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EL
RECUENTO DESPUÉS DE LA GUERRA
Mario
Vargas Llosa visitó Iraq y retrató, con palabras, el caos,
el terror y la
desesperanza reinantes en ese país. Son siete artículos
que combinan la vivencia y los testimonios colectados por el escritor.
Vértice presenta las dos primeras piezas compiladas bajo el título
original Diario de Iraq.
La
libertad salvaje
Es
la cuna de la civilización, pero ahora está sumida en
el caos. Iraq es un país sin orden ni reglas, donde impera la
ley del más fuerte. Enjambres de ladrones lo mantienen sitiado,
una especie que Vargas Llosa denomina como los Alí Babás.
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Irak es el país más libre del mundo, pero
como la libertad sin orden y sin ley es caos, es también el más
peligroso. No hay aduanas ni aduaneros y la CPA (Coalition Provisional
Authority) que preside Paul Bremer, ha abolido hasta el 31 de diciembre
de este año todos los aranceles y tributos a las importaciones,
de modo que las fronteras iraquíes son unas coladeras por donde
entran al país, sin dificultad ni costo alguno, todos los productos
habidos y por haber, salvo las armas. En la frontera con Jordania, el
oficial norteamericano de guardia me aseguró que esta semana
habían ingresado a Irak por allí un promedio de tres mil
vehículos diarios con mercancías de todo tipo.
Por eso las dos largas avenidas Karrada In y Karrada Out que zigzaguean,
como hermanas siamesas, por Bagdad, ofrecen, en sus innumerables tiendas
que se han desbordado hacia la calle y convertido las veredas en un
pletórico bazar, una inmensa variedad de productos industriales,
alimenticios y vestuarios. Y, también, en el paraíso de
la piratería en materia de discos, compactos y videos. Pero lo
que los bagdadíes compran con avidez son las antenas parabólicas,
que les permiten ver todas las televisiones del mundo, algo que no les
ocurrió nunca antes y que indigna a los clérigos conservadores,
que ven en ese desenfreno televisivo una invasión de la corruptora
pornografía occidental. Los iraquíes ahora pueden también
navegar libremente por el Internet, lo que era delito en tiempos de
Sadam Husein, y es divertido ver en los cafés informáticos
que han brotado como hongos por Bagdad la pasión con que los
bagdadíes, sobre todo los jóvenes, se entregan a este
novísimo deporte que los integra al mundo. Pero el activo comercio
callejero tiene más de trueque primitivo que de compraventa moderna.
Como no hay bancos, ni cheques, ni cartas de crédito, todo se
hace al contado, y, dada la desintegración del dinar (unos 1,500
dinares por dólar el último día que estuve allí)
para hacer cualquier adquisición el comprador debe llevar consigo
voluminosas cantidades de billetes -maletas, a veces-, que le pueden
ser birladas en cualquier momento por la plaga del momento: los ubicuos
Ali Babas. Porque, además de aduaneros, tampoco hay policías,
ni jueces, ni comisarías donde ir a denunciar los robos y atropellos
de que uno es víctima. No funcionan ministerios, ni registros
públicos, ni correos, ni teléfonos, ni hay leyes o reglamentos
que regulen lo que un ciudadano puede o no puede permitirse. Todo está
librado a la intuición, a la audacia, a la prudencia y al olfato
de cada cual. El resultado es una desatinada libertad que hace sentirse
a la gente desamparada y aterrada.
la
Ley de la selva
La única autoridad está representada por esos tanques,
tanquetas, camionetas y todo terrenos artillados, y por las patrullas
de a pie, de los soldados norteamericanos que cruzan y descruzan las
calles por doquier, armados de fusiles y metralletas, estremeciendo
las viviendas con la potencia de sus vehículos de guerra y a
quienes, si uno los mira de cerca, los descubre también tan desamparados
y aterrados como los bagdadíes. Desde que llegué aquí
los atentados contra ellos han ido creciendo de manera sistemática
y han abatido ya a una treintena y herido a cerca de 300. No es extraño
que anden recelosos, con el alma encogida y el dedo en el gatillo, patrullando
estas calles llenas de gentes con las que no pueden comunicarse, en
este calor de mil demonios que a ellos, con sus cascos, chalecos antibalas
y parafernalia guerrera, debe resultarles todavía peor que a
las gentes del común. Las cuatro veces que intenté un
diálogo con ellos muchos son adolescentes imberbes-, sólo
obtuve respuestas escuetas. Todos sudaban a chorros y movían
los ojos en torno sin cesar, como saltamontes desconfiados. Pero Morgana,
mi hija, tuvo una conversación más personal, con un soldado
de origen mexicano, que, desde lo alto de un tanque, de pronto, le abrió
su corazón: ¡No puedo más! ¡Llevo tres
meses aquí y ya no lo aguanto¡ ¡Cada día me
pregunto qué demonios hago aquí! Esta mañana mataron
a dos compañeros. No veo la hora de volver donde mi mujer y mi
hijo, maldita sea.
Corren sobre los norteamericanos que patrullan Bagdad infinidad de historias,
la mayoría de las cuales son sin duda exageraciones y leyendas.
Por ejemplo, que, en su desesperación por los crecientes atentados,
irrumpen en las casas y cometen tropelías, con el pretexto de
buscar armas. Intenté confirmar algunos de estos cargos, y siempre
resultaron infundados. La verdad es que nadie sabe a qué atenerse,
ni sobre esto ni sobre nada. Por primera vez en su historia, hay la
más absoluta libertad de prensa en Irak cualquiera puede
sacar un diario o revista sin pedir permiso a nadie- y se publican más
de cincuenta periódicos sólo en Bagdad (donde desde abril
han surgido unos setenta partidos políticos, algunos de una sola
persona), pero las informaciones que imprimen son tan contradictorias
y fantaseosas que todo el mundo se queja de vivir en total incertidumbre
sobre la verdadera situación. Fui a la casa del señor
Kahtaw K. Al-Ani, en el barrio de Sadea, porque me dijeron que en una
vivienda contigua a la suya había habido, la noche anterior,
un incidente muy violento, con varios muertos. En realidad, ocurrió
cinco casas más allá. La patrulla entró rompiendo
la puerta de una patada. ¡This is no good, sir!. Y
hubo un muerto iraquí . ¿Pero, encontraron allí
armas? ¿Recibieron a los soldados con disparos? No lo sabe y
tampoco quiere saberlo. El señor Al-Ani vivió tres años
en Reading y guarda buenos recuerdos de Inglaterra. Era un técnico
en el Ministerio de Agricultura y ahora, como a todos los funcionarios
del régimen derrocado, la CPA lo ha despedido. ¿No es
una gran injusticia? Él y sus compañeros de oficina odiaban
a Sadam Husein y al Partido Baaz, al que tenían que afiliarse
a la fuerza, y se sintieron felices de que los norteamericanos los liberaran
de la dictadura. ¿Pero qué liberación es ésta
que ha mandado al paro, sin razón alguna, y dejado en la miseria,
a decenas de miles de familias que se sentían víctimas
del régimen? ¡This is no good, sir!. Es un
hombre mayor y solemne, con los cabellos cortados casi al rape, que
suda a chorros. Sus hijos le secan el sudor con servilletas de papel
y a cada momento me pide disculpas porque, debido a la falta de luz,
no funciona el ventilador. Antes odiaba a Sadam Husein y al Baaz, pero
ahora odia a los norteamericanos. Al despedirme me muestra su automóvil:
no lo saca a la calle para que no se lo roben y no se atreve a salir
de su casa para que no la asalten y la quemen. ¡This is
no good, sir!
La
ciudad más fea
La obsesión anti-israelí, largamente arraigada en el pueblo
iraquí a consecuencia de su solidaridad con los palestinos, de
la propaganda contra Israel machacada sin descanso en todos los años
de la dictadura, y también, sin duda, del recuerdo del bombardeo
israelí que en 1981 destruyó la central nuclear Osirak
que se hallaba en construcción con ayuda técnica francesa,
genera desde la liberación toda clase de rumores sobre una invasión
del capital judío en Irak, algunos delirantes. Al pasar frente
al Hotel Ekal, en la avenida Waziq, de Bagdad, dos amigos iraquíes
me aseguran, señalando el grisáceo y viejo edificio, que
parece cerrado: Lo han comprado los judíos de Israel. Se
están comprando toda la ciudad, a precio de saldo. En los
días siguientes oiré, de varias bocas, que Israel ha obtenido
de la CPA el monopolio del futuro turismo en Irak, disparate sin pies
ni cabeza pero que mis informantes creen a pie juntillas. La mañana
en que, luego de recorrer la feria de libros viejos de la calle Al-Mutanavi,
estoy tomando un café en El adalid de los mercaderes
se produce un revuelo en el local al ver los parroquianos aparecer,
en la calle vecina, rodeado de guardespaldas espectaculares chalecos
negros, anteojos oscuros de coqueto diseño, fusiles-metralletas
longilíneos- un elegante caballero de florida corbata y pañuelo
multicolor en el bolsillo de la chaqueta (adiminículos que nadie
usa en el calor de Bagdad). Todos los parroquianos del café se
estremecen con un indignado murmullo: Es el enviado de Israel.
En verdad, el aparatoso personaje es el embajador de Italia. Pero las
fantasías generan realidades, como saben muy bien los novelistas:
unos días después de este episodio, los imanes suníes
de Mosul lanzan una fatwa amenazando con la muerte a los iraquíes
que vendan sus casas o terrenos a judíos. Tres guerras, doce
años de embargo internacional y treinta y pico de años
de satrapía baazista han convertido a Bagdad, que en los años
cincuenta tenía fama de ser muy atractiva, en la ciudad más
fea del mundo. Los centros estratégicos del poder de Sadam Husein,
los ministerios y entes estatales, muchas residencias del tirano y sus
cómplices, lucen sus fauces abiertas y sus vientres vaciados
por el impacto de las precisas bombas estadounidenses. Y por doquier
aparecen las viviendas, locales, edificios e instalaciones saqueados
y quemados en el gran aquelarre delictivo que se apoderó de la
ciudad los días que siguieron a la entrada de las tropas norteamericanas
y que todavía no se ha extinguido. Los Ali Babás desvalijaron
y dejaron en la calle, sin bienes y sin techo, a media ciudad. ¿Quiénes
eran estos saqueadores? Sadam Husein, para celebrar su re-elección
como Presidente por el 100% de los votos, el 15 de octubre del 2002
abrió las cárceles del país y soltó a todos
los delincuentes comunes (a la vez que, a la mayoría de los presos
políticos, los mandaba matar). ¿A cuántos soltó?
Me dan cifras dislocadas, que van de treinta mil a cien mil. Esto no
explica todo, pero sí buena parte de los desmanes, me asegura
el Arzobispo Fernando Filoni, Nuncio de Su Santidad. (Especialista en
catástrofes, inició su carrera diplomática en Sri
Lanka, cuando los tamiles comenzaban las decapitaciones y degüellos,
y estuvo representando al Vaticano en Teherán, bajo los bombardeos
de la guerra con Irak, que no nos dejaban dormir). La
falta de práctica de la libertad produce, al principio, catástrofes.
Por eso, el Papa, que sabe mucho, se opuso a esta guerra. Por querer
ir demasiado de prisa, Estados Unidos se encontró de pronto con
algo que no previó: el vandalismo generalizado.
También
es cierto que el odio acumulado contra la camarilla gobernante incitó
a muchas víctimas a destrozar las viviendas de gentes del poder
y todos los locales relacionados con el régimen. Pero ¿por
qué las fábricas? Un experimentado industrial, Nagi Al-Jaf,
con negocios en la capital iraquí y en la ciudad kurda de Suleymaniya,
me cuenta que la enorme fábrica de la cerveza Farida, de Bagdad,
de régimen mixto, en la que él tenía acciones,
fue arrasada sin misericordia por los Ali Babás. Entiendo
que se robaran las cosas que podían consumir o vender. Pero no
que destrozaran todas las máquinas y luego, como si eso no bastara,
las quemaran. ¿Cuántas industrias en Bagdad fueron
víctimas de estragos parecidos? Es categórico: Todas.
Le pido que no exagere, que sea objetivo. Mira largamente las estrellas
del cielo de Suleymaniya y repite: Todas. No ha quedado una sola
planta industrial en Bagdad que no haya sido aniquilada de raíz.
¿Cuál es la explicación, pues? Tal vez que un pueblo
no puede vivir castrado y sumido en la abyección del terror y
el servilismo, como han vivido los iraquíes las tres décadas
de la dictadura del Baaz (partido arabista, nacionalista, fascista y
estalinista a la vez que fundó en 1942, en Damasco, un cristiano
sirio, Miguel Aflak) y los veinticuatro años de Presidencia de
Sadam Husein, sin reaccionar, al sentirse de pronto total y absolutamente
libre, como se sintieron los iraquíes el 9 de abril, con esa
explosión de anarquía, libertinaje y salvajismo que ha
destruido Bagdad y dejado una herida sangrante en el alma de todos bagdadíes.
¿Una quimera?
Como no funciona ningún servicio público y no hay policías
de tránsito en las esquinas, la circulación por Bagdad
es un pandemonio. (La gasolina es regalada: llenar el tanque de un coche
cuesta apenas medio dólar). Cada conductor va por donde le da
la gana, con lo que los accidentes de tránsito son abundantes,
y los atascos enloquecedores. Pero, al menos en este ámbito,
sí advertí indicios de esas famosas instituciones
espontáneas que Hayek valora como las más duraderas
y representativas, las que surgen naturalmente de la sociedad civil
y no vienen impuestas desde el poder. Cuando el atasco llega al paroxismo,
surgen siempre voluntarios que armados de un silbato y de un bastón
se erigen en directores de tránsito. Y los choferes atascados
acatan sus instrucciones, aliviados de que por fin alguien les dé
órdenes. Ocurre también en los barrios, donde los vecinos,
abrumados por la inseguridad reinante, se organizan en grupos de vigilancia
para defenderse de los atracadores, o para acarrear las basuras acumuladas
en la calle hasta la esquina y quemarlas. Por eso, el transeúnte
discurre por Bagdad no sólo entre escombros, ruinas, construcciones
chamuscadas, altos de inmundicias y alimañas, sino entre las
humaredas pestilentes con que los bagdadíes tratan de defenderse
contra las basuras que amenazan sumergirlos.
Pero,
acaso, lo peor de todo para los sufridos pobladores de la capital iraquí
sea la falta de luz eléctrica y de agua potable. Los apagones
son constantes y en ciertos barrios duran días enteros. Los vecinos
quedan sin defensa contra las temperaturas tórridas que no bajan
nunca de 40 grados a la sombra y superan a veces los 50. Estar sometido
a ese clima abrasador, en la total oscuridad y sin agua corriente, es
un suplicio. En la vivienda de los amigos españoles de la Fundación
Iberoamerica-Europa, que ha llevado 500 toneladas de alimentos, medicinas
y una planta potabilizadora a Irak, donde me cobijaron mi primera semana
en Bagdad, viví en carne propia las penalidades que desde hace
tres meses padecen los iraquíes. La luz venía a ratos,
pero a veces el apagón duraba tantas horas que era imposible
cocinar, bañarse, ventilarse, y, para no abrasarse en los hornos
que eran los dormitorios, mis anfitriones sacaban sus colchones al jardín,
prefiriendo las cucarachas a la asfixia. La desmoralización que
todo ello produce es uno de los obstáculos que tendrán
que vencer los iraquíes para que su país, que sale de
una de las más corrompidas y brutales experiencias de autoritarismo
que haya conocido la humanidad, deje atrás esa larga noche de
despotismos y violencias que es su historia, y se convierta en una nación
moderna, próspera y democrática.
¿Es esto un ideal posible y realista o una quimera, tratándose
de una sociedad que carece de la más mínima experiencia
de libertad y que, además, está fracturada por múltiples
antagonismos y rivalidades internas? ¿Es sensato imaginar a árabes,
kurdos y turcomanos, a musulmanes chiíes y suníes y a
las corrientes internas que los separan, a cristianos caldeos, asirios,
latinos y armenios, a clanes tribales, campesinos primitivos y vastas
comunidades urbanas, coexistir en un sistema abierto y plural, tolerante
y flexible, de Estado laico y de sólidos consensos, que permita
a los 25 millones de habitantes de la Mesopotamia donde nació
la escritura y es referencia fundamental para las grandes religiones
y culturas modernas, cuna de la primera gran recopilación de
leyes de la historia el código de Hammurabi-, acceder por
fin a una vida digna y libre, o una fantasía tan delirante como
la de los míticos antecesores de estas gentes, que quisieron
erigir una torre que llegara al cielo y terminaron frustrados y extraviados
en la espantosa confusión de Babel?
He venido a Irak a tratar de averiguar si estas preguntas tienen una
respuesta convincente. Doce días es muy poco tiempo, desde luego,
pero es mejor que nada.
25 de Junio/6 de Julio de 2003
EL
RECUENTO DESPUÉS DE LA GUERA
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Aconsejado por amigos de Bagdad, he pedido a Morgana
y a su amiga Marta, de la Fundación Iberoamérica Europa,
que no intenten entrar a la mezquita del príncipe Alí
y me esperen en la plaza de Nayaf, recorriendo el abigarrado mercado
que la circunda. Pero nunca he tenido la menor autoridad con mi hija,
de manera que ella y su amiga, embutidas en unas abayas que se prestaron
y con las que sus caras de extranjeras no engañaban a nadie,
se metieron a la mezquita ¡haciéndose pasar por musulmanas
afganas! Y Morgana, con la temeridad que la caracteriza desde que hacía
temblar la cuna con sus pataletas estentóreas, se puso a tomar
fotografías. Un exaltado creyente se le acercó y le lanzó
un manazo a la cara, que la cámara fotográfica atajó.
El guardespaldas que la acompañaba se llevó las manos
a la cabeza, indignado con esa manifestación de oscurantismo.
Varias personas del entorno contuvieron y apartaron al agresor. Marta
tuvo más suerte: en vez de una agresión, recibió,
en inglés, una propuesta de matrimonio, que declinó.
ambiente hostil
En la otra ciudad santa del chiísmo, Kerbala, más ancha,
más respirable que la estrecha y paupérrima Nayaf, sede
de dos inmensas y hermosísimas mezquitas, una de ellas sepulcro
del imán Hussein, hijo del príncipe Alí, asesinado
durante la invasión omaya, la hostilidad del ambiente nos obliga
a cortar por lo sano la visita y alejarnos, apenados, del hermoso lugar
de cúpulas doradas, paredes y zócalos de azulejos y baldosas
de mármol. También en la ciudad, en los portales sombreados
del mercado y en las callecitas contiguas de casas que parecen en un
tris de derrumbarse,
avanzamos cercados por una muchedumbre que nos observa con desafección
y asco. Los esfuerzos de los tres amigos bagdadíes que me acompañan
para convencerlos de que no somos americanos, sino musulmanes españoles
en peregrinación religiosa no los convencen. Aquellos acaban
por sugerir que apresuremos la partida. Las virtudes democráticas
de la tolerancia, de la coexistencia en la diversidad, parecen ajenas
a estos pagos.
Cuando le pregunto al ayatolá Al Hakim qué piensa de lo
que ocurre en el vecino Irán, donde estos últimos tiempos
se han multiplicado las manifestaciones de jóvenes estudiantes
que piden más libertad y más democracia, al gobierno conservador
que los reprime, se escurre como una anguila. Carezco de información
fidedigna sobre lo que ocurre en Irán. Si ni siquiera sabemos
a ciencia cierta lo que está pasando en otras provincias de Irak.
No me atrevo a tomar en serio lo que dicen ciertos medios de información,
los de Katar, los de los Emiratos, o de Jordania, que sólo incitan
a la violencia y al odio, de manera que sobre este tema prefiero no
opinar.
Tampoco opina de manera rotunda cuando le pregunto si aceptaría
un gobierno laico para Irak. ¿Un gobierno laico quiere
decir un gobierno contrario a la religión?, me replica,
cortante. Le preciso que no, que este gobierno no estaría ni
a favor ni en contra de la religión, que sería independiente
y neutral en materia religiosa, que se limitaría a garantizar
el respeto a todas las creencias. El imán Al Hakim apenas disimula
un gesto de desagrado. El Islam debe ser respetado, dice
con firmeza. Como en Pakistán, Egipto o el Magreb, que
son países islámicos. Ése es el tipo de Estado
que tendrá Irak.
Me ha concedido apenas media hora y se acerca el límite. Uno
de los asistentes del imán me hace gestos perentorios de que
me despida. Trato de llevar el diálogo a un terreno más
personal y le pregunto qué sintió al pisar de nuevo Nayaf,
luego de más de dos décadas. El imán es un político
que nunca se distrae y responde lo que debe responder: Siento
alegría y tristeza. Alegría por volver entre los míos
y por el derrocamiento del tirano, pero tristeza por los dos millones
de desaparecidos que tuvimos en los años de Sadam Husein, por
las fosas comunes que aparecen con los restos de los hermanos torturados
y asesinados, por los sufrimientos y penalidades que sigue padeciendo
ahora el pueblo iraquí.
Democracia ilusoria
Salí de allí convencido de que Al Hakim quisiera sin duda
que el Irak del futuro se pareciera a Irán, pero sabe que el
pueblo de Irak, y, sobre todo, los norteamericanos, difícilmente
lo consentirían, y, político pragmático, ha renunciado
por ahora a esa meta en favor de una fórmula más realista,
menos teocrática: una coalición de fuerzas religiosas,
políticas y étnicas en la que los chiíes que lo
siguen tendrían, por su número mayoritario, la mayor representación.
Pese a sus críticas subidas de tono contra los ocupantes, no
me cabe duda de que, en esta etapa al menos, colaborará con la
CPA (Coalition Provisional Authority) y Paul Bremer.
Discuto el asunto con amigos bagdadíes y españoles en
un restaurante atestado de turbantes y abayas de Kerbala, llamado La
Perla de Nayaf, dando cuenta del infaltable pollo frito con arroz,
el puré de garbanzos y la ensalada de pepinillos con yogurt.
Un menú que me perseguirá como mi sombra los doce días
de mi estancia en Irak. Morgana y Marta se han quitado los velos para
comer y los parroquianos las miran de reojo, con sorpresa.
Regreso a Bagdad con el pecho oprimido y sin poder sacarme de la cabeza
la imagen de esas mujeres sepultadas toda su vida -en Nayaf y Kerba
se ven niñas de muy pocos años enterradas ya en esas telas-
en esas cárceles ambulantes que las privan del más mínimo
confort en estas temperaturas sofocantes, que les impiden desarrollar
libremente su cuerpo y su mente, símbolo de su condición
ancilar, de su falta de soberanía y libertad. Esta es la Edad
Media, cruda y dura. Y si ella prevalece sobre las otras corrientes
sociales y políticas de Irak, la idea de que este país
pueda llegar a ser una democracia moderna y funcional en poco tiempo
es ilusoria.
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Vargas
Llosa relata sobre Saqueadores y libros y Frejoles
blancos.
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