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REPORTAJE
Un
corazón así de grande
Tenía
9 años cuando le abrieron el corazón. Diddier Alférez
sobrevivió para ser indocumentado, mojado, y salvadoreño
emigrante. Hoy cuenta su historia.
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La
cirugía de corazón abierto marcó
a diddier. La cicatriz abarca pecho y abdomen.
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El niño Diddier quería caminar sólo
caminary se cansaba. Siempre estaba en brazos de alguien,
recuerda, y veía a los otros niños jugar, correr,
saltar
Tres veces por semana lo llevaban por calles de polvo desde Tecoluca,
San Vicente, hasta el Hospital de Niños Benjamín Bloom
en San Salvador. Los médicos dijeron que había nacido
con un corazón malo.
Mi padre era mecánico, mi madre era maestra, y ambos están
vivos, dice Diddier, vivíamos en una casa de adobe
y bahareque pero tuvimos la primera televisión del pueblo, en
blanco y negro.
En junio de 1976 les dijeron que Diddier moriría en pocas semanas.
El anuncio coincidió con el regreso de médicos salvadoreños
que, en Estados Unidos, habían estudiado cirugía de corazón
abierto. Diddier estaría entre los primeros operados.
El 26 de junio entró a la sala de operaciones; tenía nueve
años de edad. Entramos y vi médicos salvadoreños,
vi grandes luces (Diddier llora al recordar) y me quedé dormido.
Otros niños fueron operados ese día. Algunos murieron.
Desperté en la madrugada y una enfermera, Blanca Alicia
Martínez, me ofreció una copa de gelatina. Diddier
recuerda a la enfermera porque ella se casó con su tío.
Salió del hospital a El Diario de Hoy, donde el corresponsal
en Zacatecoluca arregló una entrevista y una foto. Luego, en
Tecoluca lo esperaba una multitud de niños, jóvenes
y adultos que participó en una misa de acción de gracias.
Diddier mejoró lentamente. En la escuela tenía que cuidarse
de los golpes. Los tres viajes semanales se convirtieron en uno; luego,
uno al mes, uno cada dos meses, cada tres
A los 11 años aprendió a manejar en un viejo Austin
Cooper y a esa edad manejaba de su casa a la escuela. Cuatro años
después comenzó la guerra.
Corazones en conflicto
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El
salvadoreño demuestra su habilidad como jardinero.
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Los Alférez huyeron de Tecoluca y su casa fue
saqueada. No fue ni la guerrilla ni el ejército,
dice Diddier, y no quiere decir más.
En la Semana Santa de 1982 la familia llegó a vivir en Quezaltepe-que,
La Libertad. Allí sobrevivieron apagones, una ofensiva hasta
el tope, y Diddier fue boy scout que distribuyó alimentos durante
el terremoto de 1986.
En 1991 él estudiaba agricultura en la Universidad Técnica
Latinoamericana de San Salvador. Una beca de dos años le permitió
estudiar educación ambiental en dos universidades de Illinois,
Estados Unidos. Regresé el 12 de agosto de 1992 y no encontré
trabajo,, dice, y el dolor más grande de mi vida
es no ser ingeniero agrónomo.
Consiguió empleo administrando una cooperativa de la reforma
agraria. Luego era verificador de los progresos de sus ex-compañeros
becarios. Encontré a un padre que me dijo que su hijo no
encontró trabajo y tuvo que irse mojado a Estados Unidos.
Diddier tenía empleo y problemas. En Febrero de 1995 los médicos
de un hospital de San Vicente tuvieron que amputarle el apéndice.
En 1997, abrumado por deudas, salió mojado. Salí
el 12 de septiembre, llegué el 26 de octubre.
Corazones en viaje
Una mañana amaneció en la banca de un parque en San Luis
Potosí, en el centro de México. Un fraile franciscano
abría la iglesia. El fraile le dio desayuno y dinero para un
motel y luego lo llevó a la terminal del tren. Allí le
dio un consejo que deberían memorizar los que viajan ilegalmente
por México: cuando saltes del tren, salta lejos aunque
te golpees, porque si saltas cerca caerás bajo las ruedas.
En tren y saltando de esteDiddier llegó a Monterrey,
a un motel cuya recepcionista se llamaba Yolanda y cuyo hermano, David,
estaba casado con una salvadoreña de San Miguel. David lo llevó
a la frontera y al río que corre entre Nuevo León y Texas.
David le mostró un vado. Diddier nadó con energía
el Río Grande tiene corrientes fuertes yo sentía
golpes en el corazón, recuerda. Ya en el otro lado me
agarré del monte y salí del río y caí al
suelo. Cayó a los pies de un agente de migración.
Diddier fue deportado a México, no lo delataron como salvadoreño.
En un pueblo fronterizo, sin amigos, entró a una iglesia católica
él, que es evangélicoy allí oró:
Señor, dame un buen coyote.
Salió de la iglesia y en la calle casi choca con un mexicano
norteño, lampiño, de sombrero tejano y botas puntiagudas,
con jeans y camisa cuadriculada, con gafas de sol. Era El Payaso, príncipe
de los coyotes.
Corazón delator
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Operación
Hace 27 años, Diddier fue operado por médicos estadounidenses.
Logró sobrevivir pese a los pronósticos de los mismos
médicos.
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Nunca supe su nombre, sólo lo conocí
por el Payaso, recuerda. El Payaso tenía un corredor de
ilegales que cubría miles de kilómetros, desde el sur
de Texas hasta el norte Nueva York y hasta California, al oeste.
El Payaso creyó que yo era mexicano y me cobró $700
por pasarme. Era tarifa para mexicanos.
Otra noche, otro vado. Un grupo de hombres y mujeres, desnudos todos,
comienza a cruzar. El payaso va con ellos, van centroamericanos y una
mexicana menuda que había perdido su residencia legal cuando
su hermana le robó el pasaporte. A mitad del río
la mexicana comenzó patalear, a ahogarse, y yo, que siempre he
sido boy scout, la agarré del pelo y de aquí Diddier
se pone la mano en el escroto- y la saqué y el Payaso le dio
respiración de boca a boca
ella tenía esposo e hijos
en Austin, Texas.
Por fin al otro lado Diddier miraba atónito la eficiencia del
Payaso. Camionetas los esperaban para llevarlos a Houston,
a una casa de paso regenteada por una pareja de migueleños. Ellos
lo denunciaron: el es salvadoreño, le dijeron al
Payaso, quien le exigió la tarifa de salvadoreño: $1000.
Pero le descontó $100 por haber salvado a una mexicana.
Corazón de emigrante
Novecientos dólares más pobre, Diddier Alférez
llegó a Virginia a trabajar volteando hamburguesas en un McDonalds.
En las noches limpiaba oficinas, cuando todavía era ilegal
yo limpiaba, cada noche, la oficina del Servicio de Migración.
También llegué a ser superintendente de limpieza
de tres bancos, dice.
En 1998 fue uno de los fundadores de la Cooperativa de Vecinos Arlandria
Chirilagua. Arlandria es la zona fronteriza de los condados de ARLington
y AlexANDRIA; allí viven tantos emigrantes del sur de San Miguel
que los vecinos la llaman Chirilagua, un nombre que las autoridades
toleran.
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Diddier
dice no arrepentirse al viajar a Estados unidos como mojado.
Su valentía ha rendido frutos.
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Esa cooperativa consiguió mejorar la vivienda
de muchos emigrantes y redujo las deudas que algunas familias tenían
con los hospitales. En Estados Unidos la atención hospitalaria
es privada y pagada. Diddier lo aprendió en su piel.
Diddier comenzó a vomitar sangre a principios de noviembre de
1999. Vinieron tres días de exámenes en un hospital, sin
resultados. Los médicos decidieron abrir el vientre y explorar.
Cuando se despertó un médico árabe me preguntó
si hablaba inglés, yo le dije que un poquito. Nos vamos
a entender, dijo él, y me preguntó si me habían
operado antes.
Diddier recordó su operación del apéndice. ¿Dónde
te hicieron esa operación? preguntó el médico.
En El Salvador, le dije. Lástima, dijo
él, si te la hubieran hecho aquí serías millonario.
Los médicos salvadoreños dejaron una gasa adentro,
abajo del páncreas, y eso me explotó la vesícula,
dice Diddier. Las víctimas de errores médicos tienen derecho
a reparaciones millonarias en Estados Unidos.
De esto también se recuperó. Ahora, a los 36 años,
Diddier Alférez es emigrante con documentos. La jardinería,
una labor de emigrantes, es su trabajo desde 1997. Tiene empleo, casa,
y carros. Su hermano mayor, Humberto Alférez, es pastor cristiano
en Reno, Nevada. Lo normal para un nuevo estadounidense.
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