amiga Kathy Lozano buscó a los doctores del hospital de la Universidad George Washington. Habló con ellos y con sus esposas hasta que el hospital aceptó atender a Gardenia por el dinero recolectado.

El tratamiento de Gardenia comenzó el 27 de diciembre de 2002 y terminó el 3 de enero de 2003. Durante seis horas diarias, los doctores le extraían sangre y linfa con un tubo estrecho insertado en su cuello. La sangre y la linfa se limpiaban en una máquina especial antes de ser inyectada en el cuerpo.

“Ahora puedo vivir 10 años más”, dice Gardenia.

Diferente es el caso de Vilma Aragón, la salvadoreña. Su familia necesita decenas de miles de dólares para hacerla caminar antes que el daño sea irreversible. Desde hace varias semanas Vilma está en el hospital con los glúteos llagados por la silla de ruedas.


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