20 de julio de 2003


REPORTAJE

Un corazón así de grande…

Tenía 9 años cuando le abrieron el corazón. Diddier Alférez sobrevivió para ser indocumentado, mojado, y salvadoreño emigrante. Hoy cuenta su historia.

Francisco Ayala Silva
En Washington

vertice@elsalvador.com
La cirugía de “corazón abierto” marcó a diddier. La cicatriz abarca pecho y abdomen.

El niño Diddier quería caminar –sólo caminar—y se cansaba. “Siempre estaba en brazos de alguien”, recuerda, “y veía a los otros niños jugar, correr, saltar…”

Tres veces por semana lo llevaban por calles de polvo desde Tecoluca, San Vicente, hasta el Hospital de Niños Benjamín Bloom en San Salvador. Los médicos dijeron que había nacido con un corazón malo.

“Mi padre era mecánico, mi madre era maestra, y ambos están vivos”, dice Diddier, “vivíamos en una casa de adobe y bahareque pero tuvimos la primera televisión del pueblo, en blanco y negro”.

En junio de 1976 les dijeron que Diddier moriría en pocas semanas. El anuncio coincidió con el regreso de médicos salvadoreños que, en Estados Unidos, habían estudiado cirugía de corazón abierto. Diddier estaría entre los primeros operados.

El 26 de junio entró a la sala de operaciones; tenía nueve años de edad. “Entramos y vi médicos salvadoreños, vi grandes luces (Diddier llora al recordar) y me quedé dormido”.

Otros niños fueron operados ese día. Algunos murieron.
“Desperté en la madrugada y una enfermera, Blanca Alicia Martínez, me ofreció una copa de gelatina”. Diddier recuerda a la enfermera porque ella se casó con su tío.

Salió del hospital a El Diario de Hoy, donde el corresponsal en Zacatecoluca arregló una entrevista y una foto. Luego, en Tecoluca lo esperaba “una multitud de niños, jóvenes y adultos que participó en una misa de acción de gracias”.

Diddier mejoró lentamente. En la escuela tenía que cuidarse de los golpes. Los tres viajes semanales se convirtieron en uno; luego, uno al mes, uno cada dos meses, cada tres…

A los 11 años aprendió a manejar en un viejo ‘Austin Cooper’ y a esa edad manejaba de su casa a la escuela. Cuatro años después comenzó la guerra.

Corazones en conflicto

El salvadoreño demuestra su habilidad como jardinero.

Los Alférez huyeron de Tecoluca y su casa fue saqueada. “No fue ni la guerrilla ni el ejército”, dice Diddier, y no quiere decir más.

En la Semana Santa de 1982 la familia llegó a vivir en Quezaltepe-que, La Libertad. Allí sobrevivieron apagones, una ofensiva hasta el tope, y Diddier fue boy scout que distribuyó alimentos durante el terremoto de 1986.

En 1991 él estudiaba agricultura en la Universidad Técnica Latinoamericana de San Salvador. Una beca de dos años le permitió estudiar educación ambiental en dos universidades de Illinois, Estados Unidos. “Regresé el 12 de agosto de 1992 y no encontré trabajo,”, dice, “y el dolor más grande de mi vida es no ser ingeniero agrónomo”.

Consiguió empleo administrando una cooperativa de la reforma agraria. Luego era verificador de los progresos de sus ex-compañeros becarios. “Encontré a un padre que me dijo que su hijo no encontró trabajo y tuvo que irse mojado a Estados Unidos”.

Diddier tenía empleo y problemas. En Febrero de 1995 los médicos de un hospital de San Vicente tuvieron que amputarle el apéndice.

En 1997, abrumado por deudas, salió mojado. “Salí el 12 de septiembre, llegué el 26 de octubre”.

Corazones en viaje

Una mañana amaneció en la banca de un parque en San Luis Potosí, en el centro de México. Un fraile franciscano abría la iglesia. El fraile le dio desayuno y dinero para un motel y luego lo llevó a la terminal del tren. Allí le dio un consejo que deberían memorizar los que viajan ilegalmente por México: “cuando saltes del tren, salta lejos aunque te golpees, porque si saltas cerca caerás bajo las ruedas”.

En tren –y saltando de este—Diddier llegó a Monterrey, a un motel cuya recepcionista se llamaba Yolanda y cuyo hermano, David, estaba casado con una salvadoreña de San Miguel. David lo llevó a la frontera y al río que corre entre Nuevo León y Texas. David le mostró un vado. Diddier nadó con energía –el Río Grande tiene corrientes fuertes— “yo sentía golpes en el corazón”, recuerda. Ya en el otro lado “me agarré del monte y salí del río y caí al suelo”. Cayó a los pies de un agente de migración.

Diddier fue deportado a México, no lo delataron como salvadoreño. En un pueblo fronterizo, sin amigos, entró a una iglesia católica –él, que es evangélico—y allí oró: “Señor, dame un buen coyote”.

Salió de la iglesia y en la calle casi choca con un mexicano norteño, lampiño, de sombrero tejano y botas puntiagudas, con jeans y camisa cuadriculada, con gafas de sol. Era El Payaso, príncipe de los coyotes.

Corazón delator

Operación
Hace 27 años, Diddier fue operado por médicos estadounidenses. Logró sobrevivir pese a los pronósticos de los mismos médicos.

“Nunca supe su nombre, sólo lo conocí por el Payaso”, recuerda. El Payaso tenía un corredor de ilegales que cubría miles de kilómetros, desde el sur de Texas hasta el norte Nueva York y hasta California, al oeste.
“El Payaso creyó que yo era mexicano y me cobró $700 por pasarme”. Era tarifa para mexicanos.

Otra noche, otro vado. Un grupo de hombres y mujeres, desnudos todos, comienza a cruzar. El payaso va con ellos, van centroamericanos y una mexicana menuda que había perdido su residencia legal cuando su hermana le robó el pasaporte. “A mitad del río la mexicana comenzó patalear, a ahogarse, y yo, que siempre he sido boy scout, la agarré del pelo y de aquí –Diddier se pone la mano en el escroto- y la saqué y el Payaso le dio respiración de boca a boca… ella tenía esposo e hijos en Austin, Texas”.

Por fin al otro lado Diddier miraba atónito la eficiencia del Payaso. Camionetas los esperaban para llevarlos a Houston,
a una casa de paso regenteada por una pareja de migueleños. Ellos lo denunciaron: “el es salvadoreño”, le dijeron al Payaso, quien le exigió la tarifa de salvadoreño: $1000. Pero le descontó $100 por haber salvado a una mexicana.

Corazón de emigrante

Novecientos dólares más pobre, Diddier Alférez llegó a Virginia a trabajar volteando hamburguesas en un McDonald’s. En las noches limpiaba oficinas, “cuando todavía era ilegal yo limpiaba, cada noche, la oficina del Servicio de Migración”.

“También llegué a ser superintendente de limpieza de tres bancos”, dice.

En 1998 fue uno de los fundadores de la Cooperativa de Vecinos Arlandria Chirilagua. Arlandria es la zona fronteriza de los condados de ARLington y AlexANDRIA; allí viven tantos emigrantes del sur de San Miguel que los vecinos la llaman Chirilagua, un nombre que las autoridades toleran.

Diddier dice no arrepentirse al viajar a Estados unidos como ‘mojado’. Su valentía ha rendido frutos.

Esa cooperativa consiguió mejorar la vivienda de muchos emigrantes y redujo las deudas que algunas familias tenían con los hospitales. En Estados Unidos la atención hospitalaria es privada y pagada. Diddier lo aprendió en su piel.

Diddier comenzó a vomitar sangre a principios de noviembre de 1999. Vinieron tres días de exámenes en un hospital, sin resultados. Los médicos decidieron abrir el vientre y explorar. Cuando se despertó “un médico árabe me preguntó si hablaba inglés, yo le dije que un poquito. ‘Nos vamos a entender’, dijo él, y me preguntó si me habían operado antes”.

Diddier recordó su operación del apéndice. “¿Dónde te hicieron esa operación? preguntó el médico. ‘En El Salvador’, le dije. ‘Lástima’, dijo él, ‘si te la hubieran hecho aquí serías millonario’.

“Los médicos salvadoreños dejaron una gasa adentro, abajo del páncreas, y eso me explotó la vesícula”, dice Diddier. Las víctimas de errores médicos tienen derecho a reparaciones millonarias en Estados Unidos.

De esto también se recuperó. Ahora, a los 36 años, Diddier Alférez es emigrante con documentos. La jardinería, una labor de emigrantes, es su trabajo desde 1997. Tiene empleo, casa, y carros. Su hermano mayor, Humberto Alférez, es pastor cristiano en Reno, Nevada. Lo normal para un nuevo estadounidense.


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