21 de diciembre de 2003


CUERPOS CHIQUITOS, GRANDES DESEOS...

La niñez quiere...

Niños y niñas se unen en estos tiempos de Navidad y campaña electoral para
expresar sus deseos. No piden juguetes ni “estrenos”; ellos están conscientes
de que los problemas del país les afectan y que necesitan atención urgente.

A. Miranda, M. Cáceres, E. L. Lemus ,
W. Hernández Y Erick Lemus

vertice@elsalvador.com

Quizá no sean un plato apetecido por los políticos. Tampoco representan los importantes votos para ganar la silla presidencial...

Sin embargo están ahí, y son parte fundamental en nuestra sociedad. “Son el futuro del país”, dice la tan trillada frase. Pero ¿cómo ven el país que les estamos heredando? ¿Qué quieren que se les mejore? ¿En qué país quieren vivir? O...
¿Cuál es el mejor regalo que esperan de un candidato presidencial?

Por eso, en estos tiempos tan dados a los deseos y ofrecimientos —por eso de la Navidad y los tiempos pre electorales—, Vértice quiso saber qué pedirían los niños a los candidatos a la presidencia de la República como regalo de Nochebuena.

Aparte de los consabidos juguetes, ‘cuetes’, televisores y bicicletas de algunos que se rehusaron a dejar de ser niños, los denominadores comunes en este glosario de deseos fue, por ejemplo, la ayuda a los pobres, más fuentes de trabajo, mejor educación, recoger a “los niños perdidos en la calle”, que cumplan los promesas que hacen los políticos y que reduzcan el alto costo de la vida para que sus padres puedan brindarles un mejor nivel de vida.

¿Estamos preparados para concederles estos deseos? Alguien escribió en una columna de este periódico que “Ojalá los políticos recuerden que sus decisiones pueden hundir a miles de personas, dejar sin pan a muchos y cercenar los sueños de millones”. Y los niños están incluidos.

Cindy Yamileth Deras tiene tres peticiones concretas a los candidatos a la presidencia: “Que ayuden a los vendedores, que pongan más empresas para que la gente tenga trabajo y que ayuden a los niños de la calle”.

Cindy engrosa las filas del ejército de vendedores informales que pululan en el centro capitalino. A sus 12 años, sabe lo que es ganarse la vida en las abarrotadas calles de San Salvador.

Todos los días viaja desde Apopa, al norte de la capital, hasta los alrededores de la iglesia El Calvario, donde ayuda a su madre en la venta de juguetes, lupas, gorros para bebé, radios, en fin, cualquier cosa que provea sustento a su familia.

A las ocho de la mañana, Cindy acomoda con paciencia la mercancía, resuelta a que ese día será bueno.

La estridencia es su compañera, el humo de los buses que pasan a su lado, sobre el único carril habilitado para autos, se mezcla con el olor de la comida ambulante y los perfumes que se comercializan junto a ella. Cindy sabe que su madre pasa penurias; por eso reitera -convencida- que la ayuda al sector informal es prioritaria porque “la necesitan”.

La precaria situación económica de esta pequeña comerciante la comparten otros niños y niñas de distintos lugares.

No a la pobreza

En Chalatenango, como en San Salvador, dos jovencitos abogan por que se reduzca el alto costo de la vida que ahora los agobia.

Ayuden a los niños perdidos”

Inquieta y pizpireta, así es Ana Ercilia Núñez Recinos. Su menuda figura se desplaza con soltura entre los canastos de plátanos que la rodean en “su puesto” en la calle de la Iglesia El Calvario, frente al Mercado Sagrado Corazón. Es una vendedora consumada, de esas que a diario se ganan la vida en procura de llevar sustento a sus hogares.
Y las razones de Ana Ercilia son poderosas. Su madre lucha contra la ceguera que le provocan las cataratas que sufre desde hace años y que le impide trabajar como lo hacía antes.
Por eso Ana Ercilia hace la salvedad a una de sus peticiones. Quiere que los candidatos se comprometan a “recoger a los niños que andan perdidos en las calles. Los huelepegas, pues”, pero no a los menores vendedores “porque le ayudamos a nuestros padres a llevar comida a la casa”, argumenta.
Además, como otros niños consultados, a la niña, a sus 12 años, le preocupa que los pobres tengan algún tipo de ayuda, “para que ya no haya más pobreza en el país y haya que vender”. Sus manos se entretenían acomodando la venta, sin embargo no dejaba escapar la ocasión para gastarle una broma a sus amigos que comparten la calle en los otros puestos que aglomeran la arteria.
“Mire, ¿y es verdad que si Shafick no gana las elecciones va a haber guerra?”, inquirió. Medio sorprendido le pregunté que dónde había oído eso. “En las noticias”, me respondió.
“Ojalá que no, porque vamos a sufrir más”, reflexionó, mientras despachaba una bolsa de plátanos a un cliente.

FICHA
Nombre
:Ana Ercilia Núñez R.
Edad: 12 años
Ocupación: Vende plátanos en S.S.

“Que le bajaran los precios a la comida”, fue la respuesta inmediata de un vendedor de algodones de azúcar que no quiso identificarse y sólo dijo tener 13 años de edad.

Su preocupación por el encarecimiento de los alimentos tiene sentido para ese jovencito que colabora para que en su hogar haya comida los tres tiempos. Esto le obliga a recorrer varios kilómetros al día, sea a pie o en autobús, a fin de vender su producto.

Hoy puede vender cerca de su casa en el caserío Bolívar, de Aguilares. Mañana, viajar a Chalatenango u otro lugar distante. Cuando no está en la escuela, le pone más empeño a su oficio de vendedor ambulante. Pero ofrecer a $0.12 cada bolsa de algodón azucarado no es todo lo que hace; antes ha ayudado a su mamá en la fabricación del producto.

No tiene opción. Sabe cuán difícil es ganarse el sustento, sobre todo ahora que la canasta básica se ha encarecido.
Quizá por eso la primera necesidad que visita su mente, cuando se le pregunta qué le pediría al próximo presidente de la nación, es -sin dudarlo- una rebaja en el precio de los alimentos.

La queja de este niño de tez blanca se refleja en el reciente Informe de Desarrollo Humano del PNUD, en el que destaca un incremento en el costo de la canasta básica familiar.

Las mismas penurias las enfrenta Zoraida Núñez García, a quien abordamos acomodando una cincuentena de cinchos en una mesa, en un reducido espacio al costado norte del Palacio Nacional.

Es ahí donde su madre trabaja todos los días desde las nueve de la mañana hasta que el sol despide sus últimos rayos. Zoraida, de 15 años, es privilegiada; no forma parte de los 223 mil niños que ayudan al sostenimiento de la familia, según estimaciones oficiales. Sin embargo, ella apoya a su madre en temporada de vacaciones; el resto del año lo dedica a estudiar en la escuela José Matías Delgado, de San Salvador.

Esa dedicación al estudio y su inteligencia quedan al descubierto desde el momento en que lanza sus deseos. “Les pediría a los candidatos que tuvieran mejor al pueblo, que no se siguieran enriqueciendo los ricos y empobreciendo a los pobres; además que den mejores salarios para la gente, más fuentes de trabajo porque muchas personas que despiden se dedican a vender, hasta los que quizá nunca han vendido andan vendiendo ahora” y remata “otra cosa que también pediría es que se mejore la educación, que hayan más oportunidades para los estudiantes”.

Este año se calculó oficialmente que unos 200 mil niños quedaron fuera de la escuela. Para el caso, el 75% de la niñez de 4 años, y un 30% de la población de 15 años no recibió educación formal, según el informe del PNUD.

Las peticiones de Zoraida están en el tintero, en espera de que los candidatos le tomen la palabra a fin de “mejorar de verdad el país”.

Tanto Zoraida como el vendedor de algodones están conscientes de que El Salvador tiene necesidades profundas. Esto refleja su conocimiento de cuáles son los problemas más urgentes y el compromiso que deben asumir los políticos para resolverlos.

Políticos y apolíticos

Encuestas como la publicada por el IUDOP y el Movimiento Independiente Pro Reforma Electoral (MIRE) dice que un 19.2% de los encuestados espera que los políticos cumplan las promesas que hacen.

Que Rosario de Mora tenga canchas y otros centros de recreación para la niñez y la juventud, es lo que piden estos jóvenes.

Es posible que a Stefanni Jazmín Martínez, de 15 años, no le hayan consultado. Pero si lo hubieran hecho, tendrían un caso más de descontento con los funcionarios públicos y los aspirantes a esos cargos.

“Yo quiero que cumplan con lo que prometen, solamente”, dijo con seriedad ante la mirada y el apoyo de su abuela en su puesto de venta ubicado al costado norte del Palacio Nacional. Y su exigencia no es antojadiza. Para remarcarla recordó que “(los políticos) dicen que van a arreglar las calles; siempre lo dicen, y la ciudad siempre sigue igual”.

Un hecho a destacar en estos tiempos electorales es que la dura batalla, que tienen los que compiten por la presidencia, es recobrar la confianza entre la población.

Por eso no es raro que hayamos encontrado esa dosis de incredulidad en algunos entrevistados. Ricardo Adonai Torres Arias se tiró una carcajada cuando se le preguntó qué le pediría a los candidatos a la presidencia como regalo de Navidad.

Sus ojos pícaros, su cabello engomado y su piel curtida por el sol que recibe a diario, no ocultaron su anhelo natural de niño. “Yo les pediría un estreno, cuetes y una bicicleta”, fue su respuesta.

Los pasillos del Mercado Central son su otra casa. A ellos llega a las seis de la mañana desde el Barrio La Vega, al oriente de San Salvador, para acompañar a su mamá, quien vende “de todo”. Talvez de ahí se desprende su otra petición a los postulantes. “También les pediría que mi mamá siempre tenga que vender”.

Aunque no logramos descubrir si las últimas encuestas hayan influido en la percepción que tiene Ricardo sobre los postulantes, lo cierto es que el niño dirige sus solicitudes únicamente a dos de ellos. ¿Quiénes son los candidatos? le preguntamos. “Sólo Tony y Schafik”, respondió.

“Mejor que den el ejemplo”

“Queremos un país sin violencia”, asegura José, mientras su hermano asiente con la cabeza. Esta vez, las sonrisas quedan a un lado. ¡Y saben que lo que dicen no es cuestión de juegos! Por eso, le dan su justa dimensión.
Marco Andrés y José Daniel Amaya, ambos de 12 años, son conductores del programa “Din Don”, del Canal 19. Todos los sábados entretienen a la niñez salvadoreña. ¡Lo común es verlos sonrientes, pero su semblante cambia cuando hablan sobre los problemas que afectan a su país. “Nos gustaría verlo transformado”, aseguran.
“Los gemelos” saben que el próximo año habrá elecciones presidenciales y, aunque no conocen en persona a todos los candidatos, no titubean cuando piden medidas concretas para ayudar a construir un país mejor.
“Yo le pediría a los candidatos que hagan algo por la pobreza. ¡En todos lados hay, pero aquí es así!”- José abre los brazos para señalar que es mucha. Su hermano, quien no ha dejado de aprobar sus palabras, lo interrumpe esta vez. “Les preguntaría: ¿Ustedes qué van a hacer con el tema de la limpieza?”. A Marco le preocupa que El Salvador sea “un país sucio” y que no se haga nada para revertir esta realidad. “Ellos mismos andan pintando las calles para hacer propaganda. ¡Mejor que den el ejemplo limpiándolas!”.
También creen que para construir el país que desean, los candidatos tienen que saber que la niñez es el futuro y que por lo tanto se tiene que invertir en la educación. “Quisiéramos que todos los niños tuvieran una buena escuela”, dice Marco.
Estos gemelos desean un país “diferente”, en donde los niños y las niñas puedan ser verdaderamente felices.

FICHA
Nombre: Marco A. Amaya
Edad: 12 años
Ocupación: estudiante y presentador.

FICHA
Nombre: José D. Amaya
Edad: 12 años
Ocupación: Estudiante y presentador.

Grandes problemas

La necesidad de que haya trabajo no es la principal petición. También relució el apoyo a la agricultura y a la niñez en riesgo.

Héctor Antonio Henríquez, un chalateco de 16 años que monta toros desde hace tres años porque le gusta y responde a una tradición familiar, cree que el principal regalo que espera del próximo presidente es que reviva la agricultura.

A “Toño”, como le llaman sus hermanos y sus compañeros de rodeo, montar toros le significa ingresos entre $8 y $12 y, aunque no lo acepta abiertamente, se ha constituido en una alternativa para obtener ingresos a su hogar, hoy que “el maíz no lo compran”.

Junto a sus hermanos recorre varios lugares del país, donde se organice un rodeo. Puede ganar en una sola toreada unos $30, pero, cuando no está inmerso en este mundo, este adolescente que ha dejado la escuela temporalmente ayuda a sus padres a cultivar la tierra.

Esa cercanía con las pobres cosechas y el duro mercado que deben enfrentar los agricultores hoy día le hace reflexionar sobre este punto: “Me gustaría que apoyaran la agricultura”, sugiere.

Sin más palabras, Toño calla y se dispone a montar otro toro, un trabajo que por el momento le rinde más ingresos que hacer milpa junto a su familia.

Contrario al rostro inexpresivo y tímido de Toño, Blanca Estela Núñez exhibe unos vivarachos y preciosos ojos verdes y su cabellera rubia entre una pila de plátanos rigurosamente acomodados en varios canastos.

Su amplia sonrisa deja al descubierto unos muy bien alineados dientes amarillentos y su dulce vocecita llama la atención de los cientos de transeúntes que circulan a diario por la calle de la Iglesia El Calvario.

Blanca, a sus 9 años, ofrece su producto con verdadera autoridad, aunque de vez en cuando se distraiga para gastarle una que otra broma a sus compañeros de trabajo: cinco niños entre 10 y 13 años que también cargan su venta en sus delgados brazos, a todo lo largo de la arteria.

Dos de sus peticiones son propias de su inocencia. “Una bicicleta y un televisor”, dice. Pero, otras dos sí contienen un enorme reto para los postulantes. “Yo quiero que les den trabajo a mis papás y que recojan a todos los niños de la calle”.

Al igual que este año, el próximo volverá a alternar trabajo y estudio. Irá a segundo grado por la tarde y por las mañanas seguirá vociferando su mercancía, mientras sus papás encuentran trabajo y logren sacarla de la calle para dedicarse de lleno a los estudios. “Quiero ser alguien cuando esté grande”, dice con malicia mientras le pide una foto al fotoperiodista.

La dura realidad

Tras esos rostros vivarachos, hay una resignación hacia el trabajo duro para ayudar a sostener el hogar.

Su aporte es tan importante que según el estudio “Entendiendo el trabajo infantil en El Salvador”, que fue elaborado por la Organización Internacional del Trabajo (OIT), el 20 por ciento de los hogares con niños que trabajan recibe de éstos el equivalente o más del 20% del total del ingreso familiar.

Por eso, la esperanza de la pequeña Blanca, de escapar del mundo laboral, es comprensible. En su ingenuidad infantil sentencia algo que se nos ha olvidado y es que ese mundo de responsabilidades económicas debe estar reservado para los adultos.

En Rosario de Mora, al sur de San Salvador, hay un hogar empobrecido al que pertenece Santiago Alexander Ramírez, un jovencito que a sus 14 años ha abandonado la escuela y espera cumplir la edad para enlistarse en la Policía. Trabajar parece ser su principal objetivo.

El mayor deseo de los adolecentes es que en el país hayan suficientes fuentesde empleo para sus padres

El mismo estudio de la OIT dice que el factor económico incide fundamentalmente para que un 56.3 por ciento de los hogares con menores entre 10 y 17 años no los envíen a la escuela.

“Mi papá no tiene trabajo fijo, conseguir la comida es bien difícil”, dice al razonar sobre la necesidad de aportar a la casa mucho más que el rollo de leña que consigue en alguna finca cercana junto a su hermano Efraín.

Su mamá lo confirma. Santiago es uno de sus once hijos y alimentarlos a todos es difícil cuando no hay un ingreso fijo. “En la semana gastamos tres medios de maíz (60 libras), nueve libras de frijoles y 14 libras de azúcar”, relata.

El consumo es grande en volumen, pero bajo en calidad. Por eso, José Efraín, de 11 años, quiere dejar los estudios hasta séptimo grado para comenzar su carrera como electricista y trabajar.

A diferencia de otros niños consultados, Santiago y Efraín no desearon más que integrarse al trabajo.

En las calles de San Salvador, el universo pinta distinto. En los alrededores del Bulevar de Los Héroes, el café de Don Pedro en Merliot y Metrosur, un grupo de muchachos “pesea” en los semáforos, las afueras de las gasolineras o en las paradas de buses.


A primera vista, no inspiran confianza, y a la segunda, tampoco. Son los excluidos de la sociedad, los que nadie responde por ellos y los que se rigen por las reglas del asfalto, de la ley de la calle, donde impera la lógica del más fuerte y el más astuto.

Adonías es un niño de la calle, tiene 13 años y hace rato abandonó el cantón San Luis, en Sonsonate, porque detesta los castigos de su familia. Es libre y tan fugaz como las ráfagas de viento que azotan el país desde hace dos semanas.

“¿Qué pediría (al próximo presidente)? ¡Que la Policía ya no nos siga golpeando a los niños que vivimos en la calle solo porque ‘pedreamos’!¡Que nos dejen en paz!”, grita justo cuando una patrulla atraviesa la luz del alto.

Un buen gobierno

A sus doce años, Alejandro Henríquez, tiene muy clara la misión para el que gane la presidencia. “Que hagan buen gobierno”, responde con tono vivaz pero seguro.
Tiene un rostro serio para su edad, muy expresivo; incluso desarrolla un pasatiempo peculiar y riesgoso, el de torero. Fue en uno de esos intervalos de la “toreada” en un cantón chalateco, que nos ofreció su opinión de lo que se necesita para hacer “bien a El Salvador”. Su mayor deseo es que arreglen las calles de su natal Chalatenango; pero, sobre todo, que apoyen la agricultura y que se acuerden de ayudar a los niños pobres. “En Hacienda Vieja (cantón Las Flores), hay mucha pobreza, ‘anantes’ les alcanza para comer”, argumenta. La condición en que viven esos pobladores, según Alejandro, merece que les arreglen las calles y que en esta navidad les lleven alegría. “Que les hagan fiestas”, solicita.

FICHA
Nombre:
Alejandro Henríquez
Edad: 12 años
Ocupación: Estudiante y toreador.

El deseo de vivir en una casa nueva

“Quiero que mi casa sea de cemento”, dice con voz casi imperceptible Sandra Janet Ramírez. Es, al parecer, el único deseo en el corazón de esta niña de 9 años mientras descansa bajo la sombra de un frondoso árbol de mango.
No quiere una linda muñeca, tampoco vestidos o zapatos nuevos, esas cosas que anhela cualquier niña de su edad.
En su mente no pasaron deseos efímeros, sino algo más duradero. Su mayor deseo es vivir en una casa menos vulnerable, no de bahareque; quiere una construida con ladrillo, que tenga varias habitaciones para no convivir hacinada con los suyos. A lo mejor quiera mayor privacidad.
Pero la casa que desea también debe ser amplia, con corredor, que tenga energía eléctrica y agua potable. Así no tendría que ir casi a diario al río con su mamá a lavar la ropa de sus hermanos, el cual está a kilómetro y medio de distancia.
Pero Sandra sabe que para materializar su sueño se necesita mucho dinero, y es de lo que más carece su familia. Es la séptima de once hermanos; su papá no tiene un trabajo fijo y su mamá le deja a su cuidado a la hermanita de un año cada vez que consigue lavar ropa ajena. Los ingresos son mínimos para ellos, que residen en las afueras de Rosario de Mora, al sur de la San Salvador.
Su padre gana menos de $4 diarios, que no alcanzan para comer dignamente. Por eso también desea que su padre tenga un empleo.
Esta niña no sólo sueña con una casa nueva; ella también alimenta la aspiración de llegar a ser secretaria para salir adelante.
Pero, también, es por hoy la privilegiada de la casa porque tiene garantizados sus estudios gracias a Plan Internacional, al menos para el próximo año, cuando pase a cursar el tercer grado de Primaria.

FICHA
Nombre:
Sandra J. Ramírez
Edad: 9 años
Ocupación: Estudiante (R. de Mora).



Los regalos de los candidatos

 

POR LA FAMILIA

La Plataforma para el Cambio, que promueve el FMLN, no incluye un apartado específico para la niñez; sin embargo, le brinda un interés especial a la protección y al fortalecimiento de la familia salvadoreña.
Se compromete a “promover iniciativas que apoyen el desarrollo integral de la niñez y adolescentes en su entorno familiar, social y cultural, acordes a la Convención de los Derechos del Niño y otros convenios internacionales”.
Además, le apuesta a políticas públicas orientadas a garantizar su seguridad a fin de prevenir y combatir el abuso sexual, la explotación sexual comercial, y la de tipo laboral.
Pero esa protección implica también garantizarle seguridad a su entorno. Por eso, se compromete a darle “cumplimiento de los compromisos nacionales e internacionales en relación a la protección familiar, especialmente aquellas relacionadas a la promoción de la paternidad y maternidad responsable, la prevención y erradicación de la violencia intrafamiliar, así como el reconocimiento y apoyo especial a las mujeres jefas de hogar.

POR EL DEPORTE

Le apuesta al deporte como un “elemento valioso” de la educación y la formación de la niñez y la juventud. Para eso creará una Secretaría Nacional de la Juventud que ampliaría el programa “El Salvador País Joven”. Con esto y la promoción de una mayor utilización de los espacios públicos de recreación, buscaría además una prevención de la drogadicción y otras actividades proclives a la violencia.
También crearía una Red de Protección Social que aseguraría a toda la población vulnerable una mejor calidad de vida y generación de oportunidades. También fortalecerá los programas de alimentación escolar, de nutrición infantil, de atención a la niñez en situación de calle, y continuar los esfuerzos por erradicar el trabajo infantil.
EL DESARROLLO

La coalición CDU-PDC contempla en su plataforma de gobierno políticas que permitirían una ampliación de la cobertura en la educación preescolar mediante una obligatoriedad. Además, fortalecería el sistema nacional de protección al menor, priorizando en la prevención de la población en riesgo. Impulsará la creación de más centros educativos especiales para menores con necesidades especiales y aquellos con capacidad superior. También le apuesta a la creación de programas en favor de la juventud a través de una Dirección Nacional de Juventud, Recreación y Deportes.
LA EDUCACIÓN

Creará programas dirigidos a distintas necesidades de la niñez y la juventud. Considera prioritario becar a estudiantes de escasos recursos, construir más centros de recreación para asegurar la salud mental de la niñez, reforzar asignaturas como la moral y la cívica y atender a la niñez en situación de calle con talleres vocacionales y potenciar el deporte.

 


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