21 de septiembre de 2003


EL RECUENTO DESPUÉS DE LA GUERRA

Los creyentes

Uno de los máximos líderes chiítas, el ayatolá Mohammed Bakr Al Hakim está convencido que la guerra en Iraq aún no termina. Habla de abusos y humillaciones sufridas por su pueblo de parte de los miembros de la coalición. Los chiítas representan el grupo mayoritario en Iraq: el 60 por ciento de una población aproximada de 25 millones. “Las tropas de la coalición se han convertido en fuerzas de ocupación”, sostiene el líder chiíta.

Mario Vargas Llosa
vertice@elsalvador.com

El ayatolá Mohammed Bakr Al Hakim tiene 63 años y estuvo 23 exiliado en Irán. Además de ser una de las más altas autoridades religiosas del chiísmo, es una gran figura política pues preside el Consejo Supremo de la Revolución Islámica para Irak (CSRI), que agrupa a un número mayoritario de los musulmanes chiíes que hay en el país (el 60 por ciento de los 25 millones de iraquíes). Su regreso del exilio fue ocasión de una enorme manifestación de bienvenida. Su cara barbada y grave está por todas partes, en carteles pegados en muros, autobuses y sobre todo en los alrededores de las mezquitas chiíes. Se le considera el líder del sector más radical del chiísmo, y muchos lo acusan de estar cerca del modelo iraní, es decir, de un gobierno teocrático de corte fundamentalista, monopolio de los ayatolás. Pero él lo niega de manera categórica:

“Irak no será una fotocopia de Irán ni de nadie. Cada país tiene sus particularidades. Nuestra idea es que en Irak debe establecerse un gobierno democrático en el que estén representadas todas las etnias y las minorías religiosas, pero que, al mismo tiempo, respete nuestra identidad y nuestra historia”.

Es un hombre de una piel muy blanca y unos ojos muy claros, que luce sus largas barbas canas, su turbante negro y sus túnicas grises con estudiada dignidad. Me recibe en la ciudad de Nayaf, sagrada para los chiíes, pues en ella está enterrado el Emir Alí, yerno de Mahoma, asesinado el año 41 de la Egira, la gran figura espiritual del chiísmo. El imán Mohammed Bakr Al Hakim vive con austeridad espartana y las oficinas de su movimiento son también de una sencillez extrema. Pero las precauciones que lo rodean son fastuosas.

Clérigos, guardaespaldas y ayudantes nos registran, descalzan y decomisan cámaras y grabadoras (que nos devuelven, después de comprobar que no ocultan armas ni explosivos). No hay una sola presencia femenina en la casa y Morgana debe tocarse estrictamente con el velo islámico para poder acompañarme y tomar fotos. Cuando le digo al ayatolá Al Hakim que es mi hija, él, sin mirarla, me responde con sequedad: “Yo tengo seis hijas”. No cometo la impertinencia de preguntarle con cuántas esposas las ha tenido. (Los chiíes, además de las cuatro esposas legítimas que autoriza el Corán, añaden una quinta -el llamado “matrimonio de placer”- permitida a los creyentes que viajan sin compañía femenina, para que no sufran de abstinencia, y este quinto matrimonio puede durar sólo lo que dura el viaje).

Guerra como pretexto

La víspera de recibirme, el ayatolá ha declarado -en este país en el que los atentados aumentan cada día- que es un error asesinar soldados norteamericanos y que lo que persiguen estos asesinatos los iraquíes lo podrían alcanzar de manera pacífica, mediante el diálogo. Pensé que me repetiría la misma diplomática declaración, pero me equivoqué. Con su voz pausada y acompañando sus palabras de suaves ademanes, dispara una durísima diatriba contra “las fuerzas de la coalición”. En ningún momento habla de los norteamericanos o británicos, siempre “de la coalición”, pero los dos sabemos muy bien a quienes se refiere.

“La liberación fue un mero pretexto. Las tropas de la coalición se han convertido en fuerzas de ocupación. Bush y Blair hicieron muchas promesas que han sido incapaces de cumplir. En el país no hay seguridad alguna y se nos ha arrebatado nuestra soberanía. Arguyeron como pretexto para la guerra las armas de destrucción masiva de Sadam Husein y han sido incapaces de encontrarlas. Tampoco han podido capturar al antiguo dictador y los suyos, a pesar de ser personas que comen, se mueven y dejan huellas a su paso. Si nos hubieran dejado actuar, nosotros los habríamos encontrado ya”.

Habla sin exaltarse y sin mirarme, con sus ojos azules clavados en el vacío, y con la tranquila determinación de quien se sabe en posesión de la verdad. Sus asistentes, una media docena, lo escuchan embebidos, indiferentes al horrendo calor que ha convertido esta pequeña habitación desnuda, con solo un gran ramo de flores de plástico de adorno, en una sartén. El ayatolá Al Hakim es un hombre que rara vez sonríe, que, más que hablar, pontifica o truena, como los profetas y los dioses olímpicos. Detrás de él, acuclillado, hay un hombre que no me quita la vista, como dispuesto a saltar sobre mí si hago cualquier movimiento sospechoso. Estar tan cerca del ayatolá Al Hakim me produce una invencible desazón. Aunque, como todos los agnósticos, reconozco en mí una secreta envidia por los creyentes, cuando éstos lo son de una manera tan absoluta y terminal como el imán iraquí que tengo al frente, no puedo reprimir un escalofrío.

“La guerra no ha terminado”, prosigue el ayatolá Al Hakim. El descontento del pueblo aumenta cada día y aumentan también los actos de la resistencia contra el ocupante, algo muy grave para el futuro de Irak. Las razones de esta resistencia son varias: el incumplimiento de las promesas y las humillaciones a nuestra dignidad. Me refiero a la conducta de las fuerzas de ocupación. Matan a inocentes y son incapaces de encontrar a los verdaderos culpables de los crímenes cometidos por la dictadura. Roban de manera descarada en las casas particulares que registran, llevándose el dinero de las familias. Aprovechan que, como no hay bancos, la gente debe guardar el dinero en las casas. Además de robar, ofenden a las mujeres, las tocan, y eso hiere e indigna a nuestro pueblo. Aquí, en Nayaf, hemos hecho ya cinco manifestaciones de protesta contra estos abusos. Es verdad que también cometen atentados terroristas y sabotajes contra grupos supervivientes de Sadam Husein y del partido Baaz. Pero, esto, en buena parte es culpa de la coalición, pues en vez de perseguir con energía a los baazistas y sadamistas, nos desarman a nosotros, las fuerzas populares. Por eso está creciendo cada vez más la ira de los iraquíes contra los ocupantes”.

En efecto, en las calles de la desangelada, ruinosa y pobrísima Nayaf, a dos horas de auto al sur de Bagdad, donde el polvo del desierto circundante levita, ingrávido, en la atmósfera, manchándolo todo de color ocre amarillento, hay, por doquier, en las paredes terrosas, además de las negras esquelas funerarias de quienes han traído a sus muertos a enterrar en esta ciudad sagrada, exaltadas alabanzas a los “Soldados del Islam” que luchan contra los infieles y Satán, muchas inscripciones y graffiti contra las fuerzas de la coalición. Pero ninguna menciona a los norteamericanos; todas expresan el rechazo de los creyentes “a la hegemonía extranjera”, al mismo tiempo que lanzan “Mueras a Sadam y al Baaz”.

amigos y enemigos

La hostilidad hacia las fuerzas de la coalición y el sentimiento antinorteamericano son muy visibles entre la muchedumbre de creyentes que afluyen hacia la mezquita en grandes procesiones humanas, las mujeres embutidas en las severísimas abayas, túnicas y velos negros que las cubren de pies a cabeza. Muchas de ellas, además, llevan medias de lana negra y algunas hasta guantes, en una temperatura de 45 grados a la sombra. La masa de los fieles se espesa aún más en torno y dentro de la imponente mezquita que guarda la tumba del Emir Alí. Mi traductor, el profesor Bassan Y. Rashid, que dirigió el Departamento de Español de la Universidad de Bag-dad, debe explicar constantemente a diestra y siniestra que no somos “americanos’, pero las miradas y gestos hostiles nos acompañan todo el recorrido. Son aún más beligerantes en el interior de la mezquita.

Gran diferencia con lo que me ocurrió ayer, en la principal mezquita chií de Bagdad, la de los Hermanos Kadhim (nietos del Emir Alí) donde, por el contrario, fui recibido con mucha cordialidad por los responsables del local, quienes, incluso, bromearon que necesitaban dejar una buena impresión en los forasteros para que desmintiéramos los rumores de sus enemigos, que acusan a los chiíes de integristas. Esta acusación tiene mucho de injusta, sin duda. Los chiíes fueron, con los kurdos, quienes sufrieron las peores violencias de Sadan Husein, que era suní y se rodeó de musulmanes de esa misma tendencia. Hay muchos chiíes moderados, sin duda, así como hay suníes fundamentalistas. La división entre las dos grandes corrientes islámicas, en Irak, de manera general, consiste en que el chiísmo está arraigado sobre todo en el sector más primitivo, los medios rurales y marginados, en tanto que los suníes proceden más bien del sector urbano y de medios más instruidos y favorecidos socialmente. Y en que los chiíes han estado siempre marginados del poder, que ha sido un monopolio suní.

exequias

La mayor pobreza y desamparo los he visto aquí, en Nayaf y en la otra ciudad santa del chiísmo, Kerbala, vecina de ésta. Los dos encargados de la seguridad de la mezquita del Emir Alí, en vista del clima torvo que nos rodea -somos los únicos “occidentales” a la vista- optan por meternos a una oficina, luego de pedirnos que nos descalcemos. Allí, el responsable de la mezquita decide desasnarme y durante un buen rato me ilustra sobre la historia de los despojos del príncipe Alí. (Me ocurrió también ayer, en Bagdad, en la mezquita de los Hermandos Khadim, donde un santón me explicó largamente que, al final de los tiempos, Cristo vendría a besar la mano de El Madi y desde entonces la fraternidad sería total entre musulmanes y cristianos). Armado de paciencia, escucho. Asesinado en Kerfa, los restos del yerno de Mahoma fueron enterrados a ocultas por los fieles. Permanecieron escondidos muchos años. Tiempo después, durante el califato de Harun Al Rachid, éste advirtió, en las cacerías de ciervos, que los perros se apartaban siempre, en actitud respetuosa, de cierto montículo. Así se descubrieron los restos del Emir. Entonces, se construyó esta hermosa mezquita que los honra.

Mientras él me instruye, yo observo el espectáculo multitudinario de los creyentes. Entran a éste inmenso patio rectangular con los féretros de sus muertos en alto y los pasean alrededor de la cripta del Emir. Las masas de hombres se empujan y codean, salmodiando, rezando, vitoreando a Alá, algunos en estado de histeria paroxística. Es impresionante, sin duda, pero, para mí, muy deprimente. Las manos, los labios se alargan para tocar y besar las paredes, las rejas, las ranuras y filos de las puertas y algunos de los fieles sollozan a gritos, postrados, tocando el suelo con la frente. Alrededor de la cripta todo es masculino. Las mujeres, unos bultos oscuros, permanecen atrás, apelotonadas al fondo de todo el entorno de la mezquita, guardando una distancia mágica con los varones, únicos protagonistas de esta dramática ceremonia. Mi educador me explica que muchos de estos fieles son peregrinos que han llegado hasta aquí desde tierras lejanas -“algunos, desde Bosnia”- y que duermen tumbados en estas baldosas sagradas.

“¿No es lo mismo en Lourdes, en Fátima?”, me tranquilizará un amigo español, aquella noche, en Bagdad, a quien le he contado la inquietud que me produjo la visita a Nayaf, mientras saboreamos una cerveza tibia y ácida en la semi oscuridad en que acaba de sumirnos el último apagón. ¿Es lo mismo? Creo que no. En los grandes centros de las peregrinaciones católicas, hay todo un aparato comercial y una explotación turística desenfrenada de la fe, que, a la vez que la desnaturaliza y banaliza, también la vuelve inofensiva. Aquí no hay nada de eso: aquí la fe es pura, íntegra, desinteresada, extrema, lo único que tienen en sus vidas muchos de estos seres desvalidos y ferozmente maltratados por la miseria, que rezan gimiendo y gritando, y ella podría ser fácilmente canalizada hacia la violencia –la guerra santa o jihad- por un ayatolá carismático, como el que visito en Nayaf.


© Mario Vargas Llosa, 2003.
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